miércoles, 21 de junio de 2017

San Luis Gonzaga – 21 de junio

«Patrono de la juventud, vivió rodeado de santos. Luchó por su vocación a la que se oponía su familia y fue desde niño un dechado de virtudes. Conquistó la gloria a temprana edad. Es una de las grandes figuras de la Compañía de Jesús»
San Luis Gonzaga, cuadro histórico

Ciertas hagiografías ofrecieron un relato de su vida que no se corresponde con la realidad. En ellas aparece adornado de una ingenuidad casi pueril, cuando era una persona de férrea voluntad. En la brevísima etapa del siglo XVI que le tocó vivir, época postridentina, coexistían herejes y mártires. La reforma protestante y la contrarreforma se medían con los signos de un floreciente Renacimiento en España, un Siglo de Oro literario nunca igualado hasta ahora, y el importante papel de la Iglesia en la expansión y colonización europea, entre otros. A nada de ello fue ajeno el santo, testigo del asesinato de dos de sus hermanos. En este contexto histórico se calibra el alcance de su entrega.
Primogénito del marqués de Castiglione delle Stiviere y sobrino del duque de Mantua, nació en la fortaleza que la familia tenía en esta región de Lombardía, Italia, el 9 de marzo de 1568. Tras un parto complicado, su madre lo consagró a María. Su padre Ferrante dispuso que recibiera una esmerada educación, acorde con el futuro prometedor que soñaba para él, y creyó que haría méritos siguiéndole en la carrera militar. Era un niño cuando se vio rodeado de soldados y diverso armamento; un extraño mundo de juegos del que extrajo lecciones de valentía y espíritu de sacrificio, escenario de alguna travesura. En él se contaminó puntualmente con expresiones malsonantes, impropias de su edad y alcurnia, hecho que le hizo ver su preceptor y por el cual se afligió sobremanera. Y eso que se produjo en su infancia, sin ápice de malicia. Sucedió lo que cabía esperar hallándose en tan rudo entorno, donde estas manifestaciones verbales eran ordinarias. A los 7 años se fue decantando por la vida de perfección. En 1577 su padre lo condujo junto a sus hermanos a Florencia, cuna de los Medici, faro en ese momento de la cultura europea. Allí se formó en diversas disciplinas con excelentes resultados.
No era un joven frágil ni pusilánime. Perfectamente consciente de su procedencia y de los privilegios que tenía, no se le escapaban ciertas licencias que se cometían en el ambiente de la corte, un mundo opaco que no era para él. Su padre pronto iba a constatar que no estaba dispuesto a dejarse cautivar por el esplendor ni la opulencia. Su modelo de vida era Cristo y con su gracia doblegaría la voluntad de su progenitor. Antes de proceder, se preguntaba: «¿De qué sirve esto para la eternidad?». En un momento dado, reconoció: «Dios me dio la gracia de no pensar sino en lo que quiero». El 25 de marzo de 1578 en la basílica florentina de la Anunciación se consagró a Dios. Era su íntima y radical respuesta a los desórdenes del tiempo y lugar en que crecía. También le dolían las pésimas amistades con las que se mezcló temporalmente. A la vista de tanta miseria, sentía crecer en su interior el anhelo de ser casto, pobre y obediente. 
Poco antes de cumplir 12 años, se trasladó a la corte del duque de Mantua. Contrajo una enfermedad renal, y la sobrellevó envuelto en la oración, lecturas de vidas de santos y diversos textos espirituales; también impartía catequesis. En ese ambiente recogido se despertó su idea de ser sacerdote. Aunque no logró reponerse por completo –le quedaron secuelas de por vida–, comenzó a practicar un riguroso ascetismo marcado por durísimas mortificaciones y disciplinas. Recibió la primera comunión en 1580 de manos de san Carlos Borromeo.
En 1581 llegó a España con su familia. No alteró el camino de perfección emprendido. El día de la Asunción de 1583, al comulgar en la iglesia de los jesuitas de Madrid, escuchó: «Luís, ingresa en la Compañía de Jesús». Este alto ideal fue un desafío que importunó a su padre, pero llenó de gozo a la madre que comentó en una ocasión: «Si Dios se dignase escoger a uno de vosotros para su servicio, ¡qué dichosa sería yo!». Luís respondió vivamente: «Yo seré el que Dios escogerá». Un jesuita le advirtió que precisaba el permiso paterno. Ferrante se mostró inflexible. En 1584 regresaron a Italia. Allí Luís comenzó los ejercicios espirituales. Actuaba evangélicamente, insistiendo sin desfallecer ante su padre. Incluso en una ocasión, hallándose en Castiglione, se escapó de casa. Después de acaloradas discusiones entre ambos, severos castigos y fracasados intentos de Ferrante para disuadirle, éste aceptó lo inevitable y escribió al general de los jesuitas notificándole la decisión de Luís; le confesó que se desprendía de lo que más amaba en el mundo. 
A finales de 1585 el joven, que renunció a sus derechos sucesorios a favor de su hermano, se trasladó a Roma y comenzó el noviciado bajo tutela de san Roberto Belarmino; poco antes había sido recibido por el papa Sixto V. Seis meses más tarde murió su padre confortado por su testimonio. Vivía prendido de las cosas celestiales. Sus mortificaciones y pautas penitenciales eran tan extremas que sus superiores las vigilaban velando para que no las efectuara en las horas del refrigerio. Belarmino le hizo ver que le convenía dedicarse a un apostolado directo y no encerrarse tanto en sus devociones particulares. Su delicada salud le condujo a Nápoles. Después, se trasladó al Colegio Romano con el fin de culminar sus estudios. 
Profesó en 1587. Al año siguiente recibió las órdenes menores en San Juan de Letrán. Era muy profundo; una lección que dio sobre la Eucaristía causó gran impacto en los oyentes. Durante una breve estancia en Milán se le reveló su pronta muerte. 1591 trajo a Roma la temible peste y con ella su hora postrera. Se afanó en el hospital de los jesuitas, animando y consolando a enfermos y moribundos con visible heroicidad. Un día cargó sobre sus hombros un contagiado que vio en la calle, lo trasladó al hospital y quedó infectado por él. Preso de fiebre entonaba alabanzas a Dios. Falleció el 21 de junio. Tenía 23 años. Paulo V lo beatificó el 19 de octubre de 1605. Benedicto XIII lo canonizó el 13 de diciembre de 1726, declarándole Patrono de la juventud, título ratificado por Pío XI el 13 de junio de 1926.

