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jueves, 11 de enero de 2018

Un Testimonio “sorprendente” con Jesús en el sagrario.


veces que te he dejado solo, cuando he dudado de tu presencia verdadera, y cuando te he ofendido.
Me nace de lo más hondo del alma esta breve oración, sincera, para pedir al buen Jesús que me perdone porque no he sabido ser el mejor de sus amigos.
Me ha mostrado que Él está allí, en los sagrarios, VIVO. No es un teorema, ni una hipótesis, ni algo irreal. En verdad está VIVO en cada sagrario del mundo entero. 
Pensaba en los maravillosos testimonios que ustedes me envían sobre sus visitas a Jesús en el sagrario. Hacía limpieza en mi habitación y de casualidad hallé unas cartas del 2001. Me detuve un rato leyéndolas y en una encontré esta pequeña joya de mi amigo argentino Horacio Mantilla. Es una historia maravillosa. Se las comparto:
“Aquella tarde salí de casa y aproveché que tenía tiempo y me fui hasta la parroquia. Necesitaba un lugar para reflexionar y estar tranquilo, y en casa no iba a poder. Llegué a San Agustín y me fui directo al Sagrario y ¡Oh sorpresa! No me acordaba que todos los días jueves hay una hora santa de adoración Eucarística para pedir por las vocaciones religiosas y sacerdotales.  Allí estaba Jesús, en un pequeño Santísimo que guardamos en el Sagrario. 
Me quedé un rato y le puse mis problemas en sus manos. En ese momento di gracias a Dios por todas sus bendiciones.
Jesús me esperaba con sus brazos abiertos y calmó mi angustia, borró mis inquietudes. Me dio paz y serenidad en el alma.  Jesús me esperaba… ¿te das cuenta?… Jesús me esperaba.”


Soy un simple padre de familia, un esposo, un aprendiz de escritor, una persona que cae y se levanta…  y puedo percibirlo. Saber que es cierto. Jesús está presente en los sagrarios del mundo. He visto tantos milagros patentes y aún hoy me sorprendo cuando ocurren.
Las personas van desesperadas a verlo y Él las consuela, las abraza, les da las gracias que necesitan para continuar sus vidas.
Si pudiésemos escuchar con los oídos del alma claramente oirías sus palabras cuando te dice: “Aquí estoy. Y te amo”. 
Encontré una hermosa oración a Jesús Sacramentado. Me gustaría compartirte un fragmento. Lo he copiado para mí, para leérselo hoy, cuando vaya a verlo. Cuando esté en su presencia y le diga una y mil veces que le quiero. Ve tú y hazlo igual, dile que le quieres. Sus consuelos no se harán esperar.
“¡Oh Jesús de mi alma, encanto único de mi corazón!, heme aquí postrado a tus plantas, arrepentido y confuso, como llegó el hijo pródigo a la casa de su padre. Cansado de todo, sólo a Ti quiero, sólo a Ti busco, sólo en Ti hallo mi bien…”

jueves, 4 de enero de 2018

“¿Amas a María, la Madre de nuestro Señor?” (Un bello testimonio)



Cuando niño cada vez que tenía un percance acudía a mi mamá.
Mi refugio siempre fue mi madre. Me caía y corría donde ella para que me curara los raspones  y moretones.  La recuerdo aun limpiando mis heridas con una sonrisa que me calmaba, colocándome un curita y dándome un abrazo tierno. Me refugiaba en ella y sentía un gran consuelo con sus tiernas palabras que calmaban tu inquietud: “Vas a estar bien”.
Ella me enseño con mi abuela a buscar refugio en nuestra Madre del cielo, el primer sagrario.
Siempre encuentro dulces consuelos celestiales. Me sonrío porque cada vez que me acerco a la Virgen y rezo el Rosario me parece escuchar sus palabras en la Boda de Caná de Galilea. (Jn 2, 5)
“Hagan todo lo que Jesús les diga”.
La Virgen María es un refugio en la adversidad, consuelo de la humanidad. Cada noche antes de dormir rezo con Vida mi esposa tres Avemarías, una bella devoción que le fue revelada a Santa Matilde de Hackeborn (1241-1281) junto a las gracias innumerables que recibirán quienes practiquen esta devoción y recen a diario tres avemarías, pidiendo a la Virgen Santísima su Auxilio.
Algunos te dicen: “El único que intercede ante el Padre es Jesús”. Y es muy cierto. Lo que han olvidado es que María su Madre intercede por nosotros ante Él. Y su Hijo Jesús, nunca le niega nada a su madre. Además es mi Madre del cielo, ¿cómo no acudir a ella?
Yo que a diario busco  los sagrarios porque en ellos está mi Señor, ¿cómo no voy a amar el primer sagrario que llevó a nuestro Señor? La Purísima Virgen María, la llena de Gracia, Nuestra Madre celestial.





En ocasiones encuentro personas que no han llegado a conocer a nuestra Madre celestial y por ese desconocimiento no hablan bien de ella. En esos momentos, con la mayor caridad que puedo, les hago una sola pregunta: “¿No amas a la Virgen María la Madre de nuestro Señor?”  Esto basta casi siempre para abandonar la discusión.
No puedo juzgarlos, ni juzgar a nadie. Y tampoco deseo hacerlo. Yo mismo, conociendo a Jesús y a nuestra Madre celestial, buscando a Dios y su gracia, soy de los que pecan y caen…
Me ocurre como a san Pablo.
“Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco.” (Romanos 7, 15)
Bien decía  el Papa bueno, Juan XXIII: “Comprender, no criticar”.
Debemos comprender y amar, no juzgar.
Te dejo con esta bella oración con la que me acerco siempre a la Virgen María:
“Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Amén.”
  

sábado, 23 de diciembre de 2017

Mamá, ¿por qué papá no viene a misa con nosotros?


