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domingo, 25 de marzo de 2018

Cómo ayudar a un niño a captar qué significa hacer la Comunión


5 pistas del papa Francisco recogidas en un libro

Desde que el papa Francisco comenzara su pontificado en 2013, ha puesto especial énfasis en varias cuestiones, que no es que no se trataran antes en la Iglesia, más al contrario, sino que, sencillamente, pasaron más desapercibidas. Pues bien, una de estas cuestiones es, sin duda, la de la edad. En la JMJ de Brasil el Papa puso especial énfasis en cuidar de los niños y de los ancianos, en estos porque son la memoria de la sociedad, y en aquellos porque son, ni más ni menos, que el futuro de la misma.
Pues bien, ¿qué momento más importante en la infancia que el de la Primera Comunión? Como festividad que es -pues la Iglesia siempre nos invita a celebrar todos los momentos en los que damos un paso importante en nuestra vida de fe-, queremos organizar muchas cosas y pasarlo en grande.
El problema surge cuando, sin darnos cuenta, desordenamos el orden de los factores, que en este caso sí altera el producto, y damos más importancia a la fiesta y al postín que a abrir nuestro corazón a Cristo.
Para ello el papa Francisco, siempre preocupado por todas y cada una de las ovejas que le han sido encomendadas, ofrece una serie de consejos a los niños para evitar cualquier distracción innecesaria y que sean conscientes del gran regalo que están cercanos a recibir: nada más y nada menos que el regalo del Cuerpo de Cristo, la Vida Eterna.
En el libro El Papa Francisco y la Primera Comunión (Palabra, 2016) encontramos una excelente síntesis de consejos dados por el papa Francisco sobre los sacramentos en general, y sobre la Eucaristía en particular, que ayudarán tanto a mayores como a pequeños a ser conscientes de la importancia que entraña la preparación espiritual ante el recibimiento del sacramento más que todos los elementos accesorios.
Así, encontramos 5 pasos o cuestiones en que profundizar:
  1. Nos encontramos a Jesús en la Comunión. En este primer paso, el papa profundiza en el misterio del encuentro con Jesús en la Eucaristía, donde ha querido quedarse por amor a cada uno de nosotros, convirtiéndose en nuestra fuente de agua viva diaria, único lugar en el que podemos tomar fuerzas y descansar.
Ediciones Palabra
  1. El poder de los sacramentos y de la luz de Cristo. En este paso, Francisco hace hincapié en la grandeza del Bautismo como puerta a todo lo más grande, entre esto a todos los demás sacramentos, y que enciende en nosotros una luz que no se apaga jamás.
Ediciones Palabra
  1. La confesión, el encuentro con Cristo que nos ama. Aquí el Papa nos recuerda la inmensa alegría del católico: la confesión. El sabernos perdonados constantemente, mediante la gracia y misericordia de Dios sin medida, quien, además, nos quiere tal y como somos, también con nuestras pobrezas.
Ediciones Palabra
  1. La Iglesia es como una madre. En este caso se recoge una preciosa catequesis dada por el Papa en una audiencia de 2013 sobre la función maternal de la Iglesia en nuestras vidas, que nos acompaña constantemente, nos trata con paciencia y misericordia y nos llama cada vez que nos equivocamos.
    Ediciones Palabra
  1. Mensajes para andar el camino. En estas últimas páginas se recogen algunas de las palabras de ánimo y confianza a los jóvenes del Papa más bellas de su pontificado, como “¡Apostad por ideales grandes!” o “¡Atreveos a ir contracorriente!”, sin duda un broche de oro para concienciar los niños de que comienzan a seguir un camino de valientes.
Sería una verdadera pena que ante un acontecimiento tan importante en la vida de los niños, como es la plena participación en la vida de la Iglesia mediante la Comunión, quienes tengamos la responsabilidad de guiarlos demos importancia a elementos vacíos y accesorios que no son de Cristo. Para ello, este genial libro puede ayudarnos a centrarnos en lo importante y concienciarlos a ellos.

miércoles, 4 de octubre de 2017

¿Qué será de quien muere de improviso sin confesión?


¿Hay que rezar por los que mueren en pecado grave y podrían haberse condenado? 