Miércoles de la undécima semana del tiempo ordinario


Carta II de San Pablo a los Corintios 9,6-11. 

Sepan que el que siembra mezquinamente, tendrá una cosecha muy pobre; en cambio, el que siembra con generosidad, cosechará abundantemente.
Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría.
Por otra parte, Dios tiene poder para colmarlos de todos sus dones, a fin de que siempre tengan lo que les hace falta, y aún les sobre para hacer toda clase de buenas obras.
Como dice la Escritura: El justo ha prodigado sus bienes: dio a los pobres y su justicia permanece eternamente.
El que da al agricultor la semilla y el pan que lo alimenta, también les dará a ustedes la semilla en abundancia, y hará crecer los frutos de su justicia.
Así, serán colmados de riquezas y podrán dar con toda generosidad; y esa generosidad, por intermedio nuestro, se transformará en acciones de gracias a Dios.

Salmo 112(111),1-2.3-4.9. 
Feliz el hombre que teme al Señor
y se complace en sus mandamientos.
Su descendencia será fuerte en la tierra:
la posteridad de los justos es bendecida.

En su casa habrá abundancia y riqueza,
generosidad permanecerá para siempre.
Para los buenos brilla una luz en las tinieblas:
es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo.

Él da abundantemente a los pobres:
su generosidad permanecerá para siempre,
y alzará su frente con dignidad.


Evangelio según San Mateo 6,1-6.16-18. 
Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha,
para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro,
para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

martes, 20 de junio de 2017

El Papa anima al clero a vivir como sacerdotes pobres y no como pobres sacerdotes

El Papa Francisco reza ante la tumba de don Primo Mazzolari. Foto: Captura Youtube

El Papa Francisco animó al clero a seguir el ejemplo del sacerdote italiano don Primo Mazzolari quien “vivió como un sacerdote pobre, no como un pobre sacerdote” y a quien situó como “predecesor de la Iglesia en salida”.
En la primera parada de su peregrinación a las tumbas de los sacerdotes don Primo Mazzolari, en Bozzolo (Diócesis de Cremona), y de don Lorenzo Milani, en Barbiana (Diócesis de Florencia), el Santo Padre ofreció un discurso en el que reflexionó sobre algunas claves de la vidade los sacerdotes. El primero está en proceso de beatificación.

