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miércoles, 4 de octubre de 2017

¿Qué será de quien muere de improviso sin confesión?


¿Hay que rezar por los que mueren en pecado grave y podrían haberse condenado? 

Está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego viene el juicio (Hb 9, 27). Y en este juicio particular cada uno recibe conforme a lo que hizo durante su vida mortal (2 Co 5, 10).
La doctrina cristiana siempre ha dicho claramente que  cada quien cosechará en la eternidad lo que en esta vida temporal habrá sembrado.
Ante todo, tengamos encuenta una gran verdad: “Dios no predestina a nadie al Infierno” (Catecismo 1037). La Voluntad de Dios es que todos los hombres lleguen a disfrutar de la salvación, de la Visión Beatífica.
Para que alguien realmente se condene, es necesario que tenga un alejamiento voluntario de Dios, una aversión permanente a Él, una rebeldía contra su voluntad o un enfrentamiento contra Él y, además, que persista en esta actitud hasta el último día (Mt 7, 23; Mt 25, 41). Personas así, personas que reúnan estas condiciones, realmente no creo que sean muchas.
En todo caso, aquel que muere en pecado mortal, sin al menos arrepentirse, va al infierno (Catecismo 1033). Y la teología cristiana católica afirma que un alma condenada no puede ser luego salvada con oraciones.
Pero una cosa es la irreversibilidad del destino eterno llamado infierno (Catecismo 1035), labrado en la temporalidad terrenal, y otra muy diferente es, por supuesto, dar a alguien ya por condenado en el infierno.
No es posible pensar o aseverar con rotundidad que alguien, al morir repentinamente, y según nosotros sin estado de gracia, se haya condenado inexorablemente. Nadie debería jamás pensar esto ni del más abyecto de los criminales.
¿Por qué no es posible pensarlo? Sabemos cuál es la vía ordinaria para entrar al cielo directa o indirectamente (a través del purgatorio): Morir en estado de gracia. Sin embargo, existe una posibilidad de salvación para la persona que, estando en pecado grave, muere sin estar reconciliado con Dios a través del sacramento de la confesión; aunque, eso sí, tenga en todo caso que pasar por el purgatorio.
Esta excepción se basa en varios elementos:
1.- Cuando la persona, al momento de morir, no pudo ser atendida por un sacerdote. Supongamos el caso de un accidente aéreo o en un accidente automóvilistico, ¿podría Dios condenar a estas personas por haber muerto sin la presencia de un sacerdote, si de haberlo tenido, quizás hubieran recurrido a él? Ciertamente que no.
En estas circunstancias la Iglesia cree en la Misericordia del Señor para con esas personas que con su último aliento de vida claman un perdón. Si la persona tiene un momento delucidez antes de la muerte, y en ese instante se arrepiente con corazón contrito por la totalidad de sus pecados, y le pide a Dios el perdón, se salvará.
2.- Recordemos que la muerte es un proceso gradual de la vida actual a la muerte aparente (por ejemplo, la muerte clínica), y de ésta a la muerte real. La muerte aparente no coincide siempre con la muerte real, pues la muerte es la separación del alma del cuerpo, y es difícil señalar el momento exacto y preciso de esta separación. Ha habido casos de vuelta a la vida después de una muerte clínica por una acción milagrosa.
Hay testimonios de gente aparentemente muerta que después han manifestado que podían oír lo que pasaba a su alrededor. Por esto, ante la duda acerca de si una persona esté muerta o no, puede actuar el Sacerdote para que le administre el Sacramento de la Unción de los Enfermos (canon 1005) si se cree que la persona lo hubiera querido y/o pedido al menos implícitamente (Canon 1006). “La Unción de los enfermos “no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir.
Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro demuerte por enfermedad o vejez” (Catecismo 1514). Debe administrarse este sacramento, pues uno de sus efectos es el perdón de los pecados, incluso los graves cuando el enfermo no se haya podido confesar y esté imposibilitado para hacerlo; en este caso basta que la persona hubiera realizado un acto de atrición.
3.- En esta misma línea, cuando una persona está en peligro de muerte, y no puede expresarse verbalmente por algún motivo (por ejemplo en coma), se le puede absolver de los pecados de manera condicionada. Esto quiere decir que la absolución está condicionada a las disposiciones que tenga la persona enferma o que se presume tendría, de estar consciente (Canon 976).
La absolución se impartirá ‘bajo condición’ cuando, si se diera absoluta, el sacramento se expondría a peligro de nulidad, y si se negara se expondría en grave peligro la salvación del penitente. El sacerdote procederá de esta manera cuando tenga duda de que la persona esté viva o muerta; si hay duda sobre el uso de razón (por ejemplo en los dementes o en los niños); cuando se duda de si se ha concedido bien una absolución absoluta previa; etc..
4.- No podemos juzgar y dar por condenado a nadie, ni siquiera cuando la Iglesia le haya declarado la excomunión. El hecho de que una persona esté excomulgada no significa que esté condenada irremediablemente al infierno, simplemente se declara que dicha persona ha salido por su propio pie de la comunión de la Iglesia. La Iglesia no condena a nadie; no puede ni debe ni quiere decretar la condenación de nadie. Una persona que esté excomulgada y que, por tanto, no pueda acceder a los sacramentos al momento de su muerte, podría arrepentirse de sus pecados y podría ser suficiente para que se salvara. Así de grande y de espectacular es la misericordia divina.
5.- Tampoco los que desconocen sin culpa elevangelio de Cristo y su Iglesia están privados de salvación, “porque los que desconocen sin culpa el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (Vat. II, LG 16)”.
6.- No hay que olvidar que Dios es omnisciente y lo sabe todo, incluso antes de que ocurra. Es muy posible que Él, viendo desde la eternidad la oración de sus hijos por si mismos o por otros (por ejemplo la oración de una madre), haya podido haber derramado gracias que les movieran a la conversión antes de morir. Sólo Dios sabe si en el último instante alguna persona se hubo arrepentido de lo que hubiera hecho (con elimplícito amor a Dios y al prójimo).
Si pasa esto y/o hubiera esa persona confesado con su boca que Jesús es Señor y cree en su corazón que Dios lo ha resucitadode entre los muertos, se salvará (Rm 10, 9). Y aun la simple atrición es suficiente para salvarse, aunque tenga menos mérito y por tanto más purgatorio. Se han visto casos de ateos que al verse próximos a la muerte han orado. Alguien ha dicho que “cuando un hombre da un paso hacia Dios, Dios da más pasos hacia el hombre”.
7.- Aun en los casos en que todo parezca sugerir que alguien haya muerto en pecado grave, no hay que dar por sentado que esté ya condenado, porque la última palabra siempre la tiene Dios. Solo Él conoce las circunstancias y las intenciones de cada quien y sólo Él sabe que pasó realmente durante los últimos instantes de la vida. Hasta en el caso de los suicidas no podemos estar seguros de su condenación.
8.- No es fácil saber si quien ha pecado gravemente, lo haya hecho con pleno conocimiento y deliberado consentimiento, como se requiere para que haya pecado mortal. Y aun suponiendo que haya pecado mortal (es decir grave, consciente y libre), no podemos negar que ‘el dedo’ de Dios haya podido tocar al pecador a la hora de la muerte si en aquél momento supremo la persona ha vuelto su mirada a Él con corazón arrepentido.
9.- En el momento de la muerte de alguien no conocemos, por ejemplo, lo que había en su corazón en relación con Dios, no sabemos si tuvo seria intención de confesarse (con acto de contrición incluido) aunque al final no se haya podido confesar;  no sabemos si esa persona instantes previos haya hecho alguna oración… en resumen, no sabemos por qué caminos puede llegar a las almas la acción de misericordiosa de Dios, quien por boca de Jesús sabemos que su interés es buscar a la oveja perdida para salvarla. La misión de Jesús nunca fue ni es condenar, sino salvar (Jn 3, 17); Jesús quiere cumplir con la voluntad del Padre: que no se pierda ninguno de los que Él le ha confiado (Jn 6, 39). “De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños” (Mt 18, 14).
Él, que escruta los corazones, salvará lo salvable. Lo que para nosotros parece imposible, para Dios no lo es; “porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 37). “Lo que parece imposible para los hombres, es posible para Dios” (Mt 19, 26).
10.- La Iglesia no excluye de sus oraciones a ningún fiel difunto. El amor de la Iglesia por sus hijos es universal. Y en cada Eucaristía la Iglesia ora por todos sin excepción. La oración es expresión de la esperanza y de la confianza en la justicia y misericordia divinas. Orar por todos es esperar que Dios, por los caminos que sólo él sabe, puede llevar a muchos hacia sí. Aún por los que, según los criterios humanos, podrían estar condenados, pues nunca debemos olvidar que los criterios y pensamientos de Dios no siempre coinciden con los del ser humano (Is 55, 8).
Este amor universal o católico de la Iglesia, que es madre, se manifiesta en sus oraciones por sus hijos difuntos, especialmente el día de un funeral y el día de todos los fieles difuntos (el 2 de noviembre).
En cada misa la Iglesia ora “por nuestros hermanos que durmieron con la esperanza de la resurrección”, pidiendo a Dios que admita a contemplar la luz de su rostro “a todos los difuntos”. La oración por los difuntos conocidos es importante, pero no se olvidan a todos los demás difuntos. Las oraciones por el eterno descanso de los difuntos, no solo son agradables a Dios, sino que pueden ayudarles.
Nuestro deber como cristianos es rezar por aquellos que han fallecido esperando que la misericordia de Dios les alcance. No debemos negar nuestras oraciones a nadie, aun por el alma de alguien que, según nuestra lógica, no merece nuestra oración o consideremos que la oración por esa alma sea inútil.
Y aun en el supuesto caso que alguna persona se hubiera condenado, la oración no es tiempo ni esfuerzo perdido, le servirá a otras almas. Si rezamos por un alma que ya ha salido del Purgatorio o poralguien que se ha condenado, esa oración no se desperdicia, Dios sabe a quién le podría beneficiar. Es algo semejante al principio de los vasos comunicantes gracias a la comunión de los santos: Dios trasvasa y encauza las oraciones hacia las almas que más lo necesiten.
Si se encuentran en el purgatorio, sabemos que ya no irán al infierno. Nosotros podemos ayudar a esas almas en el purgatorio como consuelo y compañía en ese lugar donde se ‘sufre’ purificación; y lo podemos hacer con nuestras oraciones de sufragio, en particular participando en la Santa Misa y también haciendo celebrar la Santa Misa por ellos, con obras depenitencia y caridad, con las Indulgencias, sacrificios, etc..
Además, la oración tiene otro efecto importante que muchos pasan por alto: la oración retro alimenta. Así pues si hacemos oración por alguien, al mismo tiempo nos estamos ayudando nosotros porque su efecto espiritual nos hace ser más sensibles ante los misterios de Dios y más dispuestos a cumplir su voluntad.
Después de la muerte de alguien sólo podemos influir en su realidad ‘temporal’ que llamamos purgatorio en el que está la gran inmensa mayoría de fieles difuntos, aunque nunca sepamos con lujo de detalles cómo sea ni cuánto ‘tiempo’ dure. Sólo se sabe que, ésta antesala del cielo, es un ‘lugar’ de purificación hasta ser dignos de estar en la presencia de Dios para verlo cara a cara tal cual es (1Jn 3, 2).

