miércoles, 26 de octubre de 2016

La diferencia entre un cristiano que reza y uno que no lo hace explicada en dos imágenes De ser espectador externo a tener una relación

Al intentar compartir mi fe con los demás, a menudo tengo dificultad en explicar el concepto de oración. ¿Hay realmente diferencia? ¿No es suficiente ayudar a los demás, ser “buena persona”?
Si bien esta lógica puede convencer a muchos –a veces yo mismo caigo– nada es más distante del corazón que el cristianismo. La virtud sin la oración es como un cristianismo que sufre de Alzheimer.
Preferimos la rutina a los momentos de profunda intimidad, momentos que podrían ser agradables en lugar de desafiantes. En resumen, un cristianismo sin oración es un cuerpo sin alma.
Dicho de este modo, la oración es, después de todo, fácil, necesita una simple decisión: abrazar el silencio y ofrecer el corazón. Pero es un camino gradual y a menudo irregular.
Para ilustrar mejor este punto, quisiera preguntarte: ¿has notado la diferencia entre el arte en las paredes laterales de las iglesias (sobretodo en las iglesias decoradas de manera más tradicional) y la del ábside, alrededor del altar? Tomemos por ejemplo la catedral de Cefalú, en Sicilia. ¿Qué observas al caminar por esta bella iglesia del 1131?
Un cristiano que no reza: una mirada del exterior
Sobre las paredes laterales de la iglesia, encontramos una serie de imágenes que muestran escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento. Ocupan toda la nave que apunta hacia el altar. Caminamos a lo largo del sendero de la historia de la Salvación, admirando muchas historias de la relación entre Dios y el hombre.
Lo hacemos como observadores externos. Como si estuviéramos leyendo un libro de historia o una novela, conocemos lo que sucedió entre Dios y las personas. Pero estamos fuera de la escena.
Eso es lo que somos cuando no rezamos: espectadores del cristianismo. Asistimos a las escenas del amor entre Dios y el hombre. Y por muy conmovedor que sea, imagina que lees historias de amor durante toda tu vida sin nunca haber tenido una relación sentimental. Sin haber recibido nunca realmente una de esas miradas de amor.
Podemos oír hablar de nuestra fe en la misa, o en la clase de catecismo. Podemos aprender la vida de los santos e incluso intentar imitar sus buenas obras. Podemos servir en el comedor a los pobres o hacer obras de caridad. Todas estas son iniciativas excelentes que de hecho nos acercan a Dios. Pero no podemos contentarnos con esto. No podemos olvidarnos de la esencia del cristianismo.
Sin un encuentro más profundo y personal con Cristo, corremos el riesgo de distraernos con una simplicidad increíble.
En lugar de Cristo, ponemos otras cosas en el centro de nuestra espiritualidad: los encargos que debemos realizar, la formación que debemos conseguir, la liturgia que debemos cumplir de manera impecable, etc.
El momento crucial
Una de las mejores formas para poner a Cristo en el centro de tu vida cristiana es continuar haciendo lo que haces, cambiando ligeramente la perspectiva.
La próxima vez que escuches una homilía, que leas la Biblia o un libro sobre la vida de un santo, o dediques tu tiempo al servicio de los pobres, en lugar de concentrarte en lo que estás escuchando o haciendo, pregúntate“¿Por qué?”.
Cuando lees las historias de la salvación tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, o las historias de los santos, no te concentres mucho en el deseo de imitar sus obras. Permite en cambio que el amor de Cristo te inspire. Más que hacer lo que estas personas han hecho, debemos aprender a seguir la mirada de su corazón.
Si después de una lectura una parte de ti no se siente del todo impulsada a entrar en el silencio y a sentir la mirada amorosa de Cristo, algo salió mal.
Dante lo describe magistralmente en una escena de la Divina Comedia. Al entrar en el paraíso, Dante vislumbra a Beatriz por primera vez. La mirada de Dante se cruza con la de su amada Beatriz, encontrándose frente a una expresión encantadora, tan llena de luz y de amor. Y ese sol (Dios) lo empuja a hacer lo mismo. Lo increíble es que el mismo planteamiento arquitectónico y artístico de nuestras iglesias nos empujan a actuar de la misma manera.
Un cristiano que reza: un encuentro cara a cara
Al seguir caminando a lo largo de la iglesia, llegamos al altar. Ahí, levantamos la mirada y descubrimos algunos cambios radicales.
Hemos pasado de una estructura lineal a una circular: la estructura lineal simboliza el orden cronológico tradicional de un evento tras otro. La estructura circular, en cambio, representa el orden cronológico de la eternidad.
El círculo desde siempre ha sido un símbolo del infinito (no tiene fin). Aquí nos acercamos a la presencia del eternamente presente.
Análogamente, cuando nos abrimos a Cristo en la oración, la lógica de la eternidad comienza a prevalecer sobre nuestra lógica cotidiana hecha de preocupaciones y de estrés.
Las interminables listas de cosas para hacer son finalmente colocadas en su lugar. Cada cosa está organizada en dos simples categorías: lo que pertenece al amor, y, por lo tanto es eterno, y lo que no, que es efímero e inútil.
Es la misma experiencia del emprendedor que vuelve a casa, tras un largo día de preocupación, números que cuadrar y resultados a obtener. Basta una simple mirada por parte de la mujer y el abrazo de los niños alrededor de sus piernas para recordarle lo que es realmente importante en la vida.
La mirada directa de Cristo: algo aún más importante, nuestros ojos son acogidos por la presencia de Cristo, nuestro Salvador.
Y, sin embargo, Cristo estaba presente en otras escenas que hemos visto hasta ahora a lo largo de las paredes laterales. ¿Qué es diferente aquí? Su posición frontal y directa, Él nos está mirando directamente.
En este lugar sagrado –sobretodo durante el momento del sacrificio eucarístico– estamos invitados a realizar el paso entre ser espectadores externos a ser miembros activos en una relación: es el momento del encuentro cara a cara con nuestro amado.
Presta atención, sin embargo, porque encontrarte con Él (así como cualquier otro encuentro personal) significa que no se mira de reojo, sino que se es protagonista, se está sobre el escenario. Uno está expuesto, vulnerable. Su mirada está llena de amor, y Él quiere transformarnos en amor puro. Eso es la oración.
Un cristiano que reza nutre su vida con la mirada contemplativa de Cristo. Demasiados cristianos caen en una especie de moralismo ansioso o, al contrario, en una especie de laxismo indiferente porque hemos olvidado o nunca hemos experimentado este encuentro entre nuestra mirada y la de Cristo. Y esta mirada puede encontrarse sólo en la oración (y es necesario buscarla).
Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos (Jb 42,5)