Cómo responder de una manera que los niños entiendan y, al mismo tiempo, respeten

Esta pregunta surgía casi todos los domingo de mañana, cuando intentaba llevar a mis hijos a misa y mi marido se quedaba confortablemente sentado en el sofá. “¿Por qué él se puede quedar en casa?”, se quejaba mi hija Paige.
¿Cómo explicarles que papá no sigue nuestra religión? ¿Que él no tiene religión?
Yo me esforcé mucho por pensar en la mejor manera de hablar sobre eso. “Papá no fue criado en el catolicismo. Él no fue criado yendo a la iglesia como nosotros”, les respondí a las niñas, una de 7 y la otra de 10 años. “¿Pero él se irá al infierno?”, preguntó una vez la mayor. Así que la cosa se empezó a complicar.
Cuando comenzamos el noviazgo, me di cuenta que Rich no era religioso. Él había sido bautizado en el protestantismo, pero la familia de él nunca frecuentó la iglesia. Él considera que la ciencia no es compatible con la religiosidad. Sólo que mi fe siempre fue muy importante para mí y, antes de formalizar nuestro noviazgo, quise tener la certeza de que mi futuro marido estaría de acuerdo en criar a nuestros hijos en la Iglesia católica. Rich me aseguró que, por él, no habría problema, desde que él no se involucrara personalmente en este aspecto de nuestra vida. “Bueno, ya es algo”, pensé. “Por lo menos él no está en contra de mi religión”.
Pasaron quince años y vinieron tres hijos. Ir a la iglesia sola en Nueva York era una cosa; ir y llevar tres hijos a una iglesia llena de familias es otra. Obviamente, no me gusta no estar con mi marido en un momento que debería ser familiar. Siento que mis hijos miran a otros padres en la iglesia y piensan que merecerían la presencia del suyo. Le pedí a Rich que fuera con nosotros una vez a la semana, pero él se rehusó categóricamente. “¿Qué es una hora a la semana?”, le pregunté. Creo que él debería estar dispuesto a hacer sacrificios por mí y por nuestros hijos, pero hasta ahora no he logrado hacer que cambie de idea.
Sé también que no estoy sola en este tipo de batalla. Antes de la década de 1960, sólo alrededor del 20% de las parejas, aquí en los Estados Unidos, tenía una unión interconfesional. En la primera década de este siglo, el número se duplicó, llegando al 45%. En esta situación, ¿cómo convencer al cónyuge no practicante para que participe con la familia?
“De la misma forma que convences a tu cónyuge a hacer cualquier otra cosa”, respondió el terapeuta Gregory Popcak. “Explícale cuán importante es, insiste para que considere la importancia de la cuestión y no dejes morir el asunto”, añade el terapeuta, que también es director ejecutivo de Pastoral Solutions Institute, una organización que ayuda a los católicos a enfrentar a la luz de la fe una serie de situaciones difíciles en el matrimonio, en la familia y en la vida personal. Gregory Popcak ha escrito más de una docena de libros sobre teología católica y psicología, entre los cuales “Discovering God Together: The Catholic Guide to Raising Faithful Kids” (Descubriendo juntos a Dios: La guía católica para criar a los hijos en la fe).
“Las investigaciones sobre las parejas que enfrentan diferencias relacionadas con la fe muestran que, cuando ocurre un conflicto relacionado con la iglesia, difícilmente tiene algo que ver con la religión en sí. Tiene mucho más que ver con el respeto. El respeto implica más que la simple gentileza con el otro. Implica el esfuerzo de mirar lo que hay de verdadero, de bueno y de bello en todas las realidades que el otro considera verdaderas, buenas y bellas. Las parejas que lidian con las diferencias de la fe generalmente son aquellas que se esfuerzan para ver e intentar entender lo que la pareja considera bueno, verdadero y bello en sus convicciones y prácticas religiosas”. Popcak enfatiza, está claro, que el respeto a la generosidad son vitales en todos los aspectos de la relación, no sólo en lo religioso.
El diácono permanente Doug Kendzierski, de la arquidiócesis norteamericana de Baltimore, casado desde hace 27 años y padre de tres hijas grandes, subraya que la clave es la comunicación honesta: “Ignorar prioridades y sentimientos no es sólo deshonesto, sino también perjudicial. No se trata de ‘convencer’ al cónyuge, sino de explicarle y ayudarlo a entender. Es necesario ser honestos acerca de la importancia de la unidad de la familia en la Iglesia. (…) Además de eso, la oración es imprescindible. Nunca subestimes el poder de la oración”.
Estos consejos son excelentes y pretendo continuar siguiéndolos, para que el corazón de mi marido se abra. Pero ¿qué hacer en el caso de los cónyuges que tienen religiones diferentes y conservan convicciones profundamente arraigadas al respecto de ellas?
Popcak sugiere el mismo principio. “Es necesario fomentar un diálogo abierto sobre la fe de cada uno, mostrando ese repeto que mencioné. Intentar compartir las actividdaes de fe con las que se sientan más a gusto y aborden las diferencias de modo abierto, honesto y respetuoso”.
Además de eso, cada cónyuge tiene que responsabilizarse por enseñar a los hijos sólo la propia fe, no la del otro cónyuge. Es necesario respetar las diferencias con honestidad, pero no hace sentido “promover” la religión del otro como si fuera la propia. Popcak aclara: “Yo digo esto porque es común que el cónyuge más practicante, por miedo a cometer alguna ‘injusticia’ dentro del matrimonio, termine poniendo a los hijos tan en contacto con su propia religión como con la del otro cónyuge, aunque éste sea menos religioso”.
Pero, a fin de cuentas, ¿qué decirle a los hijos cuando preguntan por qué su papá no va con nosotros a misa?
“Los niños necesitan entender que eso no es falta de amor o de compromiso del padre hacia ellos, pero sí que el papá es adulto y Dios permite que los adultos decidan libremente cómo quieren emplear su tiempo. Recuérdale a los niños la atención y el tiempo que su papá les dedica e incentívalos para mantener una relación siempre honesta y abierta con él, sin forzarlo en este asunto. Cada persona tiene su tiempo – pero es importante siempre que los hijos recen por su padre y madre”.
Sí: Popcak subraya que es muy importante dar testimonio frente a los niños de la importancia de la oración. “Cuando conocemos a Dios y sentimos cuánto nos ama, queremos pasar más tiempo con Él. Además, así podemos explicar a los niños: ‘Papá no va a la iglesia porque aún no ha sentido cuánto lo ama Dios. Él aún no ha sentido cuánto quiere Dios cuidar de él, a pesar de que Dios está siempre intentando mostrarle eso. Y esta situación le sucede a mucha gente, porque la fe es un regalo que las personas reciben en momentos diferentes. Y muchas veces Dios pide nuestra ayuda para dar ejemplo a algunas personas de cuánto Él las ama. Es bueno también rezar por papá, pidiéndole a Dios la gracia de ayudarlo a recibir el regalo de la fe’. Esta misma conversación puede ayudar a dar un paso más: preguntarle a los niños si ellos mismos ya están experimentando el amor de Dios”.
Conforme a la respuesta que ellos den, podremos entender mejor en qué medida seguir promoviendo la profundización de la relación de nuestros hijos y Dios, prosigue Popcak.
En cuanto a mí, además de ayudar a mis hijos a tener una relación cada vez más significativa con Dios, no desistiré de transmitir esa misma experiencia también a su papá.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Un Papa sencillo, hasta en la mesa; las 4 polentas de Juan XXIII