lunes, 25 de septiembre de 2017

Cuidados paliativos: permanecer vivos hasta el último momento


La vida y la muerte se entremezclan en una paz profunda en la clínica de las agustinas de Malestroit

Reunión de cambio de turno matinal en la unidad de cuidados paliativos de la clínica de las Agustinas de Malestroit (Francia). Café y bizcochitos, el ambiente se detiene evocando a cada uno de los ocho pacientes que se benefician allí de cuidados. Se ríe y se trabaja. Aquí está la “casa de la vida”, asegura Sor Roxane.
En lo que hasta el 2003 era la maternidad de la clínica, sólo los pacientes han cambiado de rostro. Las puertas y ventanas siguen siendo rosadas, y a fin de cuentas “todavía se sigue dando a luz… desde la muerte”, explica la religiosa. Es largo y doloroso, el resultado es incierto.
El establecimiento de las agustinas es la única unidad de cuidados paliativos para los 350.000 habitantes de los entornos. Es raro que haya plaza.

“¡Es el servicio donde se está más vivo!”

Enfermera de formación, sor Rosane encuentra bajo su velo y su bata blanca sus “dos pulmones”: sus vocaciones -religiosa y agente de salud- son complementarias.
© Sophie Le Noen.
En torno a ella, un equipo multidisciplinario compuesto por muchas enfermeras, una auxiliar de enfermería y un psicólogo. Todos han firmado una carta de adhesión a los valores éticos de la comunidad religiosa a la que pertenece la clínica.
“Nosotros no ponemos fin ni prolongamos la vida. Respetamos la naturaleza“, explica la religiosa. Todo en esa “justa proximidad” que permite amar al paciente. Dedicamos tiempo a escuchar, a sentarnos. “No consideramos al ser humano como un solo órgano enfermo, sino en toda su persona”.
Isabel, enfermera, saborea el pacífico ritmo de la unidad. “¡Es el servicio donde se está más vivo!”, explica la joven mientras prepara su carro.
La atención del personal médico es tranquilizadora para los pacientes. Fabiana, de 65 años, respirando con dificultad, lo corrobora: “Estoy bien aquí. He encontrado una escucha”. Ella se prepara para volver a su casa, por unos días, en la perspectiva de la próxima boda de su hijo.

