domingo, 28 de mayo de 2017

¿Cuándo volverá Jesús?


La Iglesia es muy clara sobre la segunda venida de Jesús y cómo deberíamos prepararnos para ella

Como católicos, creemos firmemente en la segunda venida de Jesús y así lo profesamos cada domingo durante el Credo niceno: Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso (…). Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre. Y vendrá otra vez con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos; y su reino no tendrá fin.
Es una creencia expresada con sencillez, pero que a menudo puede provocar controversia y confusión. Para muchos es fácil caer en la atracción de las teorías siempre cambiantes presentadas por diversos individuos y grupos (cristianos o de otra índole) que aseguran saber el momento y día exactos en que Jesús regresará.
¿Qué enseña la Iglesia sobre la segunda venida de Jesús? ¿Cuándo vendrá de nuevo?
El Catecismo presenta una sección entera dedicada a este tema y resume la doctrina oficial de la Iglesia. Comienza explicando: “Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la ‘última hora’ (…). Según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía por la ‘tribulación’ y la prueba del mal que afecta también a la Iglesia e inaugura los combates de los últimos días. Es un tiempo de espera y de vigilia” (CIC 670, 672).
Los apóstoles conocían bien esta verdad y creían firmemente que Jesús volvería otra vez sin demora, posiblemente a lo largo de su propia vida. El Catecismo afirma esta doctrina del regreso inminente de Cristo explicando: “Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (…). Este acontecimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén ‘retenidos’ en las manos de Dios” (CIC 673).
Jesús volverá de nuevo en la gloria y nosotros, como católicos, creemos que podría venir cualquier día. Por esta razón Jesús dejó claro a sus discípulos que debían estar preparados, siempre listos para su próxima llegada.
En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre. Tengan cuidado y estén prevenidos porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ‘¡Estén prevenidos!’ (Marcos 13, 32-37)
Además, la Escritura señala que antes de la venida de Jesús se producirá una “prueba” final que habrá de padecer la Iglesia y también una persecución de creyentes.
Teniendo en cuenta que los cristianos siempre han sido ferozmente perseguidos desde los días de Jesús, es difícil discernir cuándo ocurrirá esta última tribulación (si es que no está sucediendo ya).
El Catecismo explica: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el ‘misterio de iniquidad’ bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad”. Se cree que el autor de esta deserción en masa, denominado bíblicamente el “Anticristo”, será derrotado y poco después llegará Cristo en gloria.
Santo Tomás de Aquino añade que, “aunque los hombres estén aterrados ante los signos que aparezcan sobre el día del juicio, antes de que empiecen a aparecer las señales del juicio, los impíos se creerán en paz y en seguridad, a saber, después de la muerte del Anticristo y antes de la venida de Cristo, porque no verán acabarse el mundo, como lo habían estimado hasta entonces”.
No obstante, como católicos, se nos pide que simplemente preparemos nuestros corazones todos los días con la creencia de que hoy podría ser el último día. Podría ser nuestro propio “día del juicio” personal, cuando conozcamos a Jesús en el final de nuestras vidas, o podría ser el Día del Juicio, cuando Cristo regrese en gloria.
En cualquier caso, debemos permanecer alerta y no seguir ninguna profecía o predicción, sino vivir en paz con el hecho de que si vivimos según el plan de Dios, el Último Día será un día de regocijo. 
Por eso los cristianos siempre hemos esperado con alegría la segunda venida de Jesús, porque sabemos que el fin del mundo es algo bueno, cuando nuestras lágrimas serán secadas y nuestra dura labor en la tierra por fin habrá terminado.