Comía poca carne y mucha verdura, quesos como el talleggio, el stracchino... la comida típica de una familia humilde de Bérgamo

Angelo Roncalli nació en el seno de una humilde familia campesina en Bérgamo, era el cuarto de trece hijos, familia muy aferrada a los buenos valores y una fe firme. Después de una larga y dura jornada en el campo, todos se sentaban a escuchar atentamente al jefe de la familia, papá Juan (de quien luego tomará el nombre para su pontificado), leer el evangelio y la vida de los santos.
Al convertirse en Papa trajo consigo todas esas buenas costumbres que había aprendido en familia: ir a la cama temprano después del noticiero, estar muy cerca de la gente con un gesto o una caricia acortando distancias que ponían más en guardia a los guardias del vaticano; y quizás añorando las risas y juegos con sus hermanos tenía una gran preferencia por los niños.
Por ello, la primera Navidad de su pontificado hizo una visita sorpresa a los niños en el hospital Bambino Gesù, que por su vestimenta lo confundieron con San Nicolás; también salvó a miles de niños judíos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando era nuncio en Budapest, concediéndoles certificados falsos de bautismos. Y muchos habrán oído algunas vez la famosa frase con el famoso “Discurso a la luna”: “regresando a casa, encontraréis a los niños; hacedles una caricia y decidles: ésta es la caricia del Papa”.
Su estilo simple, humilde, familiar hizo pronto que todo el mundo lo amara nominándolo el “Papa Bueno”. Y así también era su gusto culinario: simple, con platos típicos de la tradición bergamasca. Comía poca carne y mucha verdura, quesos como el talleggio, el stracchino…
Pero su plato preferido por excelencia que nunca podía faltar en su mesa era la polenta, que las monjitas del “Ordine delle Poverelle di Bergamo” le preparaban con tanto cariño, respetando las tradiciones propias de su pueblo. También nosotros podemos gustar de estas ricas recetas.
Polenta con leche: polenta hervida y leche fría, era el plato obligatorio al mediodía en el campo
Polenta curada: apenas se sacaba de la paleta de madera con la que se cocinaba al fuego se ponía en una olla con mantequilla derretida, ajo y queso rallado
Polenta asada: Polenta fría cortada en rodajas y dorada en un sartén donde antes se ha frito cebolla en mantequilla
Polenta de pasta roja: en un recipiente para horno se alterna capas de polenta con salsa de tomate, salchicha, carne de cerdo picada y setas; se termina espolvoreando mucho queso rallado y se cocina por media hora en el horno.

jueves, 5 de octubre de 2017

Director del film Converso: “No trates de convencer a tu hermano no creyente, escúchale”

David Arratibel decidió hacer la película para intentar comprender cómo su familia podía haber descubierto la fe

