domingo, 9 de abril de 2017

¿Qué significa la señal de la cruz sobre frente, labios y corazón que se hace en misa antes del Evangelio?


De niños nos enseñaban este gesto, pero ¿sabemos qué quiere decir?

En las normas recogidas en la introducción del Misal Romano, cuando se explica el comportamiento que hay que tener en el momento de la proclamación del Evangelio, se establece que el diácono o el sacerdote que anuncia la Palabra, tras haber realizado el signo de la cruz sobre la página del Leccionario, debe signarse en la frente, en los labios y en el corazón. El triple signo de la cruz debe realizarlo también por la Asamblea. Todo esto no debe ser considerado un mero gesto ritual, sino una fuerte llamada que la Iglesia quiere hacer para subrayan la gran importancia que debe darse al Evangelio.
La Palabra de Dios, que es siempre la luz que debe iluminar el camino de los creyentes, debe ser acogida en la mente, anunciada con la voz, conservada en el corazón. Todo esto debe recordarnos que debemos empeñarnos en comprender la Palabra de Dios con atención e iluminada inteligencia.
Esta debe ser anunciada y proclamada por todo cristiano, porque la evangelización es un deber de todos los bautizados. Debe ser amada y custodiada en el corazón para convertirse después en norma de vida.
Todos somos invitados a examinarnos sobre cómo acogemos el Evangelio, cómo nos comprometemos en el anuncio de este mensaje, cómo conformamos nuestra vida a sus indicaciones.
Somos llamados a ser un “Evangelio ilustrado”, “el quinto Evangelio”, no escrito con tinta, sino con nuestra propia vida. Acojamos con la mente, anunciemos con los labios, conservemos en el corazón, el tesoro de la Palabra y, a lo largo de este camino, confiémonos al Señor para ser reflejo de la verdadera luz en medio de las tinieblas del mundo de hoy
Padre Antonio, monje en el Monasterio de San Benito de Monte Subiaco (Italia)

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor


Libro de Isaías 50,4-7. 

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás.
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24. 
Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
«Confió en el Señor, que Él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto.»

Me rodea una jauría de perros,
me asalta una banda de malhechores;
taladran mis manos y mis pies.
Yo puedo contar todos mis huesos.

Se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
«Alábenlo, los que temen al Señor;
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;
témanlo, descendientes de Israel.»



Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11. 
Jesucristo, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús,
se doble toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
"Jesucristo es el Señor".

Evangelio según San Mateo 26,14-75.27,1-66. 
Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes
y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?".
El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: 'El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'".
Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce
y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará".
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?".
El respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!".
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella,
porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.
Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre".
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.
Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea".
Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás".
Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces".
Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar".
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse.
Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo".
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?
Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil".
Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad".
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño.
Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar".
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo".
Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo besó.
Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron.
Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere.
¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles.
Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?".
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron".
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.
Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte;
pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos
que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'".
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?".
Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios".
Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo".
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia.
¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la muerte".
Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban,
diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó".
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Galileo".
Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que quieres decir".
Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno".
Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a ese hombre".
Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: "Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona".
Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo,
y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: "Antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús.
Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos,
diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Ellos respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo".
Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: "No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre".
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado "del alfarero", para sepultar a los extranjeros.
Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy "Campo de sangre".
Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas.
Con el dinero se compró el "Campo del alfarero", como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". El respondió: "Tú lo dices".
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada.
Pilato le dijo: "¿No oyes todo lo que declaran contra ti?".
Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo.
Había entonces uno famoso, llamado Barrabás.
Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: "¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?".
El sabía bien que lo habían entregado por envidia.
Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: "No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho".
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: "¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?". Ellos respondieron: "A Barrabás".
Pilato continuó: "¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?". Todos respondieron: "¡Que sea crucificado!".
El insistió: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Que sea crucificado!".
Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes".
Y todo el pueblo respondió: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos".
Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él.
Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los judíos".
Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.
Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa "lugar del Cráneo",
le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron;
y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos".
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:
"¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.
Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios".
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: "Elí, Elí, lemá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías".
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene a salvarlo".
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron
y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!".
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús,
y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran.
Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia
y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue.
María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato,
diciéndole: "Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: 'A los tres días resucitaré'.
Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: '¡Ha resucitado!'. Este último engaño sería peor que el primero".
Pilato les respondió: "Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente".
Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

sábado, 8 de abril de 2017

¿Qué es el domingo de Ramos?