Tras haber orado unos instantes ante la tumba de don Primo Mazzolari, el Pontífice subrayó que “los párrocos son la fuerza de la Iglesia en Italia”, y puso de ejemplo a este sacerdote italiano por su compromiso pastoral.
“Don Primo Mazzolari fue considerado como ‘el párroco de Italia’”, destacó. “Como decía el Beato Pablo VI: ‘Caminaba adelante con un paso largo, y con frecuencia no se le podía seguir el ritmo. Y así sufrió él y hemos sufrido también nosotros. Es el destino de los profetas’”.
El Papa meditó sobre el mensaje de don Primo Mazzolari, “para lo cual, me sitúo simbólicamente ante los tres escenarios que cada día llenaron sus ojos y su corazón: el río, la granja y la llanura”.
El río
“Don Primo desempeñó su ministerio a lo largo del río, símbolo del poder de la gracia de Dios que va recorriendo incesantemente a lo largo del mundo”, explicó.
“Su palabra, predicada o escrita, dibujaba un pensamiento y una fuerza persuasiva clara de la fuente de la Palabra del Dios vivo: el Evangelio meditado y rezado ante el Crucifijo y ante los hombres, celebrando con gestos sacramentales que jamás redujo a un puro rito”.
El Papa señaló que “don Mazzolari, párroco en Cicognara y en Bozzolo, no abandonó nunca el río de la vida, del sufrimiento de la gente, que le formó como pastor contundente y exigente, en primer lugar consigo mismo. A lo largo del río aprendía a recibir cada día el don de la verdad y del amor, para hacerse portador fuerte y generoso”.
“Su profecía se realizaba en el amar el propio tiempo, en el vincularse a la vida de las personas que conocía, en el aprovechar cada oportunidad de anunciar la misericordia de Dios. Don Mazzolari no era alguien que se lamentara por la Iglesia del pasado, sino que trataba de cambiar la Iglesia y el mundo por medio del amor apasionado y de la dedicación incondicional”.  
La granja
El Santo Padre explicó el simbolismo de la granja, la cual “en tiempos de don Primo, era una ‘familia de familias’ que vivían juntos en este fértil campo, también sufriendo injusticias y miserias, a la espera de un cambio que, a su vez, se tradujo en un éxodo a las ciudades”.
“La granja, la casa, nos dice la idea de Iglesia que guiaba a don Mazzolari. También él pensaba en una Iglesia en salida”. Don Mazzolari “era un párroco convencido de que ‘el destino del mundo se madura en las periferias’, e hizo de la propia humanidad un instrumento de la misericordia de Dios”.
Recordó que se le definía como “el párroco de los lejanos”, pues en su acción pastoral se preocupaba por los que estaban lejos, y trataba de poner en práctica “un método de apostolado válido para todos”.
“Esta mirada misericordiosa y evangélica sobre la humanidad le llevó a dar valor también a la necesaria gradualidad. El sacerdote no es alguien que exija la perfección, sino que ayuda a cada uno a dar lo mejor de sí”.
La llanura
Por último, se refirió a la llanura como un ámbito de evangelización ineludible. “Quien ha acogido el ‘Discurso de la montaña’ no teme avanzar, como caminante y testigo, en la llanura que se abre sin límites”.
“A la caridad pastoral de don Primo se abrían diferentes horizontes en la compleja situación que debió afrontar: la guerra, los totalitarismos, las luchas fratricidas, la crisis de la democracia, la miseria de su gente”.
En este sentido, animó a los sacerdotes a “escuchar el mundo y a los que viven y trabajan en él para hacerse cargo de cada situación sin miedo a cruzar los desiertos y las zonas de sombra. Así podemos hacernos Iglesia pobre con los pobres, la Iglesia de Jesús”.
Don Primo Mazzolari nació en Cremona el 13 de enero de 1890 y falleció el 12 de abril de 1959. Su ministerio sacerdotal se caracterizó por su cercanía a los fieles y su compromiso evangélico con los más desfavorecidos. Asimismo, se caracterizó por su oposición sin complejos al fascismo y al comunismo. Se encuentra en proceso de beatificación.

¿Jesús derramó su sangre “por muchos” o “por todos”?