La familia de David Arratibel se convirtió al catolicismo por completo. Él, agnóstico, ha hecho una película para entender el por qué. En Converso el director cuenta la conversión de su familia pero el filme es, sobre todo, un diálogo entre él como no creyente y su familia creyente. «Se suele decir que desde el conflicto nace el cambio y el progreso. Igual deberíamos explorar si desde el mínimo común denominador sale más progreso», asegura David.
Su cuñado, organista, se convirtió leyendo un libro de Benedicto XVI. Una de sus hermanas recibió la fe rezando, por primera vez en su vida y ayudada por un folleto explicativo, el rosario. Su otra hermana también se hizo católica, religión a la que llegó después de una profunda reflexión interior. Y su madre, cristiana en sus orígenes y comunista militante después, volvió a la fe de la Iglesia hojeando las lecturas religiosas de una de sus hijas ya conversas.
Y en medio de todos ellos David Arratibel, director de cine agnóstico, decidió grabar una película “para entender cómo el Espíritu Santo había entrado en sus vidas y, de alguna forma, también en la mía”.
-Te declaras agnóstico y toda tu familia se convierte. ¿Cómo reaccionas ante este hecho? En la película tu madre habla, incluso, de rebeldía violenta…
Primero, con estupor. Y, más tarde, con rebeldía. Saltaba y me mosqueaba porque no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Había una parte de una tristeza, de un rechazo, algo que te hacía sentirte diferente dentro de tu propia familia. Yo, por mi parte, simplemente tenía falta de interés. No soy una persona antirreligiosa.
-Porque a vosotros de pequeños, ¿alguien os habló de fe?
No, nadie. Yo estudié en los escolapios porque estaba cerca de casa. Nunca tuvimos una educación religiosa en casa.
-¿Por qué decides hacer la película?
Pues porque hay una cosa muy mezquina que es la ambición creativa y porque quería intentar entender lo que ha pasado en mi familia.
Yo, como cineasta, empiezo a hablar con mi cuñado de religión y su trabajo como organista. Me parece un tema muy visual y poético, y empiezo a pensar en una película sobre religión y ética. En ese momento no pensaba que fuera a participar mi familia, pero empiezo a hablar con mi cuñado sobre religión y frecuentemente salía a relucir la conversión de mi hermana. Ahí es cuando me doy cuenta de que tienen que participar todos en la película.
En ese momento, la película pasa de ser una película, hecha por pura ambición creativa y que creía que podía ser interesante, a ser una catarsis personal.
Hay un momento, que mi hermana me dice que “esta película a mí me ha servido mucho porque de una puta vez hemos podido hablar tú y yo del tema de mi conversión. No querías hablar porque te daba mal rollo”.
Ahí es donde la película se gira y me interroga a mí. ¿Por qué mi hermana se ha convertido hace seis años y no le he preguntado por ello, con lo que la quiero? Y ahí entra el tema de la falta de cercanía para poder acercarte al otro y decirle lo que es importante para mí.
–Dices que en un momento la película se gira y te interroga a ti. Continúo por este camino. ¿Converso te ha hecho acercarte más a la fe?
Sigo siendo agnóstico, lo que me permite hablar de religión abiertamente. En la película me intereso por el hecho religioso y por la vivencia religiosa de los demás. Me parece algo muy interesante a nivel humano, antropológico, psicológico.
Acabo de leer un libro de Emmanuel Carrère sobre los Evangelios. Me ha gustado, y es una cosa que antes no me interesaba en absoluto.
-¿Qué se va a encontrar el espectador que vaya al cine a ver la película? ¿Es una película para creyentes?
No la hice con la intención de agradar al público creyente, sino única y exclusivamente para que funcionara narrativa y cinematográficamente. Eso es lo único que me interesaba. Yo creo que al final lo que ocurre con el cine es que cada espectador lo hace suyo.
En este sentido, la película tiene dos lecturas. Para mí, como agnóstico –supongo que también para el público no creyente–, es una película de conversaciones pendientes, de una familia que sana una herida a través del cine y la conversación y de trasfondo, una historia de conversión.
He tenido casos de personas muy beligerantes a priori con el tema, que incluso me decían que estaba cometiendo un error por hacer esta película, me decían “te van a ganar”. Esta misma persona al acabar de ver la película me mandó un email, que luego es el que he utilizado para la sinopsis, en el que decía: “me has engañado, esta película no es sobre la fe, trata sobre ausencias, vacíos, cariños y distancias”. Para mí Converso es una película de eso, de ausencias, de vacíos, de distancias, de acercamiento, de llenar vacíos, va por ahí.
Al contrario, el público creyente lo que ve es una historia de conversión con un trasfondo de un conflicto familiar por reparar.
-Al final, la película es un diálogo entre lo agnóstico y lo creyente. ¿Cómo ves ese diálogo más allá de tu película, en la sociedad?
Hablar de religión, a veces, es sano. Cuando llega Nochebuena parece que está prohibido hablar de religión y política y, si no, hay bronca. Estaría bien que eso cambiara, pero para ello creo que es necesario entender más que convencer.
En una presentación de la película una persona me dijo que llevaba mucho tiempo casi sin hablar con su hermano no creyente porque él (creyente) le había intentado convencer y su hermano no les escuchaba. “Ahí está el problema”, le dije. “Estás intentando convencer a tu hermano. Ese no es el punto de partida. No trates de convencer a tu hermano no creyente, escúchale y explícale lo que sientes, pero no trates de convencerle”.
El problema es el proselitismo agnóstico, ateo, creyente, el que sea. Para que el otro entienda tu punto de vista y casi lo vivía, que es lo que plantea la película, hay que salir de tus zapatos y ponérselos al de enfrente y viceversa. Eso es lo que une a la gente y no el tratar de convencerle a toda costa.
-Y que sería bueno que se diera en ambos interlocutores…
Claro, el inmovilismo está en todas partes. Si ves un debate de estos de televisión el nivel de inmovilismo y de crispación es como los de una guerra civil de hace años. Porque además interesan esas posiciones súper radicales.
Se suele decir que desde el conflicto nace el cambio y el progreso. Igual deberíamos explorar si desde el mínimo común denominador sale más progreso.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Busca la protección MATERNAL de nuestra “Madre” del cielo (Un testimonio bellísimo)


“Corazón Dulcísimo de María prepáranos un camino seguro.”
Me encanta esta bella jaculatoria de san Josemaría Escrivá. Dice mucho. Es lo que anhelo decirle a la Virgen María. Es la súplica humilde y sincera del hijo  que corre a los brazos de la madre, en medio del peligro que a menudo lo asecha. Sabe con una certeza más allá de toda duda, que bajo su regazo estará seguro y nada le pasará.
Todos tenemos un santo preferido. El mío es san Francisco de Asis.  Han marcado nuestras vidas con su heroicidad.  Nos ayudan a comprender que el llamado a la santidad también es para nosotros. Cuando puedas lee un libro que narre sus vidas y aventuras espirituales. He aprendido de ellos algo fundamental: “Confiaron en Dios y fueron grandes devotos de nuestra Madre del cielo”.
Descubrirás en ellos esa gran devoción a la santísima Virgen María. Y la evidente protección maternal que gozaron en vida. Y es que… de una madre sólo puedes esperar comprensión, un amor sublime y la seguridad que necesitas y te  impulsa a no desfallecer.
La madre ama. No importa el camino que haya tomado su hijo. Ella simplemente ama.

Basta leer la vida de santa Mónica, la mamá de san Agustín, para darse cuenta que no hay nada que las detenga, nada parece imposible, al momento que una madre lucha por la salvación de su hijo.

