miércoles, 4 de octubre de 2017

¿Qué será de quien muere de improviso sin confesión?


¿Hay que rezar por los que mueren en pecado grave y podrían haberse condenado? 

Está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego viene el juicio (Hb 9, 27). Y en este juicio particular cada uno recibe conforme a lo que hizo durante su vida mortal (2 Co 5, 10).
La doctrina cristiana siempre ha dicho claramente que  cada quien cosechará en la eternidad lo que en esta vida temporal habrá sembrado.
Ante todo, tengamos encuenta una gran verdad: “Dios no predestina a nadie al Infierno” (Catecismo 1037). La Voluntad de Dios es que todos los hombres lleguen a disfrutar de la salvación, de la Visión Beatífica.
Para que alguien realmente se condene, es necesario que tenga un alejamiento voluntario de Dios, una aversión permanente a Él, una rebeldía contra su voluntad o un enfrentamiento contra Él y, además, que persista en esta actitud hasta el último día (Mt 7, 23; Mt 25, 41). Personas así, personas que reúnan estas condiciones, realmente no creo que sean muchas.
En todo caso, aquel que muere en pecado mortal, sin al menos arrepentirse, va al infierno (Catecismo 1033). Y la teología cristiana católica afirma que un alma condenada no puede ser luego salvada con oraciones.
Pero una cosa es la irreversibilidad del destino eterno llamado infierno (Catecismo 1035), labrado en la temporalidad terrenal, y otra muy diferente es, por supuesto, dar a alguien ya por condenado en el infierno.
No es posible pensar o aseverar con rotundidad que alguien, al morir repentinamente, y según nosotros sin estado de gracia, se haya condenado inexorablemente. Nadie debería jamás pensar esto ni del más abyecto de los criminales.
¿Por qué no es posible pensarlo? Sabemos cuál es la vía ordinaria para entrar al cielo directa o indirectamente (a través del purgatorio): Morir en estado de gracia. Sin embargo, existe una posibilidad de salvación para la persona que, estando en pecado grave, muere sin estar reconciliado con Dios a través del sacramento de la confesión; aunque, eso sí, tenga en todo caso que pasar por el purgatorio.
Esta excepción se basa en varios elementos:
1.- Cuando la persona, al momento de morir, no pudo ser atendida por un sacerdote. Supongamos el caso de un accidente aéreo o en un accidente automóvilistico, ¿podría Dios condenar a estas personas por haber muerto sin la presencia de un sacerdote, si de haberlo tenido, quizás hubieran recurrido a él? Ciertamente que no.
En estas circunstancias la Iglesia cree en la Misericordia del Señor para con esas personas que con su último aliento de vida claman un perdón. Si la persona tiene un momento delucidez antes de la muerte, y en ese instante se arrepiente con corazón contrito por la totalidad de sus pecados, y le pide a Dios el perdón, se salvará.
2.- Recordemos que la muerte es un proceso gradual de la vida actual a la muerte aparente (por ejemplo, la muerte clínica), y de ésta a la muerte real. La muerte aparente no coincide siempre con la muerte real, pues la muerte es la separación del alma del cuerpo, y es difícil señalar el momento exacto y preciso de esta separación. Ha habido casos de vuelta a la vida después de una muerte clínica por una acción milagrosa.
Hay testimonios de gente aparentemente muerta que después han manifestado que podían oír lo que pasaba a su alrededor. Por esto, ante la duda acerca de si una persona esté muerta o no, puede actuar el Sacerdote para que le administre el Sacramento de la Unción de los Enfermos (canon 1005) si se cree que la persona lo hubiera querido y/o pedido al menos implícitamente (Canon 1006). “La Unción de los enfermos “no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir.
Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro demuerte por enfermedad o vejez” (Catecismo 1514). Debe administrarse este sacramento, pues uno de sus efectos es el perdón de los pecados, incluso los graves cuando el enfermo no se haya podido confesar y esté imposibilitado para hacerlo; en este caso basta que la persona hubiera realizado un acto de atrición.
3.- En esta misma línea, cuando una persona está en peligro de muerte, y no puede expresarse verbalmente por algún motivo (por ejemplo en coma), se le puede absolver de los pecados de manera condicionada. Esto quiere decir que la absolución está condicionada a las disposiciones que tenga la persona enferma o que se presume tendría, de estar consciente (Canon 976).
La absolución se impartirá ‘bajo condición’ cuando, si se diera absoluta, el sacramento se expondría a peligro de nulidad, y si se negara se expondría en grave peligro la salvación del penitente. El sacerdote procederá de esta manera cuando tenga duda de que la persona esté viva o muerta; si hay duda sobre el uso de razón (por ejemplo en los dementes o en los niños); cuando se duda de si se ha concedido bien una absolución absoluta previa; etc..
4.- No podemos juzgar y dar por condenado a nadie, ni siquiera cuando la Iglesia le haya declarado la excomunión. El hecho de que una persona esté excomulgada no significa que esté condenada irremediablemente al infierno, simplemente se declara que dicha persona ha salido por su propio pie de la comunión de la Iglesia. La Iglesia no condena a nadie; no puede ni debe ni quiere decretar la condenación de nadie. Una persona que esté excomulgada y que, por tanto, no pueda acceder a los sacramentos al momento de su muerte, podría arrepentirse de sus pecados y podría ser suficiente para que se salvara. Así de grande y de espectacular es la misericordia divina.
5.- Tampoco los que desconocen sin culpa elevangelio de Cristo y su Iglesia están privados de salvación, “porque los que desconocen sin culpa el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (Vat. II, LG 16)”.
6.- No hay que olvidar que Dios es omnisciente y lo sabe todo, incluso antes de que ocurra. Es muy posible que Él, viendo desde la eternidad la oración de sus hijos por si mismos o por otros (por ejemplo la oración de una madre), haya podido haber derramado gracias que les movieran a la conversión antes de morir. Sólo Dios sabe si en el último instante alguna persona se hubo arrepentido de lo que hubiera hecho (con elimplícito amor a Dios y al prójimo).
Si pasa esto y/o hubiera esa persona confesado con su boca que Jesús es Señor y cree en su corazón que Dios lo ha resucitadode entre los muertos, se salvará (Rm 10, 9). Y aun la simple atrición es suficiente para salvarse, aunque tenga menos mérito y por tanto más purgatorio. Se han visto casos de ateos que al verse próximos a la muerte han orado. Alguien ha dicho que “cuando un hombre da un paso hacia Dios, Dios da más pasos hacia el hombre”.
7.- Aun en los casos en que todo parezca sugerir que alguien haya muerto en pecado grave, no hay que dar por sentado que esté ya condenado, porque la última palabra siempre la tiene Dios. Solo Él conoce las circunstancias y las intenciones de cada quien y sólo Él sabe que pasó realmente durante los últimos instantes de la vida. Hasta en el caso de los suicidas no podemos estar seguros de su condenación.
8.- No es fácil saber si quien ha pecado gravemente, lo haya hecho con pleno conocimiento y deliberado consentimiento, como se requiere para que haya pecado mortal. Y aun suponiendo que haya pecado mortal (es decir grave, consciente y libre), no podemos negar que ‘el dedo’ de Dios haya podido tocar al pecador a la hora de la muerte si en aquél momento supremo la persona ha vuelto su mirada a Él con corazón arrepentido.
