Comenzamos un nuevo Año Litúrgico y con él, una nueva andadura. Un Año de Jubileo extraordinario de la Misericordia y por eso nuestras Parroquias se animan a acercarte a Dios a través de este blog. Te animas tú a acercarte más a Dios?.
La misericordia tiene una manera de llegar hasta el fondo que todos necesitamos, especialmente ahora
Yo estaba alejada de la Iglesia cuando empezó a hacerse popular la devoción de la Divina Misericordia. Recuerdo a un colega editor haciendo referencia a la recién canonizada santa Faustina Kowalska, preguntando “¿santa quién?”.
La primera vez que contemplé la imagen de Jesús de la Divina Misericordia quedé menos que impresionada. Confieso que pensé que era algún tipo de obra de arte como las que se venden junto a pinturas de Elvis sobre terciopelo o de perros jugando al póker.
Nada de esto me predisponía a abrirme a lo que para mí era una práctica devocional desconocida, rezar la Coronilla de la Divina Misericordia.
Pero la misericordia, a diferencia de la economía, se abre camino indefectiblemente, encuentra las grietas en los corazones que se volvieron duros y cínicos, y los reblandece y prepara para la curación.
A través de la misericordia de amigos míos, fui a Roma como peregrina en 2010. Nuestra primera misa matinal se celebró en la iglesia Santo Spirito in Sassia, un espléndido templo justo al lado del Vaticano, consagrado por san Juan Pablo II a la Divina Misericordia.
Y allí estaba Esa Imagen, en un cartel que se elevaba por encima de nuestro grupo de peregrinos.
Yo seguía separada de la Iglesia por entonces, así que me abstenía de comulgar. Pero aquella mañana sentí un anhelo profundo y auténtico de regresar. Así obra la misericordia, ablandando e invitando.
Y sí volví a la Iglesia, en el Adviento de 2010, movida inexorablemente por el fruto de aquella peregrinación.
Sin embargo, aunque encontré una dicha renovada en las prácticas que una vez abandoné –el rosario, la Adoración–, no sentía ninguna llamada a explorar la Divina Misericordia.
Luego, otra peregrinación en 2012, esta vez a los santuarios marianos de Portugal, España y Francia, me puso en compañía de peregrinos que tenían el hábito de rezar regularmente la Coronilla de la Divina Misericordia: todos los días, a las 3 pm, la hora (tradicionalmente asociada con el momento de la muerte de Jesús en la cruz) que santa Faustina denominó “la hora de la misericordia”.
Nuestro grupo empezaba a rezar la coronilla todos juntos cada día a las tres, deteniéndonos allá donde estuviéramos o uniéndonos en oración en los autobuses.
En la catedral de la Almudena en Madrid, nuestro director de la visita arregló que se hiciera una grabación de nuestra oración, conducida por una joven peregrina filipina que estaba discerniendo su vocación a la vida religiosa.
Al final del viaje, recibimos copias en CD de la grabación, para que pudiéramos revivir la experiencia de nuevo en nuestros hogares.
Las oraciones de la coronilla, compuestas por santa Faustina, son sencillas y poco sentimentales, se centran en la ofrenda de los sufrimientos de Jesús como expiación del pecado personal y global, e imploran a Dios a que “tenga misericordia de nosotros y del mundo entero”.
La repetición de esta letanía –Señor, ten piedad, Kyrie eleison– es una de las oraciones más antiguas de la Iglesia, Oriental y Occidental, y nunca está desfasada.
En especial ahora, sobre todo ahora. La sugerencia de esta semana para actuar con misericordia, conforme a este Año Jubileo —Reza una Coronilla de la Divina Misericordia camino del trabajo o de vuelta a casa— es una forma sencilla de presentar ante Dios nuestra necesidad, y la del mundo entero, de que se filtre en nosotros la misericordia, de que sintamos su efervescencia en nosotros.
Si nunca has rezado la Coronilla de la Divina Misericordia, este podría ser un buen momento para conocerla.
Para los que no estén familiarizados con las coronillas, constan de grupos de oraciones que se van contando en círculos de cuentas.
La Coronilla de la Divina Misericordia usa las cuentas de un rosario dominico estándar (de 5 decenas).
Después de una oración inicial opcional y las oraciones tradicionales rezadas sobre la cruz y las cuentas introductorias, la coronilla consiste en 5 “decenas” de oración e intercesión. En las cuentas de Padre Nuestro, rezamos:
“Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidadde Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, en expiación de nuestros pecados y los del mundo entero”.
Y en cada una de las diez cuentas de cada decena, rezamos:
Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.
La coronilla cierra con la oración “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero”, tres veces, y luego oraciones de cierre opcionales. (Para más información sobre cómo rezar la coronilla, haz clic aquí).
Puedes rezar la Coronilla de la Divina Misericordia, como un rosario, a solas o en grupo, en silencio o en voz alta, usando las cuentas o contando con los dedos.
Si vas y vuelves del trabajo acompañado, podéis rezar juntos. Si vas conduciendo a solas, puedes rezar con una grabación.
La coronilla es fácil de rezar en transporte público (doy fe de ello) y, además, aquello que veas a través de las ventanas del autobús o en los rostros de tus compañeros de tren puede moverte a pedir la misericordia de Dios con mayor fervor si cabe.
El cardenal vietnamita Francisco Xavier Nguyen Van Thuan tuvo como lema de vida la esperanza que llena de amor el momento presente. Siendo prisionero por el régimen comunista durante 13 anos, 9 de los cuales en total aislamiento, no quedó de “brazos cruzados” esperando la liberación; al contrario, con la creatividad propia del amor, se hizo amigo de los carceleros, construyó para sí un crucifijo, celebró la eucaristía clandestinamente y escribió tres libros. Después de una vida luminosa, murió víctima del cáncer en septiembre de 2002. En 2010 la Iglesia inició su proceso de beatificación.
