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lunes, 21 de agosto de 2017

¿Cómo ayudar a nuestros padres ancianos?


“Cuando mis padres envejezcan”, obra de Annie y Claude Beauducel, trata el tema delicado del acompañamiento de los padres cuando ya son ancianos, apoyándose en la experiencia personal de los autores, en testimonios contundentes y en la Palabra de Dios

Llega un momento en que nos vemos impotentes o desvalidos ante el envejecimiento de nuestros padres, y quizás indecisos o incapacitados en cuanto a las medidas más apropiadas para su bienestar. Esta pequeña guía práctica y espiritual tiene el propósito de ayudar a esta generación a atravesar este delicado periodo, orientarla en el discernimiento de la mejor decisión según cada situación particular.

Una pareja de autores motivados por una gran fe cristiana y por la generosidad

Annie y Claude Beauducel son miembros de la Comunidad de Emmanuel desde 1977 y a menudo han sido invitados a ofrecer su testimonio sobre el acompañamiento y cuidado de sus padres en su ancianidad.
Destacan los 13 años en los que han acogido en su propia casa a la madre de Claude Beauducel, una “convivencia a veces difícil que nos ha dado la ocasión de reflexionar sobre las relaciones intergeneracionales en el seno de nuestras familias”, escriben los autores.

El desasosiego ligado al envejecimiento de los padres

Este libro alude desde el principio a la angustia relacionada con el envejecimiento de los padres. Los hijos ven, más o menos progresivamente, que sus referentes se tambalean, su seguridad afectiva se desmorona y su tranquilidad de espíritu se escapa, tanto más en casos de distanciamiento geográfico.
Además, el envejecimiento de sus padres les recuerda su propia finitud, una idea que puede causar temor.

De la necesidad de discernir

El libro Quand mes parents vieillissent [Cuando mis padres envejezcan] plantea numerosas preguntas con el fin de ayudar al discernimiento y a la toma de decisiones, con vistas al bienestar de los padres ancianos, pero también para el de los hijos.
Decidir soluciones entre mantenerlos en casa con un servicio de ayuda personal o en una residencia para personas mayores o en un asilo con asistencia médica… dependiendo de la situación particular de cada uno. ¿Cuáles son las prioridades: la pareja, los hijos, los padres, el trabajo…? ¿Cómo conciliarlas y obtener un equilibrio sano?
El libro habla de la transformación del día a día para respetar el mandamiento divino de “honrar” a los padres hasta el final, habla de una nueva organización necesaria y del reparto de tareas entre los hermanos.

“Los ancianos siguen siendo personas”

Así, los autores hacen un llamamiento a la paciencia, al respeto y a la compasión hacia nuestros mayores. Claude Beauducel subraya la convicción íntima que comparten y que sostiene su obra: “Los ancianos siguen siendo personas. Conservan su dignidad como personas, sea como sea la disminución eventual de sus facultades”.

De la necesidad de perdonar

El libro habla de perdón. ¿Cómo conseguir perdonar a nuestro padre o nuestra madre cuando hay heridas, antiguas o recientes, cuando se dan casos de favoritismos quizás más flagrantes a medida que los padres envejecen, en casos de falta de reconocimiento o de ingratitud…?

Una invitación a abandonarse en las manos del Señor

Annie y Claude Beauducel están convencidos de una cosa: todas estas inquietudes, las conmociones, las dudas, totalmente legítimas todas, pueden atenuarse e incluso desaparecer si vivimos en la oración, en la gracia de los sacramentos de la reconciliación y de la unción de enfermos, en una confianza en Dios y en un abandono entre las manos del Señor, porque Él nos ilumina, si se lo pedimos, sobre las decisiones que tomar y nos ayuda a superar estos desafíos.
El libro contradice a Chateaubriand, a De Gaulle y a nuestras coquetas abuelas: en efecto, ¡la vejez no es un naufragio! Es el cumplimiento de su vocación, el camino hacia el encuentro con el Padre, vivido con tanta más calma si es con la impronta de la solidaridad familiar y la esperanza en Dios.
Claude Beauducel continúa con la metáfora marina destacando: “No es un naufragio, más bien al contrario, es una arribada a puerto”. Depende de nosotros ayudarles a atracar apaciblemente.

lunes, 3 de abril de 2017

Abuelos: si no existieran habría que inventarlos


Aportan memoria, raíces que podrían aún sostener a una sociedad que amenaza con el colapso

