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sábado, 4 de febrero de 2017

Ser feliz en el sufrimiento ¿Cuál es tu bienaventuranza?


Ser feliz en el sufrimiento




Siempre las bienaventuranzas me han dado alegría. Son un recorrido por la vida del hombre que sufre. Del hombre que llora. Del que tiene hambre y sed de justicia. Del hombre perseguido por el nombre de Cristo. Del que es insultado y calumniado de forma injusta.
Todo el dolor concentrado ante sus ojos. Tanto dolor cargado en las manos, en el pecho de tantas vidas que sufren. Jesús tiene compasión de todos ellos. Se compadece del hombre débil que carga una carga imposible.
Me gusta la mirada de Jesús sobre mi vida. Se conmueve. Se compadece. Me mira con una misericordia infinita. Miro mi alma, la pobreza más profunda, la del despojo de todo. Miro mi sed y mi hambre. Escucho el grito que brota en mi alma. Me detengo en mi tristeza. ¿Por qué lloro yo? ¿Qué me falta?
Llega Dios, para tocarme, para consolarme. Jesús me llama dichoso, feliz, bienaventurado. Es una paradoja. Mis lágrimas me harán feliz porque me consolarán. Y el consuelo que trae Jesús es un consuelo que sana.
Lo que Jesús me dice es que le importan mi dolor, mi pequeña vida, mis intereses, mi pobreza, mi hambre. No tanto mis logros. Me muestra un Dios que no exige, que sólo da. Tiene un corazón inmenso en el que quepo. Tal como soy. Desde mi realidad. En mi pecado.
No tengo que ser perfecto. Puedo estar sufriendo y Él me sostiene. Ha salido a buscarme a los caminos, a los montes. Y me dice que estoy llamado a ser feliz. Que tengo derecho a ser feliz. Pase lo que pase. Aunque esté triste.
Nos volvemos tristes si no logramos que alguien nos quiera, o si no tenemos algo necesario para desarrollarnos, o si nos frustramos. Nos ponemos tristes porque se nos va un objeto muy preciado, o perdemos algo, un ser muy querido, o la familia que soñamos, o el trabajo, la salud, o la memoria, los recuerdos, la vida[1].
Hay muchas razones que me hacen vivir una vida infeliz. Sufro. Me entristezco. Por la pérdida, por el dolor. No quiero sufrir más. Jesús me dice hoy que quiere que sea feliz. Que no sufra por cosas poco importantes. Que ante las importantes confíe más en sus manos sosteniéndome.
Y me dice cosas que me sorprenden. Su mensaje me parece una contradicción. ¿Cómo va a ser feliz el que llora, el perseguido, el calumniado? Normalmente me afecta lo que pasa a mi alrededor. No soy feliz cuando lloro, cuando experimento el odio y el rechazo.
En mi angustia no soy feliz. Vivo tenso, nervioso. Escucho los juicios de los hombres y me importan. Imagino el juicio de Dios sobre mi vida, y me importa. Deseo un cielo que no llega.
Las palabras de Jesús están llenas de misterio. Me las dirige a mí. Soy yo quien está llamado a ser feliz en mi sufrimiento. No sin dolor. No lo entiendo.
Es verdad que me gustaría vivir esa felicidad en la tierra en medio de la tribulación. Cuando las cosas no funcionan. Cuando fracaso y no logro el éxito. Cuando pierdo y no tengo lo que deseo. Cuando no poseo las estrellas infinitas que anhelo.
Tengo un instinto de felicidad que despierta en mi alma el deseo de ser feliz aquí y ahora. Pero muchas cosas atadas a mi corazón no me dejan ser feliz. Sé que si lo pido Dios eliminará en mí lo que me quita la paz.
Decía el padre José Kentenich: “El Espíritu extirpará lo enfermo y desechará lo falso; pero preservará y potenciará lo sano. Dios nos creó y sabe lo que nos hace falta[2].
Dios sabe lo que me hace falta. Aunque yo me empeñe en decidir mi camino de felicidad. ¿La felicidad que me promete es sólo para la vida eterna? No quiero que sea así. Quiero una felicidad en mitad de mi camino. No encomendarme sólo a ese paraíso que sueño y da sentido a mis pasos.
Cuando lloro quiero ser feliz. Cuando me insultan quiero tener a Jesús en el centro y descansar. Cuando me calumnian y rechazan. Cuando me atacan y descalifican. Cuando se ríen de mí y no cuentan conmigo. Quiero vivir alegre y contento.
Es un don de Dios. Una gracia que me puede conceder. Mi tesoro es mi pobreza. Mi felicidad es mi tristeza. Soy mirado y amado profundamente en lo que soy, en lo que vivo, en lo que me falta. Así me imagino yo en medio de esa muchedumbre en la montaña. Mirado por Jesús.
Pienso en la bienaventuranza que diría mirándome a los ojos. La mía.
Me gusta la bienaventuranza de ser pobre, porque la promesa es en presente. Es la única. Y yo, quiero estar con Jesús ahora, cada día, desde mi barro pobre. En mi pobreza. Cuando estoy vacío. Cuando no tengo nada en qué sostenerme. Él me sostiene. Es el camino más humano.
Dios consuela mis lágrimas, sacia mi sed. No estoy solo. Él va a mi lado. Quiero aprender a descentrarme para que Jesús esté en el centro. No deseo vivir pensando en mi yo. En lo que me hace falta a mí para tener paz.
“Las preocupaciones nos vuelven como referencia a nosotros mismos. Expresan mi preocupación, mi carga que tengo que arrastrar. El cambio es el que nos lleva de la referencia al yo a la referencia a Dios. La referencia al tú. Volverse hacia Dios[3].
La única forma de ser feliz en medio de mi vida es mirar más a Jesús. ¿Cuál es mi bienaventuranza? No mi tarea, sino mi regalo. En medio de mi miseria miro a Jesús. Él es el centro de mi vida. Guardo con cariño mi bienaventuranza.
[1] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón
[2] J. Kentenich, Envía tu Espíritu
[3] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52