9.- En el momento de la muerte de alguien no conocemos, por ejemplo, lo que había en su corazón en relación con Dios, no sabemos si tuvo seria intención de confesarse (con acto de contrición incluido) aunque al final no se haya podido confesar;  no sabemos si esa persona instantes previos haya hecho alguna oración… en resumen, no sabemos por qué caminos puede llegar a las almas la acción de misericordiosa de Dios, quien por boca de Jesús sabemos que su interés es buscar a la oveja perdida para salvarla. La misión de Jesús nunca fue ni es condenar, sino salvar (Jn 3, 17); Jesús quiere cumplir con la voluntad del Padre: que no se pierda ninguno de los que Él le ha confiado (Jn 6, 39). “De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños” (Mt 18, 14).
Él, que escruta los corazones, salvará lo salvable. Lo que para nosotros parece imposible, para Dios no lo es; “porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 37). “Lo que parece imposible para los hombres, es posible para Dios” (Mt 19, 26).
10.- La Iglesia no excluye de sus oraciones a ningún fiel difunto. El amor de la Iglesia por sus hijos es universal. Y en cada Eucaristía la Iglesia ora por todos sin excepción. La oración es expresión de la esperanza y de la confianza en la justicia y misericordia divinas. Orar por todos es esperar que Dios, por los caminos que sólo él sabe, puede llevar a muchos hacia sí. Aún por los que, según los criterios humanos, podrían estar condenados, pues nunca debemos olvidar que los criterios y pensamientos de Dios no siempre coinciden con los del ser humano (Is 55, 8).
Este amor universal o católico de la Iglesia, que es madre, se manifiesta en sus oraciones por sus hijos difuntos, especialmente el día de un funeral y el día de todos los fieles difuntos (el 2 de noviembre).
En cada misa la Iglesia ora “por nuestros hermanos que durmieron con la esperanza de la resurrección”, pidiendo a Dios que admita a contemplar la luz de su rostro “a todos los difuntos”. La oración por los difuntos conocidos es importante, pero no se olvidan a todos los demás difuntos. Las oraciones por el eterno descanso de los difuntos, no solo son agradables a Dios, sino que pueden ayudarles.
Nuestro deber como cristianos es rezar por aquellos que han fallecido esperando que la misericordia de Dios les alcance. No debemos negar nuestras oraciones a nadie, aun por el alma de alguien que, según nuestra lógica, no merece nuestra oración o consideremos que la oración por esa alma sea inútil.
Y aun en el supuesto caso que alguna persona se hubiera condenado, la oración no es tiempo ni esfuerzo perdido, le servirá a otras almas. Si rezamos por un alma que ya ha salido del Purgatorio o poralguien que se ha condenado, esa oración no se desperdicia, Dios sabe a quién le podría beneficiar. Es algo semejante al principio de los vasos comunicantes gracias a la comunión de los santos: Dios trasvasa y encauza las oraciones hacia las almas que más lo necesiten.
Si se encuentran en el purgatorio, sabemos que ya no irán al infierno. Nosotros podemos ayudar a esas almas en el purgatorio como consuelo y compañía en ese lugar donde se ‘sufre’ purificación; y lo podemos hacer con nuestras oraciones de sufragio, en particular participando en la Santa Misa y también haciendo celebrar la Santa Misa por ellos, con obras depenitencia y caridad, con las Indulgencias, sacrificios, etc..
Además, la oración tiene otro efecto importante que muchos pasan por alto: la oración retro alimenta. Así pues si hacemos oración por alguien, al mismo tiempo nos estamos ayudando nosotros porque su efecto espiritual nos hace ser más sensibles ante los misterios de Dios y más dispuestos a cumplir su voluntad.
Después de la muerte de alguien sólo podemos influir en su realidad ‘temporal’ que llamamos purgatorio en el que está la gran inmensa mayoría de fieles difuntos, aunque nunca sepamos con lujo de detalles cómo sea ni cuánto ‘tiempo’ dure. Sólo se sabe que, ésta antesala del cielo, es un ‘lugar’ de purificación hasta ser dignos de estar en la presencia de Dios para verlo cara a cara tal cual es (1Jn 3, 2).