Está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego viene el juicio (Hb 9, 27). Y en este juicio particular cada uno recibe conforme a lo que hizo durante su vida mortal (2 Co 5, 10).
La doctrina cristiana siempre ha dicho claramente que  cada quien cosechará en la eternidad lo que en esta vida temporal habrá sembrado.
Ante todo, tengamos encuenta una gran verdad: “Dios no predestina a nadie al Infierno” (Catecismo 1037). La Voluntad de Dios es que todos los hombres lleguen a disfrutar de la salvación, de la Visión Beatífica.
Para que alguien realmente se condene, es necesario que tenga un alejamiento voluntario de Dios, una aversión permanente a Él, una rebeldía contra su voluntad o un enfrentamiento contra Él y, además, que persista en esta actitud hasta el último día (Mt 7, 23; Mt 25, 41). Personas así, personas que reúnan estas condiciones, realmente no creo que sean muchas.
En todo caso, aquel que muere en pecado mortal, sin al menos arrepentirse, va al infierno (Catecismo 1033). Y la teología cristiana católica afirma que un alma condenada no puede ser luego salvada con oraciones.
Pero una cosa es la irreversibilidad del destino eterno llamado infierno (Catecismo 1035), labrado en la temporalidad terrenal, y otra muy diferente es, por supuesto, dar a alguien ya por condenado en el infierno.
No es posible pensar o aseverar con rotundidad que alguien, al morir repentinamente, y según nosotros sin estado de gracia, se haya condenado inexorablemente. Nadie debería jamás pensar esto ni del más abyecto de los criminales.
¿Por qué no es posible pensarlo? Sabemos cuál es la vía ordinaria para entrar al cielo directa o indirectamente (a través del purgatorio): Morir en estado de gracia. Sin embargo, existe una posibilidad de salvación para la persona que, estando en pecado grave, muere sin estar reconciliado con Dios a través del sacramento de la confesión; aunque, eso sí, tenga en todo caso que pasar por el purgatorio.
Esta excepción se basa en varios elementos:
1.- Cuando la persona, al momento de morir, no pudo ser atendida por un sacerdote. Supongamos el caso de un accidente aéreo o en un accidente automóvilistico, ¿podría Dios condenar a estas personas por haber muerto sin la presencia de un sacerdote, si de haberlo tenido, quizás hubieran recurrido a él? Ciertamente que no.
En estas circunstancias la Iglesia cree en la Misericordia del Señor para con esas personas que con su último aliento de vida claman un perdón. Si la persona tiene un momento delucidez antes de la muerte, y en ese instante se arrepiente con corazón contrito por la totalidad de sus pecados, y le pide a Dios el perdón, se salvará.
2.- Recordemos que la muerte es un proceso gradual de la vida actual a la muerte aparente (por ejemplo, la muerte clínica), y de ésta a la muerte real. La muerte aparente no coincide siempre con la muerte real, pues la muerte es la separación del alma del cuerpo, y es difícil señalar el momento exacto y preciso de esta separación. Ha habido casos de vuelta a la vida después de una muerte clínica por una acción milagrosa.
Hay testimonios de gente aparentemente muerta que después han manifestado que podían oír lo que pasaba a su alrededor. Por esto, ante la duda acerca de si una persona esté muerta o no, puede actuar el Sacerdote para que le administre el Sacramento de la Unción de los Enfermos (canon 1005) si se cree que la persona lo hubiera querido y/o pedido al menos implícitamente (Canon 1006). “La Unción de los enfermos “no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir.
Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro demuerte por enfermedad o vejez” (Catecismo 1514). Debe administrarse este sacramento, pues uno de sus efectos es el perdón de los pecados, incluso los graves cuando el enfermo no se haya podido confesar y esté imposibilitado para hacerlo; en este caso basta que la persona hubiera realizado un acto de atrición.
3.- En esta misma línea, cuando una persona está en peligro de muerte, y no puede expresarse verbalmente por algún motivo (por ejemplo en coma), se le puede absolver de los pecados de manera condicionada. Esto quiere decir que la absolución está condicionada a las disposiciones que tenga la persona enferma o que se presume tendría, de estar consciente (Canon 976).
La absolución se impartirá ‘bajo condición’ cuando, si se diera absoluta, el sacramento se expondría a peligro de nulidad, y si se negara se expondría en grave peligro la salvación del penitente. El sacerdote procederá de esta manera cuando tenga duda de que la persona esté viva o muerta; si hay duda sobre el uso de razón (por ejemplo en los dementes o en los niños); cuando se duda de si se ha concedido bien una absolución absoluta previa; etc..
4.- No podemos juzgar y dar por condenado a nadie, ni siquiera cuando la Iglesia le haya declarado la excomunión. El hecho de que una persona esté excomulgada no significa que esté condenada irremediablemente al infierno, simplemente se declara que dicha persona ha salido por su propio pie de la comunión de la Iglesia. La Iglesia no condena a nadie; no puede ni debe ni quiere decretar la condenación de nadie. Una persona que esté excomulgada y que, por tanto, no pueda acceder a los sacramentos al momento de su muerte, podría arrepentirse de sus pecados y podría ser suficiente para que se salvara. Así de grande y de espectacular es la misericordia divina.
5.- Tampoco los que desconocen sin culpa elevangelio de Cristo y su Iglesia están privados de salvación, “porque los que desconocen sin culpa el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (Vat. II, LG 16)”.
6.- No hay que olvidar que Dios es omnisciente y lo sabe todo, incluso antes de que ocurra. Es muy posible que Él, viendo desde la eternidad la oración de sus hijos por si mismos o por otros (por ejemplo la oración de una madre), haya podido haber derramado gracias que les movieran a la conversión antes de morir. Sólo Dios sabe si en el último instante alguna persona se hubo arrepentido de lo que hubiera hecho (con elimplícito amor a Dios y al prójimo).
Si pasa esto y/o hubiera esa persona confesado con su boca que Jesús es Señor y cree en su corazón que Dios lo ha resucitadode entre los muertos, se salvará (Rm 10, 9). Y aun la simple atrición es suficiente para salvarse, aunque tenga menos mérito y por tanto más purgatorio. Se han visto casos de ateos que al verse próximos a la muerte han orado. Alguien ha dicho que “cuando un hombre da un paso hacia Dios, Dios da más pasos hacia el hombre”.
7.- Aun en los casos en que todo parezca sugerir que alguien haya muerto en pecado grave, no hay que dar por sentado que esté ya condenado, porque la última palabra siempre la tiene Dios. Solo Él conoce las circunstancias y las intenciones de cada quien y sólo Él sabe que pasó realmente durante los últimos instantes de la vida. Hasta en el caso de los suicidas no podemos estar seguros de su condenación.
8.- No es fácil saber si quien ha pecado gravemente, lo haya hecho con pleno conocimiento y deliberado consentimiento, como se requiere para que haya pecado mortal. Y aun suponiendo que haya pecado mortal (es decir grave, consciente y libre), no podemos negar que ‘el dedo’ de Dios haya podido tocar al pecador a la hora de la muerte si en aquél momento supremo la persona ha vuelto su mirada a Él con corazón arrepentido.
9.- En el momento de la muerte de alguien no conocemos, por ejemplo, lo que había en su corazón en relación con Dios, no sabemos si tuvo seria intención de confesarse (con acto de contrición incluido) aunque al final no se haya podido confesar;  no sabemos si esa persona instantes previos haya hecho alguna oración… en resumen, no sabemos por qué caminos puede llegar a las almas la acción de misericordiosa de Dios, quien por boca de Jesús sabemos que su interés es buscar a la oveja perdida para salvarla. La misión de Jesús nunca fue ni es condenar, sino salvar (Jn 3, 17); Jesús quiere cumplir con la voluntad del Padre: que no se pierda ninguno de los que Él le ha confiado (Jn 6, 39). “De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños” (Mt 18, 14).
Él, que escruta los corazones, salvará lo salvable. Lo que para nosotros parece imposible, para Dios no lo es; “porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 37). “Lo que parece imposible para los hombres, es posible para Dios” (Mt 19, 26).
10.- La Iglesia no excluye de sus oraciones a ningún fiel difunto. El amor de la Iglesia por sus hijos es universal. Y en cada Eucaristía la Iglesia ora por todos sin excepción. La oración es expresión de la esperanza y de la confianza en la justicia y misericordia divinas. Orar por todos es esperar que Dios, por los caminos que sólo él sabe, puede llevar a muchos hacia sí. Aún por los que, según los criterios humanos, podrían estar condenados, pues nunca debemos olvidar que los criterios y pensamientos de Dios no siempre coinciden con los del ser humano (Is 55, 8).
Este amor universal o católico de la Iglesia, que es madre, se manifiesta en sus oraciones por sus hijos difuntos, especialmente el día de un funeral y el día de todos los fieles difuntos (el 2 de noviembre).
En cada misa la Iglesia ora “por nuestros hermanos que durmieron con la esperanza de la resurrección”, pidiendo a Dios que admita a contemplar la luz de su rostro “a todos los difuntos”. La oración por los difuntos conocidos es importante, pero no se olvidan a todos los demás difuntos. Las oraciones por el eterno descanso de los difuntos, no solo son agradables a Dios, sino que pueden ayudarles.
Nuestro deber como cristianos es rezar por aquellos que han fallecido esperando que la misericordia de Dios les alcance. No debemos negar nuestras oraciones a nadie, aun por el alma de alguien que, según nuestra lógica, no merece nuestra oración o consideremos que la oración por esa alma sea inútil.
Y aun en el supuesto caso que alguna persona se hubiera condenado, la oración no es tiempo ni esfuerzo perdido, le servirá a otras almas. Si rezamos por un alma que ya ha salido del Purgatorio o poralguien que se ha condenado, esa oración no se desperdicia, Dios sabe a quién le podría beneficiar. Es algo semejante al principio de los vasos comunicantes gracias a la comunión de los santos: Dios trasvasa y encauza las oraciones hacia las almas que más lo necesiten.
Si se encuentran en el purgatorio, sabemos que ya no irán al infierno. Nosotros podemos ayudar a esas almas en el purgatorio como consuelo y compañía en ese lugar donde se ‘sufre’ purificación; y lo podemos hacer con nuestras oraciones de sufragio, en particular participando en la Santa Misa y también haciendo celebrar la Santa Misa por ellos, con obras depenitencia y caridad, con las Indulgencias, sacrificios, etc..
Además, la oración tiene otro efecto importante que muchos pasan por alto: la oración retro alimenta. Así pues si hacemos oración por alguien, al mismo tiempo nos estamos ayudando nosotros porque su efecto espiritual nos hace ser más sensibles ante los misterios de Dios y más dispuestos a cumplir su voluntad.
Después de la muerte de alguien sólo podemos influir en su realidad ‘temporal’ que llamamos purgatorio en el que está la gran inmensa mayoría de fieles difuntos, aunque nunca sepamos con lujo de detalles cómo sea ni cuánto ‘tiempo’ dure. Sólo se sabe que, ésta antesala del cielo, es un ‘lugar’ de purificación hasta ser dignos de estar en la presencia de Dios para verlo cara a cara tal cual es (1Jn 3, 2).

