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miércoles, 18 de enero de 2017

Premio Nobel de Medicina: Creer en Dios está en los genes y es la forma natural de vivir

Avid Carlsson, Premio Nobel de Medicina del año 2000. Foto: Olof Brandt (ACI Prensa)

El científico Arvid Carlsson, Premio Nobel de Medicina en el año 2000 por sus estudios sobre los neurotransmisores, afirmó que los genes con los que toda persona nace han sido recibidos de Dios y que la religiosidad es la forma natural de vivir del ser humano.
“Hemos nacido con genes que nos ha proporcionado Dios. Esta es la forma natural de vivir: en una relación con Dios en la que se reza a Dios y se cree en Dios”, dijo el laureado científico en declaraciones a ACI Stampa, agencia en italiano del Grupo ACI.
A pesar de reconocerse como “una persona que no tiene religión”, Carlsson dijo tener “la mente abierta”.
“Entiendo por qué hay tantas personas que tienen una religión. En realidad, forma parte de nuestros genes, por lo que tal vez seamos las personas como yo las que seamos un poco extrañas, desde ese punto de vista”, afirmó. En ese sentido, “no sabría cómo definirme”.
Respecto al carácter religioso del ser humano, dijo que “entiendo cómo sucede esto. Yo no soy una persona normal porque no tengo ese sentimiento religioso que, no obstante, considero normal. Es un problema mío. Se puede decir que es una forma mía de discapacidad”.
Carlsson dijo también que en el tema de las religiones, “algunas presentan problemas, en particular el islam, como por ejemplo el asunto de las mujeres que no pueden estudiar”.
“Cuando llegan a Suecia tienen siempre este problema y se ve cada día en los periódicos. Es terrible que muchas mujeres ricas en talento crezcan sin instrucción”, lamentó.
“Debo decir que de entre las tres religiones monoteístas y su relación con la ciencia, sin duda el cristianismo es la mejor”, resaltó.
Al ser preguntado sobre la capacidad de la mente humana para comprender el universo, el experto comentó que “es un asunto muy interesante. Cuando comenzó la vida, ¿Cuánta sabiduría había ya al inicio? No lo sabemos”.
“Es posible que cuando la primera célula comenzó a existir ya hubiera ahí una profunda ‘sabiduría’, tal vez ya en aquellas pequeñas ‘criaturas cómicas’. Cuando apareció un individuo compuesto de más células, aquella ‘sabiduría’ aún estaría presente en los genes, pero las diferentes partes de ‘sabiduría’ se dividieron en células especializadas. En cualquier caso, hay una ‘sabiduría’ que ya estaba presente desde el inicio”.
Preguntado sobre lo que supuso el Premio Nobel para él, respondió que se trata de un incentivo para seguir trabajando: “tiene que servir para continuar estudiando con nuevas credenciales”.
Los estudios del doctor Carlsson, uno de los neurocirujanos más importantes del mundo actual, nacido en Suecia en el año 1923, han aportado descubrimientos fundamentales en la búsqueda de tratamientos que ayuden a combatir las enfermedades neurodegenerativas, como el Parkinson o el Alzheimer.
Artículo publicado originalmente en ACI Stampa. Traducido y adaptado por Miguel Pérez Pichel



sábado, 10 de septiembre de 2016

Eligió implicarse en el dolor de sus pacientes y este es el resultado Alguna vez desesperación, muchas un acercamiento a Dios y siempre humanización




Ángel es especialista en Oncología Médica y su consulta es un libro de experiencias intensas al final de la vida. Con ciencia y con conciencia médica trata de aliviar el sufrimiento de sus pacientes.
Entre el realismo y la esperanza, confía en que la profesionalidad y la misericordia ayudan a que el misterio del dolor humanice, y en algunos casos “termina acercando a Dios”.
Opus Dei - Una ventana para airear el dolor
Ángel Jiménez Lacave nació en 1946. Su labor profesional como médico oncólogo e investigador así como la docente la ha realizado, en su mayor parte, en el Hospital Central de Asturias.