Me gusta sentir el abrazo cálido y tierno de mi madre. Me tranquiliza y me anima a continuar el camino de la vida.
Siento también la mirada tranquilizante de nuestra madre del cielo y hago mías las palabras de la Virgen de Guadalupe a san Juan Diego. Su dulce voz de madre:
“No temas, ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?…” 
Acudo con mucha frecuencia a la Virgen.
Me equivoco tanto… Necesito un refugio seguro. Ella lo es.
Como buena madre instruye, se preocupa y nos orienta.
Siempre que la busco siento que me dice lo mismo y ¡es natural!  ¿Acaso las madres no repiten una y otra vez las mismas cosas? Lo hacen hasta que sus palabras entran y se afianzas en nuestros corazones.
Y, ¿qué es lo que ella nos dice? Está a la vista de todos en la santa Biblia.
La Virgen señala a su hijo Jesús y nos pide siempre:

«Hagan lo que él les diga.» (Jn 2, 5)

jueves, 7 de septiembre de 2017

¿Quién te enseñó a rezar el Rosario? (Un bello Testimonio)


¿Lo has notado?
Cuando se trata de la fe o de recordar nuestra infancia, siempre pensamos en nuestras abuelitas. He visto programas de televisión en los que entrevistan a un viajero o a una persona que abandonó su país en busca de mejores  oportunidades y siempre terminan diciendo: “Quisiera saludar a mi abuelita, me hacen falta sus guisos”.
Mi abuelita está en el cielo y la recuerdo con mucho cariño. La llamábamos “Mamita”.  Era nuestra mamita, una ancianita que llenaba todos los espacios de aquella casa con una dulzura especial, con amor.
A través de ella y su ejemplo aprendimos a amar a nuestra Madre del cielo.
Me parece que alguna vez te lo he contado. Vivíamos en el  barrio la Dolorosa, en Costa Rica, llamado así por la Iglesia La Dolorosa que estaba a cinco cuadras. Los domingos íbamos caminando en el san José de aquellos días. Siempre me sorprendieron los enormes portones tachonados de la iglesia y lo hermosa que era por dentro.
Cada tarde, con la precisión de un reloj suizo, mi abuela iba a su cuarto, se sentaba, y empezaba a rezar su rosario. Nosotros jugueteábamos de niños  a su alrededor y ella  con una paciencia y un amor infinito nos pedía que no hiciéramos travesuras. “Pórtese bien mijito”.
Me hace falta mi abuelita.
He cerrado los ojos para recordar.
“Dios te salve María…” reza en voz baja.
De alguna forma este momento ha quedado como una fotografía, grabado en mi alma. He visto la necesidad de amar a nuestra bella Madre del Cielo. Y rezar al santo Rosario que tanto le gusta, porque sabe los grandes beneficios espirituales que nos traerá.
La oración es capaz de cambiar el rumbo del mundo y nuestras vidas.
Siempre llevo conmigo, en el bolsillo del pantalón, un rosario. Me pongo a rezar en la fila del banco, cuando se hace larga y lenta, en medio de un tranque vehicular, o cuando camino afuera de la casa con mi esposa Vida.
Mi abuelita no me dijo: “Rece el rosario mijito”, me bastó verla con cuánta devoción rezaba. Su ejemplo fue suficiente. Me basta recordarla para comprender la importancia de rezar el rosario y honrar a nuestra bella Madre del Cielo, la siempre Virgen María.
Te dejo con esta hermosa canción…

jueves, 24 de agosto de 2017

“No temas”, te dice Jesús desde el sagrario, “Yo estoy aquí”. (Un testimonio bellísimo)



He descubierto un oasis espiritual que nos devuelve las fuerzas y la esperanza. Es el oratorio o la Iglesia donde se encuentra el Sagrario.
La verdad es que me emociono cuando escribo sobre la presencia verdadera de Jesús en el sagrario. Es un misterio tan grande que jamás podremos comprenderlo en toda su magnitud.
Es un don de Dios para toda la humanidad.
Jesús, el hijo del Altísimo “está Vivo” y se queda en un sagrario, esperando a sus amigos, que lo visiten.
Para mí ir a estos oratorios donde tienen los sagrarios es una alegría inmensa. Los veo como oasis de paz en medio de un mundo tan convulsionado.
Ayer que estuve un rato visitando a Jesús me acordé de ti y le dejé tus saludos.
Suelo recibir comentarios a mis escritos. Muchos me sorprenden por la profundidad de sus palabras, por el amor que demuestran amando tanto a Jesús en el sagrario.
Les comparto uno que me encantó.
“Si Jesús está en todas partes, ¿por qué visitarlo en un sagrario?”
Si bien es cierto Jesús está en todas partes porque es parte de la Santísima Trinidad,  Jesús instituyó la Eucaristía para que lo tengamos aquí presente con nosotros. ÉL nos dijo: “«Tomen; esto es mi cuerpo.» Tomó luego una copa, y después de dar gracias se la entregó; y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por una muchedumbre.”  (Marcos 14, 22-24) El sagrario es el lugar donde se reservan o custodian las Hostias Consagradas que no son consumidas durante la misa…  Si tenemos joyas no las dejamos en cualquier sitio ¿verdad?  Así mismo ocurre con el Cuerpo de Cristo que se custodia en los sagrarios del mundo. Allí puedes preparar tu alma y poder luego ir al confesionario preparado para la reconciliación”.
Me gusta mucho rezar por las personas que encuentro en los oratorios y que visitan a Jesús. Rezo por ellos y por ti. Sé que tienen problemas, ¿quién no los tiene? y acuden a ver a Jesús pidiendo su consuelo. Y Jesús, (qué bueno eres) los escucha y atiende, les las gracias que necesitan para continuar sus vidas.
Muchas personas me escriben a mi correo preguntando sobre el sagrario. Les respondo.
“Debes ir. Anda. Ten la experiencia. Visita a Jesús y comprenderás”.
Los años me lo han demostrado. En medio de la tormenta puedes encontrar a Jesús en aquel sagrario que te dice: 
“No temas. Yo estoy aquí.”

jueves, 10 de agosto de 2017

“Quédate Señor conmigo” la oración del Padre Pío que transforma vidas. (Un bello Testimonio)