Miércoles de la trigésima semana del tiempo ordinario


Carta de San Pablo a los Efesios 6,1-9. 

Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor porque esto es lo justo,
ya que el primer mandamiento que contiene una promesa es este: Honra a tu padre y a tu madre,
para que seas feliz y tengas una larga vida en la tierra.
Padres, no irriten a sus hijos; al contrario, edúquenlos, corrigiéndolos y aconsejándolos, según el espíritu del Señor.
Esclavos, obedezcan a sus patrones con temor y respeto, sin ninguna clase de doblez, como si sirvieran a Cristo;
no con una obediencia fingida que trata de agradar a los hombres, sino como servidores de Cristo, cumpliendo de todo corazón la voluntad de Dios.
Sirvan a sus dueños de buena gana, como si se tratara del Señor y no de los hombres,
teniendo en cuenta que el Señor retribuirá a cada uno el bien que haya hecho, sea un esclavo o un hombre libre.
Y ustedes, patrones, compórtense de la misma manera con sus servidores y dejen a un lado las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos, que lo es también de ustedes, está en el cielo, y no hace acepción de personas.

Salmo 145(144),10-11.12-13ab.13cd-14. 
Que todas tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;
que anuncien la gloria de tu reino
y proclamen tu poder.

Así manifestarán a los hombres tu fuerza
y el glorioso esplendor de tu reino:
tu reino es un reino eterno,
y tu dominio permanece para siempre.

El Señor es fiel en todas sus palabras
y bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que caen
y endereza a los que están encorvados.


Evangelio según San Lucas 13,22-30. 
Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.
Una persona le preguntó: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?". El respondió:
"Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.
En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: 'Señor, ábrenos'. Y él les responderá: 'No sé de dónde son ustedes'.
Entonces comenzarán a decir: 'Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas'.
Pero él les dirá: 'No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!'.
Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera.
Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.
Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos".


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.