“Rezad el Rosario todos los días…” La petición URGENTE de la Virgen en Fátima a la Humanidad



En estos días he recordado a mi abuelita en Costa Rica. La llamábamos “Mamita”. Era muy especial conmigo, como suelen ser las abuelitas con sus nietos. Me compraba deliciosos dulces, leche fresca embotellada y me llevaba a comer helados al Mercado de san José.
Todas las tardes, puntualmente, como a las tres se recostaba en su cama, sacaba un rosario y se quedaba rezando con una voz dulce y tenue:
“Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…”
Interrumpía a ratos para poner orden:
“Mijito pórtese bien”. (Eso era conmigo)
Y seguía rezando el santo Rosario, con profunda devoción. Ahora que estoy por cumplir 60 años y lo pienso, me doy cuenta que sólo yo la interrumpía; y comprendo el mensaje maravilloso que me estaba transmitiendo con su ejemplo.
La Virgen en sus apariciones de Fátima lo pidió insistentemente y quiso remarcar la importancia del rosario:
“Penitencia, oración, reconciliación”.
El mundo y las almas, están está necesitados de nuestra oración. Mira a tu alrededor: Siria, Venezuela…
Hay un detalle importante, por lo cual debemos rezar el Rosario. Lee estas palabras de la Virgen:
“Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”.
También solicitó:
“Cuando recéis el Rosario, decid después de cada misterio: ‘Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas’”.
Si lees cuidadosamente te percatas por qué del rezo diario del santo Rosario.
He tomado la costumbre de rezar el santo Rosario, donde me encuentre, sobre todo si estoy en la fila del banco, en un congestionamiento vehicular, esperando en una oficina pública, caminando en un parque con mi esposa Vida, o en mis visitas a Jesús en los sagrarios. 
Rezarlo me brinda momentos de Paz y serenidad.
Cuánto extraño esos momentos de la infancia, tan puros y sencillos y maravillosos con mi abuelita.
Sabes, me encanta piropear a la Virgen con jaculatorias. Es mi Madre, ¿cómo no hacerlo?
Deseo terminar este escrito con uno que me parece bellísimo, y es un gesto de amor de quien no ha sabido ser el mejor de sus hijos:
¡Oh Madre mía!, ¡Oh esperanza mía!

Prepárate para la llegada del Espíritu Santo


Cuántos milagros sencillos ha obrado en tantos corazones...

Es la Pascua el tiempo en que me preparo para la llegada del Espíritu. Veo los signos de vida que Dios realiza a mi alrededor y me asombro siempre de nuevo, como los apóstoles: “El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría”.
Me llena de alegría ver lo que Dios hace a mi alrededor. Las conversiones, los cambios de vida. La santidad oculta de tantos. Me asombra también lo que hace en mí. Lo que ha hecho a lo largo de tantos años. Me ha cambiado. Me conmueve. Soy testigo también de los milagros sencillos que obra en tantos corazones. 
Es la Pascua el tiempo de esa Iglesia primera que va recorriendo los caminos con un corazón puro e inocente. Una Iglesia que vive en la fuerza del Espíritu. ¡Cuánta libertad para dejar actuar a Dios! ¡Cuánta docilidad! Me falta tantas veces… Me gustaría tener un corazón más libre. Quiero recibir el Espíritu que me libere de mis ataduras. 
Viene en Jesús y a través de aquellos que imponen las manos. “Enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo”. 
Es el Espíritu que me libera, que me hace dócil. Ese Espíritu que entrego en mis propias manos como agua que calma la sed. Es el Espíritu que despierta mi carne dormida, llena de luz mi oscuridad, viste de esperanza mi amargura. 
Queda poco para celebrar Pentecostés y ya anhelo ese día de fuego. Desde ahora mismo quiero preparar el corazón para vivir en mi cenáculo, esperando, aguardando. Me siento tan humano, tan del mundo y deseo anclarme más en Dios para vivir mi vida con un sentido. El Espíritu puede venir sobre mí y cambiar mi corazón si yo le dejo. Se lo pido. 
Que estos días me ayuden a vivir en el cenáculo de mi vida. Esperando. De la mano de María que me ayuda a perseverar en mi oración. El Espíritu lima las asperezas de mi alma. Y despierta vida en mi interior. Y me hace apóstol, testigo de una nueva esperanza. 
Hoy escucho: “Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto”. Doy razones de mi esperanza. Y lo hago desde la humildad. Quiero ser manso.
El Espíritu levanta mi corazón y me hace creer en lo que no veo posible. Tantas veces pierdo la esperanza cuando veo mucho dolor en mi camino. Este tiempo del Espíritu me ayuda a creer en lo que no veo, en lo que me parece imposible. Alegra mi corazón y lo ensancha para que puedan caber en Él más personas. 
Añoro un tiempo del Espíritu para poder dejar de lado mis tristezas y mis agobios. Miro a María y quiero rezar como lo hacía una persona: “Madre, necesito vincularme a ti, tenerte más presente. Depender y darme cuenta de esa dependencia que aunque no temo que se pierda, sí que descuido muchas veces”. Con María soy capaz de  perseverar y mantenerme fiel. 
Imploro la venida del Espíritu Santo que cambie mi corazón para siempre. No quiero volver a tener un corazón de piedra. Pero es verdad que a veces me cueste creer en todo su poder. 
Desconfío de lo que mis manos pueden hacer cuando bendigo. Y no valoro el poder que tienen mis palabras. Y no sé calcular la fuerza del amor de Dios en mí. Cuando dejo que Él ame por los dos. 
Me asombro de nuevo al ver el poder de Dios en mi alma. Suplico que venga sobre mí y venza tantas resistencias que pongo que no me dejan experimentar su amor.