Los cinco defectos de Jesús
Van Thuan se declara apasionado por los defectos de Jesús y los describe en el libro “Testigos de esperanza”:
Primer defecto: Jesús no tiene memoria
En el Calvario, en el auge de la agonía indescriptible, Jesús oye la voz del ladrón a su derecha: “Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino” (Lc 23,43). Si fuese yo, habría respondido: “No te voy a olvidar, sino que tus crímenes se merecen muchos años de purgatorio”. Sin embargo, Jesús le respondió: “…hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Jesús olvidó todos los crímenes de ese hombre.
La memoria de Jesús no es igual que la mía…
Segundo defecto: Jesús no “sabe” matemáticas
Si Jesús se hubiese sometido a un examen de matemáticas, seguro que suspendía … “Un pastor tenía 100 ovejas. Una se pierde. Él, inmediatamente, deja las 99 en el redil y fue en busca de la descarriada. Al volver a encontrarla, la puso en su hombro y volvió feliz” (cf. Lc 15,4-7).
Para Jesús, una persona tiene el mismo valor de noventa y nueve e, incluso, más.
Tercer defecto: Jesús no tiene lógica
Una mujer tenía 10 dracmas. Perdió una. Enciende la lámpara; barre la casa… busca hasta encontrarla. Cuando la encuentra invita a sus amigas a compartir la alegría por volver a encontrar la dracma… (Lc 15,8-10)… de hecho, no tiene lógica hacer fiesta por una dracma… El corazón tiene razones que la razón no entiende… Jesús dio una pista: “Yo os digo que habrá más alegría en los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta…” (Lc 15,10).
Cuarto defecto: Jesús corre demasiados riesgos
Los ejecutivos, las personas encargadas del “marketing de empresa”, llevan en sus carpetas proyectos, planes cuidadosamente elaborados… En todas las instituciones, organizaciones civiles o religiosas no faltan programas prioritarios; objetivos, estrategias…
Nada de esto pasa con Jesús. Si se analiza humanamente, su proyecto está destinado al fracaso.
A los apóstoles, que dejaron todo para seguirle, no les garantiza el sustento material, ni casa para vivir, solamente compartir su estilo de vida. A uno que deseaba unirse a los suyos, responde: “Las zorras tienen madriguera y las aves nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20)…
Los doce confiaron en este aventurero. Millones y millones de otros igualmente. Ya son más de dos mil años y una incalculable multitud de seguidores sigue peregrinando. Galerías enormes de santos y santas, bienaventurados, héroes y heroínas de la aventura. En el Universo entero sigue adelante esta bendita romería… ¿Será que este aventurero tenía razón …? Si es así, ¡será que el viaje más fantástico y contracorriente de la historia es el bueno…! “¿A quién iremos, Señor?”…
Quinto defecto: Jesús no entiende de finanzas ni de economía
Si Jesús fuese el administrador de la empresa, de la comunidad, la ruina sería cuestión de días. ¿Como entender a un administrador que paga el mismo salario al que empieza el trabajo antes y al otro que sólo trabaja una hora? ¿Un descuido? ¿Jesús no sabe contar? …
¿Por qué Jesús tiene esos defectos? Porque es el Dios de la Misericordia y el Amor Encarnado. Dios Amor (cf. 1Jn 4,16). Por tanto, no es un amor racional, calculador, que condiciona, ni recuerda las ofensas recibidas. Sino un amor donación, servicio, misericordia, perdón, comprensión, acogida… ¿En qué medida? Infinita.
Los defectos de Jesús son el camino de la felicidad. Por eso, damos gracias a Dios. Para alegría y esperanza de la humanidad, esos defectos son incorregibles.
La vida es profundamente compleja. Está compuesta por eventos y situaciones muchas veces ajenas a nosotros, que nos cuesta perdonar y que nos mantiene en una lejanía cómoda de quien otea la realidad a lo lejos, sin implicarse más allá de una expresión de desaliento. Otras veces, inevitablemente, estos acontecimientos se hacen más próximos afectando con cierta vehemencia lo que somos, lo que pensamos y lo que vivimos.
Pero cuando estos eventos tocan nuestra realidad en lo más profundo, cuando nos llevan a replantearnos lo que somos y lo que hacemos, y cuando dejan una huella imborrable, es cuando constatamos la necesidad profunda de una respuesta que calme nuestra intranquilidad, nuestro sufrimiento y que nos de una luz en medio de nuestra miseria. Perdonarse a uno mismo no es nada fácil.
Miremos a lo profundo de lo que somos: ¿Cuántas veces hemos hecho o vivido una situación en la que todo se nos viene abajo?¿Cuántas vivencias profundas creemos que nunca nadie ni nada va a poder perdonar, ni siquiera nosotros mismos? ¿Cuántas veces el fracaso, el dolor, el sufrimiento se han instalado en nuestra vida dejándonos con un perplejo mal sabor de boca? Así es nuestra vida, ¡cada uno lleva en su consciencia secretos que son imposibles de contar por lo que suponen para nosotros! Sin embargo,hay alguien que si los conoce todos: Dios, nuestro Padre amoroso.
El cortometraje que les traemos a continuación es fuerte, pero en su crudeza nos habla de una realidad que no es para nada ajena a nuestras vidas.
Como católicos, siempre tenemos presente figuras que son ejemplo a seguir respecto a como ser personas conscientes y congruentes en lo que hacemos. Te presentamos estas diez acciones que nos muestra el papa en su discurso y que practica lleno de misericordia. Recuerda que todos podemos hacerlas, pues como hijo de Dios tenemos la capacidad de amar en estas diez realidades.