Leer el comentario del Evangelio por : San Ireneo de Lyon  

martes, 25 de octubre de 2016

10 hechos asombrosos sobre el poder de la Eucaristía Es una obra y un regalo de toda la Trinidad

10 hechos asombrosos sobre el poder de la Eucaristía

La Eucaristía viene a nosotros como obra y don de toda la Trinidad.
– Raniero Cantalamessa, OFM
Hace poco una amiga me contaba que su padre solía ayudar a su madre en la cocina con las tareas más tediosas. Una cosa que le gustaba hacer era pelar las nueces y clasificarlas en cubos; luego las metía en bolsitas y las ofrecía a familia y amigos.
El padre de mi amiga falleció recientemente. Pocos meses más tarde, cuando mi amiga fue al congelador a por nueces para hacer pan de plátano, vio la bolsa de nueces y se percató de que, aunque su padre ya no estaba, le había dejado alimento para su viaje.
En aquel momento, mi amiga sintió de repente una comprensión más profunda de lo que es la Eucaristía. Jesús sabía que iba a ascender a los cielos, pero dejó a sus seguidores algo para que les nutriera, no una mera comida terrenal, sino sus propios Cuerpo y Sangre.
Alguien vela por nosotros.
Alguien cuida de nosotros.
Tenemos un Padre celestial que conoce todas nuestras necesidades y que no escatima en esfuerzos para darnos lo que requerimos.
Nuestro pan diario no es un símbolo ni un simple sustento terrenal; es auténtico alimento espiritual, la verdadera carne y sangre de nuestro Salvador, el Dios hecho hombre.
La Eucaristía es un alimento que trasciende la ceremonia y encuentra su poder y su esencia en la obra de la mismísima Trinidad.
Aquí están algunos de los asombrosos efectos de la Eucaristía:
1) Unión con Cristo: Al recibir a Jesús en la Eucaristía fusionamos nuestro ser con el de Cristo. San Cirilo de Alejandría lo describía a algo parecido a “cuando la cera derretida se fusiona con otra cera”. El viaje cristiano es el viaje para ser como Cristo, para “permanecer en Él” y Él en nosotros. La Eucaristía es el medio para que esto suceda.
2) Destrucción del pecado venial: La Eucaristía destruye el pecado venial. ¡Lo destruye! A través del pecado, el fervor de nuestra caridad puede disminuir por nuestro pecado venial. Pero cuando recibimos la Eucaristía, nos unimos con la misma Caridad, que quema los vestigios de nuestros pecados veniales y nos purifica para poder empezar de nuevo.
3) Protección contra el pecado mortal: Aunque deberíamos abstenernos de recibir la Eucaristía cuando sabemos que estamos en estado de pecado portal, deberíamos recibir la Eucaristía tanto como nos fuera posible porque nos protege de los pecados graves. Es como si el poder de la Eucaristía limpiara el pecado venial de nuestras almas y luego lo cubriera con una capa protectora que nos ayuda a permanecer a salvo de pecados graves.
4) Relación personal con Jesús: Muchos cristianos hablan de la importancia de mantener una relación personal con Jesús, lo cual es muy acertado. Pero, ante todo, es a través de la Eucaristía como realmente podemos establecer un encuentro íntimo con la Persona de Jesús. Benedicto XVI destacó una vez esta conexión:
“Hoy se necesita redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos. Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida ‘según el Espíritu’” (Sacramentum Caritatis).
5) Da vida: Según el Catecismo, la Eucaristía “conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo” (CIC 1392). En otras palabras, recibir la Eucaristía incrementa la vida de la gracia ya presente dentro de nosotros. ¡Suena mejor incluso que irse de circuito de spa!
6) Unidad con el Cuerpo de Cristo: Puesto que estamos más íntimamente unidos con Cristo a través de la Eucaristía, ¡también estamos más unidos con todas las personas que reciben la Eucaristía! Dicho de otra forma, la Eucaristía es como el pegamento que nos mantiene unidos a Jesús y a todos los hermanos y hermanas en la Iglesia.
7) Nos compromete con los pobres: Las palabras de san Juan Crisóstomo avergüenzan a los que abandonan la mesa eucarística sin preocupación por los pobres:
“Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. […] Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento con el que ha sido juzgado digno […] de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aun así, no te has hecho más misericordioso”.
8) Consuelo espiritual: La Sagrada Comunión es un anticipo de la dicha del paraíso, así que produce dicha en nosotros en esta experiencia real de unidad con Dios. Si nos sentimos abatidos por las dificultades de la vida, podemos ir a la Eucaristía, nuestra fuente de alegría, y pedir al Señor que nos colme de consuelo y paz.
9) Pacificador: En el Sínodo sobre la Eucaristía en 2005, los obispos discutieron cómo la recepción de la Eucaristía en áreas devastadas por la guerra transformaba a las gentes de Dios y les daba el ímpetu para buscar la paz:
“Gracias a las celebraciones eucarísticas, pueblos en conflicto se han podido reunir alrededor de la Palabra de Dios, escuchar su anuncio profético de reconciliación a través del perdón gratuito, recibir la gracia de la conversión que permite la comunión en el mismo pan y en el mismo cáliz” (Propositio 49).
10) Ofrece un punto focal en nuestras vidas: Si entendiéramos de verdad la profunda naturaleza de la Eucaristía, empezaríamos por centrar nuestras vidas en torno a la Sagrada Comunión. No hay nada más importante en nuestras vidas. Ni partidos de fútbol, reuniones de amigos ni picnics. No hay nada más importante en nuestro calendario semanal que recibir la medicina del médico de almas, Jesús.
¡Todos estos asombrosos efectos y muchos más están a tu disposición el domingo! O mejor aún, intenta ir a misa diariamente.
Pero recuerda que tu disposición a la hora del recibimiento de la Eucaristía puede determinar tu nivel de apertura a sus poderosos efectos. Así que sé respetuoso, concéntrate y ruega a Dios que te ofrezca, a través del poder de la Eucaristía, todas las gracias que necesites en este momento de tu vida.
Como buen Padre que es, te escuchará.