Miércoles de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario


Libro de Nehemías 2,1-8. 

En el mes de Nisán, el vigésimo año del reinado de Artajerjes, siendo yo el encargado del vino, lo tomé y se lo ofrecí al rey. Como nunca había estado triste en su presencia,
el rey me preguntó: "¿Por qué tienes esa cara tan triste? Tú no estás enfermo. Seguramente hay algo que te aflige". Yo experimenté una gran turbación,
y dije al rey: "¡Viva el rey para siempre! ¿Cómo no voy a estar con la cara triste, si la ciudad donde están las tumbas de mis padres se encuentra en ruinas y sus puertas han sido consumidas por el fuego?".
El rey me dijo: "¿Qué es lo que quieres?" Yo me encomendé al Dios del cielo,
y le respondí: "Si es del agrado del rey y tú estás contento con tu servidor, envíame a Judá, a la ciudad donde están las tumbas de mis padres, para que yo la reconstruya".
El rey, que tenía a la reina sentada a su lado, me dijo: "¿Cuánto tiempo durará tu viaje y cuándo estarás de regreso?". Al rey le pareció bien autorizar mi partida, y yo le fijé un plazo.
Luego dije al rey: "Si el rey lo considera conveniente, se me podrían dar cartas para los gobernadores del otro lado del Eufrates, a fin de que me faciliten el viaje a Judá.
También podrían darme una carta para Asaf, el supervisor de los parques del rey, a fin de que me provea de madera para armar las puertas de la ciudadela del Templo, para las murallas de la ciudad y para la casa donde voy a vivir". El rey me concedió todo eso, porque la mano bondadosa de mi Dios estaba sobre mí.

Salmo 137(136),1-2.3.4-5.6. 
Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos a llorar,
acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas

teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría:

«¡Canten para nosotros un canto de Sión!»
¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor
en tierra extranjera?
Si me olvidara de ti, Jerusalén,

que se paralice mi mano derecha.
Que la lengua se me pegue al paladar
si no me acordara de ti,
si no pusiera a Jerusalén

por encima de todas mis alegrías.



Evangelio según San Lucas 9,57-62. 
Mientras Jesús y sus discípulos iban caminando, alguien le dijo a Jesús: "¡Te seguiré adonde vayas!".
Jesús le respondió: "Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza".
Y dijo a otro: "Sígueme". El respondió: "Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre".
Pero Jesús le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios".
Otro le dijo: "Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos".
Jesús le respondió: "El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios". 

martes, 3 de octubre de 2017

María Montessori, la mujer que revolucionó la educación


Las raíces cristianas del método de aprendizaje que respeta la psicología natural y el desarrollo físico y social del niño

Nacida en 1870, María Montessori fue una médico y educadora italiana cuyo trabajo fue elogiado por los papas Pablo VI y Benedicto XVI. Su visión del niño como una persona completa, compleja y frágil destinada a desarrollarse y su método educativo para ayudarle a lograrlo con éxito cuentan con una importante reputación internacional. Gracias sus primeros escritos, publicados en 1935, su pedagogía destacó por su originalidad impregnada de la sabiduría tradicional.
El método Montessori, aplicado todavía hoy por miles de personas alrededor del mundo, tiene sus raíces en la fe de su autora. Su intención esofrecer a los niños una educación respetuosa sus intereses y atenta a ellos para adaptar su entorno de aprendizaje a su nivel de desarrollo. María Montessori lo explica en “Dios y el niño“, un escrito inédito en el que rescata las convicciones profundas de esta célebre pedagoga.
El Niño-mesías
Para María Montessori el niño está dotado de una grandeza natural que busca desarrollarse en un entorno propicio. Ella es católica y su pensamiento toma la imagen de Cristo para proporcionar al niño una misión divina.
Su pedagogía sigue su propio camino, pero nunca se aleja de las las palabras de Cristo a los niños. Y es a través de la observación de sus comportamientos durante años llega a la conclusión que los niños están dotados de una riqueza interior innata que podrían perder o ignorar si su entorno les impide desarrollarla.
Un embrión espiritual
En “El niño” encontramos la metáfora del “embrión espiritual” que, para expresarse, tiene que pasar por una encarnación.
En numerosas ocasiones, María Montessori expresa su entusiasmo por el desarrollo del niño y el misterio que lleva consigo. Y la palabra “milagro” se plasma con regularidad a lo largo de su escritura.
El carácter cristiano de su pedagogía no da lugar a dudas en la forma en que termina su capítulo sobre el recién nacido donde encontramos una dimensión crística sin equívocos:
“Llegó al mundo
Y el mundo fue hecho para él.
Pero el mundo no lo reconoció.
Llegó a su propia casa
Y los suyos no le recibieron … “