“Calmar los cuerpos y las almas”

Los pacientes aquí no están llamados a permanecer mucho tiempo. “Los recibimos para calmar su dolor, pero todos tienen un proyecto: ¡es la vida! Hay que permanecer vivos hasta el final”. 
Fabiana explica con un sentimiento cruel: “Tengo un cáncer de pulmón aunque nunca he fumado. Lo encuentro muy injusto”. Una injusticia ante la que no hay respuesta. “La enfermedad no es un castigo”, dice sor Roxane, que calma con su equipo los cuerpos y las almas atormentadas.
La nobleza de la misión de los agentes de salud se inscribe en un libro de oro en que los agradecimientos de las familias llenan páginas enteras. “No tenemos una máscara, estamos en la verdad“, dice la responsable para explicar cómo enfrenta la muerte: es la humanidad que se refleja en cada uno.
En los colores rosas de este lugar de paso, la muerte no es tabú y los vivos también necesitan de los moribundos. Una vela se enciende en la ventana de la habitación después de cada muerte.
Y después a veces los pacientes hacen mentir al diagnóstico de los médicos. Como ese hombre con insuficiencia renal que se despidió de los equipos antes de sus vacaciones de verano y que se prepara para volver a encontrarse con ellos tres semanas más tarde.

martes, 6 de junio de 2017

Los mejores 4 consejos para enfrentar la muerte de un ser querido


Nada la preparó para el dolor devastador que experimentó cuando su marido murió de cáncer, pero ha superado el duelo y puede mostrar el camino ante estas situaciones difíciles

Es inevitable. Todos enfrentaremos la muerte de un ser querido en nuestras vidas, la mayoría de nosotros muchas veces. Una médico me contó que sabía cómo esperar, pero nada la preparó para el dolor devastador que experimentó cuando su marido de 57 años murió de cáncer. Pasar ese dolor a una nueva vida sin él era increíblemente difícil para ella pero ahora, dos años después, tiene una idea del proceso. Cuando alguien a quien amas pierde su vida, tú también, en cierto sentido, pierdes la vida que creías tener con ellos.
Entonces, ¿cómo sobrevivir? ¿Cómo encontrar comodidad? Aquí hay 4 ideas que pueden ayudar.
1. Honra el dolor
No escuches a las personas que dicen que necesitas moverte, o recoger las piezas del rompecabezas, o volver a la tierra de los vivos, hasta que estés listo. Una persona podría curar en dos meses, otro podría curar en dos años. No entierres tu dolor, o eventualmente te empujará de vuelta a la superficie y explotará.
El duelo no puede ser evitado, apresurado o ignorado. No te auto-mediques. El alcohol, los cigarrillos o incluso las drogas recreativas pueden hacerte sentir mejor brevemente, pero no ayudarán a largo plazo y, eventualmente, empeorarán las cosas. Hay una condición médica llamada dolor complicado, así que si sientes que no estás haciendo ningún progreso en unos pocos meses, habla con tu médico.
2. Hónrate a ti mismo
Comer: Puede que no tengas hambre, pero come algunos bocados. Y si tienes hambre, intenta comer saludablemente. Alguien me dijo un día: “Comí comida chatarra para castigar subconscientemente mi cuerpo por estar vivo cuando Neil no lo estaba. Una vez que lo reconocí, pude tomar mejores decisiones. Comer excesiva comida te hará sentirte mejor en el momento, pero pagarás el precio de ganar peso y sentirte lento”.
Sueño: El duelo es agotador, no sólo emocional sino también físicamente. Trata de dormir, incluso si esto significa pedirle a tu médico una receta para ayudar temporalmente. El alcohol causa el sueño interrumpido, no respiratorio, así que evítalo. También evita la cafeína más adelante en el día. Proporcionará una pequeña explosión de energía, pero puede hacer que sea más difícil quedarse dormido por la noche.
Ejercitarse: Puede ser la última cosa que te apetezca hacer, pero el ejercicio te ayudará a aumentar tu energía y a aclarar tu pensamiento. Un paseo en el parque o alrededor de tu vecindario puede incluso ser una oración meditativa o el santo rosario si te tomas el tiempo para notar y apreciar la belleza allí.
Preguntar: Sí, sé lo difícil que es pedir ayuda. He escuchado este testimonio : “Cuando mi marido murió, de repente me encontré con el trabajo de dos personas de dirigir un hogar y tuve que aprender a hacerlo yo misma. La lavadora inundó el cuarto de baño, las tuberías se congelaron y estallaron, el calentador de agua produjo una fuga, todo en un mes después de la muerte de mi ser querido. Creo que Dios hizo que mi necesidad de ayuda fuera tan dramática que no tuve más remedio que pedirla”. Honestamente, la gente suele estar aliviada de que se les pida que hagan algo concreto: pueden dejar de preguntarse qué es lo que necesitan.
El papa Francisco habla de hacer frente a la pérdida:
“En el Pueblo de Dios, por la gracia de su compasión otorgada en Jesús, muchas familias prueban por sus hechos que la muerte no tiene la última palabra: esto es un verdadero acto de fe. Cada vez que una familia en luto, incluso un terrible duelo, encuentra la fuerza para guardar la fe y el amor que nos une a los que amamos, ya ha impedido que la muerte lo tome todo. La oscuridad de la muerte debe ser confrontada con un trabajo de amor más intenso. “¡Dios mío, alumbrad mis tinieblas!” es la invocación de la oración vespertina. …
“Podemos extraer del testimonio simple y fuerte de las numerosas familias que han podido captar, en la más ardua transición de la muerte, el paso seguro del Señor, Crucificado y Resucitado, con su promesa irrevocable de la resurrección de los muertos . La obra de amor de Dios es más fuerte que la obra de la muerte” (Audiencia general, 17 de junio de 2015).
3. Honra a tu ser querido
Está bien tomarte tiempo para pasar con sus cosas. “Me tomó dos años regalar los zapatos de mi marido, pero sólo dos semanas regalar sus herramientas. Todavía no he entregado sus libros. Guardé algunas de sus ropas para dormir, compartí algunas con nuestras hijas y sus amigos como recuerdos, y entregué el resto a la Buena Voluntad”.
Al regalar esas cosas, ora, no sólo por la persona a la que alguna vez pertenecieron, sino por la persona que los recibirá ahora. Es una manera concreta de reconocer y aceptar la “nueva vida”, no sólo para las pertenencias, sino para nosotros mismos.
4. Honra a Dios
“Cuando mi esposo murió, fue muy difícil orar. Estaba furioso con Dios porque no había curado el cáncer de Neil. Y le dije eso a menudo. ¿Pero sabes qué? Él puede tomarlo. Un día, en una de mis furiosas tiradas, tuve la sensación de que Dios oyó mis gritos y respondió: Me lo llevé a mí. Fue difícil discutir después de eso, y poco a poco mi ira se suavizó. Y en aquellos tiempos en los que simplemente no podía hablar con Dios, podía al menos leer su palabra. En las Escrituras, encontré palabras
tranquilizadoras y reconfortantes que pegué por toda la casa. Estos son algunas de mis favoritas:

• “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt 5, 4).
• “No teman: Yo estoy con ustedes

lunes, 22 de mayo de 2017

¿Todos los suicidas van al infierno?