Suelo agradecer a Dios tan pronto me despierto, su Amor, la vida, la maravillosa oportunidad que se nos da de ir al Paraíso al final de nuestras vidas.
Saber que tengo un Padre, que es Dios, que me ama y me espera ilusionado, es el consuelo que me motiva a continuar.
Si lees mis escritos te darás cuenta que soy como tú y cualquiera. Estoy casado con Vida hace más de 30 años, tenemos 4 hijos. Lucho por sacar adelante mi familia. Y hago lo que me apasiona: escribo. Comparto mi búsqueda de Dios.
Me he acostumbrado a rezar esta hermosa oración del Padre Pío cada mañana porque noto mi debilidad, sé lo frágiles que somos ante las tentaciones, las dificultades… Veo cuánto me cuesta perseverar.  Y me doy cuenta que sin la oración estoy perdido.
“Quédate, Señor, conmigo, porque te necesito ver presente para no olvidarte, pues ya sabes con cuanta frecuencia te abandono.
Quédate, Señor, conmigo, porque soy muy débil y necesito de tus alientos y de tu fortaleza para no caer tantas veces.
Quédate, Señor, conmigo, porque Tú eres mi vida y sin Ti con frecuencia decaigo en el fervor…”


Vivimos rodeados de tentaciones.  
Basta salir de tu casa. Un conductor que te arroja el auto sin hacer su alto, una cajera que te responde de mala gana ante una simple pregunta, un letrero enorme anunciando productos de forma poco ética… Y es que somos de carne.  ¡Qué lucha!
Alguien me preguntaba qué hacer. La verdad, a menudo, no tengo las respuestas.
Conozco mi condición humana por eso corro al sagrario y me refugió allí, con Jesús. Sé que Él me dará las gracias que necesito para perseverar. Los consuelos que tanto anhelo. Y una amistad que no es de esta tierra, pura, verdadera, genuina.
Una vez te comenté las palabras de este sacerdote amigo quien me dijo:
“Dios primero elige, después da las gracias que esa persona va a necesitar”.

Me he percatado que tenía razón, era verdad. Soy el mejor ejemplo. Me percato cuánto nos ama Dios. Y cuánto le duelen nuestros pecados, porque nos alejan de Él.
Seamos menos carne y más espíritu.
Anhelar menos las cosas de este mundo y más las del cielo.

jueves, 13 de julio de 2017

“Quédate Señor conmigo” La oración del Padre Pío que me ha conmovido. (Un bello testimonio)





Seguro conoces la historia de los discípulos de Emaús. Me encanta cuando se encontraron en el camino con Jesús y no lo reconocieron. Él les hablaba y ellos no entendían. ¿Cómo era esto posible? Muchas veces he tenido la necesidad que me hablen de Dios, como a estos discípulos. Entonces voy a misa y escucho la homilía del sacerdote con atención.
Hay una parte del Evangelio, con los discípulos de Emaús que me conmueve y he usado por años como oración personal,  en medio del dolor y las tentaciones, o cuando no sé qué hacer. Es muy sencillo, le pido a Jesús que se quede conmigo.
“Quédate conmigo Jesús, porque oscurece y no puedo vencer solo las tentaciones, ni enfrentar al mundo y la adversidad. Quédate conmigo Jesús, porque sin ti, nada soy”.
Siempre he querido ser como ellos. Tener ese encuentro con Jesús, sin reconocerlo, y al final saber que era Él quien estuvo conmigo. Sentir arder mi corazón.
“Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día.»  Entró, pues, para quedarse con ellos. Y esto sucedió. Mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, y en ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero ya había desaparecido.  Entonces se dijeron el uno al otro: « ¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»”  (Lc 24, 28, 32)
Soy débil y caigo con facilidad. Por eso me aferro a los sacramentos, la oración, la lectura de bueno libros, que me inspiren, la Eucaristía y mis visitas diarias a Jesús en el sagrario.
Allí me quedo con Él, le hablo, le digo que le quiero. que se quede conmigo. Y seguramente lo hace.
No lo veo, y tampoco necesito hacerlo. Me basta recibirlo cada mañana en la santa comunión. ¡Qué bueno eres Jesús!
En estos días  me encontré con una bella oración, muy similar, pero más hermosa, que le atribuyen al Padre Pío. Me encantó. Me ha conmovido hondamente.
Me recordó a los discípulos de Emaús cuando le pidieron a Jesús “Quédate con nosotros…”. 
Ha sido mi oración estos días.
Quédate, Señor, conmigo, porque es necesaria tu presencia para no olvidarte. Sabes cuán fácilmente te abandono.
Quédate, Señor, conmigo, pues soy débil y necesito tu fuerza para no caer muchas veces.
Quédate, Señor, conmigo, porque eres mi luz y sin ti estoy en tinieblas.
Quédate, Señor, conmigo, porque eres mi vida y sin ti pierdo el fervor.
Quédate, Señor, conmigo, para darme a conocer tu voluntad.
Quédate, Señor, conmigo, para que oiga tu voz y te siga…

miércoles, 5 de julio de 2017

El día en que Santa Teresa de Ávila venció al demonio con el poder del agua bendita

Santa Teresa de Ávila / Crédito: Wikimedia Commons

Santa Teresa de Ávila es una religiosa, mística y Doctora de la Iglesia del siglo XVI, que en sus memorias relató cómo, tras una larga experiencia, aprendió “que no hay nada como el agua bendita para hacer huir a los demonios y evitar que regresen”.
Lo que no es tan conocido son las experiencias que la llevaron a esa conclusión, que ella describe en su autobiografía, el “Libro de la vida”.
“Estaba una vez en un oratorio, y se me apareció hacia el lado izquierdo, una abominable figura; le miré especialmente la boca, porque me habló, y la tenía espantosa. Parecía que le salía una gran llama del cuerpo, que estaba toda clara, sin sombra. Me dijo espantosamente que bien me había librado de sus manos, mas que él me tornaría a ellas”, reveló Santa Teresa al inicio del Capítulo 31 de su obra.
Luego, asustada, trató de espantarlo con el signo de la Cruz. El demonio la abandonó, pero pronto regresó. Esto sucedió varias veces, hasta que notó que tenía agua bendita cerca: “Dos veces me sucedió esto. Yo no sabía qué hacer. Tenía allí agua bendita y lo eché a aquella parte, y nunca más retornó”.
En otro momento, Santa Teresa escribió que el demonio estuvo cinco horas atormentándola “con tan terribles dolores y desasosiego interior y exterior, que no sabía si podía soportar más. Las que estaban conmigo estaban espantadas y no sabían qué hacer ni yo cómo valerme”.
La santa admitió que solo encontró alivio después de pedir agua bendita y arrojarla al lugar donde vio a un demonio cerca. Es en la explicación de este hecho que se da a conocer su cita más famosa.
“Tras muchas ocasiones, tengo la experiencia de que no hay nada como el agua bendita para hacer huir a los demonios y evitar que regresen. De la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita”, señaló.
Más tarde, aseguró que conoció la consolación del alma luego de tomar el agua, que le generó “como un deleite interior” que la confortaba.
“Esto no es un antojo, ni cosa que me ha acaecido sola una vez, sino muchas, y he mirado con gran advertencia. Digamos, es como si uno tuviese mucho calor y sed, y luego bebiese un jarro de agua fría, y sintiera un gran alivio. Considero que es una gran cosa todo lo que está ordenado por la Iglesia, y me conforta mucho ver que tengan tanta fuerza aquellas palabras, que así se pongan en el agua, para que sea tan grande la diferencia con lo que no es bendito”, continuó.
Santa Teresa de Ávila cuenta muchas otras historias sobre el poder del agua bendita en el resto del capítulo.
Puede leerlas AQUÍ.