La figura de los abuelos es fundamental en el crecimiento de los jóvenes. Por este motivo Ezio Aceti, experto en psicología de la edad evolutiva, ha decidido titular su libro Nonni oggi. Se non ci fossero bisognerebbe inventarli” (Città Nuova) (Los abuelos hoy. Si no existieran habría que inventarlos) para profundizar la figura de estos “verdaderos y propios centinelas vigilantes no sólo de los nietos, sino también del mundo contemporáneo”.
Los abuelos, subraya “no son para desecharlos”, más aún, sería necesario “tenerlos siempre a mano porque lo que hacen es indispensable”. Demuestran, de hecho, que había un “antes”, “una raíz rica de savia y de experiencia que se puede alcanzar para construir un futuro más humano y vivible”.
En el volumen se subraya cómo en la sociedad compleja de hoy, los abuelos pueden llevar a cabo “una función impagable en términos de confianza y esperanza de sus raíces y valores”, y nos centramos en el lazo especial entre adulto/anciano y el nieto. Es profundizado el aspecto más personal y existencial del abuelo y de la abuela, como personas que luchan contra el envejecimiento del cuerpo.
“La cercanía de la muerte permite vivir lo esencial que, a menudo, significa dejar las frivolidades de la vida para aferrarse sólo a lo que es más humano y, al mismo tiempo, trascendente: pertenecer al Amor”. En la última parte se deja espacio a testimonios concretos sobre cuánto los abuelos pueden estar al servicio de la humanidad y la sociedad.
En una sociedad en donde las tipologías de familia (separadas, divorciadas, numerosas, multiétnicas, monoparentales…) determinan una amplia complejidad de relaciones y que éstas luchan para ser comprendidas en profundidad por los niños, en que las relaciones estables y duraderas se cuestionan continuamente y son amenazadas.
La crisis no es sólo económica, sino especialmente educativa, por lo que es necesario tener “testimonios creíbles capaces de garantizar el paso de una generación tradicional a una postmoderna”, observa Aceti. Las personas más aptas para favorecer este paso son precisamente los abuelos, aunque a menudo son apartados, “como consecuencia de la cultura de lo inmediato y de lo efímero que ha causado el colapso de la sociedad patriarcal”.
Si en el pasado, de hecho, en la familia numerosa los niños vivían inmediatamente en un grupo, el respeto generacional “era de casa, tanto que la obediencia a los padres y a los abuelos no se ponía en discusión”, y los abuelos podían ser más escuchados e imitados, al día de hoy las relaciones están caracterizadas sobre todo por las emociones “vividas hasta las consecuencias extremas, dominando a menudo sobre el buen sentido y la razón”.
En una sociedad que “parece eternamente adolescente, siempre a punto de precipitarse o exaltarse por lo menos”, los ancianos, para ser considerados, “deben parecer o volverse adolescentes”.
Las familias postmodernas son “cada vez más pequeñas, cada vez más diferenciadas y están más solas”, además, “los abuelos son usados en tareas de cuidados, pero con menos autoridad en el plano educativo”. En un contexto social que “corre el riesgo de disgregarse y perderse”, sin embargo, los abuelos pueden ser “aquellas vigas que no se rinden, que sostienen los elementos más importantes, impidiendo el colapso y la destrucción”.
La relación entre abuelos y nietos es, por otra parte, “una díada vencedora”. La relación que se establece entre ellos “no es comparable a ningún otro lazo afectivo” y “puede ser promotor de una afectividad y una alegría inestimables”, “porque los abuelos llevan en ellos todo un mundo. Son memorias lejanas, recuerdos pasados que para el niño tienen los colores del encanto y la fábula”.
Sobre todo, “son quizá los únicos capaces de regalar a los pequeños nietos el don más valioso para el futuro, porque una sociedad se fundamenta principalmente en dos pilares: la memoria de nuestros ancianos y la frescura de nuestros niños”.

martes, 10 de enero de 2017

Los abuelos, la continuidad en el amor Los niños son niños que no saben nada, los ancianos son niños que se saben al final de su camino