Amor y respeto ante las diferencias


En la psicología masculina ante todo está el respeto mientras que en la femenina está el amor. Finalmente, al ser unión, respeto y amor se funden.

Una vez más, una fuerte discusión estalló de pronto entre mi esposa y yo a los pocos meses de casados. Ambos comenzábamos a reaccionar ante el juicio y el reclamo de lo que considerábamos un defecto en el otro.  Se  cernían sobre nosotros gruesos nubarrones, sobre todo por mi intolerancia ante las diferencias.
Con mi fuerte temperamento yo esperaba que en momentos como esos,  ella se sujetara intimidándose ante mis poses, gritos, gesticulaciones… pero, para mi sorpresa, en vez de ello, subía el tono y con mejores recursos racionales y emotivos sostenía su posición, solo que a diferencia de mí no llegaba a la ira, la ofensa y fácilmente perdonaba olvidando. 
Así que ahí estaba yo, con o sin razón, fuera de mis cabales con el corazón agitado. 
Iracundo, salí a la calle a caminar bajo una pertinaz lluvia que fue calmando mis ánimos. Luego, unos brillantes relámpagos parecieron iluminar mi mente y corazón,  pues comencé entonces a reconocer que me había casado con un ser pensante y apasionado de la vida, decidido a defender su individualidad y autonomía en su forma de pensar y sentir, no solo en el terreno de los valores  personales, sino también de lo opinable. Lo que marcaba decididamente nuestras diferencias al convivir. 
Regresé sinceramente arrepentido a pedir perdón, muy consciente de que la vida nos expondría a muchas diferencias, ante las que nuestro amor habría de hacer un fuerte contrapeso.
Me costaba trabajo creer que temas que nos empezaban a confrontar, como el de nuestras familias de origen, el uso del dinero, nuestros respectivos amigos, la llegada del primer hijo, los hábitos alimenticios o el uso del tiempo libre solo señalaban diferencias, que armonizadas, habrían de constituirse en un bien para nuestro matrimonio.
Y precisamente esos temas eran solo como la punta del iceberg de todo aquello en lo que deberíamos buscar ser unión, conservando nuestras individualidades.
Pasó el tiempo sin lograr cambiar de fondo. Aunque con menos frecuencia, volvíamos a apasionadas discusiones y disgustos que más de una vez me dejaron abatido. Pero fui  aprendiendo de ella: que los días de sol se imponen sobre las noches oscuras, y que había en mí cierta falta de humildad y fortaleza.
Por ello, solicité ayuda especializada.
Fueron cinco las premisas que me ayudaron a  mejorar desde la perspectiva de que, las diferencias siendo inevitables, no tenían por qué hacernos sufrir, sino unirnos más.
La primera: Debía  entender en principio, como inmadurez y falta de realismo, lo que me hizo en momentos de mi vida suponer que las dificultades en nuestra relación  no eran elementos normales del ir enfrentando juntos la vida sino algo extraordinario.
La segunda: Discutir es normal y es sal necesaria en el amor porque es señal de amar lejos de la indiferencia. Pero es necesario valorar antes y muy bien el motivo, además de hacerlo en el momento correcto, en el lugar propicio y con el tono y las palabras adecuadas.
La tercera: En la psicología masculina ante todo está el respeto mientras que en la femenina está el amor.  Al final, respeto y amor se funden cuando se abraza la verdad de que nada es más importante que conservar  la armonía.
La cuarta: Puede pasar que cualquiera de los cónyuges cometa un error por el que, de forma real o  por percepción subjetiva, el otro se considere dañado u ofendido, pero éste no debe poner en tela de juicio que se trata de un mal momento y nunca será esa la verdadera intención de quien tiene abonadas tantas muestras de abnegación en el amor. No sería justo olvidarlo ni por un instante.
La quinta: Es necesario  cultivar una fortaleza nacida del más fino amor y respeto para aceptar y sobrellevar las diferencias.
Algunos ejemplos: 
  • Capacidad de controlar el propio estado de ánimo.
  • No dejarse abatir por las contrariedades.
  • No caer en el desánimo  ante las dificultades, conservando la energía al emprender una tarea que nos hemos propuesto.
  • Prepararnos para hacer algo que sabemos que nos costará emocionalmente.
  • Desarrollar habilidad para superar los miedos, la timidez, la pereza, los enfados.
  • Desarrollar sobre todo la habilidad de superar la agresividad en nuestras reacciones.
La  fortaleza es la virtud humana estrechamente relacionada con la inteligencia emocional que nos permite sobrellevar adecuadamente los inevitables roces humanos. Y es que contribuye a moderar los impulsos para que nuestra inteligencia sepa distinguir lo conveniente de lo  inconveniente, lo bueno de lo malo y lograr una conducta equilibrada en nuestras tendencias y un uso razonable de las cosas.
Vamos logrando así que nuestra relación crezca en el amor y el respeto, al tiempo que abrimos espacio a una nueva forma de ser juntos: en criterios, gustos, aficiones, tristezas y alegrías. 
Una nueva forma desde la que vamos aprendiendo a amarnos, y por la que no es nada exagerado apreciar que los esposos con el tiempo, llegan hasta parecerse físicamente. 
Es  como la tercera dimensión en el amor.