6 señales de una alma verdaderamente cristiana ¿Es tu caso?


6 señales de una alma verdaderamente cristiana

Las personas dotadas de bondad buscan cualquier oportunidad para servir a sus semejantes. Ejemplo:
1 – Si dan un regalo a un amigo, es para inspirar y animar, como un libro.
2 – Si hablan con un niño, es para decirle algo que lo eleve y ennoblezca.
3 – Si dirigen una palabra a un enfermo, es de ánimo y consuelo.
4 – Si cuentan algo, o recuerdan un episodio, su narrativa tiene como objetivo exaltar una buena acción, elogiar a alguien o deshacer interpretaciones equivocadas y malévolas.
5 – La carta que escriben es un mensaje de amor e inspiración.
6 – Si le queda tiempo, entre las tareas del día, es utilizado en el desarrollo de un mejor servicio o en trabajos de asistencia al prójimo. Ningún lapso de tiempo es malgastado; ninguna palabra es usada inútilmente. Todo es para gloria de Dios.
Aquellos que actúan así demuestran poseer una alma verdaderamente cristiana.

Martes de la trigésima semana del tiempo ordinario


Carta de San Pablo a los Efesios 5,21-33. 

Sométanse los unos a los otros, por consideración a Cristo.
Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor,
porque el varón es la cabeza de la mujer, como Cristo es la Cabeza y el Salvador de la Iglesia, que es su Cuerpo.
Así como la Iglesia está sometida a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a su marido.
Maridos, amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella,
para santificarla. El la purificó con el bautismo del agua y la palabra,
porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada.
Del mismo modo, los maridos deben amar a su mujer como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo.
Nadie menosprecia a su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida. Así hace Cristo por la Iglesia,
por nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo.
Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne.
Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia.
En cuanto a ustedes, cada uno debe amar a su mujer como así mismo, y la esposa debe respetar a su marido.

Salmo 128(127),1-2.3.4-5. 
¡Feliz el que teme al Señor
y sigue sus caminos!
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás feliz y todo te irá bien.

Tu esposa será como una vid fecunda
en el seno de tu hogar;
tus hijos, como retoños de olivo
alrededor de tu mesa.

¡Así será bendecido
el hombre que teme al Señor!
¡Que el Señor te bendiga desde Sión
todos los días de tu vida:

que contemples la paz de Jerusalén.



Evangelio según San Lucas 13,18-21. 
Jesús dijo entonces: "¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo?
Se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció, se convirtió en un arbusto y los pájaros del cielo se cobijaron en sus ramas".
Dijo también: "¿Con qué podré comparar el Reino de Dios?
Se parece a un poco de levadura que una mujer mezcló con gran cantidad de harina, hasta que fermentó toda la masa".


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.







Leer el comentario del Evangelio por : San Ambrosio