lunes, 17 de octubre de 2016

8 consejos de santo Tomás para mejorar la fe El recorrido para relanzar la espiritualidad y alcanzar una unión más íntima con Dios

8 consejos de santo Tomás para mejorar la fe


Ocho píldoras de espiritualidad de santo Tomás de Aquino. Diez consejos para vivir más intensamente la propia espiritualidad.
Los presenta en Aleteia el profesor Alessandro Beghini, escritor, estudioso de Teología espiritual y mística, coordinador del Recorrido de Formación sobre la Vida Espiritual Cristiana “Vivir según el Espíritu” (Gal 5,16), a partir de la doctrina de Tomás de Aquino, en el programa de Verona desde el 3 de octubre.
“Se ha decidido emprender un recorrido de formación sobre la vida espiritual cristiana a partir de la doctrina de Tomás de Aquino –Doctor Humanitatis- por dos razones principales –explica Beghini–: la primera relativa al contenido en sí mismo, es decir, la vida espiritual en orden a la contemplación y al conocimiento místico; la segunda está vinculada al mismo Tomás de Aquino en cuanto a uno de los más grandes autores y estudiosos que la historia nos haya dado y al mismo tiempo un gran santo por su vivencia heroica, aunque, por desgracia, a día de hoy a menudo es relegado a los contextos de nicho”.
Las 8 lecciones de santo Tomás:
1. Unión íntima
En relación a la vida espiritual, Tomás afirma que es un camino que nos lleva a un conocimiento casi experimental de Dios. La vivencia espiritual cristiana íntima, o mística, no está reservada a alguien en especial, sino a todos y es el recorrido de unión íntima con Dios al que cada uno está llamado a partir del Bautismo: la vida mística es, por lo tanto, la vida íntima de Dios comunicada al hombre.
2. Dios nos quiere como Él
Al emprender este camino surge el núcleo fundamental del credo cristiano y católico en particular: no un Dios que “simplemente” se revela, sino un Dios que se ha hecho hombre para hacernos como Él, o como dice santo Tomás: “El Hijo de Dios, al querer que fuéramos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que hecho hombre, hiciera a los hombres dioses” (Officium de festo corporis Christi).
3. Dar el peso justo a las cosas
El Doctor Humanitatis, además, deja ver en su obra una carga afectiva profunda de la relación Dios-Hombre, aunque con un lenguaje que hoy consideramos algo frío y áspero. Su doctrina no fue sólo especulativa, sino afectiva. Él, de hecho, nos amonesta para dar el justo peso a las cosas, para poner en orden, una vez por todas, sobre lo que realmente cuenta para la vida presente y para la futura, es decir, estar con el Señor, no dando importancia al resto.
4. La caridad
Tomás enseña que la vida espiritual mística es lo que nos conduce, a través de la caridad, a ser elevados hasta la visión del mismo Dios. Este es el corazón de la reflexión de santo Tomás: el amor, la caridad es fin y medio. Fin en cuanto Dios-amor es hacia lo que todos tendemos; medio en cuanto el amor es lo que nos permite elevarnos y a través del amor, Dios nos eleva hasta volvernos dignos del encuentro con Él. Y esto es el fruto de la contemplación.
5. La aspiración de cada hombre
Esta contemplación, aunque imperfecta, en esta vida da, podríamos decir, como bien accesorio la delectatio (alegría, placer) y, a su vez, la delectationos impulsa aún más a la contemplación, explica Tomás. El hombre entonces se demuestra ser capaz de Dios, y esta es la mayor promesa del cristianismo, la cumbre más alta a alcanzar, la aspiración que todos nosotros, seamos conscientes o no, sepamos expresarlo o no, llevamos en el corazón.
6. La felicidad
Tomás nos enseña que el hombre al buscar la felicidad en realidad busca a Dios que es la felicidad última a la que cada uno aspira; de hecho, el hombre puede encontrarla sólo en Dios: la felicidad del hombre, nos dice Tomás, consiste en la satisfacción del deseo natural de ver a Dios: sólo cuando esto ocurra, el intelecto se aquietará.
7. Recorrido hacia atrás
La distancia existente entre el Ser de Dios y el ser del hombre no podrá colmarse sólo con las fuerzas humanas. Por eso, según el esquema de santo Tomás, es necesario efectuar un camino “hacia atrás” de reunión con Dios, sabiendo bien que Dios es el buen Padre misericordioso siempre listo a sostenernos y ayudarnos con su Gracia.
8. La belleza del amor
En su doctrina, Tomás no trasmite sólo contenidos, sino más bien se revela un hábil pedagogo: nos toma de la mano y nos conduce al descubrimiento de la plenitud de la dignidad de ser hombres y al descubrimiento de la belleza de ser criaturas amadas por Dios. No nos enseña, explícitamente, a contemplar, sino que nos revela la importancia de la contemplación. No nos explica concretamente cómo ser felices, sino que nos dice en qué consiste la verdadera felicidad. En ningún caso se impone a nadie pidiendo que abdique a su deseo de búsqueda y de conocimiento de la verdad, sino que incita a todos a recorrer este camino de descubrimiento de sí mismos y de Dios.