sábado, 27 de mayo de 2017

Solemnidad de la Ascensión del Señor ( fin de semana 27 y 28 mayo)


Libro de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11. 

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo,
hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido.
Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios.
En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: "La promesa, les dijo, que yo les he anunciado.
Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días".
Los que estaban reunidos le preguntaron: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?".
El les respondió: "No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad.
Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra".
Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos.
Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco,
que les dijeron: "Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir".

Salmo 47(46),2-3.6-9. 
Aplaudan, todos los pueblos,
aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
es el soberano de toda la tierra.

El Señor asciende entre aclamaciones,
asciende al sonido de trompetas.
Canten, canten a nuestro Dios, canten,
canten a nuestro Rey.

El Señor es el Rey de toda la tierra,
cántenle un hermoso himno.
El Señor reina sobre las naciones
el Señor se sienta en su trono sagrado.


Carta de San Pablo a los Efesios 1,17-23. 
Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente.
Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos,
y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza. Este es el mismo poder
que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo,
elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro.
El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia,
que es su Cuerpo y la Plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas.

Evangelio según San Mateo 28,16-20. 
En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado.
Al verlo, se postraron delante de el; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo". 

¿Por qué el Papa Francisco en Fátima se presentó como el “obispo vestido de blanco”?

El Papa Francisco en Santuario de la Virgen de Fátima. Foto: L'Osservatore Romano

En la rueda de prensa durante el vuelo de retorno de Fátima a Roma, el Papa Francisco explicó por qué en su visita al santuario mariano se presentó como “el obispo vestido de blanco”.
Muchos vincularon esta frase al tercer mensaje o secreto de Fátima.
El Santo Padre explicó que “la oración no la hice yo sino el Santuario. Pero yo también he buscado por qué han dicho esto y hay una relación con el blanco”.
“El obispo de blanco, la Virgen de blanco, la vestidura blanca de la inocencia de los niños y luego el bautismo. Es la inocencia”, señaló.
Francisco subrayó que “hay una relación en esa oración sobre el color blanco”.
“Creo que, porque no lo hice yo, literariamente han buscado expresar ese aspecto de inocencia, de paz, inocencia, no hacer mal al otro, de no hacer la guerra”.
El Papa descartó cualquier relación con el tercer mensaje, y precisó que “el entonces Cardenal Ratzinger, en ese tiempo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo ha explicado todo claramente”.
En su explicación, en un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe publicado en el año 2000, durante el pontificado de San Juan Pablo II el entonces Cardenal Joseph Ratzinger –hoy Papa Emérito Benedicto XVI– señaló que en el tercer mensaje de Fátima “la figura del Papa tiene un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar indicados con seguridad juntos diversos Papa, que empezando por Pío X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar entre ellos por el camino que lleva a la cruz”.
“En la visión también el Papa es matado en el camino de los mártires. ¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del ‘secreto’, reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con las siguientes palabras: ‘fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte’ (13 de mayo de 1994)”.
El Cardenal Ratzinger señaló que el hecho “que una ‘mano materna’ haya desviado la bala mortal muestra solo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones”.