Imagen referencial / Pixabay (Dominio Público)

Recientemente fue puesto en el tapete la reflexión sobre el destino de las personas que se quitan la vida, tras ser estrenada la serie de Netflix “13 Reasons Why” y popularizarse el juego suicida denominado “La Ballena Azul”.
Pero, ¿qué dice la Iglesia Católica al respecto? ¿Cuál es el destino de los suicidas según el Magisterio?
El Catecismo de la Iglesia Católica señala que el suicidio es un acto grave y en el numeral 2283 indica claramente que “no se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida”.
El P. Guillermo Leguía, profesor de teología moral de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima (Perú) explica que no es correcto decir que si una persona se suicida se va al infierno.
En declaraciones a ACI Prensa, el sacerdote peruano indica que “sí es correcto decir que el acto de suicidarse es un acto que está mal, pero nadie puede hacer un juicio sobre los elementos que ocurren en el corazón de la persona que hacen que ese acto que está mal le sea plenamente imputable”.
“Nadie puede conocer o saber si el suicidio hace que la persona se vaya al infierno. Además la Iglesia no enseña eso”, precisa.
Para Mons. Fernando Chomali, Arzobispo de Concepción (Chile), experto en bioética y miembro de la Pontificia Academia para la Vida, en el caso de un suicida es necesario considerar los aspectos psicológicos y psiquiátricos, así como el hecho de que para todas las personas “la misericordia de Dios es muy grande”.
“Pienso que hay personas que llegan a un alto nivel de desesperación por la enfermedad; y puede ser que la eutanasia o el homicidio terminen siendo una ‘respuesta’ a la gran soledad que siente la persona”, comentó a ACI Prensa.
El P. Leguía dijo también sobre este caso que “es importante distinguir entre el acto que la Iglesia enseña que está mal (suicidio) y el pecador a la que la Iglesia siempre ama con un corazón infinito y con una misericordia infinita. Y bueno, saber que a veces hay un conjunto de actos que aunque están mal no son plenamente imputables al actor”.
Un caso emblemático sobre el suicidio es el de Brittany Maynard, quien se quitó la vida el 1 de noviembre de 2014 por padecer de cáncer terminal y cuyo drama es usado para promover la eutanasia.
Sobre ese caso, el P. Leguía dijo que la mujer pudo haber estado “condicionada y sobrepasada por la experiencia del dolor, de la angustia”, lo que la llevó a “sucumbir” ante “tribulaciones y emociones mal manejadas que indudablemente aminoran la responsabilidad y la libertad”.
Sin embargo, añadió, “eso no significa que el acto no sea un acto libre, pero sí pueden haber atenuantes para su plena atribución y responsabilidad”.
De otro lado, Mons. Fernando Chomali, que publicó el 5 de noviembre de 2014 una carta pastoral sobre la eutanasia que en países como Chile el gobierno pretende aprobar, dijo que es importante pensar “seriamente lo que puede significar una sociedad donde cada uno puede disponer de su cuerpo como si fuera una propiedad personal. La verdad es que el cuerpo no nos pertenece ya que tiene además una dimensión social y por supuesto otra sagrada que hay que considerar”.
Tras afirmar que ante casos como el de Brittany es importante el “apoyo espiritual, humano y psicológico” para que las personas no se suiciden, el Prelado afirmó que “es un camino peligroso el que emprende la sociedad al ser permisivo con la eutanasia”.
“La Iglesia Católica le dice no a la eutanasia y al encarnizamiento terapéutico, y le dice sí a los cuidados paliativos; y sobre todo sí a mucho amor y mucho acompañamiento”, concluyó.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Un cáncer, una muerte y un milagro maravilloso


“Sé que tú me ayudarás a morir”, me predijo

Conocí a Lali en el trabajo. Tenía 33 años y era secretaria de dirección. Empezamos a conocernos, nos hicimos amigas, íbamos a comer juntas o compartíamos café en los descansos. Poco a poco, fuimos abriendo nuestros corazones. Ella empezó a explicar sus creencias espirituales: la cábala, las energías, el reiki, los viajes astrales, la astrología,… Yo le expliqué las mías: un Jesús que ama, que redime, que acepta, una Madre que acoge, una Iglesia abierta a todos y a la misericordia… Hablábamos con respeto, escuchándonos una a otra, sin pretensiones de convencimiento, sin juzgarnos, con interés.
Me habló de su vida difícil. De su padre borracho y maltratador. De su madre sufriente y depresiva que se suicidó. De su hermano menor que ahora era drogadicto y estaba ingresado en prisión. De su hermana que al cumplir los 18 años se fue a vivir con su novio y rompió lazos con la familia porque deseaba separarse de esa corriente de autodestrucción.
De cómo ella a los 18 años empezó a trabajar y se llevó sus hermanos menores a vivir con ella porque estaban desatendidos por el padre, los volvió a escolarizar, les enseñó modelos de higiene, les dio amor y cariño.
De cómo su padre volvió al cabo de los años, enfermo de cirrosis y ella lo cuidó hasta que murió a pesar de que había sido la causa de la desgracia familiar. De cómo ahora había encontrado una estabilidad profesional y personal, de su compañero de vida, de sus amigos.
Y de repente llegó el cáncer de estómago. Solo uno de cada tres sobrevive los 5 años, le dijeron. Lali era luchadora, la que más, y se compadeció de los otros dos porque ella era la que iba a sobrevivir, dijo. La operaron, pasó por una quimioterapia muy dura y volvió al trabajo.
Y al cabo de unos meses el cáncer volvió y ya no tenía cura. Tenía 35 años. Volvieron las sesiones de quimioterapia, sin ningún resultado y llegó un momento en el que ya no se podía hacer nada más e ingresó en una Unidad de Cuidados Paliativos.
Lali decidió que no quería que sus últimas semanas de vida fueran un paseo de personas que fueran a despedirse de ella, ni que todo el mundo viera cómo se iba consumiendo hasta morir. Eligió a unos 5 ó 6 amigos para que la cuidaran. A mí me sorprendió estar entre el grupo de elegidos, porque éramos compañeras de trabajo más que amigas y personas de su círculo más íntimo no pudieron despedirse de ella.
“Sé que tú me ayudarás a morir”, me predijo.
A mí me tocaban las noches. Unas noches eternas en las que hablábamos sin cesar de la vida, de la muerte, de qué hay más allá, de cómo hay que morir, del amor de Dios, de la reencarnación, de la resurrección.
Yo le hablaba de ese Dios que la amaba con infinita ternura, que no juzgaba, que no imponía miedo, que la esperaba con los brazos abiertos. Del Padre que quiere estrechar de nuevo a su hija, del Amigo que quiere compartir con ella su vida eterna, del Espíritu que la acompañaría en su camino al cielo. Ella escuchaba.
Pero durante el día, sus amigos volvían con mensajes de energías, fuerzas y astros.
No le impuse nunca nada, simplemente hablábamos y nos escuchábamos. Hasta que un día ella misma me pidió que me asegurara que no moriría sin confesarse. Sin embargo, me pidió esperar un poco porque tenía mucho dolor y prefería confesarse cuando tuviera el dolor controlado.
Pero la manera de controlar el dolor era con morfina y Lali fue entrando en una especie de doble vida y nebulosa donde cada vez era más difícil conversar con ella. Yo intuía que por muchas ganas que yo tuviera de que se confesara, era necesario que ella lo pidiera y lo deseara de verdad, que era necesario tener paciencia.
Cuando ya no podía casi ni hablar, lo propuse a los amigos y familiares, que se negaron en redondo porque no creían que fuera bueno y la asustaría.
Lali llegó a un punto en que prácticamente solo le funcionaban el corazón y los pulmones. Los médicos no podían comprender ya no cómo no estaba en coma, sino cómo no estaba muerta.
La última noche que pasé con ella intuí que era la última. Lali ya no hablaba, solo respiraba. Pasé la noche rezando.
Le dije a Dios que no podía hacer ya nada más, que era yo sola contra un grupo más numeroso de personas que vetaban la presencia de un sacerdote, que no podía luchar más, que había fallado, que no había sabido hacerlo mejor, qué sólo Él podía obrar el milagro.
Recé un rosario tras otro, pedí continuamente la protección del manto azul de María para que la protegiera de cualquier influencia externa que le impidiera llegar al cielo… y no paré de hacerle la señal de la cruz en la frente.
Por la mañana me fui, desanimada, triste, sabiendo que ya no podía hacer nada más, que se iba a morir sin haberse confesado, pero con la confianza de que la misericordia de Dios era grande y que Él iba a contemplar la capacidad de ofrecer amor que había demostrado en su vida.
Al cabo de unas horas me llamaron sus amigos. ¡Lali había pasado la mañana cogiéndoles la mano y guiándoles para que le hicieran la señal de la cruz en la frente! Aunque eran contrarios a la presencia de un sacerdote, habían interpretado que con ese gesto Lali pedía una confesión. ¡Alucinante!
Rápidamente fui con un sacerdote amigo al hospital. Al llegar, el sacerdote hizo salir a todo el mundo. Yo también hice el amago de salir, pero él me invitó a estar, a pesar de que era una confesión. “Te mereces vivirlo”, me dijo. Al entrar le dije: “Lali, ponte guapa que vengo con una persona especial, vengo con el sacerdote del que hablamos para que te puedas confesar”.
No sé de dónde sacó las fuerzas para sentarse, abrió los ojos como platos, consiguió sacar una sonrisa de oreja a oreja de su cara. Fue impresionante. ¡Estaba tan débil!
El sacerdote le preguntó “Lali, ¿sabes que Dios te ama?”. “¡Me ama tanto!”, contestó.  “¿Amas tú a Dios?”. “Lo amo con locura”, contestó con un hilo de voz. “Te arrepientes de tus errores?”. Lali ya sin voz asintió. “Dios te ha perdonado de todo, ahora puedes descansar”. Lali cerró los ojos, cayó sobre la almohada y entró en coma. Al cabo de un par de horas murió.