lunes, 29 de mayo de 2017

A ti que te vas a confirmar... la marca de Jesús


A un amigo que hiciera la confirmación yo le diría: ¿Te has parado a pensar todo lo que expresas con lo que llevas puesto? La ropa, por su estilo o por la marca, la sudadera del colegio o de la universidad, la camiseta de tu equipo o de la cuadrilla o incluso la cruz al cuello.
Esto es algo muy normal. En las ciudades, los edificios están llenos de escudos de armas, las órdenes religiosas blasonan sus templos y los ayuntamientos imprimen su insignia en cada nueva construcción. Parece que el ser humano necesita dejar bien claro quién es y para ello recurre a símbolos o escudos que le identifiquen por sus gustos, ideología, procedencia, poder o fe.
Ninguna edad se libra de esta necesidad, pero en la juventud se manifiesta con fuerza. Es un tiempo de búsqueda de uno mismo, de demostrarle al mundo quién soy y de qué soy capaz, de madurar las primeras decisiones importantes y, especialmente, de hacerse muchas preguntas. Y si alguna logras responder, seguramente se notará por lo que hagas o lo que digas. 
Si estás a las puertas de la confirmación, será porque te has hecho la pregunta por Dios y quieres responder afirmativamente. Y quizás, también quieras que se note. Pero ojo, en estos tiempos de tanta publicidad y culto a la imagen, corremos el riesgo de que la fe se convierta en una marca más. Algo para mostrar y nada más. Símbolos o palabrería que no anuncian más que a uno mismo. 
La confirmación es una marca muy distinta. 
La unción con aceite, signo casi invisible, simboliza tu elección y pertenencia a un cuerpo mucho mayor, la Iglesia. Es un signo irrepetible, se da una vez en la vida, y con él recibirás el don del Espíritu Santo que recibiste en el bautismo, como el mismo Jesús en el Jordán. Esta marca, por tanto, no es una marca de quita y pon. Te convierte en miembro y no en socio, en alguien único y no un producto de serie, en testigo y no en un maniquí. Compromete tu vida y no sólo tu apariencia.Con este sacramento expresas el deseo de que el Espíritu de Dios sea también el tuyo y de que tus pasos sigan, cada vez más cerca, los pasos de Jesús.