El biblista Pius-Ramón Tragán habla sobre las traducciones y el significado de las palabras eucarísticas de Jesús en la última cena

El nuevo Misal editado recientemente por la Conferencia Episcopal Española suscita algunas cuestiones para muchos cristianos. En concreto la forma eucarística “sobre el cáliz” que en la edición anterior decía: “mi sangre derramada por vosotros y por todos los hombres” en el nuevo misal se lee: “mi sangre derramada por vosotros y por muchos”. 
Al respecto nos hemos puesto en contacto con Pius-Ramón Tragán, O.S.B., monje del Monasterio de Montserrat y gran conocedor del mundo antiguo y de la Biblia. A continuación, la entrevista en exclusiva para Aleteia.
Padre Pius-Ramón, ¿cuál es el significado justo de este texto eucarístico? ¿Jesús ha derramado su sangre “por muchos” o “por todos”? 
La pregunta es pertinente y no resulta sencillo de responder. Para mejor claridad conviene mencionar algunos antecedentes para situar el problema. 
La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II estableció que la celebración litúrgica romana fuera traducida del latín en las diversas lenguas vigentes para ofrecer una participación activa de los fieles en el culto, especialmente en la Misa. 
Para obtener una traducción fiel al texto original y al mismo tiempo adaptada a la cultura de los cristianos, trabajaron eficazmente exegetas y teólogos. En concreto establecieron la siguiente traducción de la fórmula eucarística en el misal español: “mi sangre derramada por vosotros y por todos los hombres”. 
¿Por qué se ha modificado el texto en el nuevo Misal?
La Instrucción “Liturgiam autheticam”, aprobada por el papa Benedicto XVI en 2001, vuelve a insistir en la importancia del latín en la liturgia romana y propone corregir algunas expresiones del Misal postconciliar en castellano, en concreto la fórmula eucarística sobre el cáliz: “… mi sangre derramada por vosotros y por todos los hombres” considerada como interpretación y no como fiel traducción del original latino: “qui pro multis effundetur”, es decir para muchos. No para todos.  
El mismo Pontífice se dio cuenta que este principio de literalidad y el cambio que suponía en las palabras eucarísticas, podía causar desconcierto entre los fieles, ya que la muerte de Jesús sería solo para “muchos” y no para “todos”.  
Por este motivo, Benedicto XVI exhorta a los obispos y a los presbíteros a intensificar una catequesis que excluya la contradicción que puede aparecer entre los dos sentidos de la muerte de Jesús: para “muchos” y para “todos” y expliquen claramente que se trata de dos sentidos que no se excluyen sino que se completan.
¡Pero la lengua de Jesús no era el latín!
Ciertamente no era el griego ni en latín. Su lenguaje era el hebreo o arameo y, por tanto, para conocer el sentido original de sus palabras hay que referirse al sentido de su lengua semítica. 
Los primeros discípulos que siguieron a Jesús y los primeros hebreos convertidos al cristianismo mantuvieron la fórmula pronunciada por Jesús en su lengua semítica celebrando la cena en memoria del Señor.  
La expansión del cristianismo entre los griegos hizo pronto necesaria una primera predicación del evangelio en griego. Algunos decenios más tarde, las cartas en griego de San Pablo y de cuatro evangelios son testimonio de la traducción escrita del Nuevo Testamento y representan una primera interpretación del original semítico.  
El Nuevo Testamento traducido más tarde del griego al latín, supone una segunda versión del texto original y, por tanto, el Evangelio traducido en las lenguas modernas supone tres estadios de interpretación cuando llega a las lenguas modernas.
¿Cuáles son las palabras eucarísticas que pronunció Jesús?
Según los filólogos, las palabras que están detrás del latín: “effundetur pro multis”, traducidas palabra por palabra en español por “derramada por muchos” corresponden a la expresión griega “polloi” que significa también “muchos”. 
El evangelio de Marcos ofrece una variante significativa: la preposición “‘uper” precede al sustantivo “polloi” sugiere que la muerte de Jesús no es solo “por muchos” sino  “por una multitud”.  Hay que tener en cuenta, además, que el térmico griego “polloi”, traduce la palabra semítica “rabbiym” que indica “una gran multitud” e implica también la noción “todos”. 
En todo caso, el sentido original de las palabras de Jesús no suponía ninguna contraposición entre “muchos” y “todos”.
Por razones filológicas, exegéticas y por motivos teológicos, la traducción del Misal postconciliar en lenguas modernas interpretó el significado de las palabras eucarísticas en su sentido genuino: “sangre derramada por todos”. 
San Pablo, en efecto, en la primera carta a los Corintios, transmite la fórmula eucarística de la última cena de Jesús con la palabra griega “polloi”, “muchos”, pero en la misma carta afirma claramente que Jesús murió por todos.
¿Qué piensa usted personalmente sobre esta cuestión?
Por diversas razones, considero que la traducción aprobada por el Concilio Vaticano expresa con mayor exactitud y claridad el sentido de las palabras de Jesús en la última cena. Esto no significa que la opinión de traducir “pro multis” “para todos los hombres” sea una opinión personal o aislada, existen estudios recientes muy precisos sobre la conveniencia de mantener la expresión española “mi sangre derramada por todos” y no la expresión “mi sangre derramada por muchos”. 
De todos modos la Conferencia Episcopal Española ha preferido modificar el texto aceptado por el Vaticano II. Se deberá acentuar la catequesis sobre los cambios del nuevo Misal, según la exhortación del papa Benedicto XVI.
 ¿Qué contacto tiene usted con la lengua semítica?
Para preparar los exámenes de licencia en Ciencias Bíblicas en la Pontificia Comisión Bíblica pasé tres años en Jerusalén estudiando hebreo clásico, en l’École Biblique y el hebreo moderno en un Ulpán. Dejé Jerusalén después de la guerra de seis días en 1967. Seguí mis estudios bíblicos en Estrasburgo hasta el doctorado y también estudié el siríaco. 
Más tarde ejercí como profesor en el Pontificio Ateneo San Anselmo en Roma, dedicando mi investigación y docencia en el Nuevo Testamento, durante 25 años. 
He vuelto a visitar varias veces la tierra de Israel, de Jordania y de Siria antes de los desastres de los conflictos actuales. Pude darme cuenta, no obstante, de la dificultad enorme que supone llegar a una paz duradera entre los israelitas y los árabes y equilibrar tan diversas tendencias religiosas y pretensiones de poder.