El Domingo de Ramos se celebra la entrada solemne de Jesús en Jerusalén y el relato de su pasión y su muerte en la cruz, antes de entrar en la Semana Santa, que prepara la resurrección del Señor.

1. El Día de Ramos es simbólicamente la “puerta de entrada” en la que los cristianos se preparan para entrar en la Semana Santa y, por tanto, para dirigirse a la Pascua. Todavía hoy, como en tiempos de Jesús, la bendición de las palmas atrae a multitudes.
Cada año, el Evangelio de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén le da todo su sentido a la bendición de las palmas. Revivimos los momentos en los que la multitud acoge a Jesús en la ciudad de David, “ciudad símbolo de la humanidad” (Juan Pablo II), como un rey, como el Mesías esperado desde hacía varios siglos. Aclaman a Jesús a las voces “Bendito el que viene en nombre del Señor” y “Hosanna” (en hebreo, esto significa literalmente “¡Salva, pues!”, y se ha convertido en una exclamación de triunfo pero también de alegría y de confianza).
Jesús es un Rey pero un Rey de paz, de humildad y de amor. Sobre un asno, una montura modesta, un animal de carga, el Señor se presenta a la multitud. Zacarías había anunciado (9,9): “He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna”.
La gente tendía sus mantos a su paso, lo cubría de palmas, como relata Mateo en su Evangelio: “La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino” (Mt 21,8).
Todavía hoy, la bendición de las palmas atrae a multitudes, con un público a veces poco habitual seducido por estas palmas y ramas de olivo (o de boj, o de laurel, según los países) que se pueden conservar en casa hasta el año siguiente. Símbolo de vida y de resurrección, el ramo es portador de bien, más que de buena suerte. Se coloca en las casas o adorna los crucifijos: hace entrar a Jesús resucitado en nuestras casas.
Estos ramos que se toman en las manos para aclamar la cruz de Cristo se colocan también a veces sobre las tumbas y entonces adquieren un significado funerario. No es sólo para honrar la memoria de un ser querido, sino también para manifestar la propia esperanza de ver renovar y florecer la propia fe en la resurrección de Jesucristo, y en la de nuestros muertos.
Normalmente, las parroquias organizan una procesión tras la bendición de los ramos, antes de la misa. En las grandes ciudades, la asamblea puede reunir hasta varios miles de personas, como en Notre-Dame de París, donde el rito de la apertura de las puertas de la catedral siempre es impresionante. Los fieles entran después en la iglesia, detrás del sacerdote, lo cual significa que acompañan a Cristo Rey hacia su pasión.
2. Diversos testimonios revelan que Jerusalén ya celebraba en el siglo IV la entrada triunfal de Jesús en la ciudad. Una peregrina llamada Egeria, que recorrió Tierra Santa en el año 380, da testimonio de ello en un manuscrito hallado en 1884. Desde Jerusalén, la procesión se extiende al mundo entero…
Egeria, o Eteria, nos describe la procesión que, del Monte de los Olivos al Santo Sepulcro, celebra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén:
“Y ya, cuando comienza a ser la hora undécima (17h), se lee aquel pasaje del Evangelio, cuando los niños con ramos y palmas salieron al encuentro del Señor diciendo: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. A continuación se levanta el obispo y todo el pueblo, se va a pie desde lo alto del Monte de los Olivos, marchando delante con himnos y antífonas, respondiendo siempre: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”.
En su testimonio, Egeria insiste en la gran participación de niños en esta procesión: “Todos los niños que hay por aquellos lugares, incluso los que no saben andar por su corta edad, van sobre los hombros de sus padres, llevando ramos, unos de palmas, y otros, ramas de olivo”.
Desde Jerusalén, la procesión se extiende a todo Oriente y hace del domingo inaugural de la Semana Santa el Domingo de Ramos. Desde principios del siglo VII, llega a Hispania y probablemente a la Galia (certificada en el siglo IX) y después se desarrolla ampliamente en todo el imperio carolingio.
En Roma, en el siglo V, sólo se leía la Pasión. A principios del siglo XII, cuando los usos franco-germánicos penetran en Roma (tras su propia decadencia litúrgica), la Procesión de las Palmas se menciona en los libros romanos.
3. La celebración excepcional que propone la Iglesia católica el Domingo de Ramos remite a varios textos del Antiguo y del Nuevo Testamento que hacen entrar progresivamente al creyente en la celebración del “Misterio pascual de Jesucristo”.
Durante la misa, las distintas lecturas y el Evangelio de la Pasión (sobre los sufrimientos y suplicios que precedieron y acompañaron a la muerte de Cristo) introducen al creyente en la Semana Santa y en sus distintas etapas, a la luz de la Pascua.
Primero el profeta Isaías enseña que el Siervo de Dios acepta sus sufrimientos: “Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado” (Is 50, 6-7).
Después san Pablo explica que Jesús, Cristo y Señor, de condición divina, no ha retenido el rango que le igualaba a Dios, “sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo … por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre” (Fil 2, 6-11).
Entre estas dos lecturas, se intercala el Salmo 22 que el Señor rezó en la cruz y que es una interrogación profunda sobre el Misterio de su abandono:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Todos los que me ven de mí se mofan,
tuercen los labios, menean la cabeza:
«Se confió a Yahveh, ¡pues que él le libre,
que le salve, puesto que le ama!»
(···)