jueves, 30 de junio de 2016

¿Qué hacer cuando no se tuvo una infancia feliz? Las graves consecuencias del maltrato infantil y como intentar sanar las heridas




Debo confesar que me preocupa hacia dónde vamos las mujeres. El sábado hablaba a un grupo de jóvenes sobre el manejo del stress y como implementar estrategias que surtan efecto en sus ocupadas vidas. Estos grupos son de personas migrantes, en su mayoría mexicanos, que vienen en busca de un futuro mejor y la idea de construir una vida que no tuvieron en su país de origen.
La mayoría de estos jóvenes tienen historias pintadas de negro y cuyo paisaje es siempre gris. En general, han crecieron en un rancho y de pequeños presenciaron la violencia de una padre contra una madre sumisa, analfabeta y dedicada a servirle a este esposo alcohólico que salía por las mañanas a trabajar el campo o con los animales para poder llevar de comer a la familia.
Otros, tuvieron una madre que les pegaba mucho, que más bien los golpeaba y que desde muy pequeños también los hacía trabajar. Hay otros tantos que han presenciado peleas entre hombres a golpe de machete y ahora viven asustados; y otros muchos que han sido víctimas del abuso sexual de un hermano mayor, de un tío y hasta de su mismo padre.
Estos jóvenes son admirables, porque así de rotos, así de destrozados en sus emociones y autoestima buscan con ahínco que Dios los reconstruya. Esto me recuerda las palabras de San José María Escrivá de Balaguer que he leído en algún texto: “la gracia trabaja sobre la naturaleza”.
¿A qué naturaleza se refiere? Yo creo que se refiere a la naturaleza de ser persona. Aquellos que han tenido la dicha de nacer en un hogar en donde papá y mamá los cuido con respeto, amor y entrega, son afortunados pues toda su personalidad, su mente, sus emociones, su corazón y sus virtudes humanas, se han preparado óptimamente para recibir esta gracia de Dios. Entran de una forma más natural y espontánea a dialogar con Él, a darle gracias por aquellos padres tan maravillosos, por esa infancia tan feliz.
Santa Teresita de Jesús habla de ello, también lo hace Edith Stein o Santa Benedicta de la Cruz, aunque ella reconoce que su madre no era religiosa, pero le dio una formación sobre la naturaleza (la mente y el corazón) muy sólida. Es decir, ellas fueron personas que por gracias de Dios y regalo, no tuvieron que hacer ningún trabajo extra para poder comunicarse con Dios.
¿A qué me refiero exactamente? A que las heridas, los maltratos y los descuidos de la infancia, tuercen la naturaleza (la mente y el espíritu). Aristóteles decía que cada niño que nace es como una tabla limpia o un lienzo que se prepara para ser llenado de figuras, imágenes y colores culminando ello en una obra de arte, con la que la mirada del mismo pintor u orfebre se deleitará tal y como se deleitarán los ojos de muchos al verlos.
Hay miles y miles de niños, que hoy son adultos jóvenes, adultos y ancianos, que lo único que lleno sus tablas, sus lienzos, su humanidad en la infancia fueron gritos, golpes, violencia, abuso… lo experimentaron todo, menos el amor. Lo vieron todo, un padre tirando balazos, una mamá siendo tirada de los pelos, un hombre mayor manipulando la intimidad de una niña.
Y es así, rotos, como llegan a los pies del Señor. Encuentran sólo en Cristo el consuelo y la pomada para sus múltiples heridas, para sus neurosis disparadas, para su alcoholismo, para su co-dependencia en las relaciones. Esto pasa, es la realidad que viven miles de personas que actualmente quieren construir una vida fuera del rancho, lejos de aquella violencia y de esos recuerdos que aunque han atravesado las fronteras, les impide vivir con toda la confianza, seguridad y propósito de un hijo de Dios.
Y entonces, que un día cualquiera llega una mujer formada, que ya ha sobrevivido a todas esos recuerdos, que después de muchos años de atender sesiones de sicoterapia y de tratar de tener una vida metida en Dios, llega y les habla de lo que significa ser persona. De las facultades espirituales del alma y de que cómo con la ayuda de estas y los apoyos que Dios permite, como los consejeros y psicoterapeutas, van a poder llegar a ser una persona completa, ayudando así a muchos.