Los abuelos, la continuidad en el amor









Los ancianos,  como los niños, necesitan protección, seguridad, ayuda, comprensión, compañía y sobre todo el más auténtico amor.  Pero suelen sufrir abandono cuando más en deuda se está con ellos.
No sabemos de un niño que no ame a los abuelos si tiene la oportunidad de convivir con ellos. Y si  después de sus padres, a quienes más aman son a ellos, entonces… ¿Qué sería de los niños si no tuvieran abuelos?
Imagínense por un instante que fuera legal y obligado suprimir a los ciudadanos que alcanzaran la tercera edad (la idea puede de no ser  tan original, pero de momento a Dios gracias solo está en el campo de la ficción)… ¿Qué sucedería?
Los niños perderían  la más rica encarnación de la escuela de la vida, pues se aprende más de dos abuelos que de diez expertos en temas familiares, por lo que son personajes fundamentales en la convivencia familiar.  Más grave aún, automáticamente se les cerraría la visión de futuro, pues pensarían que después de sus padres ya no existe nada, solo un angustioso y misterioso vacío.
No ha de ser así, pues conociendo que estamos precedidos en el amor, aceptamos y valoramos luego el ser su prolongación, creando el sentido armónico de la continuidad de la vida.
Aquí algunos testimonios sobre la continuidad en el amor por los abuelos, aportados por quienes tuvieron la fortuna de convivir con ellos:
  • Cuando mis abuelos me cuidaban, me daban una gran seguridad y confianza, pues se daban por entero a mí.
  • De ellos aprendí otros hábitos, otra forma de vida y maneras de hacer. Sobre todo a interesarme por las personas  de la manera más natural y sencilla.
  • Mis padres seguían los consejos de los abuelos, pues ellos por su edad tenían ya mucho sentido común y experiencia de la vida, les enseñaban con humildad hablando de sus errores y evitándoselos.
  • Siempre estaban dispuestos a escuchar mis infantiles aventuras y  ellos a su vez contarme  cuentos e historias (incluidas las famosas cacerías y pescas del abuelo).
  • No solo festejaban mis ocurrencias,  sino que las  aprovechaban para ayudarme  a desarrollar mi inteligencia e imaginación.
  • De  ellos también aprendí a no dejarme  llevar solo por lo que me gustaba, no eran tan consentidores.
  • Era muy positivos al enseñarme, diciéndome: tu papa haría las cosas de esta manera, pero yo las hago de esta otra y ambas son buenas; pero en este caso concreto, veamos cual es la más conveniente. Eso ayudo al desarrollo de mi  espíritu crítico.
  • Con su talante sereno y campechano, me dieron un sentimiento de apaciguamiento y de seguridad.
  • Seguían las directrices de mis padres, reforzando el sentido moral y el respeto a las reglas de la convivencia.
  • Eran mi paño de lágrimas cuando de niño estaba triste o lloraba.  Me consolaban e igual me corregían. Al final lograban hacerme sentir amparado y tranquilizado.
  • Los lazos de afecto entre mis padres y abuelos me dieron un ambiente feliz, así comprendí la importante noción de los que es una familia.
  • Cuando me hablaban de “cuando éramos pequeños como tú”, me aportaban la idea del tiempo, de la continuidad de la vida.
  • Cuando perdí a mi padre, lo sustituyeron consiguiendo suplir la figura parental ausente.
  • Aun de adulto, cuando necesito paz, siguen siendo mi amor refugio.
La principal forma de honrar a nuestros abuelos es reconocer su derecho a vivir y morir con dignidad en el seno amoroso de nuestra familia.
Su derecho a vivir con dignidad en su relación con sus hijos y sus nietos, entre muchas cosas,  significa principalmente:
  • Evitarles vivir de la caridad y de la compasión.
  • A no cobrarles facturas por sus errores como padres, negándoles el amor de los nietos.
  • A reconocer que más importante que el amor que les ofrecemos, es sobre todo aceptar  el que ellos siempre están dispuestos a darnos.
  • Apoyarlos a que mientras puedan, sigan trabajando en los suyo y cobrando su sueldo.
  • Cuando jubilados, a que tengan actividades gratificantes y se conserven autónomos.
  • A participarles nuestras vidas, a poner mucha atención cuando nos hablan, a aceptar sus opiniones, consejos, y sobre todo, a aceptar su vejez sin hacerlos sentir viejos.
Una vida larga ya no es privilegio de pocos, sino destino de muchos.
Los adultos  mayores son los transmisores de las tradiciones, los guardianes de los valores ancestrales, el eslabón que une a las generaciones dando e inspirando benevolencia, tolerancia; capaces aun de participación y creatividad, viviendo hasta el final como un proyecto de vida valioso e insustituible.

martes, 13 de septiembre de 2016

Cuando mi padre anciano vino a vivir a casa: un testimonio La familia es donde lo valemos todo, despojados de todo


Walking alone
This old man was walking alone down this road, slowly. He had his walking stick to support himself and was on a course to his chosen destination. The street was so empty and quiet except for his movements. I saw the opportunity of capturing him with my NEX-6 and so I took it. One snap was all that was needed to freeze him in time. Snap! He never new I was even there.