1. Muestra misericordia ante cualquier persona
Cualquiera que se cruce en el camino de Francisco recibirá un trato de calidad, por el siempre hecho de ser hijo de Dios. Misericordia significa ser cordial, compasivo con el que sufre, con el que vive una miseria.
Muchas acciones caritativas realiza con compromiso, pero cuando es común verlo hacer esos detalles con la gente que saluda. Estas acciones van desde una palabra de aliento, hasta un regalo físico que ayuda a la persona a salir adelante.
3. Comunicarse con Dios en cualquier momento
El papa aprovecha todo lugar, situación y tiempo para hacer una oración de lo que está viviendo en el momento. La comunicación permanente es sumamente esencial las 24 hrs. del día.
La confesión como acto supremo. El ser conscientes de que somos sujetos en proceso de alcanzar la santidad,. Nos permite aplicar los valores de honestidad respecto a lo que se hace y lo que no.
5. Corregir cuando sea necesario
La mayoría de las veces el corregir a otros es un acto complejo. Algo necesario cuando uno se da cuenta de que está afectando a alguien y hacer la llamada de atención es esencial.
6. Se acerca a la fuente del amor todos los días. Sabe que esta fuente es en misa
Está consciente que Dios es necesario en todo momento y dedicar un tiempo especial para meditar, orar y recibir al Creador es imprescindible en la fe del papa. Todos los días asiste con Jesús Eucaristía.
7. Tiene un claro sentido del humor
El Papa considera siempre ver el lado amable de las cosas y pone un toque de gracia en lo que realiza. El sentido del humor es una condición del ser humano. Una condición necesaria para alejar los niveles de estrés y de preocupación.
8. Canta y alaba al Señor disfrutando hacerlo
Alabar y cantar al Señor. Se puede realizar de distintas maneras. Desde la tranquilidad de reconocer la bondad del Señor, o bien expresándolo de una manera manifiesta bailando y moviendo todo el cuerpo.
9. Aconseja desde un sentido objetivo, neutral, impregnado de Dios
Dar un consejo implica conocer la problemática y alentarla con acciones específicas que empiezan en cada persona.
10. Respeta las opiniones de otros, sin imponer lo que él cree
La congruencia del Papa Francisco lo lleva a respetar toda creencia, idea, pensamiento y actitud que es diferente a lo que el practica. Tiene plena consciencia de que Dios le dio libertad a toda persona para decidir lo que hace y quiere.
Videos: Rome Reports, Efe, CTV, Prensa Libre TV, Excélsior TV, Con el Papa en México
Desde hoy la Iglesia Católica tiene 17 nuevos cardenales –13 de ellos con derecho a voto en el caso de que se celebrase un cónclave– procedentes de varias partes del mundo.
El Papa Francisco remarcó precisamente este dato y en su homilía les advirtió del peligro de dejarse alcanzar por la mundanidad que rechaza amar al prójimo tal y como es.
Los 13 nuevos cardenales con derecho a voto son: Mario Zenari, que permanece como Nuncio Apostólico en Siria. Nacionalidad italiana; Dieudonné Nzapalainga, Arzobispo de Bangui (República Centroafricana); Carlos Osoro Sierra, Arzobispo de Madrid (España); Sérgio da Rocha, Arzobispo de Brasilia (Brasil); Blase J. Cupich, Arzobispo de Chicago (Estados Unidos); Patrick D’Rozario, Arzobispo de Dhaka (Bangladesh); Baltazar Enrique Porras Cardozo, Arzobispo de Mérida (Venezuela); Jozef De Kesel, Arzobispo de Malines-Bruxelles (Bélgica); Maurice Piat, Arzobispo de Port-Louis (Isla Mauricio); Kevin Joseph Farrell, Prefecto del Dicasterio para Laicos, la Familia y la Vida (Estados Unidos); Carlos Aguiar Retes, Arzobispo de Tlalnepantla (México); John Ribat, Arzobispo de Port Moresby (Papúa Nueva Guinea); Joseph William Tobin, Arzobispo de Indianápolis (Estados Unidos).
Los 4 cardenales mayores de 80 años son: Anthony Soter Fernandez, Arzobispo Emérito de Kuala Lumpur (Malasia); Renato Corti, Arzobispo de Novara (Italia); Sebastián Koto Khoarai, Obispo Emérito de Mohale’s Hoek (Lesoto, África); P. Ernest Simoni, sacerdote de la archidiócesis de Shkodrë-Pult (Scutari - Albania).
En su homilía, el Papa Francisco recordó que la “nuestra es una época caracterizada por fuertes cuestionamientos e interrogantes a escala mundial”. “Nos toca transitar un tiempo donde resurgen epidémicamente, en nuestras sociedades, la polarización y la exclusión como única forma posible de resolver los conflictos”.
El Papa puso a continuación algunos ejemplos sobre esta realidad. “Vemos cómo rápidamente el que está a nuestro lado ya no sólo posee el estado de desconocido o inmigrante o refugiado, sino que se convierte en una amenaza; posee el estado de enemigo. Enemigo por venir de una tierra lejana o por tener otras costumbres. Enemigo por su color de piel, por su idioma o su condición social, enemigo por pensar diferente e inclusive por tener otra fe. Enemigo por… Y sin darnos cuenta esta lógica se instala en nuestra forma de vivir, de actuar y proceder”.
“Entonces, todo y todos comienzan a tener sabor de enemistad. Poco a poco las diferencias se transforman en sinónimos de hostilidad, amenaza y violencia”, indicó.