El P. Tragán es actualmente director del Scriptorium Biblicum et Orientale de la Abadía de Montserrat, dedicado al estudio de las Sagradas Escrituras, a la investigación de la historia y la cultura del Oriente Medio y a la catalogación de las piezas arqueológicas procedentes de Mesopotamia, Egipto y Palestina que se encuentran en el Museo. 

10 bonitos nombres bíblicos para poner a los niños


Para quien desea que el nombre de su hijo tenga origen bíblico, aquí van algunas sugerencias

Elegir el nombre de un hijo es una gran tarea. En ese momento, todo el mundo quiere dar su opinión: la abuela materna cree que es hora de honrar al bisabuelo, la abuela paterna no para de repetir que el nombre del padre (es decir, el que eligió ella para su hijo) es bonito, y el hermano mayor insiste en que el bebé lleve el nombre de su héroe favorito.
Son tantas opiniones que a fin de cuentas, lo importante es el significado que tiene y lo que representa para los padres del niño. Los nombres bíblicos son fuente de inspiraciones para muchas parejas, porque además de lo que representan, también llevan consigo la historia de grandes hombres y mujeres.
Ofrecemos en esta lista algunos de esos nombres para niños. Algunas historias quizás no las conoces, pero tienen mucha importancia en la cultura y en el arte de Occidente.
Después de leerlo, consulta también la lista de nombres bíblicos para niñas.
Benjamín: el “hijo de la felicidad” o el “bien-amado”. Benjamín fue el hijo más pequeño de Jacob y Raquel, y su madre murió durante el parto. Antes de fallecer, ella le llamó Bem-Oni, que significa “hijo de mi dolor”, pero Jacob decidió llamarle Benjamín. A partir de él nació una de las 12 tribus de Israel. Su historia puede leerse en el capítulo 35 del libro de Génesis.
Enmanuel: “Dios está con nosotros”. Es una de las maneras de llamar a Jesucristo, y viene de una promesa citada en Isaías 7, donde se lee: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz a un hijo, y le llamará Enmanuel“.  El nombre Enmanuel significa “Dios con nosotros“. En Mateo 1 se puede leer sobre esto, también.
David: puede significar “el amado” y “el querido”. David fue ungido por Samuel, y el Espíritu de Dios pasó a habitar en él. Al derrotar al gigante Goliat, cuando aún era adolescente, acabó irritando al rey Saúl y años más tarde, con su muerte, se convirtió en rey de Judá y después de todo Israel. Cometió errores graves, pero el reconocimiento del amor de Dios hizo que se arrepintiese. Fue un gran hombre y de su linaje nació Jesús. Su historia está en los dos libros de Samuel.
Daniel: significa “Dios en mi juez”. Uno de los profetas hebreos, Daniel, vivió durante el período en que los judíos estaban cautivos en Babilonia, y fue escogido para trabajar para el rey, junto con otros jóvenes inteligentes como él. Aun habiéndose entrenado para ejercer funciones reales y aprendiera sobre la cultura babilónica, él no se olvidó de Dios. A él y a otros se les quería obligar a comer la comida que el rey mandaba, pero no lo hizo, y se alimentaba sólo de vegetales. A pesar de ello tenía mejor salud que los demás. En otro episodio, fue arrojado a un pozo con leones, cuando el nuevo rey, Darío, creó una ley prohibiendo cualquier acto de culto que no se dirigiera al rey. A la mañana siguiente Daniel seguía con vida, lo que hizo que el rey creyera en el Dios verdadero.