Como en muchas familias, acogimos a mi anciano padre que al enviudar, se rehusó durante unos años a abandonar su casa: “para salvar lo que me resta de  autonomía”, nos decía, aunque nosotros sabíamos que el verdadero motivo era que la casa conservaba el intimo recuerdo de su más grande amor en la tierra, por lo que se dedicaba a cuidarla y conservarla tal como a mi madre le gustaba. Finalmente, al abandonarlo las fuerzas, se rindió, pero para no darnos preocupaciones,  con la certeza de que sería acogido con inmenso amor en las casas de sus hijos, aceptó pasar un tiempo con cada uno, de acuerdo a un programa.
Fui el primero en recibirlo. Llegó con un pequeño bagaje personal después de repartir entre nosotros lo que había en la casa paterna: entre muebles, utensilios, y todo lo materialmente útil, encargándonos escrupulosamente lo que consideraba de un innegable valor estimativo.
El tenerlo en  casa, nos acercó  la sublime realidad de que es el hogar el ámbito, el espacio y tiempo de la intimidad originaria de las personas. Fue así que tuvimos la oportunidad de acercarnos a su ser, para acompañarlo en esta etapa de su vida, un dulce y corto tiempo.
Mi padre se levanta temprano y procura estar siempre ocupado. El jardín en sus manos florece como nunca, lava los coches, da mantenimiento a la pintura, se encarga de la mascota, entre muchas cosas, para luego darse una escapada a visitar los viejos amigos. En este estar ocupado se le nota crecer en la esperanza, pues sobre una vida interior apacible, muestra siempre el dinamismo de quien sin olvidar  lo que queda atrás,  busca hacia adelante la meta, el premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús. Su apacible mirada convive con el carácter recio de una gran determinación por vivir con gran dignidad hasta el último instante, con la responsabilidad de dar ejemplo.
Paradójicamente, su mirada ya no se enciende prontamente ante los intereses de la vida. Para mi padre, el hacer, tener, saber, han cedido definitivamente espacio a lo esencial, desprendiéndose de lo mundano sin dejar de amar al mundo. En su tranquila amabilidad ha aprendido a comprender a las personas, a disculpar errores, a perdonar y olvidar como una de las cosas más difíciles de la vida. Para él, más que nunca, el yugo es suave y la carga ligera.  
Sigue cultivando su fino intelecto, haciendo nuevos amigos, incansable en el dar y darse, alegre optimista. Reza, hace lagos ratos e oración y se nota en él empeño y anhelo por abrir su intimidad a la trascendencia dando gloria Dios por cada día. Alguna vez habla con naturalidad de la muerte que se acerca inexorable, amándola y aceptándola cualquiera que sea su género, con la certeza de quien se sabe que se encuentra a las puertas de una nueva vida, de un cambio de casa, de un paso en el que deja el mundo y de momento a los que en él le han acompañado, con la esperanza de quien sabe que solo Dios puede llevarlo de la mano a esa nueva vida. Una sólida esperanza a lo san Pablo: está muy próximo el día de mi partida, he luchado el buen combate.
Esto años, mi amor filial es incondicional y se dirige al ser de mi padre solo por ser quien es, más allá de toda utilidad y provecho. Brotan en mis sentimientos amorosos de agradecimiento, respeto, obediencia y protección solidaria en su progresiva invalidez. Amores hechos vida como elemental don de justicia, a través  del trato personal íntimo y atenciones gustosas que jamás delegaría a nadie.
Los hijos cuanto más profundamente comprendemos el significado del ser personas, más valoramos la excelencia de existir a una vida, a una vida personal. Y en cuanto más valor le damos a esta, más comprendemos lo justo de un amor de veneración hacia quienes vivieron congruentes con las exigencias de las vidas procreadas, con un amor incondicional al formarnos como tales.
Es justo porque nuestros padres nos dieron “como nuestro” la vida biológica, la educación de nuestras personas y ellos mismos.  Mejorar  y restaurar su amorosa donación fue su ser y hacer mientras vivieron. En este profundo sentido para nosotros los hermanos, nuestros padres son verdaderamente nuestros.
Tan es justo el amor debido entre padres e hijos, que Dios lo asume en su relación con nosotros.
Mi padre ya no puede conducir, esta mañana como todas hemos ido a visitar al santísimo, es una hermosa y soleada mañana. Con su voz  un poco apagada  sostiene una charla amena, vibrante. Se acerca la primavera y me señala las flores y las aves anidando, las enredaderas de viejos muros, el  fresco verdor del césped, la elegancia de añosos y majestuosos árboles. Busca y descubre una imagen de la virgen tallada en piedra en lo alto de una vieja casa que no podría pasar desapercibida para un corazón enamorado, y la saluda cariñosamente con  entrañable familiaridad. Luego al doblar una esquina exclama: –¡ve ese hermoso árbol reverdecido, a tu madre le encantaba! Observo el árbol y comprendo con la misma claridad de la mañana, que el amor entre esposos es eterno, que clama al infinito… porque viene de Dios y a él nos lleva.
Al doblar una esquina podemos ver  el edificio de nuestra parroquia, mi padre guarda silencio y se recoge con su corazón trasportado ya ante el sagrario. Yo hago lo mismo y le doy gracias  a Dios por este privilegio… en un dulce y corto tiempo.
La familia es donde lo valemos todo, despojados de todo
Recordemos lo escenarios sociales por donde discurren nuestras vidas: la empresa en  la que trabajamos, el club deportivo, el banco, el partido político, nuestros círculos sociales. En todas estas relaciones existe algo de condicional, de utilidad y conveniencia: por ser inteligentes, competentes, ricos, simpáticos, atractivos, productivos, rentables, influyentes y mil otras formas de utilidad y conveniencia. Esto en sí mismo cumple una importante función  en la vida, en sociedad, pero por estas mismas causas en todas las relaciones somos radicalmente sustituibles por otros en nuestros mismos papeles, rol o función.
Bajo esta perspectiva de comparación, la familia aparece como aquel lugar en donde no importamos por la utilidad sino por el valor incondicional de ser únicamente, este hijo, este hermano, este padre, este esposo o esposa.
Los vínculos familiares anclan directamente en la persona despojada de todo como la mayor prueba de amor.