Mi corazón siente mucho agradecimiento porque Dios me escogió para acompañar a los más pobres, humildes y sencillos. Cuando vienen a verme, no los veo como los adultos, el alcohólico, la mujer neurótica o que tiene una adicción y que está luchando por seguir a Cristo.
Los veo como a mis niños, y así trato de ayudarles a comprender su historia, no reprimir más sus lágrimas y confiar que Dios les ama tan profundamente y tan apasionadamente, que ha permitido que se produzca un encuentro entre psicoterapeuta y este o ésta joven. Ellos, al comprender su historia, comienzan una renovación tanto en su mente como en su corazón y, gracias a ello, una auténtica vida cristiana que persigue fundar una familia desde la dignidad que cada uno tiene o rescatar a la que ya se tiene.
Según la OMS (Organización Mundial de la Salud) el maltrato infantil: “puede tener consecuencias a largo plazo. El maltrato causa estrés y se asocia a trastornos del desarrollo cerebral temprano. Los casos extremos de estrés pueden alterar el desarrollo de los sistemas nervioso e inmunitario. En consecuencia, los adultos que han sufrido maltrato en la infancia corren mayor riesgo de sufrir problemas conductuales, físicos y mentales, tales como:
actos de violencia (como víctimas o perpetradores);
depresión;
consumo de tabaco;
obesidad;
comportamientos sexuales de alto riesgo;
embarazos no deseados;
consumo indebido de alcohol y drogas.”
A éstas conductas y comportamientos podemos agregarle algunos mencionados por la Doctora Carmen Touza Garma[1]: “El maltrato activo (físico o emocional) y la negligencia (física o emocional) están asociados a retrasos en el desarrollo cognitivo e intelectual detectables a partir del segundo año de vida y que se extienden hasta la adolescencia”. En ésta misma línea el autor agrega que “En general, estos niños parecen no comprender lo que se espera de ellos, además, los problemas de atención asociados a los malos tratos podrían influir en el rendimiento académico. Su falta de adaptación escolar también es significativa (…) La persistencia de los efectos de los malos tratos en el rendimiento intelectual y en los logros académicos pueden extenderse hasta la edad adulta”
La Doctora Carmen Touza Garma explica: “La mayoría de las investigaciones posteriores confirman que las víctimas de malos tratos (sobre todo de maltrato físico activo y de negligencia física, en los que se han centrado la mayor parte de ellas) manifiestan serias dificultades en la interacción con adultos y con los iguales. La tendencia más generalizada relaciona el maltrato físico activo con el desarrollo de conductas agresivas y el abandono con el aislamiento y la falta de interacción en niños y adolescentes”.
En cuanto a las relaciones que establecen los niños maltratados la autora indica que:
“Además de producir rechazo, los malos tratos parecen influir en el tipo de relaciones que establecen los niños, que difieren de las establecidas por los no maltratados. Salzinger et al. (1993) en una investigación realizada con niños y preadolescentes (de 8 a 12 años) que hablan sufrido maltrato físico activo y/o negligencia (no específica el tipo), describen una serie de rasgos que caracterizan las relaciones sociales de estos sujetos frente a las de los del grupo de comparación: insularidad (sus amigos son menos conocidos por sus cuidadores), falta de reciprocidad (eligen como amigos, incluso como a sus mejores amigos, a compañeros que no les eligen o que les rechazan) y atribuyen más aspectos negativos a las relaciones con sus amigos.
Oremos afanosamente, aquellos privilegiados con padres santos, virtuosos y buenos para que Dios permita que muchos niños lleguen a nacer en estas cunas en donde el amor, el respeto y la consciencia de la dignidad de cada persona esta presente.
Artículo originalmente publicado por encuentra.com