domingo, 7 de mayo de 2017

¿Por qué la resurrección de los cuerpos? ¿No basta salvar el alma?


¿Qué tiene el cuerpo que es tan importante?

¿Por qué tanto énfasis en la resurrección de los cuerpos cuando es suficiente la salvación del alma? ¿Qué tiene el cuerpo que es tan importante? Responde sor Giovanna Cheli, profesora de Sagrada Escritura en la Facultad Teológica de Italia Central.
La pregunta expuesta por nuestro lector es fundamentalmente una pregunta sobre el hombre, sobre el sentido de su cuerpo y, por lo tanto, de su vida.
Además parece que la resurrección de los cuerpos es opuesta a la salvación del alma, que está destinada a la salvación eterna, mientras que el cuerpo a desintegrarse. El cuerpo no parece tan receptivo a la salvación como el alma. Por eso el lector afirma: “es suficiente la salvación del alma”.
Hay que preguntarse si es posible realmente “salvar el alma” sin el “cuerpo”. El problema de la salvación está vinculado al de la muerte, por lo que “salvar el alma” significa comúnmente hacer que el alma llegue, gracias a una vida generosa, a la visión beatífica mientras el cuerpo queda sepultado y se disuelve.
Pero la perspectiva que la Sagrada Escritura nos da respecto a estas cosas no es precisamente esta. Primero que nada la fe en la resurrección de la carne no es un énfasis, sino una verdad esencial de la vida cristiana.
Toda nuestra fe está fundada en la resurrección de Jesús que se apareció a los apóstoles durante cuarenta días con un cuerpo vivo, comió con ellos, se le podía tocar, sopló sobre ellos y habló con ellos: “¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo” (Lc 24,38-39).
No les resultó fácil reconocerlo, signo evidente de que su cuerpo había sufrido transformaciones y, sin embargo, en Él los apóstoles volvieron a ver los signos de su historia y pudieron incluso tocarlo (Tomás). Por lo tanto, la resurrección del cuerpo del Señor y nuestros cuerpos es un elemento esencial de la vida del cristiano y de su fe.
La muerte, que sentencia el final de una realidad y quisiera arrojar una luz de inutilidad sobre lo que antes existió, no es capaz de interrumpir la vida del hombre y marca sólo el final de un cierto tipo de vida, la física y biológica.
A la luz de las narraciones pascuales hay que preguntarse: ¿nuestros cuerpo son sólo un instrumento para la vida terrenal, o su significado va más allá del tiempo asignado físicamente a cada uno?
Si nuestra alma estaba presente en nuestro cuerpo antes de la muerte, ¿por qué no se puede pensar, de alguna manera, que nuestro cuerpo tras la muerte estará presente en nuestra alma y que uno y otro se transformarán en el momento del paso de esta vida a la otra?
Si se objeta, con razón, que después de la muerte nuestro cuerpo no es el mismo de antes, ¿por qué no se puede decir lo mismo del alma? Esta con la muerte no es la misma de antes porque está privada de su cuerpo físico.
El resucitado nos recuerda que la muerte, transformando realmente el cuerpo biológico y el alma, no tiene el poder de suprimir su relación, creada por Dios.
Es reductivo decir que con la muerte el alma se separa del cuerpo y es más justo decir que nuestra vida entera se transforma en una nueva dimensión: nuestra alma y nuestra corporeidad (no biológica) continúan creciendo hacia la plenitud de la vida divina.
El prefacio de la misa de difuntos dice: “la vida no se quita ni desaparece, sino que se transforma”. La Palabra de Dios afirma con claridad que el “cuerpo”, reducido equivocadamente sólo a la vida física, está en el centro de toda la historia de la salvación: desde la creación, a la Encarnación del Verbo, a su muerte y resurrección, y su ascensión al cielo de la cual esperamos el regreso.
Si pensamos que el cuerpo muere con el final de la vida física, toda la historia de la salvación quedaría trastornada. Como nos lo recuerda Tertuliano: caro cardo salutis (la carne es la bisagra de la salvación).
Detrás de esta centralidad existe una idea precisa del hombre que la Sagrada Escritura nos ofrece, diversificándose de la filosofía griega de la que nuestro pensamiento está impregnado.
En la antropología semítica, precisamente del Antiguo y el Nuevo Testamento, el hombre no está compuesto de la unión de dos elementos distintos como el alma y el cuerpo, del principio espiritual y el material.
Es verdad que en la Escritura no faltan referencias a una dicotomía antropológica, que toma ámbito en el momento en que la fe judía o cristiana se confronta con el mundo griego, pero la idea de hombre que la Sagrada Escritura nos presenta es unitaria.
Esto no quiere decir que no se vea en el hombre una realidad compleja y articulada, constituida por más dimensiones atestadas de manera diferente. Por lo tanto, aunque se hable en la Biblia de “alma” (nefeš- psiché), de “carne” (basar- sárx), de “espíritu” (ruâh-pneûma), de “cuerpo” (sôma), el hombre no se identifica nunca solamente con una de estas dimensiones.
No sólo, mientras que decimos que el hombre tiene alma y cuerpo, en la Sagrada Escritura se afirma que el hombre es alma, espíritu, cuerpo y así sucesivamente.
Esta precisión es esencial para hablar de una unidad sustancial de la realidad humana y aunque ésta sea sometida a la caducidad en su cuerpo, el aspecto de la corporeidad no es sólo un hecho biológico y exterior, sino que pertenece a su dimensión profunda.
Cada uno de nosotros es su cuerpo, como es su alma, y la relación de estos componentes es íntima e indisoluble, de modo que si el alma en el tiempo terreno está impresa en el cuerpo, de manera análoga también el cuerpo está impreso en el alma. Esta relación es unitaria y no está destinada a extinguirse.
En este sentido la resurrección respeta a toda la persona, comprendida en todos sus aspectos incluso los más frágiles, como la carne.
No basta, por lo tanto, la salvación del alma, porque es simplemente imposible: el alma conlleva la reciprocidad con su cuerpo, está creada así, por eso en la visión cristiana la resurrección del cuerpo es fundamental.
No se debe, de hecho, olvidar que Dios hizo al hombre “a nuestra imagen, como semejanza nuestra” (Gn 1,26) y que el Hijo de Dios vino al mundo asumiendo en todo nuestra naturaleza humana. Así dice la Carta a los hebreos (10,5.7), dando voz a Jesús: “Me has formado un cuerpo… Entonces dije: ¡He aquí que vengo!”.
El “cuerpo” es el lugar del don recibido y restaurado. La salvación de la humanidad no es a través del sacrificio únicamente espiritual de Jesús, o la ofrenda de su alma, sino a través del don de “su cuerpo” como nos recuerda la Eucaristía. 
Sin el cuerpo del Señor y nuestro cuerpo, Dios no podría revelar todo su amor que, aunque en la temporalidad, ya es eterno.
En la Palabra hecha carne (Jn 1,14), el cuerpo se vuelve un bien común entre Dios y el hombre; no es, por lo tanto, un lastre del que hay que liberarse, ni un mero instrumento que decae con el tiempo: es nuestra manera de ser, es nuestra vida.
Nosotros también, en nuestro cuerpo, estamos invitados a donarnos, porque su principio y su plenitud es el don. De hecho, el cuerpo que somos nos ha sido donado por nuestros padres y por Dios. Nuestro ser a “su imagen y semejanza” nos dice que también la corporeidad del hombre no es sólo el ápice de toda la creación, sino el punto de referencia de toda la historia de la salvación que encuentra su centro en la Encarnación y en la muerte y resurrección del Señor.
Después de Él, nosotros también resucitamos en la carne. Entonces decae el “cuerpo biológico”, pero no se agota la sustancia de nuestro ser, nuestra corporeidad, encrucijada del don recibido y del donarse: éste está destinado a permanecer para siempre, realmente siendo transformado en el pasaje de la tierra a la eternidad.
Después de la muerte, la vida entendida de esta manera crece hasta la plenitud. Por eso cuando Jesús resucita muestra sus llagas porque son el signo corporal de su obra de amor que ha ultrapasado el tiempo y el espacio.El cuerpo de Cristo, como el nuestro, registra cada acción de amor. 
El cuerpo no es el revestimiento de un principio espiritual, éste debe estar vivo y ser fecundo (por eso los muertos y los vivos oran recíprocamente) y al custodiar la huella de Dios, somos transfigurados en nuestro cuerpo.
Dice Pablo: “Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar.. Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción.. se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Co 15, 38.42.44).
¿Qué tiene nuestro cuerpo que es tan importante? La imagen y semejanza de Dios que vuelve a brillar claramente con la resurrección.