Orfa Astorga de Lira, máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.

Martes de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario


Libro de Zacarías 8,20-23. 

Así habla el Señor de los ejércitos: Vendrán asimismo pueblos y habitantes de muchas ciudades.
Los habitantes de una ciudad irán a otra, diciendo: "Vamos a apaciguar el rostro del Señor y a buscar al Señor de los ejércitos; yo también quiero ir".
Pueblos numerosos y naciones poderosas vendrán a Jerusalén a buscar al Señor de los ejércitos y a apaciguar el rostro del Señor.
Así habla el Señor de los ejércitos: En aquellos días, diez hombres de todas las lenguas que hablan las naciones, tomarán a un judío por el borde de sus vestiduras y le dirán: "Queremos ir con ustedes, porque hemos oído que Dios está con ustedes".

Salmo 87(86),1-3.4-5.6-7. 
¡Esta es la ciudad que fundó el Señor
sobre las santas Montañas!
El ama las puertas de Sión
más que a todas las moradas de Jacob.
Cosas admirables se dicen de ti,

Ciudad de Dios.
«Contaré a Egipto y a Babilonia
entre aquellos que me conocen;
filisteos, tirios y etíopes han nacido en ella.»
Así se hablará de Sión:
«Este, y también aquél,
han nacido en ella,

y el Altísimo en persona la ha fundado.»
Al registrar a los pueblos, el Señor escribirá:
«Este ha nacido en ella.»
Y todos cantarán, mientras danzan:

«Todas mis fuentes de vida están en ti.»



Evangelio según San Lucas 9,51-56. 
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén
y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento.
Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.
Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: "Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?".
Pero él se dio vuelta y los reprendió.
Y se fueron a otro pueblo.