El Santo Padre aseguro que son muchas las heridas que “crecen por esta epidemia de enemistad y de violencia, que se sella en la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de esta patología de la indiferencia”.
“Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento se siembran por este crecimiento de enemistad entre los pueblos, entre nosotros. Sí, entre nosotros, dentro de nuestras comunidades, de nuestros presbiterios, de nuestros encuentros”.
El Papa cree que “el virus de la polarización y la enemistad se nos cuela en nuestras formas de pensar, de sentir y de actuar”. “No somos inmunes a esto y tenemos que velar para que esta actitud no cope nuestro corazón, porque iría contra la riqueza y la universalidad de la Iglesia que podemos palpar en este Colegio Cardenalicio”.
“Venimos de tierras lejanas, tenemos diferentes costumbres, color de piel, idiomas y condición social; pensamos distinto e incluso celebramos la fe con ritos diversos. Y nada de esto nos hace enemigos, al contrario, es una de nuestras mayores riquezas”.
El Evangelio que se proclamó fue el de Lucas en el que Jesús, en una parte del Sermón de la Montaña, pide a los discípulos amar al enemigo. Francisco explicó que “el llamado de los apóstoles va acompañado de este ‘ponerse en marcha’ hacia la llanura, hacia el encuentro de una muchedumbre que, como dice el texto del Evangelio, estaba ‘atormentada’".
“La elección, en vez de mantenerlos en lo alto del monte, en su cumbre, los lleva al corazón de la multitud, los pone en medio de sus tormentos, en el llano de sus vidas".
"De esta forma, el Señor les y nos revela que la verdadera cúspide se realiza en la llanura, y la llanura nos recuerda que la cúspide se encuentra en una mirada y especialmente en una llamada: ‘Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso’".
El Papa señaló que existen 4 imperativos o exhortaciones de Jesús hacia ellos: “Creo que en estos aspectos todos podemos coincidir y hasta nos resultan razonables”, dijo.
“Son cuatro acciones que fácilmente realizamos con nuestros amigos, con las personas más o menos cercanas, cercanas en el afecto, en la idiosincrasia, en las costumbres”.
Sin embargo, estas acciones tienen como destinatarios los “enemigos” y recordó las palabras exactas de Jesús: “amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman”.
“Y estas no son acciones que surgen espontáneas con quien está delante de nosotros como un adversario, como un enemigo. Frente a ellos, nuestra actitud primera e instintiva es descalificarlos, desautorizarlos, maldecirlos; buscamos en muchos casos ‘demonizarlos’, a fin de tener una ‘santa’ justificación para sacárnoslos de encima. En cambio, Jesús nos dice que al enemigo, al que te odia, al que te maldice o difama: ámalo, hazle el bien, bendícelo y ruega por él”.
Francisco reconoció que es aquí donde “radica la fuente de nuestra alegría, la potencia de nuestro andar y el anuncio de la buena nueva”.
“El enemigo es alguien a quien debo amar. En el corazón de Dios no hay enemigos, Dios tiene hijos. Nosotros levantamos muros, construimos barreras y clasificamos a las personas. Dios tiene hijos y no precisamente para sacárselos de encima”.
El Pontífice recordó que el amor de Dios es “amor de entrañas, un amor maternal / paternal que no las deja abandonadas, incluso cuando se hayan equivocado”.
“Nuestro Padre no espera a amar al mundo cuando seamos buenos, no espera a amarnos cuando seamos menos injustos o perfectos; nos ama porque eligió amarnos, nos ama porque nos ha dado el estatus de hijos”.
En definitiva, “saber que Dios sigue amando incluso a quien lo rechaza es una fuente ilimitada de confianza y estímulo para la misión. Ninguna mano sucia puede impedir que Dios ponga en esa mano la Vida que quiere regalarnos”.
El Pontífice concluyó su homilía recordando a los nuevos purpurados que “Jesús nos sigue llamando y enviando al ‘llano’ de nuestros pueblos, nos sigue invitando a gastar nuestras vidas levantando la esperanza de nuestra gente, siendo signos de reconciliación”.
“Como Iglesia, seguimos siendo invitados a abrir nuestros ojos para mirar las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de su dignidad, privados en su dignidad”, afirmó.
“Querido hermano neo Cardenal, el camino al cielo comienza en el llano, en la cotidianeidad de la vida partida y compartida, de una vida gastada y entregada. En la entrega silenciosa y cotidiana de lo que somos. Nuestra cumbre es esta calidad del amor; nuestra meta y deseo es buscar en la llanura de la vida, junto al Pueblo de Dios, transformarnos en personas capaces de perdón y reconciliación”.
“Querido hermano, hoy se te pide cuidar en tu corazón y en el de la Iglesia esta invitación a ser misericordioso como el Padre”, subrayó.
A continuación, el texto completo de la homilía:
Al texto del Evangelio que terminamos de escuchar (cf. Lc 6,27-36), muchos lo han llamado «el Sermón de la llanura». Después de la institución de los doce, Jesús bajó con sus discípulos a donde una muchedumbre lo esperaba para escucharlo y hacerse sanar.
El llamado de los apóstoles va acompañado de este «ponerse en marcha» hacia la llanura, hacia el encuentro de una muchedumbre que, como dice el texto del Evangelio, estaba «atormentada» (cf. v. 18). La elección, en vez de mantenerlos en lo alto del monte, en su cumbre, los lleva al corazón de la multitud, los pone en medio de sus tormentos, en el llano de sus vidas.
De esta forma, el Señor les y nos revela que la verdadera cúspide se realiza en la llanura, y la llanura nos recuerda que la cúspide se encuentra en una mirada y especialmente en una llamada: «Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso» (v. 36).