viernes, 12 de mayo de 2017

Cómo ayudar a un niño a captar qué significa hacer la Comunión


5 pistas del papa Francisco recogidas en un libro

Desde que el papa Francisco comenzara su pontificado en 2013, ha puesto especial énfasis en varias cuestiones, que no es que no se trataran antes en la Iglesia, más al contrario, sino que, sencillamente, pasaron más desapercibidas. Pues bien, una de estas cuestiones es, sin duda, la de la edad. En la JMJ de Brasil el Papa puso especial énfasis en cuidar de los niños y de los ancianos, en estos porque son la memoria de la sociedad, y en aquellos porque son, ni más ni menos, que el futuro de la misma.
Pues bien, ¿qué momento más importante en la infancia que el de la Primera Comunión? Como festividad que es -pues la Iglesia siempre nos invita a celebrar todos los momentos en los que damos un paso importante en nuestra vida de fe-, queremos organizar muchas cosas y pasarlo en grande.
El problema surge cuando, sin darnos cuenta, desordenamos el orden de los factores, que en este caso sí altera el producto, y damos más importancia a la fiesta y al postín que a abrir nuestro corazón a Cristo.
Para ello el papa Francisco, siempre preocupado por todas y cada una de las ovejas que le han sido encomendadas, ofrece una serie de consejos a los niños para evitar cualquier distracción innecesaria y que sean conscientes del gran regalo que están cercanos a recibir: nada más y nada menos que el regalo del Cuerpo de Cristo, la Vida Eterna.
En el libro El Papa Francisco y la Primera Comunión (Palabra, 2016) encontramos una excelente síntesis de consejos dados por el papa Francisco sobre los sacramentos en general, y sobre la Eucaristía en particular, que ayudarán tanto a mayores como a pequeños a ser conscientes de la importancia que entraña la preparación espiritual ante el recibimiento del sacramento más que todos los elementos accesorios.
Así, encontramos 5 pasos o cuestiones en que profundizar:
  1. Nos encontramos a Jesús en la Comunión. En este primer paso, el papa profundiza en el misterio del encuentro con Jesús en la Eucaristía, donde ha querido quedarse por amor a cada uno de nosotros, convirtiéndose en nuestra fuente de agua viva diaria, único lugar en el que podemos tomar fuerzas y descansar
.
  1. Ediciones Palabra
    1. El poder de los sacramentos y de la luz de Cristo. En este paso, Francisco hace hincapié en la grandeza del Bautismo como puerta a todo lo más grande, entre esto a todos los demás sacramentos, y que enciende en nosotros una luz que no se apaga jamás.
    Ediciones Palabra
    1. La confesión, el encuentro con Cristo que nos ama. Aquí el Papa nos recuerda la inmensa alegría del católico: la confesión. El sabernos perdonados constantemente, mediante la gracia y misericordia de Dios sin medida, quien, además, nos quiere tal y como somos, también con nuestras pobrezas.
    Ediciones Palabra
    1. La Iglesia es como una madre. En este caso se recoge una preciosa catequesis dada por el Papa en una audiencia de 2013 sobre la función maternal de la Iglesia en nuestras vidas, que nos acompaña constantemente, nos trata con paciencia y misericordia y nos llama cada vez que nos equivocamos.
      Ediciones Palabra
    1. Mensajes para andar el camino. En estas últimas páginas se recogen algunas de las palabras de ánimo y confianza a los jóvenes del Papa más bellas de su pontificado, como “¡Apostad por ideales grandes!” o “¡Atreveos a ir contracorriente!”, sin duda un broche de oro para concienciar los niños de que comienzan a seguir un camino de valientes.
    Sería una verdadera pena que ante un acontecimiento tan importante en la vida de los niños, como es la plena participación en la vida de la Iglesia mediante la Comunión, quienes tengamos la responsabilidad de guiarlos demos importancia a elementos vacíos y accesorios que no son de Cristo. Para ello, este genial libro puede ayudarnos a centrarnos en lo importante y concienciarlos a ellos.

jueves, 13 de abril de 2017

¿Qué es la misa crismal?


La celebración presidida por el obispo y concelebrada con los presbíteros de la diócesis en la que se consagra el santo crisma y los restantes óleos

La misa crismal, presidida por el obispo y concelebrada con los presbíteros de la diócesis, es la celebración en la que se consagra el Santo Crisma (de aquí el nombre de misa crismal) y bendice además los restantes óleos o aceites (para los enfermos y lo que se van a bautizar).
La palabra crisma proviene de latín chrisma, que significa unción. El crisma es la materia sacramental con la cual son ungidos los nuevos bautizados, son signados los que reciben la confirmación y son ordenados los obispos y sacerdotes, entre otras funciones.
La consagración del crisma y la bendición de los otros dos aceites ha de ser considerada como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo.
Ordinariamente esta misa se celebra, en la catedral de cada diócesis el Jueves Santo; pero, por razones de conveniencia pastoral, se puede adelantar a uno de los días de la Semana Santa.
Haberla fijado el Jueves Santo no se debe al hecho de que ese sea el día de la institución de la eucaristía, sino sobre todo, a una razón práctica: poder disponer de los santos óleos, sobre todo del óleo de los catecúmenos y del Santo Crisma, para la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana durante la Vigilia Pascual.
Así pues el Santo Crisma, es decir, el óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, nos es dado junto con sus carismas el día de nuestro bautizo y de nuestra confirmación y en la ordenación de los sacerdotes y obispos.
La materia apta para el sacramento debe ser aceite de oliva. El crisma se hace con óleo y aromas o materia olorosa.
Es conveniente recordar que no es lo mismo el Santo Crisma que el óleo de los catecúmenos y de los enfermos (que sólo son bendecidos, como se ha dicho más arriba, y pueden hacerlo otros ministros en algunos casos).
El rito de esta misa, de la misa crismal, incluye la renovación de las promesas sacerdotales. Tras la homilía, el obispo invita a sus sacerdotes a renovar su consagración y dedicación a Cristo y a la Iglesia. Juntos prometen solemnemente unirse más de cerca a Cristo, ser sus fieles ministros, enseñar y ofrecer el santo sacrificio en su nombre y conducir a otros a él.

Lee también: ¿Qué significado tiene la Misa Crismal?


Por tanto otro tema importante de la misa crismal es el sacerdocio. Al entregar el misterio de la eucaristía a la Iglesia, Cristo instituyó también el sacerdocio.
Los textos de la misa presentan un conjunto catequético no solamente acerca del sacerdocio ministerial, sino también relativo al sacerdocio general de los fieles: en la antífona de entrada, la asamblea aclama: “Jesucristo nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre”.
En esta misa crismal no se dice el Credo. Tras la renovación de las promesas sacerdotales se llevan en procesión los óleos al altar donde el obispo los puede preparar, si no lo están ya. En último lugar se lleva el Santo Crisma, portado por un diácono o un presbítero. Tras ellos se acercan al altar los portadores del pan, el vino y el agua para la eucaristía.
Después del Sanctus se bendicen el óleo de los enfermos y tras la oración después de la comunión se bendice el óleo de los catecúmenos y se consagra el Santo Crisma.

sábado, 10 de septiembre de 2016

10 tips de los sacerdotes para una confesión mejor ¿Has salido alguna vez del confesionario preguntándote si lo has hecho bien?