domingo, 17 de abril de 2016

Características de las personas felices Si no las tienes, ¿a qué esperas? ¡Es simple!


letrero felicidad


Se han hecho muchos estudios sobre la felicidad. Siempre nos hacemos la misma pregunta: ¿Cómo podré ser más feliz? ¿Cómo hago para acabar con la pena y vivir feliz el presente que me toca vivir?
Tenemos un anhelo de felicidad eterna en el alma. Queremos que la alegría dure siempre. Que la paz nunca muera.
Dicen los estudiosos que las personas más felices son los que han invertido su tiempo en estar con otras personas. Aquellos que han elegido dar y no guardar, entregar la vida y no retenerla. Son aquellos que tienen claras sus prioridades y han optado por servir la vida ajena.
Han jugado el partido de su vida en el que ellos eran los protagonistas. No se han dejado vivir, han vivido. Han elegido bien sus decisiones. Se han desgastado amando. No han seguido las presiones del mundo.
Han entregado sus vidas en un esfuerzo por hacer más feliz la vida de los otros. Han acompañado a los que sufrían. Se han preocupado de los que tenían menos. Han invertido su tiempo en tareas poco remuneradas.
Se han dado sin esperar tanto a cambio en un mundo en el que tantos desean obtener muchas ganancias invirtiendo poco esfuerzo. Han amado y han sido amados. No siempre obtuvieron premio por su entrega. No siempre recibieron gratitud cuando se dieron. Pero no perdieron la sonrisa del alma.
Dicen que hay dos sonrisas. Una la que se ve siempre. Está en la superficie del rostro y disimula a veces una tristeza pesada y grave, algo más honda. Esa sonrisa forzada alimenta a veces sólo una imagen falsa. Es importante, porque todos la ven. Pero es triste, cuando no refleja una alegría verdadera.
Hay otra sonrisa más oculta, más honda, más verdadera. Se ve en destellos de luz que deja ver la mirada. Esta sonrisa no todos la perciben. A veces vive oculta detrás de las lágrimas del dolor, o escondida en duras experiencias que tiene la vida.
Pero no por ello muere. Sigue vibrando en lo más hondo del corazón. Esa sonrisa es la firma de la felicidad más verdadera. Estoy seguro.
Aquellos que desgastan su vida por amor la poseen. Aquellos que se entregan sin temer perder lo que hoy tienen. Aquellos que no pretenden puestos, ni cargos importantes. Los que no aspiran a un reconocimiento global por su generosidad sincera.
Aquellos que han decidido amar para ser más felices. Y viven, y se desgastan, y sonríen con el alma. Los que no buscan siempre la victoria en la vida. Y saben conservar una sonrisa sabia detrás de muchas derrotas.
Aquellos que han decidido mantener el equilibrio después de muchos golpes y caídas. Esos son los más felices.
Y la sonrisa del alma no se borra en medio del barro y de la lluvia. La conservan. Está grabada a fuego.
Yo quiero ser así, vivir así, sonreír así. Conservar en el alma una sonrisa eterna. Vivir sin miedo a que me derriben. Porque ya lo he dado todo. Porque no temo perder nada.
Dicen al mismo tiempo que las personas más infelices son las que han pasado su vida preocupadas de ser más felices ellas mismas.Preocupadas de tener más, de lograr más, de guardar más su vida para no perderla. Sin mirar a nadie.
El camino de la felicidad pasa por esa entrega personal y sincera. El camino de la felicidad pasa por agradecer siempre. A Dios, a los hombres, a la vida, a mí mismo. Agradecerle a Dios por lo que yo soy. Por lo que vivo. Abrazando mi fragilidad y mi miseria. Si me abrazo a mí mismo, podré abrazar a otros.
Quiero agradecer a Dios por mi vida. Así podré aprender a agradecer a tantos.