domingo, 23 de abril de 2017

¿Por qué pasaron tres días entre la muerte y la resurrección?


¿La expresión está unida a una concreta referencia temporal?

En el Evangelio se lee que Jesucristo resucitó al tercer día después de morir. También está escrito así en el Credo “apostólico” y en el “niceno constantinopolitano” que rezamos en las misas festivas. ¿Cuál es la interpretación teológica de este lapso de tiempo entre los dos eventos, muerte y resurrección?
Responde el padre Filippo Belli, profesor de Teología Bíblica de la Facultad Teológica de Italia Central.
El Nuevo Testamento varias veces hace referencia a la resurrección de Jesús de entre los muertos al “tercer día”. La expresión se ha vuelto una normativa para indicar no sólo el tiempo cronológico, sino también la unicidad del evento en la plenitud de su significado.
Existen diversos niveles en que la expresión puede ser comprendida, sin que se excluyan.
El primero, el más natural, es el cronológico. De hecho las narraciones de los evangelios nos indican el tercer día después de la muerte como el momento en que los discípulos (primero las mujeres) recibieron el anuncio de la resurrección inmediatamente después de acontecer y como comprobación de la aparición del mismo resucitado.
La afirmación de la resurrección de entre los muertos al tercer día tiene el valor, en primer lugar, de testimonio del hecho real, de modo que se puede indicar con precisión el momento en que se ha constatado dicho hecho. La memoria cristiana está firmemente anclada en este hecho, hasta el punto de establecer el primer día después del sábado (el tercer día, de hecho) como el día del Señor, el dies Domini, el domingo.
Un segundo nivel de comprensión está unido al que podríamos llamar la proverbialidad de la expresión que indica un breve lapso de tiempo, un momento pasajero.
Hay varios episodios bíblicos en que los tres días indican el tiempo en que se realiza algo importante pero también pasajero. Un ejemplo son los tres días (de peste), tiempo propuesto por Dios a David como una de las pruebas a escoger tras su pecado por haber querido hacer un censo del pueblo (2 S 24,10-17).
De este género de textos (cf Jn 40,12; 2 R 20,5.8; Jn 2,1) nace la concepción según la cual Dios no permite al justo sufrir más allá del tercer día. El mismo Jesús usa esa expresión de esta manera en sus anuncios de la pasión y resurrección a los discípulos, indicando en los “tres días” el momento del paso de la muerte a la resurrección.
Existen otros textos bíblicos interesantes al respecto, porque indican el tercer día como el momento de una intervención decisiva por parte de Dios en la historia de su pueblo. En particular es necesario recordar la manifestación del Señor en el Monte Sinaí durante el camino del pueblo en el desierto (Ex 19). De manera similar es el tercer día en que Abraham llega al lugar donde debe sacrificar a Isaac (Gn 22).
Finalmente, no se pueden ignorar algunas profecías que ven en el tercer día el momento de resurgimiento a partir de una situación dolorosa. Los tres días en el vientre del pez de la profecía de Jonás, que Jesús utiliza expresamente (Mt 12,40), son el momento oscuro y misterioso desde donde vuelve a empezar la vida.
También la profecía de Os 6,2 que justamente los Padres de la Iglesia han aplicado a la Pascua de Cristo. Ésta afirma que el Señor “en dos días nos redará la vida y al tercer día nos repondrá en pie y estaremos en su presencia”. Si en Oseas esta indicación era un deseo para incitar al pueblo a convertirse, en Jesús se realizó plena y concretamente.
En Él realmente el Señor nos ha puesto nuevamente en pie el tercer día resucitándolo de entre los muertos e inaugurando una nueva era en que nosotros estamos en su presencia.
Una tradición rabínica bien demostrada consideraba que la corrupción de la muerte comenzaba a ser efectiva en los cadáveres después del tercer día. El Señor no ha permitido, como dice el salmo, que Jesús viera la corrupción (Sal 16,9-11) por ser el principio de una vida nueva en la que la muerte (con su poder corrosivo y destructivo) no tiene más poder.
El tercer día entonces marca el momento histórico en que Dios, más allá de la aparente inevitabilidad de la muerte, inició esa vida nueva resurgiendo Jesús de entre los muertos.