Sacerdote para confesar



Ojalá pudiera escuchar las confesiones de otras personas.
No te preocupes, no voy a poner escuchas en los confesionarios del convento. Simplemente creo que podría aprender algo escuchando cómo se enfrentan los demás a la confesión.
Hace varios años ya que tomo parte en el sacramento de la Penitencia, pero aún tengo la impresión de no saber exactamente qué estoy haciendo. A veces salgo del confesionario con dudas: “¿Lo he hecho bien? ¿Debería haber sido más específica? ¿He sido suficientemente sincera?”.
El otro día, al salir de confesarme, pensé: “¡Ya sé! Voy a pedir consejo a los hombres que sí se dedican a escuchar las confesiones de la gente”.
Y esto es lo que me dijeron:
  1. Padre Bryan Brooks, Tulsa, Oklahoma:
Al hacer un examen de conciencia nos enfrentamos con nuestros pecados, pero cuando vamos a confesión, nos enfrentamos al amor, la misericordia y el perdón de Dios.
  1. Padre Sean Donovan, Pawhuska, Oklahoma:
Después de contar cuánto hace más o menos de tu última confesión, háblale al cura brevemente de ti mismo (¿Estás soltero, tienes pareja, casado por segunda vez, eres una hermana religiosa?). Conocer tu situación nos ayuda a aconsejarte mejor. 
  1. Padre Gabriel Mosher, OP, Portland, Oregón:
Los pecados son malas elecciones, no emociones desagradables; así que confiesa tus pecados, no tus estados emocionales.
  1. Padre Damian Ference, Wickliffe, Ohio:
Los pecados cometidos son una ofensa a Dios, pero los pecados confesados son un cántico a Dios. Así que, cuando confiesas tus pecados a un sacerdote en el sacramento de la Reconciliación, debes saber que también estás cantando una alabanza a Dios por su gran misericordia.
  1. Padre Matthew Gossett, Steubenville, Ohio:
¡La confesión frecuente es edificante para tu sacerdote y buena para tu alma! Los pecados, en especial los habituales o arraigados, requieren paciencia y perseverancia. Nunca te rindas, no importa cuántas veces hayas cometido el mismo pecado (…). La confesión es un sacramento de curación y, como con las heridas físicas, las heridas espirituales pueden necesitar algún tiempo para sanar por completo.
  1. Padre James Martin, SJ, Ciudad de Nueva York, Nueva York:
La confesión no trata tanto de lo malo que eres sino de lo bueno que es Dios.
  1. Padre Anthony Gerber, Cottleville, Misuri:
El sacerdote es como un médico: cuando vas al médico, le dices qué es lo que te ha estado doliendo con más o menos detalle, para que sepa cómo tratarte de la mejor forma. Y recuerda: ya ha visto a muchos pacientes con los mismos síntomas. ¡Confía en él, escucha su consejo y mejorarás pronto!
  1. Padre Joshua Whitfield, Dallas, Texas:
Dios obra mejor con una confesión sencilla y humilde de los pecados. Dios no necesita una novela. Ya la ha leído. El orgullo y la impenitencia a veces se esconden bajo nuestra verborrea. Hablen con sencillez y claridad, mencionando sus pecados: es como despojarse camino de la Cruz, para la muerte de nuestros pecados y la resurrección del perdón.
  1. Padre Jeffrey Mickler, SSP, Youngstown, Ohio:
Habla sin miedo, no te preocupes por nada. El amor de Dios es más fuerte que nuestros pecados.
  1. Padre Matthew Schneider, LC, Washington DC:
Para muchas personas, la mayor mejoría en la confesión sería cambiar la percepción de que es una lista obligatoria y abstracta de pecados, en vez de considerarlo una renovación de la relación con Dios.
¡Y un extra!
La confesión no es sólo una eliminación del pecado, es un encuentro con Cristo. 
¿Te han resultado útiles estos consejos?
El consejo número 3 me hizo replantearme mi forma de hacer el examen de conciencia y me di cuenta de que probablemente debería ser más específica a la hora de enumerar mis pecados (no porque le haga falta a Dios, sino porque me ayudaría a mí). Y todos estos consejos han renovado mi amor hacia el sacramento de la Penitencia y hacia todos los sacerdotes que entregan sus vidas para servir a Dios y a su pueblo.
Si algún otro consejo les pareció especialmente útil, ¡no duden en compartir sus impresiones con los demás lectores en los comentarios!

viernes, 2 de septiembre de 2016

Una santa de Misa diaria y confesión semanal, así fue la vida espiritual de Madre Teresa Por Alvaro de Juana


Madre Teresa de Calcuta. Foto: L'Osservatore Romano

La Madre Teresa de Calcuta era la primera en llegar a la capilla de su casa cada día a las 5 a.m. para iniciar el día en oración. La Misa diaria y la confesión semanal fueron los elementos básicos de la vida espiritual de la próxima santa.
A dos días de su canonización, hoy en el Vaticano la hermana Mary Prema, segunda sucesora de la beata como superiora de las Misioneras de la Caridad, y el postulador de su causa, P. Brian Kolodiejchuk, revelaron varios detalles de la intensa relación de Madre Teresa con la oración.
“En la vida de las religiosas el amor de Jesús era siempre puesto en práctica”. “Durante la oración de la mañana, a las 5 a.m., ella era siempre era la primera en llegar a la capilla para demostrar a Jesús cuánto lo amaba”, explicó Sor Prema.
“Después de la oración y la Misa ella estaba preparada para ayudar a todos. Dedicaba todo el tiempo a dar instrucciones a las hermanas de cómo vivir en modo práctico esta experiencia de espiritualidad, de abandono frente al Señor”, agregó.
“Cada vez que fallábamos en algo ella siempre nos animaba a continuar. Yo siempre he sentido esta cercanía de ella, siempre nos llevaba más cerca de Jesús y de la Virgen María”.
Por su parte, el Postulador de la Causa, el P. Brian Kolodiejchuk, expresó que “es justo que Madre Teresa se canonizada en este Año de la Misericordia porque ella era consciente de la misericordia de Dios y de la pobreza”.
“Este Año nos recuerda que frente a Dios todos buscamos misericordia, somos como mendicantes que tenemos necesidad de amor, perdón y misericordia”.
El sacerdote reveló que “ella se confesaba regularmente al menos una vez a la semana”. “No lo veía como una rutina, sino como importante este encuentro de la misericordia. Conocía las debilidades humanas y debo decir que era particularmente agradecida por el hecho de que sus pecados y debilidades podían ser perdonados gracias al amor de Dios”.
Sobre su crisis de fe, explicó que gracias a “esta oscuridad que sufrió la hizo depender de la misericordia de Dios y al saber que había experimentado esta misericordia era consciente de tener que darla a los demás”.
“Hizo votos de no rechazar jamás a Jesús. Comprendía qué significaba para ella la oscuridad”, aseguró.
Sor Prema también habló sobre la llamada “noche oscura” o crisis de fe que padeció durante algún tiempo la Madre Teresa al igual que otros muchos santos. “Ella no hablaba de esta experiencia de oscuridad, al menos a mí, pero no nos sorprende porque el amor y la profundidad de este abandono a Dios era una experiencia muy importante y personal. Abandonarse a Dios por Ella era importantísimo”.
Sor Prema agregó que “su sonrisa era el mejor regalo para Jesús y para nosotras mismas. La gente al ver esta sonrisa no tenÍa tristeza en el corazón y entendían que de ella derivaba una esperanza y amor por el Señor".
Sobre cómo vivía su pobreza, la Superiora explicó que “era muy sencilla, muy atenta a no tener nada en particular, nada extra”. “Era siempre muy obediente y si el médico le prescribía las medicinas ella obedecía las indicaciones”.
 “Ella pensaba que todos hemos sido creado para amar y ser amados” y esto “lo demostraba a las personas”.