Artículo ofrecido por la revista Ser Persona

martes, 16 de agosto de 2016

Nueve secretos católicos para tener una larga vida (y una vejez serena) La vejez puede ser un tiempo de crecimiento personal, si se aprende a hacerlo bien


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Tras el episodio desgarrador narrado por Aleteia sobre dos ancianos que lloraban y gritaban en su pequeño departamento en Roma (Jole y su esposo Michele, ella con 84 años, él con 94), ambos víctimas de una “soledad incurable” y que atrajeron a la policía, avisada por los escasos vecinos que barruntaban un hecho ilícito, la pregunta es no solamente qué estamos haciendo con nuestros mayores, sino cómo estamos aprendiendo –o no aprendiendo—a envejecer.
Sin embargo, hay una gran cantidad de testimonios de personas que llegan a los 80 o los 90 años con una vitalidad sorprendente, con un deseo contagioso de vivir y con la capacidad para enseñar que la tercera edad es, seguramente, el repositorio de la experiencia y el sentido humano de la vida.
Una serie de testimonios hacen el siguiente listado de los Nueve Secretos Católicos para una Larga Vida que en su edición de esta semana propone la publicación estadounidense Our Sunday Visitor:
Confía en Dios. La vida estará llena de bendiciones pero, también, de retos, y solamente a través de la fe en Cristo tendremos la habilidad de decir: “Hágase Tu Voluntad”.
Permanece activo. Nuestros cuerpos nos fueron dados por Dios, y debemos tratarlos con esa misma dignidad.
Continúa creciendo en la fe. Con la edad viene la sabiduría, pero solamente si nosotros nos esforzamos por ir hacia ella.
Vive frugalmente. Una vida sencilla deja mayor espacio para las cosas que son verdaderamente importantes.
Transmite la fe a otros. Compartir el amor de Cristo y de su Iglesia es de los más grandes regalos que nosotros podemos darle a los demás.
Ora continuamente. Solo cuando hacemos quietud en nuestra vida y conversamos con Dios, podemos escucharlo a Él y seguir su llamado.
Come bien. Ya sea que comas o bebas, o cualquiera otra cosa que tú hagas, hazlo todo para mayor gloria de Dios (San Pablo a los Corintios).
Permanece abierto al cambio. Nuevas experiencias pueden llenar el alma y ser el antídoto contra el aburrimiento y la soledad.
Abraza a tus amigos y familiares. Pasar tiempo con aquellos con quienes más nos gusta estar proporciona una enorme cantidad de alegría.

sábado, 6 de agosto de 2016

5 cosas que mis hijos están aprendiendo de su abuela No puede hablar y aun así les está dando las mayores lecciones de la vida