jueves, 15 de junio de 2017

Los Milagros de los Jueves Eucarísticos ante Jesús Sacramentado (un bello testimonio)


Mis días favoritos son los Jueves Eucarísticos. 
Me levanto feliz sabiendo que algo extraordinario está por ocurrir.  Desde hace mucho las grandes cosas en mi vida pasan los jueves Eucarísticos. A veces me inquieto por algo y de pronto recuerdo que es miércoles:
“Mañana es Jueves iré a ver a Jesús”. Me animo sabiendo todo saldrá bien.
No tienes idea la alegría, cómo me conforta y me alienta a continuar en cada visita. La vida no es sencilla. Lo sé bien. Tengo 4 hijos y junto a mi esposa Vida nos ha tocado sacar adelante nuestra familia.
He visto milagros patentes que han ocurrido tras una visita a Jesús en el sagrario. Y no tengo la menor duda. Allí está Jesús. Y para Él no hay nada imposible…
Cada vez que voy a comulgar y el sacerdote levanta la hostia santa frente a mí, la miro largo, con amor, el mayor tiempo posible y pienso: “Te amo Jesús”.  Entonces comulgo y le digo:
“Te tengo, Ahora eres mío”. 
Siento que esto le agrada. Sonríe y me responde feliz:
“Te tengo Claudio. Ahora eres mío”.
Mientras escribo estas líneas experimento la dulce presencia de Dios. Sientes que te envuelve un amor tan grande que se desborda. Y quieres retenerlo para siempre.
Eres capaz en ese instante de abrazar a tu enemigo y decirle mirándolo a los ojos: “Te perdono”.
He seguido el consejo del sacerdote que durante su homilía nos dijo:
“Si un día piensas en Jesús en el sagrario y estás lejos, envía a tu Ángel custodio a saludarlo”.
“Anda ángel mío. Ve al sagrario y saluda a Jesús de mi parte. Dile que le quiero mucho y que deseo amarlo más”.
Cuánto nos ama el buen Jesús. Nunca dejo de sorprenderme.
“Dulcísimo Jesús, perdóname. Te he fallado tantas veces y siempre estás en ese sagrario para mí. ¿Cómo puedes amarnos tanto? Eres mi mejor amigo, ¿lo sabes? Jesús dame la gracia para mar más y perdonar y ser justo en mis palabras y pensamientos y actos”.
Te ha ocurrido que pasando una dura prueba le preguntas: “¿Dónde estás?”Y sientes que te responde: “Aquí a tu lado, en ti, contigo”.
En esos momentos tan difíciles que enfrentamos corro a ver a Jesús en el sagrario. Me espera con su sonrisa, su alegría y su mirada amorosa. Me asomo a la puerta del oratorio y le digo:
“Llegué Jesús”.
Imagino que sonríe y me dice:
“Gracias Claudio por venir”.

jueves, 25 de mayo de 2017

El testimonio de fe de Melania Trump


La Primera Dama hace pública su pertenencia a la Iglesia Católica

Melania Trump parece haber disfrutado mucho con la visita al Vaticano y Roma. No suele estar en un primer plano y normalmente es Ivanka (su hijastra) quien, de alguna manera, ejerce de primera dama.
No obstante, este viaje era especial. Melania se ha convertido en protagonista de este viaje. No sólo por lo adecuado de su vestimenta o por su graciosa anécdota por el Papa Francisco, sino por algo mucho más allá.
En este viaje, Melania Trump hizo público su catolicismo y mostró al mundo sus creencias y pertenencia a la fe católica. Durante estos días pidió al Papa Francisco que le bendijera un rosario, visitó a los niños enfermos en el Hospital pediátrico Niño Jesús en Roma y ofreció flores y rezó frente a una imagen de la Virgen María.
Su portavoz Stephanie Grisham confirmó al DailyMail.com lo que viendo las imágenes era palpable: Melania Trump pertenece a la Iglesia Católica. Aunque al preguntarle por la fecha de su bautizo, la Grisham no quiso dar detalles.
Con este anuncio Melania Trump se convierte en la segunda “Primera Dama” estadounidense católica tras Jackeline Kennedy.
Nunca ha ocultado sus creencias e incluso en un acto electoral rezó sin ningún tipo de rubor y tapujo el PadreNuestro:

¿Es devoción real o una operación de marketing? Imposible saberlo. Pero ciertamente es sorprendente que la mujer de un presidente de EE.UU. se identifique como católica…

miércoles, 17 de mayo de 2017

Un cáncer, una muerte y un milagro maravilloso


“Sé que tú me ayudarás a morir”, me predijo

Conocí a Lali en el trabajo. Tenía 33 años y era secretaria de dirección. Empezamos a conocernos, nos hicimos amigas, íbamos a comer juntas o compartíamos café en los descansos. Poco a poco, fuimos abriendo nuestros corazones. Ella empezó a explicar sus creencias espirituales: la cábala, las energías, el reiki, los viajes astrales, la astrología,… Yo le expliqué las mías: un Jesús que ama, que redime, que acepta, una Madre que acoge, una Iglesia abierta a todos y a la misericordia… Hablábamos con respeto, escuchándonos una a otra, sin pretensiones de convencimiento, sin juzgarnos, con interés.
Me habló de su vida difícil. De su padre borracho y maltratador. De su madre sufriente y depresiva que se suicidó. De su hermano menor que ahora era drogadicto y estaba ingresado en prisión. De su hermana que al cumplir los 18 años se fue a vivir con su novio y rompió lazos con la familia porque deseaba separarse de esa corriente de autodestrucción.
De cómo ella a los 18 años empezó a trabajar y se llevó sus hermanos menores a vivir con ella porque estaban desatendidos por el padre, los volvió a escolarizar, les enseñó modelos de higiene, les dio amor y cariño.
De cómo su padre volvió al cabo de los años, enfermo de cirrosis y ella lo cuidó hasta que murió a pesar de que había sido la causa de la desgracia familiar. De cómo ahora había encontrado una estabilidad profesional y personal, de su compañero de vida, de sus amigos.
Y de repente llegó el cáncer de estómago. Solo uno de cada tres sobrevive los 5 años, le dijeron. Lali era luchadora, la que más, y se compadeció de los otros dos porque ella era la que iba a sobrevivir, dijo. La operaron, pasó por una quimioterapia muy dura y volvió al trabajo.
Y al cabo de unos meses el cáncer volvió y ya no tenía cura. Tenía 35 años. Volvieron las sesiones de quimioterapia, sin ningún resultado y llegó un momento en el que ya no se podía hacer nada más e ingresó en una Unidad de Cuidados Paliativos.
Lali decidió que no quería que sus últimas semanas de vida fueran un paseo de personas que fueran a despedirse de ella, ni que todo el mundo viera cómo se iba consumiendo hasta morir. Eligió a unos 5 ó 6 amigos para que la cuidaran. A mí me sorprendió estar entre el grupo de elegidos, porque éramos compañeras de trabajo más que amigas y personas de su círculo más íntimo no pudieron despedirse de ella.
“Sé que tú me ayudarás a morir”, me predijo.
A mí me tocaban las noches. Unas noches eternas en las que hablábamos sin cesar de la vida, de la muerte, de qué hay más allá, de cómo hay que morir, del amor de Dios, de la reencarnación, de la resurrección.
Yo le hablaba de ese Dios que la amaba con infinita ternura, que no juzgaba, que no imponía miedo, que la esperaba con los brazos abiertos. Del Padre que quiere estrechar de nuevo a su hija, del Amigo que quiere compartir con ella su vida eterna, del Espíritu que la acompañaría en su camino al cielo. Ella escuchaba.
Pero durante el día, sus amigos volvían con mensajes de energías, fuerzas y astros.
No le impuse nunca nada, simplemente hablábamos y nos escuchábamos. Hasta que un día ella misma me pidió que me asegurara que no moriría sin confesarse. Sin embargo, me pidió esperar un poco porque tenía mucho dolor y prefería confesarse cuando tuviera el dolor controlado.
Pero la manera de controlar el dolor era con morfina y Lali fue entrando en una especie de doble vida y nebulosa donde cada vez era más difícil conversar con ella. Yo intuía que por muchas ganas que yo tuviera de que se confesara, era necesario que ella lo pidiera y lo deseara de verdad, que era necesario tener paciencia.
Cuando ya no podía casi ni hablar, lo propuse a los amigos y familiares, que se negaron en redondo porque no creían que fuera bueno y la asustaría.
Lali llegó a un punto en que prácticamente solo le funcionaban el corazón y los pulmones. Los médicos no podían comprender ya no cómo no estaba en coma, sino cómo no estaba muerta.
La última noche que pasé con ella intuí que era la última. Lali ya no hablaba, solo respiraba. Pasé la noche rezando.
Le dije a Dios que no podía hacer ya nada más, que era yo sola contra un grupo más numeroso de personas que vetaban la presencia de un sacerdote, que no podía luchar más, que había fallado, que no había sabido hacerlo mejor, qué sólo Él podía obrar el milagro.
Recé un rosario tras otro, pedí continuamente la protección del manto azul de María para que la protegiera de cualquier influencia externa que le impidiera llegar al cielo… y no paré de hacerle la señal de la cruz en la frente.
Por la mañana me fui, desanimada, triste, sabiendo que ya no podía hacer nada más, que se iba a morir sin haberse confesado, pero con la confianza de que la misericordia de Dios era grande y que Él iba a contemplar la capacidad de ofrecer amor que había demostrado en su vida.
Al cabo de unas horas me llamaron sus amigos. ¡Lali había pasado la mañana cogiéndoles la mano y guiándoles para que le hicieran la señal de la cruz en la frente! Aunque eran contrarios a la presencia de un sacerdote, habían interpretado que con ese gesto Lali pedía una confesión. ¡Alucinante!
Rápidamente fui con un sacerdote amigo al hospital. Al llegar, el sacerdote hizo salir a todo el mundo. Yo también hice el amago de salir, pero él me invitó a estar, a pesar de que era una confesión. “Te mereces vivirlo”, me dijo. Al entrar le dije: “Lali, ponte guapa que vengo con una persona especial, vengo con el sacerdote del que hablamos para que te puedas confesar”.
No sé de dónde sacó las fuerzas para sentarse, abrió los ojos como platos, consiguió sacar una sonrisa de oreja a oreja de su cara. Fue impresionante. ¡Estaba tan débil!
El sacerdote le preguntó “Lali, ¿sabes que Dios te ama?”. “¡Me ama tanto!”, contestó.  “¿Amas tú a Dios?”. “Lo amo con locura”, contestó con un hilo de voz. “Te arrepientes de tus errores?”. Lali ya sin voz asintió. “Dios te ha perdonado de todo, ahora puedes descansar”. Lali cerró los ojos, cayó sobre la almohada y entró en coma. Al cabo de un par de horas murió.