miércoles, 15 de junio de 2016

¿Confesarse con un hombre? Yo me confieso con Dios y punto. Contestación a varias dudas que pueden plantearse sobre la confesión

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Jesús comunicó el poder de perdonar pecados a sus apóstoles. Jesús confió el ejercicio del poder de absolución solamente a sus apóstoles. Jesús quería que la reconciliación con Dios pasara por el camino de la reconciliación con la Iglesia
¿Confesarse con un hombre?
El otro día, hablando de la confesión alguien me dijo: «¿Cómo se le ocurre que yo me voy a confesar con un pecador como yo? Yo me confieso con Dios y punto. Entro en mi habitación, oro con fervor y Dios me perdona». Le contesté que el asunto no es tan simple. Muchas veces acomodamos la religión a nuestra manera, y así pasa también con la confesión. La confesión no es solamente «pecar, orar y listo». Hay que buscar a un sacerdote. Hacer un gran acto de humildad. Decirle sus pecados. Y luego recibir una corrección fraterna y la absolución del sacerdote de la Iglesia. Eso no lo han inventado los curas. Hay claras indicaciones en la Biblia acerca de la confesión delante de un ministro de la Iglesia.
Queridos hermanos católicos, en esta carta quiero explicarles primero lo que nos enseña la Biblia acerca del perdón de los pecados, y luego voy a contestar algunas dudas acerca de la confesión que algunos hermanos de otra religión nos plantean. Muchos católicos, sin mayor formación religiosa, fácilmente se dejan influenciar por estas inquietudes y sin darse cuenta se les van los grandes tesoros que Jesús confió a su Iglesia.Con esta carta no quiero ofender a nadie, pero lo que me mueve a escribir estas líneas es el amor por la verdad. Ya que solamente «la verdad nos hará libres» (Jn. 8, 32).
¿Qué nos enseña la Biblia acerca del perdón de los pecados?
1. Jesús perdona los pecados.
En el Antiguo Testamento el perdón de los pecados era un derecho solamente de Dios. Ningún profeta y ningún sacerdote del Antiguo Testamento pronunció absolución de pecados. Sólo Dios perdonaba el pecado.
En el Nuevo Testamento, por primera vez, aparece alguien, al lado de Dios Padre, que perdona los pecados: Jesús. El Hijo de Dios dijo de sí mismo: «El Hijo del Hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra» (Mc. 2, 10).
Y en verdad Jesús ejerció su poder divino: «Cuando Jesús vio la fe de aquella gente, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados» (Mc. 2, 5).
Frente a una mujer pecadora Jesús dijo: «Sus pecados, sus numerosos pecados le quedan perdonados, por el mucho amor que mostró» (Lc. 7, 47).
Y en la cruz Jesús se dirigió a un criminal arrepentido: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso» (Lc. 23, 43).
2. Jesús comunicó el poder de perdonar pecados a sus apóstoles.
Jesús quiso que todos sus discípulos, tanto en su oración como en su vida y en sus obras, fueran signo e instrumento de perdón. Y pidió a sus discípulos que siempre se perdonaran las ofensas unos a otros (Mt. 18, 15-17).
Sin embargo, Jesús confió el ejercicio del poder de absolución solamente a sus apóstoles. Jesús quería que la reconciliación con Dios pasara por el camino de la reconciliación con la Iglesia. Lo expresó particularmente en las palabras solemnes a Simón Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mat. 16, 19). Esta misma autoridad de «atar» y «desatar» la recibieron después todos los apóstoles (Mt. 18, 18). Las palabras «atar» y «desatar» significan: Aquel a quien excluyen ustedes de su comunión, será excluido de la comunión con Dios. Aquel a quien ustedes reciben de nuevo en su comunión, será también acogido por Dios. Es decir, la reconciliación con Dios pasa inseparablemente por la reconciliación con la Iglesia.
El mismo día de la Resurrección, Jesucristo se apareció a los apóstoles, sopló sobre sus cabezas y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a quienes se los retengan, les quedarán retenidos» (Jn. 20, 22-23).
Y en la Iglesia primitiva ya existía el ministerio de la reconciliación como dice el apóstol Pablo: «Todo eso es la obra de Dios, que nos reconcilió con El en Cristo, y que a mí me encargó la obra de la reconciliación» (2 Cor. 5, 18).
3. Los apóstoles comunicaron el poder divino de perdonar pecados a sus sucesores.
Las palabras de Jesucristo sobre el perdón de los pecados no fueron sólo para los Doce apóstoles, sino para pasarlas a todos sus sucesores. Los apóstoles las comunicaron con la imposición de manos. Escribe el apóstol Pablo a su amigo Timoteo: «Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por la imposición de mis manos» (2 Tim. 1, 6).
Los apóstoles estaban conscientes de que Jesucristo tenía una clara intención de proveer el futuro de la Iglesia; estaban convencidos de que Jesús quería una institución que no podía desaparecer con la muerte de los apóstoles. El Maestro les había dicho: «Sepan que Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28, 20), y «las fuerzas del infierno no podrán vencer a la Iglesia» (Mt. 16, 18). Así las promesas de Jesús a Pedro y a los apóstoles, no sólo valen para sus personas, sino también para sus legítimos sucesores.
Como conclusión podemos decir: Cristo confió a sus apóstoles el ministerio de la reconciliación (Jn. 20, 23; 2 Cor. 5, 18). Los obispos, o sucesores de los apóstoles, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ahora ejerciendo este ministerio. Ellos tienen el poder de perdonar los pecados «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».
Dudas que plantean otras iglesias acerca de la confesión
1. ¿En qué se basan los católicos para decir que los sacerdotes pueden perdonar los pecados?
La Iglesia Católica lee con atención toda la Biblia y acepta la autoridad divina que Jesús dejó en manos de los Doce apóstoles y sus legítimos sucesores. Esto ya está explicado. El poder divino de perdonar pecados está claramente expresado en lo que hizo y dijo Jesús ante sus apóstoles: El Señor sopló sobre sus cabezas y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retengan les quedan retenidos» (Jn. 20, 22-23).