Felipe: “amigo de los caballos”. Hay más de un Felipe en la Biblia, y uno de ellos es el apóstol. Fue el instrumento de Dios en la llamada de Bartolomé. El otro conocido es el que, al encontrar a un eunuco etíope, le habló sobre la fe en Jesús y le anunció el evangelio. Se puede leer sobre él en los Hechos de los Apóstoles y en el evangelio de Juan.
Gabriel: “hombre de Dios”. Fue el ángel Gabriel quien anunció a María la venida de Jesús. Antes ya había sido responsable de decir a Daniel, que la visión que había tenido era sobre el fin de los tiempos. Más tarde, de nuevo Gabriel, habló sobre la profecía de las setenta semanas y sobre la venida de Cristo. También fue él el responsable de contar a Zacarías que su esposa, Isabel, quedaría embarazada.
Levi: significa “ligado” o “unido”. Levi fue el tercer hijo de Jacob con su primera esposa, Lía. A partir de él nació una de las tribus de Israel, los levitas. Los miembros de esa tribu eran cantores y tocaban instrumentos, en los tiempos del rey David. Ellos cuidaban del templo construido por Salomón, de la manutención y cuidado y otras actividades que se realizaban en ese espacio. En el capítulo 35 del Génesis es posible saber más sobre Levi. Es también el nombre del apóstol Mateo, el cobrador de impuestos.
Juan: “el Señor se ha apiadado”. El apóstol Juan, antes de caminar con Cristo, seguía a otro Juan, el Bautista, que era hijo de Isabel, pariente de María, la madre de Jesús. Dejó el oficio de pescador para estar con Jesús y con los apóstoles. Era uno de los más cercanos al maestro – el único que le acompañó en su pasión y muerte – y fue llamado el discípulo amado.
José: “el que hace crecer” o “Dios multiplica”. En la Biblia, destacan dos personajes con ese nombre. José, hijo de Jacob, era el preferido del padre, porque era el primero que Jacob tuvo con Raquel. Jacob amaba tanto a Raquel, que trabajó siete años por su hermana Lía y después otros siete para poder casarse con ella. El favoritismo de José acabó creando una antipatía con los demás hermanos. Cuando él contó un sueño en que veía a la luna y las estrellas inclinándose ante él, se irritaron y vendieron a José a un mercader de esclavos. En Egipto fue vendido a Putifar, oficial del rey, y la esposa de Putifar intentó seducirle. Él se negó y ella hizo de todo para meterle en la cárcel. En prisión le conocieron por interpretar sueños, lo que le hizo llegar hasta el Faraón, que le convirtió en gobernador de Egipto y así pudo volver a reunirse con su familia. El otro José es el esposo de María, que tuvo la delicada misión de cuidar de ella y de Jesús, como su padre adoptivo. Llamado “hombre justo” por la Escritura, Dios le guiaba por medio de sueños.
Samuel: significa “Dios escucha”. Samuel fue un profeta y el último juez de Israel. Él también fue el hijo muy deseado de Ana, una de las mujeres de Elcaná y que era estéril. Samuel lideró al ejército de Israel en una batalla contra los filisteos. Cuando fue de edad avanzada puso a sus hijos como jueces, pero ante sus errores, el pueblo pidió que se nombrara a un rey. Samuel ungió a Saul y éste, algunos años después, se apartó de Dios. Dios pidió entonces que Samuel ungiese a un nuevo rey, que fue David.