Una invitación acompañada de cuatro imperativos, podríamos decir de cuatro exhortaciones que el Señor les hace para plasmar su vocación en lo concreto, en lo cotidiano de la vida. Son cuatro acciones que darán forma, darán carne y harán tangible el camino del discípulo.
Podríamos decir que son cuatro etapas de la mistagogia de la misericordia: amen, hagan el bien, bendigan y rueguen. Creo que en estos aspectos todos podemos coincidir y hasta nos resultan razonables. Son cuatro acciones que fácilmente realizamos con nuestros amigos, con las personas más o menos cercanas, cercanas en el afecto, en la idiosincrasia, en las costumbres.
El problema surge cuando Jesús nos presenta los destinarios de estas acciones, y en esto es muy claro, no anda con vueltas ni eufemismos: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman (cf. vv. 27-28).
Y estas no son acciones que surgen espontáneas con quien está delante de nosotros como un adversario, como un enemigo. Frente a ellos, nuestra actitud primera e instintiva es descalificarlos, desautorizarlos, maldecirlos; buscamos en muchos casos «demonizarlos», a fin de tener una «santa» justificación para sacárnoslos de encima.
En cambio, Jesús nos dice que al enemigo, al que te odia, al que te maldice o difama: ámalo, hazle el bien, bendícelo y ruega por él.
Nos encontramos frente a una de las características más propias del mensaje de Jesús, allí donde esconde su fuerza y su secreto; allí radica la fuente de nuestra alegría, la potencia de nuestro andar y el anuncio de la buena nueva. El enemigo es alguien a quien debo amar.
En el corazón de Dios no hay enemigos, Dios tiene hijos. Nosotros levantamos muros, construimos barreras y clasificamos a las personas. Dios tiene hijos y no precisamente para sacárselos de encima. El amor de Dios tiene sabor a fidelidad con las personas, porque es amor de entrañas, un amor maternal/paternal que no las deja abandonadas, incluso cuando se hayan equivocado.
Nuestro Padre no espera a amar al mundo cuando seamos buenos, no espera a amarnos cuando seamos menos injustos o perfectos; nos ama porque eligió amarnos, nos ama porque nos ha dado el estatuto de hijos. Nos ha amado incluso cuando éramos enemigos suyos (cf. Rm 5,10).
El amor incondicionado del Padre para con todos ha sido, y es, verdadera exigencia de conversión para nuestro pobre corazón que tiende a juzgar, dividir, oponer y condenar. Saber que Dios sigue amando incluso a quien lo rechaza es una fuente ilimitada de confianza y estímulo para la misión. Ninguna mano sucia puede impedir que Dios ponga en esa mano la Vida que quiere regalarnos.
La nuestra es una época caracterizada por fuertes cuestionamientos e interrogantes a escala mundial. Nos toca transitar un tiempo donde resurgen epidémicamente, en nuestras sociedades, la polarización y la exclusión como única forma posible de resolver los conflictos.
Vemos, por ejemplo, cómo rápidamente el que está a nuestro lado ya no sólo posee el estado de desconocido o inmigrante o refugiado, sino que se convierte en una amenaza; posee el estado de enemigo. Enemigo por venir de una tierra lejana o por tener otras costumbres. Enemigo por su color de piel, por su idioma o su condición social, enemigo por pensar diferente e inclusive por tener otra fe. Enemigo por… Y sin darnos cuenta esta lógica se instala en nuestra forma de vivir, de actuar y proceder. Entonces, todo y todos comienzan a tener sabor de enemistad.
Poco a poco las diferencias se transforman en sinónimos de hostilidad, amenaza y violencia. Cuántas heridas crecen por esta epidemia de enemistad y de violencia, que se sella en la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de esta patología de la indiferencia.
Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento se siembran por este crecimiento de enemistad entre los pueblos, entre nosotros. Sí, entre nosotros, dentro de nuestras comunidades, de nuestros presbiterios, de nuestros encuentros. El virus de la polarización y la enemistad se nos cuela en nuestras formas de pensar, de sentir y de actuar.
No somos inmunes a esto y tenemos que velar para que esta actitud no cope nuestro corazón, porque iría contra la riqueza y la universalidad de la Iglesia que podemos palpar en este Colegio Cardenalicio. Venimos de tierras lejanas, tenemos diferentes costumbres, color de piel, idiomas y condición social; pensamos distinto e incluso celebramos la fe con ritos diversos. Y nada de esto nos hace enemigos, al contrario, es una de nuestras mayores riquezas.
Queridos hermanos, Jesús no deja de «bajar del monte», no deja de querer insertarnos en la encrucijada de nuestra historia para anunciar el Evangelio de la Misericordia. Jesús nos sigue llamando y enviando al «llano» de nuestros pueblos, nos sigue invitando a gastar nuestras vidas levantando la esperanza de nuestra gente, siendo signos de reconciliación.
Como Iglesia, seguimos siendo invitados a abrir nuestros ojos para mirar las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de su dignidad, privados en su dignidad.
Querido hermano neo Cardenal, el camino al cielo comienza en el llano, en la cotidianeidad de la vida partida y compartida, de una vida gastada y entregada. En la entrega silenciosa y cotidiana de lo que somos. Nuestra cumbre es esta calidad del amor; nuestra meta y deseo es buscar en la llanura de la vida, junto al Pueblo de Dios, transformarnos en personas capaces de perdón y reconciliación.
Querido hermano, hoy se te pide cuidar en tu corazón y en el de la Iglesia esta invitación a ser misericordioso como el Padre, sabiendo que «si hay algo que debe inquietarnos santamente y preocupar nuestras conciencias es que tantos hermanos vivan sin la fuerza, sin la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido que dé vida» (Exhort. ap. Evangelii Gaudium, 49).