Los apóstoles murieron y, como Cristo quería que ese don llegara a todas las personas de todos los tiempos, les dio ese poder de manera que fuera transmisible, es decir, que ellos pudieran transmitirlo a sus sucesores. Y así los sucesores de los apóstoles, los obispos, lo delegaron a «presbíteros», o sea, a los sacerdotes. Estos tienen hoy el poder que Jesús dio a sus apóstoles: «A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados» y nunca agradeceremos bastante este don de Dios que nos devuelve su gracia y su amistad
2. ¿Para qué decir los pecados a un sacerdote, si Jesús simplemente los perdonaba?
Es verdad que Jesús perdonaba los pecados sin escuchar una confesión. Pero el Maestro divino leía claramente en los corazones de la gente, y sabía perfectamente quiénes estaban dispuestos a recibir el perdón y quiénes no. Jesús no necesitaba esta confesión de los pecados. Ahora bien, como el pecado toca a Dios, a la comunidad y a toda la Iglesia de Cristo, por eso Jesús quería que el camino de la reconciliación pasara por la Iglesia que está representada por sus obispos y sacerdotes. Y como los obispos y sacerdotes no leen en los corazones de los pecadores, es lógico que el pecador tiene que manifestar los pecados. No basta una oración a Dios en el silencio de nuestra intimidad.
Además el hombre está hecho de tal manera que siente la necesidad de decir sus pecados, de confesar sus culpas, aunque llegado el momento le cuesta. El sacerdote debe tener suficiente conocimiento de la situación de culpabilidad y de arrepentimiento del pecador.
Luego el sacerdote, guiado por el espíritu de Jesús que siempre perdona, juzgará y pronunciará la absolución: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». La absolución es realmente un juicio que se pronuncia sobre el pecador arrepentido. Es mucho más que un sentirse liberado de sus pecados. Es decir, a los ojos de Dios: no existen más esos pecados. Está realmente justificado. Y como consecuencia lógica, dada la delicadeza y la grandeza de este misterio del perdón, el sacerdote está obligado a guardar un secreto absoluto de los pecados de sus penitentes.
3. «Pero el sacerdote es pecador como nosotros», dirán algunos.
Y les respondo: También los Doce apóstoles eran pecadores y sin embargo Jesús les dio poder para perdonar pecados. El sacerdote es humano y dice todos los días: «Yo pecador» y la Escritura dice: «Si alguien dice que no ha pecado, es un mentiroso» (1Jn. 1, 8). Aquí la única razón que aclara todo es esta: Jesús lo quiso así y punto. Jesús fundamentó la Iglesia sobre Pedro sabiendo que Pedro era también pecador. Y Jesús dio el poder de perdonar, de consagrar su Cuerpo y de anunciar su Palabra a hombres pecadores, precisamente para que más aparecieran su bondad y su misericordia hacia todos los hombres. Con razón nosotros los sacerdotes reconocemos que llevamos este tesoro en vasos de barro y sentimos el deber de crecer día a día en santidad para ser menos indignos de este ministerio.
El sacerdote perdona los pecados por una sola razón: porque recibió de Jesucristo el poder de hacerlo. Además, durante la confesión aprovecha para hacer una corrección fraterna y para alentar al penitente. El confesor no es el dueño, sino el servidor del perdón de Dios.
Y otro punto importante es que el sacerdote concede el perdón «en la persona de Cristo»; y cuando dice «Yo te perdono…» no se refiere a la persona del sacerdote sino a la persona de Cristo que actúa en él. Los que se escandalizan y dicen ¿cómo un sacerdote que es un hombre puede perdonar a otro hombre? es que no entienden nada de esto.
¿Qué otras diferencias hay entre católicos y protestantes acerca de la confesión?
El protestante comete pecados, ora a Dios, pide perdón, y dice que Dios lo perdona. Pero ¿cómo sabe que, efectivamente, Dios le ha perdonado? Muy difícilmente queda seguro de haber sido perdonado.
En cambio el católico, después de una confesión bien hecha, cuando el sacerdote levanta su mano consagrada y le dice: «Yo te absuelvo en el nombre del Padre…», queda con una gran seguridad de haber sido perdonado y con una paz en el alma que no encuentra por ningún otro camino.
Por eso decía un no-católico: «Yo envidio a los católicos. Yo cuando peco, pido perdón a Dios, pero no estoy muy seguro de si he sido perdonado o no. En cambio el católico queda tan seguro del perdón que esa paz no la he visto en ninguna otra religión». En verdad, la confesión es el mejor remedio para obtener la paz del alma.
El católico sabe que no es simplemente: «Pecar y rezar, y listo». Pongamos un caso: Una mujer católica comete un aborto. No puede llegar a su pieza, rezar y decir que todo está arreglado. No. Ella tiene que ir a un sacerdote y confesarle su pecado. Y el sacerdote le hará ver lo grave de su pecado, un pecado que lleva a la excomunión de la Iglesia. El sacerdote le aconsejará una penitencia fuerte. Ella quizás hasta llorará en ese momento y antes del próximo aborto seguramente lo pensará tres veces… ¿Y ese señor que compra lo robado? ¿Y esa novia que no se hace respetar por el novio? ¿Y esa mujer que quita la fama con su lengua? ¿Y ese borracho?… Confesando sus pecados, se encontrarán con alguien que les habla en nombre de Dios y les hace reflexionar y cambiar su vida.
Queridos hermanos, termino esta carta con una gran esperanza de que nosotros los católicos seamos capaces de descubrir de nuevo el gran tesoro de la confesión.
Cuántos miles de personas mejoraron su vida sólo con hacer una buena confesión. Un gran psicólogo decía: «Yo no conozco ningún método tan bueno para mejorar una vida como la confesión de los católicos». Espero que este «gran tesoro» que dejó Jesús en su Iglesia, sea también provechoso para el crecimiento de nuestra vida espiritual.