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Mi madre tiene párkinson en etapa avanzada y ahora hace unos siete años que vive con nuestra familia, así que ni siquiera mi hijo mayor puede recordar un tiempo anterior en el que no estuviera la abuela.
Somos miembros únicos de la generación sándwich, porque mi madre tenía 42 años cuando yo nací (¡y además tengo dos hermanos menores!) y mi marido y yo nos casamos tarde, así que mientras la mayoría de nuestros colegas ya tiene adolescentes, nosotros tenemos infantes.
En esta situación acabas teniendo pañales a ambos lados del espectro. Es cierto, es duro, pero también es fantástico. Y es particularmente fantástico para nuestros hijos.
Aquí están las 5 lecciones que creo que mis hijos están aprendiendo al tener a la abuela en casa.
  1. La dignidad no está en el hacer.
Ya que ella es prácticamente incapaz de hablar, mis hijos no esperan que les cuente historias de antaño, ni que les lea cuentos.
También saben que si la abuela se queda sola en la mesa del comedor, puede hacer “travesuras”, como echar cereales en el café.
Saben que si dejan algún pastel desatendido al alcance de ella, cuando vuelvan ya habrá desaparecido; ¡no ha dejado de ser golosa con la edad!
Y es que lo que haga —o no haga— no supone una diferencia para ellos. La abuela es parte de la familia, así de claro. Siempre hay una ficha para ella en los juegos de mesa y está por todas partes en las fotos familiares.
  1. Todo el mundo es una “carga”.
Para mis hijos, no hay nada sorprendente ni inquietante en el día a día de las necesidades de mi madre, y no dudarán en defenderla si yo tengo un momento de impaciencia. 
Saben que usa pañales como su hermanito pequeño y como el hijo discapacitado de la niñera. También —y esto es importante— saben de buena tinta que algún día ellos volverán a llevar pañales.
Aún no pueden expresarlo con estas palabras, pero ya tienen una conciencia formada de que todos, de una forma u otra, somos una carga. Perciben que toda relación requiere un esfuerzo. Todas las relaciones exigen sacrificio; todas.
  1. El cielo está a la vuelta de la esquina. 
El abuelo se fue mucho antes de que yo conociera a mi marido, pero a menudo hablamos de él y le recordamos muy especialmente el Día de los Difuntos. Saben que el abuelo “vive en el cielo”.
Y como la abuela está en la sala de estar y el abuelo en el paraíso, se ha formado una conexión natural entre estos dos “lugares”.
El cielo surge mucho en las conversaciones diarias. Una buena señal, porque tenemos que recordar lo que en Hebreos se llama el “ancla del alma”, que “penetra hasta dentro del velo” (6:18-20. Lee alguna vez este pasaje. El papa Francisco me fascinó usando esta imagen de nuestra ancla en el paraíso. No me di cuenta de que hacía referencia a las Escrituras hasta más tarde).
  1. Formar parte de una familia significa ser parte de algo maravilloso. También significa ceder en algunas cosas. 
Hay muchas circunstancias en las que los hijos pueden aprender importantes lecciones sobre por qué el mundo no gira en torno a ellos.
Una buena forma es cuando tienen que replantear o suspender alguna actividad porque no es apta para una silla de ruedas o porque no hay nadie que se quede en casa para cuidar de la abuela. Y esto les ayuda a ser mejores personas.
  1. Una generación va, otra generación viene (Ec 1:4)
A menudo los pequeños hablan de cuando a mí me toque ser la abuela y entonces sea su turno para hacer de mamás y papás.
También tienen claro que, para cuando sea su turno ser abuelos, la abuela ya estará en el cielo. Lo saben, aunque estoy segura de que el concepto de muerte aún es algo difuso para ellos, porque aún no han experimentado la muerte de un ser querido.
De eso hablábamos precisamente mi hijo y yo esta semana.
“Mamá, cuando sea abuelo, la abuela ya estará en el cielo”, me dijo. “Sí”, le dije y (como ya está muy frágil) añadí: “puede que esté en el cielo mucho antes de que seas abuelo. Puede que esté en el cielo cuando tengas, por ejemplo, 26”.
“Nooooo”, respondió incrédulo. “Eso sería dentro de… de…” y empezó a contar con los dedos. Esperé a que hiciera las cuentas y se percatara de que por entonces la abuela ya tendría 102 años.
“¡La gente vive hasta los 102 años, mamá!”, declaró, seguro de que de ninguna forma la abuela se iría tan “pronto”.
“Sí, a veces la gente vive mucho, cariño. Pero… no siempre… La echaremos de menos cuando se vaya al cielo, ¿verdad?”.
Y su cara se ensombreció con el extraño pensamiento de ese día futuro.
Pero luego añadió: “Sí. Pero estará feliz porque podrá estar con Dios”.

viernes, 17 de junio de 2016

¿Cómo querer a un padre por el que no te sentiste querido? El cuarto mandamiento hecho vida: nunca es tarde para el perdón