Para nosotros es la llamada a una esperanza mayor cristiana a través de todas la vicisitudes malas de la vida. Siempre hay un tercer día, Dios nos lo asegura en Jesús muerto y resucitado, una esperanza cierta.

domingo, 2 de abril de 2017

6 cosas que tal vez no sabías de la muerte de San Juan Pablo II

Este domingo 2 de abril se cumplen 12 años del fallecimiento de San Juan Pablo II, el Papa peregrino que viajó por el mundo y se convirtió en uno de los líderes más influyentes del siglo XX.
El Pontífice permaneció en la Cátedra de San Pedro 26 años y 5 meses, siendo el suyo el tercer pontificado más largo en los más de 2.000 años de historia de la Iglesia.
Aquí 6 cosas que tal vez no sabías sobre su muerte.
1. Murió de un colapso cardiocirculatorio
San Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005 a las 09:37 p.m. (hora de Roma) en la víspera del Domingo de la Misericordia, una fiesta establecida durante su pontificado. Sufrió un “choque séptico con colapso cardiocirculatorio debido a una infección, ya detectada, de vías urinarias”. Así lo detalló un exhaustivo informe sobre su agonía y muerte realizado en el Vaticano.
Durante la última semana de vida recibió comida procesada a través de un tubo nasal. Los doctores decían que los problemas en la ingesta de alimentos y en la respiración del Papa de 84 años, eran consecuencia de la enfermedad de Parkinson.
2. Su funeral duplicó la población de Roma
A su funeral asistieron 75 jefes de estado, incluyendo presidentes, príncipes, entre otras autoridades. La población de Roma se duplicó durante ese evento y los asistentes esperaron más de 24 horas para verlo en cuerpo presente.
Cuando la Plaza de San Pedro estuvo al tope de su capacidad, todo quedó completamente en silencio.
3. Sus últimas palabras fueron en polaco
El informe del Vaticano precisa que seis horas antes de su muerte, Juan Pablo dijo en polaco, “con una voz muy débil y con palabras murmuradas, 'Déjame ir a la casa del Padre'”.
El diario La Repubblica de Roma citó a un sacerdote polaco, Jarek Cielecki, diciendo que el Papa murió “un instante” después de pronunciar con gran esfuerzo la palabra “amén”.
4. Escuchaba la oración de los fieles días antes de su muerte
Miles de fieles se reunieron para orar en voz alta y hacer vigilia en la Plaza de San Pedro en los días previos a su muerte.
El entonces Arzobispo de Cracovia y Secretario Personal de Juan Pablo II durante más de 40 años, Cardenal Stanislaw Dziwisz, aseguró que el Papa escuchaba las oraciones de la multitud.
5. Sumamente enfermo dio una última bendición desde su ventana
Tras su fallido y conmovedor intento de dar la bendición “Urbi et Orbi” el último Domingo de Pascua de 2005, el cual arrancó los aplausos y el llanto de los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa Juan Pablo II–que después de su segunda hospitalización sufría “déficit nutricional y marcada debilidad”– volvió a asomarse a la ventana de su habitación el miércoles 30 de marzo para dar la bendición.
Este nuevo intento tampoco tuvo éxito. Aquella comparecencia “fue la última estación pública de su doloroso Vía Crucis”, dice el documento vaticano.
6. “Concelebró” una Misa en su agonía
El informe del Vaticano detalló que los ojos de Juan Pablo II estaban prácticamente cerrados durante una Misa celebrada al pie de su cama en la tarde del 31 de marzo de 2005.
“Pero en el momento de la consagración, débilmente levantó su mano derecha dos veces, es decir, cuando se eleva el pan y el vino. Hizo un gesto indicando que estaba tratando de golpear su pecho durante la recitación de la oración del Cordero de Dios”.
Ese día el Cardenal Marian Jaworski, amigo íntimo desde que ambos eran jóvenes sacerdotes en Polonia, le administró el sacramento de la unción de los enfermos.

viernes, 31 de marzo de 2017

¿Por qué Jesús murió a los 33 años?


No es una casualidad...

Muchos se han preguntado por qué tan joven murió Jesús. La edad de 33 años ha sido la referencia obligatoria de su crucifixión, muerte y resurrección. Pero muy pocos se preguntan lo que monseñor Charles Pope pregunta en su artículo del portal Community in Mission. En efecto: ¿cuál fue la razón de que muriera en sus treinta años y no con más edad, lo cual le habría dado más tiempo para enseñar y consolidar la doctrina de su Iglesia?
Pope recuerda la triple respuesta de santo Tomás de Aquino: Jesús murió a esa edad para mostrar su amor por nosotros en la edad perfecta de la vida; porque estaba completamente sano y porque al resucitar tan joven nos enseña la condición futura de los que resucitarán en el día final.
Desde luego, dice Pope, no es una casualidad que Cristo haya muerto, justamente, a la edad en que murió. “Dios no hace nada arbitrariamente”y los detalles del Evangelio –por ejemplo, la hora de la muerte de Jesús— nos enseñan mucho más que las especulaciones.
Un modelo a imitar
Además, está el tema de la perfección (Cristo era perfectamente Dios y perfectamente hombre). La perfección puede dañarse por exceso o por defecto. “Consideremos -dice Pope- el caso de la edad: una persona joven puede carecer de madurez física o espiritual, mientras que a una persona mayor, el tiempo le cobra su peaje y la mente se hace menos nítida”.
Por lo demás, en el tiempo en que vivió santo Tomás de Aquino (en el siglo XIII D. C.), los treinta años eran considerados como la época de la perfección humana. “Esto es sin duda aún así, a pesar de que parece que toma mucho más tiempo para alcanzar la madurez intelectual y emocional en estos días”, subraya Pope.
Santo Tomás señala que debido a que Jesús murió mientras que estaba en el mejor momento de su vida, es muestra de que su sacrificio fue mayor. Su aparente falta de cualquier enfermedad o imperfecciones físicas también aumentó su sacrificio.
“Este es un modelo para nosotros”, dice, finalmente Pope en su artículo, “porque hemos de dar lo mejor de lo que tenemos a Dios en sacrificio”, tal y como lo enseñó Jesús en la perfección de su propia vida.
“Y por lo tanto lo que podría parecer a algunos como un detalle sin complicaciones (la edad de Jesús), en realidad ofrece enseñanzas importantes para el alma sensible. Cristo dio todo, dio lo mejor y lo hizo cuando estaba en la flor de su vida. También nosotros estamos llamados a una perfección cada vez mayor”, termina diciendo el sacerdote estadounidense quien sirve en la arquidiócesis de Washington.

lunes, 27 de febrero de 2017

El ejemplo de Pablo Ráez y su reto del millón de donantes de médula Luchó hasta el final y nos dejó una enseñanza: "Nunca te rindas y siempre fuertes"

Pablo Ráez, el chico con leucemia que luchó hasta el final, no dejó este mundo con un vacío y su lucha no fue en vano.
La campaña que realizó a través de las redes sociales aumentó significativamente las donaciones de médula en Andalucía y gracias a él mucha gente logró encontrar donantes compatibles.
No te pierdas este emotivo video con sus últimas palabras...


martes, 7 de febrero de 2017

¿Cómo decir adiós a alguien que quieres, cuando el corazón no quiere soltarle…? No hay recetas para estos momentos, sólo dejar que el amor busque su propio camino


¿Cómo decir adiós a alguien que quieres, cuando el corazón no quiere soltarle…?