Es algo muy cristiano soportar a personas fastidiosas o molestas en el trabajo, en la familia, en la escuela, en las calles. Sin embargo, el papa Francisco también nos advierte que no hay que creerse superiores, pues también nosotros podemos estar en la órbita de los fastidiosos, sin que nos demos cuenta.
Así, “sufrir con paciencia los defectos del prójimo” fue el tema de la catequesis del papa Francisco este miércoles 16 de noviembre en la plaza de San Pedro ante 30.000 fieles venidos de todo el mundo en el contexto del Jubileo de la Misericordia.
“Somos todos muy buenos en la identificación de una presencia que puede dar fastidio: sucede cuando conocemos a alguien en la calle, o cuando recibimos una llamada de teléfono… sólo pensamos: “¿Cuánto tiempo tengo que oír las quejas, chismes, peticiones o jactancia de esta persona?“, constató.
Las personas fastidiosas a veces son muy cercanas a nosotros: “entre los familiares siempre hay alguien; en el lugar de trabajo no faltan; e incluso en nuestro tiempo libre no podemos evitarlas”, constató Francisco.
“¿Qué debemos hacer con las personas fastidiosas? También nosotros, varias veces, damos fastidio a los demás”, añadió.
El Pontífice continuó la serie de catequesis dedicadas a las obras de misericordia. “En la Biblia, Dios se muestra como un Dios paciente y misericordioso, que soporta los lamentos de su pueblo”.
Jesús, modelo de paciencia
¿Hacemos alguna vez un examen de conciencia para ver si nosotros, a veces, podemos ser molestos para los demás? Es fácil señalar con el dedo los defectos y fallas de los demás, pero hay que aprender a ponernos en los zapatos del otro”, explicó.
Una empatía evangélica inspirada en los tres años de vida pública de Jesús. “Pensemos en el episodio de la madre de Santiago y Juan, que pidió para sus hijos que se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda en el reino de los cielos. Jesús, en cambio, aprovechó esa situación para enseñarles y corregirles”, comentó en español.
“¡La mamá hacía lobby por sus hijos!”, destacó Francisco respecto a la paciencia de Jesús con aquellos que ven la Iglesia para trepar socialmente o para obtener poder en lugar de como “servicio” y “dar a los demás”.
“Jesús nos enseña a ir siempre a lo esencial y a mirar más lejos para asumir con responsabilidad su misión”, insistió. Un camino para “evitar caer en la envidia, laambición, y en la adulación, tentaciones que siempre están al acecho entre nosotros loscristianos”.
Otras obras de misericordia: corregir al que se equivoca y enseñar al que no sabe
“Esta obra de misericordia espiritual está relacionada con otras dos: “corregir al que se equivoca” y “enseñar al que no sabe”. Supone un gran esfuerzo ayudar a otros para que crezcan en la fe y caminen en la vida”, explicó.
En este punto el Papa habló de los catequistas -entre los cuales hay muchas madres y muchas religiosas- que dan su tiempo para enseñar a los niños los fundamentos de la fe. ¡Cuánto esfuerzo, especialmente cuando los niños prefieren jugar en lugar de escuchar el catecismo! “La enseñanza de mirar a lo esencial es una ayuda decisiva”, afirmó.
Por otro lado, reiteró la misericordia que hay en estas obras. “La exigencia de aconsejar, amonestar y enseñar no nos ha de llevar a considerarnos mejores que los demás, sino, más bien, nos impulsa a entrar en nosotros mismos para verificar si somos coherentes con lo que pedimos a los demás”.
Por ello, invitó: “No se olviden las palabras de Jesús: ¿Y por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en un ojo, si no eres consciente de la viga que tienes en el tuyo?”.
El Papa al final saludó a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Les animó a poner en práctica las obras de misericordia, corporales y espirituales, para que todos puedan experimentar la presencia y ternura de Dios en sus vidas.
Texto completo de la audiencia general
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
Dedicamos la catequesis de hoy a una obra de misericordia que todos conocemos muy bien, pero tal vez no practicamos como conviene: soportar pacientemente las personas fastidiosas (molestas).
Somos todos muy buenos en la identificación de una presencia que puede dar fastidio: sucede cuando conocemos a alguien en la calle, o cuando recibimos una llamada de teléfono … Sólo pensamos: “¿Cuánto tiempo tengo que oír las quejas, chismes, peticiones o jactancia de esta persona?“.
También ocurre, a veces, que las personas fastidiosas son aquellas que están más cercanas a nosotros: entre los familiares siempre hay alguien; en el lugar de trabajo no faltan; e incluso en nuestro tiempo libre no podemos evitarlas. ¿Qué debemos hacer con las personas fastidiosas? También nosotros, varias veces, damos fastidio a los demás. ¿Por qué entre las obras de misericordia se ha incluido ésta: soportar pacientemente las personas fastidiosas?
En la Biblia vemos que el mismo Dios debe soportar las quejas de su pueblo. Por ejemplo, en el libro del Éxodo el pueblo es realmente insoportable: en primer lugar llora porque es esclavo en Egipto y Dios lo libera; a continuación, en el desierto, se queja de que no hay comida (ver 16.3), y Dios envió codornices y maná (véase 16.13 a 16), pero a pesar de ello las quejas no cesan. Moisés actuó como mediador entre Dios y el pueblo, y también él ha dado fastidio al Señor. Pero, Dios ha sido paciente y así enseña a Moisés y al pueblo, incluso esta dimensión esencial de la fe.