Reside en Asturias (España). Durante su vida profesional ha visto muchos trenes saliendo del túnel.
Con su capacitación científica y médica y un interés especial por la filosofía y la antropología, cultivada desde la adolescencia, pasa consulta a su experiencia en voz alta: ciencia, humanismo, atención al final de la vida, muerte, fe, compañía, dolor, sufrimiento…
 El doctor Jiménez Lacave fue agnóstico en los años 60 y 70; más tarde tuvo una conversión y conoció el Opus Dei.
El doctor Jiménez Lacave fue agnóstico en los años 60 y 70; más tarde tuvo una conversión y conoció el Opus Dei.
Ángel ha ido y ha vuelto.
Las preguntas, las dudas y las certezas estaban ahí desde que el uso de razón manifestó sus inquietudes. Decidió estudiar Medicina “como el mejor camino para acercarme al del hombre y de la enfermedad y así poder participar en el proceso de curación”.
El hombre, a fondo
Y desde aquellos años de facultad, muchas personas con enfermedades han confirmado que su vocación de curar era un acierto.
Al final, entre el médico y sus pacientes hay simbiosis de experiencias, descubrimientos, maneras de entender el mundo, la enfermedad…
A él le ha servido descubrir “la dimensión ontológica del hombre y la dimensión metafísica del mundo. Con una idea más profunda de lo que es el hombre puedes entender mejor a la persona enferma. Eso fortalece la relación médico-paciente al haber aprendido a ponerte en su lugar. El hecho de que el paciente se sienta comprendido mejora enormemente la relación médica”.
Porque la Medicina es ciencia, pero no sólo química.
Él es partidario de una relación médico-paciente que supone implicarse en el sufrimiento, una actitud que pasa factura personal.
Él es partidario de una relación médico-paciente que supone implicarse en el sufrimiento, una actitud que pasa factura personal.
Cada paciente, cada día y cada circunstancia tienen su afán. Para todos, Ángel ha tratado de vivir la máxima de San Pablo: “reír con los que ríen, y llorar con los que lloran. Una frase emotiva y humana. Pienso que hay que saber escuchar al enfermo y ponerse en su lugar. Erigir una barrera para no involucrarse no es apropiado, aunque sea una actitud defensiva facilitada para la cultura actual”.
Él es partidario de una relación médico-paciente que supone implicarse en el sufrimiento, una actitud que pasa factura personal, “aunque sabemos que la Medicina, al no ser una ciencia exacta, no se evalúa legalmente por los resultados, sino por la intención, los fines y los medios”.
Dignidad universal
A Ángel le ha servido su propia biografía para descubrir que “una cosmovisión materialista suele conllevar un concepto de dignidad circunstancial. Los que ven así las cosas piensan que cuanto peor es la calidad de vida, menos merece la pena vivir. En ese modo de entender el mundo la dignidad depende de las circunstancias y esas circunstancias influyen en la dignidad del enfermo y la muerte es una liberación”.
“La cosmovisión cristiana tiene el concepto de dignidad ontológica: es decir, que todos los hombres tienen la misma dignidad independientemente de su raza, su sexo, su religión, su minusvalía, su enfermedad, etc. Es la base de los derechos humanos. Ninguna circunstancia justifica eliminarlo. Eso sería la “política del descarte” de la que habla el papa Francisco”.
“La cosmovisión cristiana tiene el concepto de dignidad ontológica: es decir, que todos los hombres tienen la misma dignidad independientemente de su raza, su sexo, su religión, su minusvalía, su enfermedad, etc.”
“La cosmovisión cristiana tiene el concepto de dignidad ontológica: es decir, que todos los hombres tienen la misma dignidad independientemente de su raza, su sexo, su religión, su minusvalía, su enfermedad, etc.”
A pesar de su preparación y su contacto directo con personas que sufren, Ángel ve un sentido trascendental del dolor, con su alta dosis de misterio.
A él le ayudó empezar a entender el sentido del sufrimiento un texto que, allá por los años 80, le regaló una paciente: la carta apostólica Salvifici doloris, de san Juan Pablo II. “Nadie da de lo que no tiene. Karol Wojtyla fue sometido desde niño al sufrimiento, y el dolor le acompañó hasta su muerte. Por eso pudo escribir esta carta”.
Ciencia, humanismo y trascendencia
A Ángel le sirve integrar en consulta la competencia profesional, la perfección en el trato humano y el sentido trascendente del acto médico, porque las tres facetas son importantes y las tres juntas ayudan a aliviar el sufrimiento de los pacientes.
De esta experiencia laboral, Ángel saca una conclusión general en el análisis del misterio del dolor: “En general, el sufrimiento humaniza”.
Y explica: “He vivido casos en los que, tras una desgracia, las personas han cambiado su sistema de valores: ya no les llena tanto lo que parecía estructural y sólo era superficial. Cuanto mayor es el sufrimiento, más te acerca al acantilado de las grandes preguntas, también a las que hacen referencia a la trascendencia del hombre”.
La clave está en integrar en consulta la competencia profesional, la perfección en el trato humano y el sentido trascendente del acto médico.
La clave está en integrar en consulta la competencia profesional, la perfección en el trato humano y el sentido trascendente del acto médico.
Con respecto a la apertura a la fe de las personas que sufren, Ángel constata que “cada persona es un mundo”.
Lo que sí ha experimentado es que “a través de la misma labor profesional, la dedicación, y la buena atención, los pacientes llegan a palpar que algo real sustenta tu comportamiento, porque se sienten valorados y apreciados, y ese gesto les llega hasta el fondo del corazón. Por eso, en el fondo, a veces muy en el fondo, me atrevería a decir que el sufrimiento termina acercando a Dios”.
Y con una alta dosis de realismo, añade: “Hay que contemplar también que hay casos en que el sufrimiento lleva a la desesperación, a la pregunta frustrante sin respuesta de por qué me pasa esto a mí, a la rebelión más brutal. Ante estas actitudes el silencio respetuoso es, al menos de inmediato, la respuesta más adecuada”.