enfermo en la cama



Asistíamos al entierro de mi abuelo, que había muerto a avanzada edad. En esas largas horas de vigilia, mi padre,  a sus casi sesenta años, con serena tristeza conversa conmigo en esa intimidad que dispone abrir el corazón entre seres cercanos: me hablo del abuelo, de cosas que de una forma u otra, yo sabía, pero que consideró oportuno decantar con caridad.
Lo hizo con esa sencillez revestida de naturalidad con que se ha relacionado siempre con nosotros. Una naturalidad y una sencillez, por las que solo de adultos pudimos aquilatar su espíritu de sacrificio y abnegación, muchas veces heroico para sacar adelante a la familia.
Su mirada se posaba con tristeza y cariño en el ataúd, cuando me conto con voz baja su historia:
En mi niñez,  juventud y buena parte de mi vida adulta, a mi padre nunca lo conocí lo suficiente ni le tuve confianza. Era un hombre duro que no manifestaba cariño ni a sus hijos ni a mi madre. Cuando muy joven salí de mi casa, durante años, evadí su trato, pues me remitía a resentimientos que deseaba verdaderamente superar, ya que lo recordaba más que nada por el temor que me inspiraba su carácter irascible y a su tiránica  autoridad, por la que me exigió siempre una obediencia forzada como la de un esclavo,  y no la obediencia libre que nace del amor de hijo, un amor del que no se ocupaba. Una relación de la que quedaron daños que me llevo muchos años superar, y en los que tuve la fortuna de encontrar en mi vida personas que me ayudaron muchísimo, sobre todo a tu madre.
Finalmente me decidí a perdonarlo, como un importante escalón en mi superación espiritual y psicológica, sabía que no sería fácil, pero el querer crea la posibilidad.
Con esta actitud, me sorprendí recordando vivencias a través de los cuales pude ver los rasgos de bondad que existían en él, pero que fue incapaz de proyectar,  o que  quizá lo intento a su manera. Eso me animo aún más. Luego encontré mucha paz cuando me di cuenta de que honrar es una forma de amar, es decir,  cumpliendo el cuarto mandamiento; esforzándome en llevar una vida digna con obras que darían gusto  y satisfacción a cualquier padre, vida y obras que ofrecía por él. 
Las oportunidades se fueron presentando aún más cuando  pasaron los años, murió mi madre, envejeció, se volvió achacoso y habiendo cambiado poco, parecía que iba a ser un caso de genio y figura hasta la sepultura, pero no fue así. Fue cuando lo recogí en casa, pues no tenía mucha autonomía y me necesitaba…  aceptó refunfuñando.
Viviendo con nosotros, por las tardes, con cierta frecuencia y sin que nadie más nos acompañara lo llevaba a tomar nieve, a caminar a paso lento por jardines o a comer de bocadillos que le gustaban, hablábamos de cosas ordinarias sin ninguna referencia a nuestra complicada relación en la más sencilla convivencia, no hacía falta más y lo era todo al mismo tiempo. Alguna vez se encontró con uno de sus amigos y  mi me presento sin disimular su orgullo.
En un entorno de amor tu abuelo fue cambiando poco a poco y es la parte de la historia que te toco vivir, donde lo recordaras como abuelo noble y bondadoso, lo que hizo una importante aportación a la familia. Se podría decir que se reeducó,  pues pago el amor con amor, y me consta que se esforzó  creciendo mucho ante mis ojos, sanando mis viejas heridas. Llego el momento en que sin dársele fácil, con voz quebrada y frases cortas, me conto de su vida, de la dureza en que él había crecido, de cómo había repetido comportamientos erróneos y lo arrepentido que estaba. Comprendí  que esa era su forma de pedir perdón, poco tiempo después ha muerto.
—–
Mi padre guarda silencio mientras recorre con su vista el ataúd  para luego fijarla en el crucifijo que está en la cabecera y se recoge en oración.
Mi padre fue capaz dar lo que no había recibido.  
Extiendo mis brazos sobre sus hombros, mientras acuden a mi memoria recuerdos de su tolerancia cuando sus hijos dramatizábamos y representábamos el  papel de incomprendidos,  sin imaginarnos que a la hora de corresponder, nunca podríamos pagar lo que le debíamos sino con veneración, de cariño agradecido, filial.  Cuanto amor le debemos, y el amor solo con amor se paga.
Cuando los hijos son mayores más urge la obligación de su amor, pues al tener más desarrollada y clara la  inteligencia y al estar menos obligados a obedecer; el amor, las delicadezas, las atenciones, deben crecer y son más necesarios. Cuando un hijo no quiere hacerlo porque con razonadas sinrazones  piensa que no debe nada a sus padres, debe acordarse de que  nada más y nada menos,  les debe  el ser de su existencia.
Más que nunca me propongo honrarlo.



martes, 7 de junio de 2016

“El vídeo del Papa”: “¿podemos ignorar el abandono de ancianos y enfermos?” Pide por “los ancianos, marginados y las personas solitarias”

El vídeo del Papa ( puedes verlo en este enlace, pincha encima)

El Papa Francisco ha grabado un vídeo para pedir la oración y el compromiso a favor de “los ancianos, marginados y las personas solitarias”, con el objetivo de concientizar sobre el frecuente abandono de personas mayores y enfermos.
“Nuestras ciudades deberían caracterizarse sobre todo por la solidaridad, que no consiste únicamente en dar al necesitado, sino en ser responsables los unos de los otros y generar una cultura del encuentro”, expresa Francisco en la intención de este mes.
Según el índice global AgeWatch, realizado por una alianza de organizaciones no gubernamentales que utilizan datos internacionales, una de cada diez personas mayores se describen a sí mismos en soledad a menudo o todo el tiempo.
El Video del Papa, iniciativa lanzada en este Año de la Misericordia por la Red Mundial de Oración del Papa, busca dar a conocer desafíos de la humanidad expresados por las intenciones de Francisco.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Bienaventurados los ancianos Los ancianos, los que nos traen la historia, la doctrina, la fe y nos la dan en herencia


pareja anciana


1.Bienaventurados y felices todos los ancianos que encontrándose solos y abandonados continúan amando porque se creen amados por Dios.

2.Bienaventurados los ancianos que aceptan con mirada confiada y serena sus limitaciones, porque descubrirán la felicidad de la humildad.

3.Bienaventurados los ancianos que viviendo su pobreza siembran alegría a su alrededor, porque conocerán el gozo de vivir.

4. Bienaventurados los ancianos que no fomentan el egoísmo de vivir buscando sus seguridades, porque las encontrará cubiertas todas por añadidura.

5.Bienaventurados los ancianos, que se acercan al sufrimiento de los demás, porque nunca carecerán de compañía.

6.Bienaventurados los ancianos que se mantienen optimistas, porque no tendrán la sensación de haber desperdiciado su vida.

7.Bienaventurados los ancianos que son portadores de paz y energía creadora, porque contribuirán hasta el último momento a la construcción del mundo.