Décima a lo Divino por el Hijo Pródigo:
Padre de mi corazón
aquí estoy arrepentido,
a tus pies estoy rendido,
concédeme tu perdón.
Póngame la bendición
y olvide usted sus enojos
como pisando entre abrojos
hoy he llegado hasta aquí
a hacerle correr por mí
las lágrimas de sus ojos.

Cuestionario
¿Quién podía perdonar los pecados en el Antiguo Testamento? ¿Quién puede perdonarlos en el Nuevo Testamento? ¿A quiénes delegó Jesús este poder? ¿A quiénes lo delegaron los Apóstoles? ¿En nombre de quién perdonan los sacerdotes? ¿Qué significa que el sacerdote perdona en nombre de Cristo? ¿Puede un católico confesar sus pecados directamente a Dios? ¿Cuándo tiene seguridad el católico de que es perdonado por Dios? ¿La tiene igual el evangélico? ¿Cómo se confiesan ellos? ¿Por qué hay que decir los pecados al sacerdote?
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá
Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe

Artículo publicado por encuentra.com






domingo, 5 de junio de 2016

¿Qué dijo el Papa Francisco sobre los cobros en las parroquias?


Foto L'Osservatore Romano

VATICANO,  (ACI).- La homilía de la misa matutina del Papa Francisco en la residencia Santa Marta ha tenido como protagonistas a aquellos que tienen la tentación de hacer negocio en las parroquias en lugar de servir para que la gente se encuentre con el Señor.
El Pontífice ha comentado el popular pasaje del Evangelio en el que Jesús expulsa a los mercaderes del templo. Según ha explicado, Jesús actúa de esta manera porque “el templo había sido profanado”, profanado “con el pecado tan grave que es el escándalo”.
Comentando la escena, el Santo Padre ha explicado que “la gente es buena, iba al Templo, no tenía en cuenta estas cosas; buscaba a Dios, rezaba… pero debía cambiar las monedas para poder hacer ofrendas”.
El Pueblo de Dios “iba al templo, no por esta gente, por los que vendían, sino que iban al templo a encontrarse con Dios” y “allí se daba la corrupción que escandalizaba al pueblo”.
A continuación, se refirió al escándalo que un cristiano puede generar con su comportamiento, “con nuestras costumbres no sacerdotales en el Templo, el escándalo del comercio, el escándalo de la mundanidad… Cuantas veces vemos que entrando en una iglesia, todavía hoy, está la lista de precios”, por recibir el bautismo, la bendición, las intenciones de la Misa, lo que hace que se escandalice el pueblo.
El Papa Francisco contó una anécdota sobre este asunto: “una vez, apenas ordenado sacerdote, estaba con un grupo de universitarios, y quería casarse una pareja de novios. Habían ido a una parroquia: pero querían casarse con una Misa. Y allí, el secretario parroquial dijo: ‘No, no se puede’, ‘¿Pero por qué no se puede con la Misa? Si el Concilio recomienda hacerlo siempre con una Misa…’- ‘No, no se puede, porque si dura más de 20 minutos no se puede’ -‘Pero ¿por qué?- ‘Porque hay otros turnos’ -‘Pero nosotros queremos Misa’- ‘Entonces paguen dos turnos’. Y para casarse con la Misa tuvieron que pagar dos turnos. Esto es un pecado de escándalo”.
Para aclarar el asunto, el Papa precisó que “cuando los que están en el Templo, sean sacerdotes, laicos, secretarios, que tienen que manejar la pastoral del templo, se convierten en negociantes, el pueblo se escandaliza”.
“Y nosotros somos responsables de esto. También los laicos, ¿eh? Todos. Porque si hoy veo que en mi parroquia se hace esto, debo tener la valentía de decírselo al párroco a la cara. Y la gente sufre ese escándalo. Es curioso: el Pueblo de Dios sabe perdonar a sus sacerdotes, cuando tienen una debilidad, resbalan hacia un pecado…. Sabe perdonar".
"Pero hay dos cosas que el Pueblo de Dios no puede perdonar: un sacerdote apegado al dinero o un sacerdote que maltrata a la gente. ¡Esto no lo perdona! Y el escándalo, cuando el Templo, la Casa de Dios, se convierte en una casa de negocios, como el matrimonio: se alquila la Iglesia”.
En definitiva, “no se puede servir a dos señores: o le das culto al Dios viviente o le das culto al dinero, a las riquezas”, dijo el Papa, quien a continuación dio las claves para entender por qué Jesús actúa de esta manera: “Pero, ¿por qué Jesús la ha tomado contra el dinero, contra las riquezas? Porque la redención es gratis, la gratuidad de Dios es la que Él viene a traernos, la gratuidad total del amor de Dios. Y cuando la Iglesia se convierte en negocio, se dice que… la salvación no es tan gratuita… Por esto Jesús coge el látigo en la mano para hacer este rito de purificación en el Templo”.
Para terminar, el Pontífice recordó que la liturgia de hoy celebra la Presentación de la Virgen en el Templo. “Que Ella nos enseñe a todos, a todos los párrocos, a todos los que tienen responsabilidades pastorales, a mantener limpio el templo, a recibir con amor a los que vienen, como si cada uno de ellos fuese la Virgen”, concluyó.