Entonces hay aquí una primera pregunta espontánea: ¿Hacemos algunas vez un examen de conciencia para ver si nosotros, a veces, podemos ser molestos para los demás? Es fácil señalar con el dedo a los defectos y fallas de los demás, pero hay que aprender a ponernos en los zapatos del otro.
Miremos sobre todo a Jesús: ¡Cuánta paciencia tuvo que tener en los tres años de su vida pública! Una vez, mientras caminaba con sus discípulos, fue detenido por la madre de Santiago y Juan, quien le dijo: «Aquí tienes a mis dos hijos. Asegúrame que, cuando estés en tu reino, se sentarán uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»” (Mt 20: , 21). ¡La mamá hacía lobby por sus hijos!.
Incluso desde esa situación, Jesús se inspiró para dar una enseñanza fundamental: el suyo no es un reino de poder y no es un reino de gloria como aquellos de la tierra, sino de servicio y dar a los demás. Jesús nos enseña a ir siempre a lo esencial y a mirar más lejos para asumir con responsabilidad su misión. Podemos ver aquí la llamada a otras dos obras de misericordia espirituales: corregir a los pecadores y enseñar a los ignorantes.
Piense en el gran esfuerzo que se puede poner cuando ayudamos a las personas a crecer en la fe y la vida. Pienso, por ejemplo, a los catequistas – entre los cuales hay muchas madres y muchas religiosas – que dan su tiempo para enseñar a los niños los fundamentos de la fe. ¡Cuánto esfuerzo, especialmente cuando los niños prefieren jugar en lugar de escuchar el catecismo!
Acompañar a la búsqueda de lo esencial es hermoso e importante, ya que nos hace compartir la alegría de saborear el sentido de la vida.
A menudo nos encontramos con personas que habitan en las cosas superficiales, efímeros y triviales; a veces porque no han conocido a alguien que estimuló a buscar otra cosa, para apreciar los verdaderos tesoros. La enseñanza de mirar a lo esencial es una ayuda decisiva, sobre todo en una época como la nuestra que parece haber perdido el rumbo y perseguir la satisfacción miope.
La enseñanza para averiguar lo que el Señor quiere de nosotros y cómo podemos responder a esto significa ponerse en el camino para crecer en su vocación, el camino de la verdadera alegría. Por lo que las palabras de Jesús a la madre de Santiago y Juan, y luego a todo el grupo de discípulos, indican el camino para evitar caer en la envidia, la ambición, y en la adulación, tentaciones que siempre están al acecho entre nosotros los cristianos.
La necesidad de aconsejar, amonestar y enseñar no debe hacernos sentir superiores a los demás, pero ante todo nos obliga a volver a nosotros mismos para ver si somos coherentes con lo que pedimos a los demás.
No se olvide las palabras de Jesús: ¿Y por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en un ojo, si no eres consciente de la viga que tienes en el tuyo? (LC 6, 41). El Espíritu Santo nos ayude a ser pacientes en soportar y humildes y sencillos al dar consejo.
El Santo Padre Francisco en la Bula Misericordiae Vultus ha establecido que el Año Santo se concluirá el 20 de noviembre de 2016, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, con el cierre de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. El domingo precedente, 13 de noviembre, XXXIII domingo del tiempo ordinario, se concluirá el Jubileo en las Iglesias particulares.
La Eucaristía de clausura del Jubileo en las diócesis será única y se celebrará en la catedral. En nuestra diócesis, la celebración, presidida por el obispo, será el 13 de noviembre a las 17:00horas, en la catedral.
Tomando las palabras del Papa Francisco en su homilía en la celebración eucarística del Jubileo del Catequista en el Año de la Misericordia podemos encontrar diez propuestas que lo definen en una suerte de Decálogo del catequista de la misericordia:
El catequista anuncia, a ejemplo de san Pablo, lo esencial de la fe, el primer anuncio, que “el Señor Jesús ha resucitado, el Señor Jesús te ama, ha dado su vida por ti; resucitado y vivo, está a tu lado y te espera todos los días”, y “te ama personalmente”.
El catequista de la misericordia sabe que “a Dios-Amor se le anuncia amando: no a fuerza de convencer, nunca imponiendo la verdad, ni mucho menos aferrándose con rigidez a alguna obligación religiosa o moral”.
El catequista de la misericordia no es ni mundano ni estrábico, porque no se queda en la apariencia ni es indiferente, a diferencia de quien “mira con deferencia a las personas famosas, de alto nivel, admiradas por el mundo, y aparta la vista de tantos Lázaros de ahora, de los pobres y los que sufren, que son los predilectos del Señor”.
El catequista de la misericordia construye la historia saliendo de sí mismo, porque “a Dios se le anuncia encontrando a las personas, teniendo en cuenta su historia y su camino”.
El catequista de la misericordia anuncia a Cristo “a través del testimonio sencillo y veraz, con la escucha y la acogida, con la alegría que se difunde”, porque “el Señor no es una idea, sino una persona viva”.
El catequista de la misericordia anuncia a Cristo con alegría y con coherencia: “No se anuncia bien a Jesús cuando se está triste; tampoco se transmite la belleza de Dios haciendo solo bonitos sermones”.
El catequista de la misericordia anuncia a Cristo en la caridad y con creatividad: “Al Dios de la esperanza se le anuncia viviendo hoy el Evangelio de la caridad, sin miedo a dar testimonio de él incluso con nuevas formas de anuncio”.
El catequista de la misericordia anuncia a Cristo con humildad y servicialidad, pues “como servidores de la palabra de Jesús, estamos llamados a no hacer alarde de apariencia y a no buscar la gloria”.