Nos preparamos para casi todo en esta vida. Vamos a las mejores universidades para sacar títulos profesionales de los más altos rangos y para lo único que seguro todos experimentaremos -la muerte- no nos preparamos. Ni para enfrentar la muerte personal ni la de un ser querido. ¿Pero en realidad existirá eso de preparase para la muerte?
En mi opinión, sí y no. Sí, cuando se vive en clave de eternidad, es decir, con los ojos puestos en la vida eterna, en el cielo. El encontrarte algún día con Dios, cara a cara, es la esperanza más hermosa con la que podemos vivir.
Luego, ¿cómo prepararte para entregar a tu ser amado? También viviendo un desprendimiento profundo, sabiendo que todos los amores son prestados y despidiendo con gratitud por el tiempo compartido. Eso sí, este concepto lo entiende la cabeza, pero NO el corazón. Por eso duele tanto el decir adiós.
Lo que sí me queda claro que un duelo se experimenta muy distinto cuando se vive desde la gratitud y el amor, que cuando se vive desde el miedo y los remordimientos. De cualquier manera, la muerte siempre va a impresionar, a sorprender y a doler tanto como si te amputaran el corazón. Luego pasa el tiempo y te das cuenta que un duelo vivido de forma sana sirve para purificar y transformar corazones.
¿Pero qué es lo que duele? ¿Acaso sólo la ausencia? Esa espantosa sensación de un cuchillo traspasándote el alma es literal. Solo quien ha sufrido pérdidas profundas podría expresarlo con palabras y, sobre todo, entenderlo. Duele decir “adiós” (aunque para los que creemos en la vida eterna sabemos que es un adiós esperanzador).
Duele la falta de su presencia. Se extraña el olor de su persona. Se echan de menos las palabras y el tono de su voz. Escuchar su canción te transporta a esos momentos en los que hoy desearías que el tiempo regresara y se detuviera simplemente para mirarle, para que con palabras silenciosas pudieras decirle una vez más cuánto le amabas… pero ¿cómo saber que pronto partiría…?
Duelen los recuerdos y las palabras no dichas; duelen los pendientes no concluidos y los problemas no resueltos; duelen los abrazos no dados, las caricias no recibidas y los besos no robados; duelen los perdones no otorgados y los acercamientos rechazados.
Duele el amor no aceptado, las llamadas no regresadas y los mensajes no contestados. Duele su presencia no presente, la impotencia de su ausencia… Quererle abrazar y no poder consolándote con el recuerdo del último apretón que recibiste de ella.
Te quieres envolver en sus brazos protectores y solo te puedes aferrar a la almohada empapada de tu dolor. Quieres escuchar su voz, necesitas sus consejos y a lo lejos sólo escuchas su recuerdo, porque no hay nadie que conteste o que dé respuesta a tanto sufrimiento.
Duele que el mundo la olvide y que la huella de amor que dejó alguna vez se borre. Ciega tanto el sufrimiento de una pérdida que el día se vuelve noche; amaneces sin querer amanecer porque sabes que te espera un día más de lágrimas, de ese dolor en el pecho que no te deja respirar. El llanto te ahoga, vives sin vivir. Simplemente piensas, ¿ahora cómo hago para seguir sin ti? Me quiero ir contigo y no puedo… Sigo aquí sin seguir… Vivo sin vivir…
¿Y qué sigue después? Aprender a vivir de manera diferente, hacer mío el dolor, tan mío que aprenda a vivir con él. Luego éste se transforma, el sufrimiento cambia, todo adquiere un significado distinto.
Que si el duelo tiene 5 o 6 etapas, dicen los expertos… Esas etapas de duelo fue un modelo que E. Kubler-Ross creó mientras trabajaba con pacientes terminales de cáncer, es decir, las 5 etapas (negación, enojo, negociación, depresión y aceptación) es el proceso experimenta una persona que va a morir y hoy en día es aplicado a todo proceso de duelo sin distinción.
Pero cuando estás de luto, ¿de qué te sirve saber en qué etapa estás? Que me digan en cuál de esas etapas te voy a dejar de extrañar; en cuál te voy a dejar de sufrir, en cuál te dejaré de llorar cuando tu recuerdo se apodere de mí alma y te quiera gritar con la impotencia de una hija huérfana que le reclama al cielo, ¿por qué te fuiste, por qué me dejaste? ¿En qué etapa se le deja de sufrir a un hijo o a ese hermano que no merecía morir así?
Mientras comienzas a vivir ese proceso escuchas frases de gente de buena voluntad que te suenan tan absurdas: “Ella ya está en un mejor lugar” y uno piensa por dentro, “¡Pues no! Yo la quiero conmigo”. Y que tal esa de “Ya tienes otro angelito en el cielo para cuidarte” ¿Ah sí? ¡Pues no! Yo no quiero otro angelito, ya tengo uno. Yo le quiero a ella, aquí junto a mí, cuidándome aquí, abrazándome aquí.
O esa frase que me pone los pelos de punta: “¡échale ganas!” ¿Echarle ganas? ¿Cómo se le hace? Pujo para que salgan las ganas, ¿o cómo? Neta, cómo echarle ganas si lo que siento es querer morir junto con el que se fue. Esa es la sensación, muerte en vida. Por eso, necesitamos aprender a dejar vivir a cada quien su duelo como vayan pudiendo y solo acompañemos, calladitos. En esos momentos el único que de verdad consuela es Dios, si tienes fe.
Un duelo es tan personal y único como estrellas hay en el firmamento. Cada pérdida es única y digna de ser vivida de acuerdo a nuestras capacidades personales. Aquí lo único importante es vivirlo tan profundamente como podamos, siempre de la mano de Dios.
Dicen que el tiempo todo lo cura y yo no estoy tan de acuerdo con eso. El tiempo te enseña a vivir con la pérdida, pero no podemos hablar de curación cuando el dolor que sentimos viene de un profundo amor. Además, sólo se cura lo que está enfermo y el amor no es una enfermedad. Un duelo que viene del amor no necesita curarse sino vivirse. Además, si el curar implica que te voy a dejar de extrañar y de pensar, prefiero no curarme, porque tu vivirás mientras tu recuerdo viva en mí.
Por qué somos tan necios y no gozamos de la presencia de nuestros seres amados como si de verdad hoy fuera su último día.
De mi corazón al tuyo, LI.