8.Bienaventurados los ancianos que valoraron su vida y valoran su ancianidad, porque en su atardecer sabrán dar gracias a Dios por el gran don de la vida.

9.Bienaventurados los ancianos que le dejan a la sociedad y a la Iglesia una lección de vida, un bagaje de sabiduría y un ejemplo de fe hecha vida.

10.Bienaventurados los ancianos que al momento de dejar este mundo puedan repetir las palabras del profeta Simeón al ver al niño Jesús.

Que tengas un muy feliz día

martes, 24 de mayo de 2016

¡Ya no aguanto al abuelo! Por más que no tenga idea de internet, domina la vida o, por lo menos, te lleva ventaja, pregúntale y verás


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Los viejos estorban tanto que ya ni les decimos así. Como que la vejez nos da miedo. ¿O no?
Los ancianos ahora son “adultos en plenitud” o, de perdida, “gente de la tercera edad”. En los discursos de los políticos, los viejos se vuelven patrimonio nacional bajo el bonito título de “nuestros abuelitos” o el cursísimo “cabecitas blancas”.
En el mejor de los casos, los viejos se convierten en un buen chiste o algo por el estilo. En otros casos, son objeto de lástima social o botín político. Pero normalmente nada más son un estorbo.
“Señor fulano, como ya tiene 60 años está despedido”, “¡Ay, abuelo! ¿Por qué no te callas?”, “Tú no opines, ¿sí?, es que ya se te va el avión”.
Pues no manches. Porque ese desprecio a los ancianos nos va a llegar a nosotrosEn lugar de valorar toda esa sabiduría que atesoran los viejos, ahora resulta que son un bulto de huesos que apenas puede moverse.
Seguramente tú no tratas con desprecio a tu abuela, pero qué tal tu cuate el Roñas. Ese si que no tiene vergüenza. Está del nabo. Le grita, le da flojera platicar con ella, hacerle un favor, acompañarla un ratito el sábado o, de perdida, no esconderle la dentadura.
Pero eso sí, el Roñas va a los asilos a visitar a “nuestras cabecitas blancas” que han sido recluidas en esos lugares por sus desalmadas familias.
No nos hagamos. Como el Roñas, hay muchos que se hacen guaje en su casa y ven en sus abuelos una verdadera carga.
No se puede ser luz de la calle y oscuridad de la casa. Y no digo que no vayan a visitar a los ancianos a los asilos, nada más que primero está la familia, y no es eslogan publicitario.
Si aún vive, ¿por qué no inviertes unas horas del sábado para platicar con tu abuelo?
Además de que le harás pasar un buen rato, seguro aprenderás un buen de cosas. A lo mejor piensas que es pura pérdida de tiempo, tiempo que podrías dedicarle a tu novia (o), a tus cuates o a la consola de video juegos.
Nada más no olvides que tú también llegarás a esa edad —a menos que el alcohol acabe contigo antes de los cuarenta— y que vas a extrañar un rato con la gente que te quiere.
Y no lo hagas por lástima o por obligación. Es un acto de cariño que puedes aprovechar muy bien. Imagínate nomás cuántas cosas no sabrá tu abuelo de mil temas.
Por más que esté chocheando y no tenga idea de internet, ese señor domina la vida o, por lo menos, te lleva ventaja. Pregúntale y verás.

lunes, 9 de mayo de 2016

Bienaventurados los ancianos. Los ancianos, los que nos traen la historia, la doctrina, la fe y nos la dan en herencia


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1.Bienaventurados y felices todos los ancianos que encontrándose solos y abandonados continúan amando porque se creen amados por Dios.
2.Bienaventurados los ancianos que aceptan con mirada confiada y serena sus limitaciones, porque descubrirán la felicidad de la humildad.
3.Bienaventurados los ancianos que viviendo su pobreza siembran alegría a su alrededor, porque conocerán el gozo de vivir.
4. Bienaventurados los ancianos que no fomentan el egoísmo de vivir buscando sus seguridades, porque las encontrará cubiertas todas por añadidura.
5.Bienaventurados los ancianos, que se acercan al sufrimiento de los demás, porque nunca carecerán de compañía.
6.Bienaventurados los ancianos que se mantienen optimistas, porque no tendrán la sensación de haber desperdiciado su vida.
7.Bienaventurados los ancianos que son portadores de paz y energía creadora, porque contribuirán hasta el último momento a la construcción del mundo.
8.Bienaventurados los ancianos que valoraron su vida y valoran su ancianidad, porque en su atardecer sabrán dar gracias a Dios por el gran don de la vida.
9.Bienaventurados los ancianos que le dejan a la sociedad y a la Iglesia una lección de vida, un bagaje de sabiduría y un ejemplo de fe hecha vida.
10.Bienaventurados los ancianos que al momento de dejar este mundo puedan repetir las palabras del profeta Simeón al ver al niño Jesús.
Que tengas un muy feliz día.