El catequista de la misericordia anuncia a Cristo con positivismo y optimismo, pues “no somos profetas de desgracias que se complacen en denunciar peligros o extravíos; no somos personas que se atrincheran en su ambiente, lanzando juicios amargos contra la sociedad, la Iglesia, contra todo y todos, contaminando el mundo de negatividad. El escepticismo quejoso no es propio de quien tiene familiaridad con la Palabra de Dios”.
El catequista de la misericordia anuncia a Cristo con apertura y proximidad, por que “el que proclama la esperanza de Jesús es portador de alegría y sabe ver más lejos, tiene horizontes, no tiene un muro que lo encierra; ve más lejos porque sabe mirar más allá del mal y de los problemas. Al mismo tiempo, ve bien de cerca, pues está atento al prójimo y a sus necesidades”.
Yo estaba alejada de la Iglesia cuando empezó a hacerse popular la devoción de la Divina Misericordia. Recuerdo a un colega editor haciendo referencia a la recién canonizada santa Faustina Kowalska, preguntando “¿santa quién?”.
La primera vez que contemplé la imagen de Jesús de la Divina Misericordia quedé menos que impresionada. Confieso que pensé que era algún tipo de obra de arte como las que se venden junto a pinturas de Elvis sobre terciopelo o de perros jugando al póker.
Nada de esto me predisponía a abrirme a lo que para mí era una práctica devocional desconocida, rezar la Coronilla de la Divina Misericordia.
Pero la misericordia, a diferencia de la economía, se abre camino indefectiblemente, encuentra las grietas en los corazones que se volvieron duros y cínicos, y los reblandece y prepara para la curación.
A través de la misericordia de amigos míos, fui a Roma como peregrina en 2010. Nuestra primera misa matinal se celebró en la iglesia Santo Spirito in Sassia, un espléndido templo justo al lado del Vaticano, consagrado por san Juan Pablo II a la Divina Misericordia.
Y allí estaba Esa Imagen, en un cartel que se elevaba por encima de nuestro grupo de peregrinos.
Yo seguía separada de la Iglesia por entonces, así que me abstenía de comulgar. Pero aquella mañana sentí un anhelo profundo y auténtico de regresar. Así obra la misericordia, ablandando e invitando.
Y sí volví a la Iglesia, en el Adviento de 2010, movida inexorablemente por el fruto de aquella peregrinación.
Sin embargo, aunque encontré una dicha renovada en las prácticas que una vez abandoné –el rosario, la Adoración–, no sentía ninguna llamada a explorar la Divina Misericordia.
Luego, otra peregrinación en 2012, esta vez a los santuarios marianos de Portugal, España y Francia, me puso en compañía de peregrinos que tenían el hábito de rezar regularmente la Coronilla de la Divina Misericordia: todos los días, a las 3 pm, la hora (tradicionalmente asociada con el momento de la muerte de Jesús en la cruz) que santa Faustina denominó “la hora de la misericordia”.
Nuestro grupo empezaba a rezar la coronilla todos juntos cada día a las tres, deteniéndonos allá donde estuviéramos o uniéndonos en oración en los autobuses.
En la catedral de la Almudena en Madrid, nuestro director de la visita arregló que se hiciera una grabación de nuestra oración, conducida por una joven peregrina filipina que estaba discerniendo su vocación a la vida religiosa.
Al final del viaje, recibimos copias en CD de la grabación, para que pudiéramos revivir la experiencia de nuevo en nuestros hogares.
Las oraciones de la coronilla, compuestas por santa Faustina, son sencillas y poco sentimentales, se centran en la ofrenda de los sufrimientos de Jesús como expiación del pecado personal y global, e imploran a Dios a que “tenga misericordia de nosotros y del mundo entero”.
La repetición de esta letanía –Señor, ten piedad, Kyrie eleison– es una de las oraciones más antiguas de la Iglesia, Oriental y Occidental, y nunca está desfasada.
En especial ahora, sobre todo ahora. La sugerencia de esta semana para actuar con misericordia, conforme a este Año Jubileo —Reza una Coronilla de la Divina Misericordia camino del trabajo o de vuelta a casa— es una forma sencilla de presentar ante Dios nuestra necesidad, y la del mundo entero, de que se filtre en nosotros la misericordia, de que sintamos su efervescencia en nosotros.
Si nunca has rezado la Coronilla de la Divina Misericordia, este podría ser un buen momento para conocerla.
Para los que no estén familiarizados con las coronillas, constan de grupos de oraciones que se van contando en círculos de cuentas.
La Coronilla de la Divina Misericordia usa las cuentas de un rosario dominico estándar (de 5 decenas).
Después de una oración inicial opcional y las oraciones tradicionales rezadas sobre la cruz y las cuentas introductorias, la coronilla consiste en 5 “decenas” de oración e intercesión. En las cuentas de Padre Nuestro, rezamos:
“Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidadde Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, en expiación de nuestros pecados y los del mundo entero”.
Y en cada una de las diez cuentas de cada decena, rezamos:
Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.
La coronilla cierra con la oración “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero”, tres veces, y luego oraciones de cierre opcionales. (Para más información sobre cómo rezar la coronilla, haz clic aquí).
Puedes rezar la Coronilla de la Divina Misericordia, como un rosario, a solas o en grupo, en silencio o en voz alta, usando las cuentas o contando con los dedos.
Si vas y vuelves del trabajo acompañado, podéis rezar juntos. Si vas conduciendo a solas, puedes rezar con una grabación.
La coronilla es fácil de rezar en transporte público (doy fe de ello) y, además, aquello que veas a través de las ventanas del autobús o en los rostros de tus compañeros de tren puede moverte a pedir la misericordia de Dios con mayor fervor si cabe.