Pero esta llamada desesperada no queda sin respuesta porque el salmo termina así:
¡Mas tú, Yahveh, no te estés lejos, corre en mi ayuda,
Anunciaré tu nombre a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré!
«Los que a Yahveh teméis, dadle alabanza.

Además el relato de la Pasión se hace a varias voces: la voz del sacerdote encarna al personaje de Jesús. Jesús sabe que su triunfo ha provocado la envidia y el furor de los sacerdotes, que han decidido matarlo. Durante la última cena con sus discípulos (la Cena), instituye la Eucaristía: hace ofrenda de su cuerpo y de su sangre como “verdadera” comida y “verdadera” bebida que dan la Vida eterna, anticipando así a través de este gesto el sentido profundo de su próximo sacrificio, su muerte en la cruz: “Tomad, este es mi cuerpo… Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos”, relata el evangelio de Marcos.
Después Jesús lleva a sus discípulos al Monte de los Olivos y les advierte de lo que va a soportar. Ellos le prometen su apoyo incondicional. Pero en medio de la noche, en el huerto de Getsemaní, Jesús es abandonado por estos mismos discípulos, que sucumben al sueño. Él les había recomendado, sin embargo, que esperaran y velaran durante el tiempo que él rezara a su Padre un poco más lejos, después de haberles explicado que su “alma está triste hasta el punto de morir”.
Entonces Judas, uno de los doce apóstoles, llega para traicionarlo y entregarlo a las autoridades judías. Poco después, Pedro, atemorizado, niega conocer a Jesús confirmando lo que este último le había anunciado antes: «Yo te aseguro: esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces”. Juzgado escuetamente, Jesús es crucificado por los romanos. En camino a su resurrección, se rebaja a lo más bajo. Tras los cantos de alegría que le han acogido, son gritos e insultos los que le acompañan cuando, llevando su cruz, sale de Jerusalén.
4. Desde 1985, el Domingo de Ramos las diócesis están invitadas a organizar su Jornada Mundial de la Juventud, que representa una etapa hacia las JMJ internacionales (Madrid, Río, …), una iniciativa querida por Juan Pablo II, impresionado por el entusiasmo de los jóvenes por encontrarse, compartir y rezar juntos.
Los jóvenes son muy sensibles a esta celebración gracias al impulso dado, en 1984, por Juan Pablo II la víspera del Domingo de Ramos. Aquel año, la Iglesia celebraba el Año Santo de la redención, 1950 años después de la Pasión de Cristo. El papa que, como se sabe siempre estaba muy cercano a los jóvenes, quiso marcar ese año jubilar con su presencia entre ellos y les invitó a un Jubileo internacional de la juventud, en la plaza de San Pedro, en Roma.
Emocionado por la llegada de centenares de miles de jóvenes, Juan Pablo II declaró: “¡Qué espectáculo extraordinario veros hoy aquí reunidos! ¿Quién ha dicho que los jóvenes de hoy han perdido el sentido de los valores? ¿Es verdad que no se pueda contar con ellos?”.
A finales de ese año, Juan Pablo II confirió a los jóvenes cristianos de todo el mundo, como símbolo de su fe, una gran cruz sencilla constituida por dos planchas de madera. Esta cruz se ha convertido ahora en el símbolo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ).
El encuentro de 1984 tuvo tanto éxito que se repitió al año siguiente, con ocasión del Año Internacional de la Juventud proclamado por la ONU. El éxito será entonces mayor (300.000 jóvenes presentes) y a finales de año, Juan Pablo II anuncia la creación de la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebraría cada año en las diócesis, el Domingo de Ramos.
¿Por qué el Domingo de Ramos? “La respuesta os la habéis dado vosotros mismos, con vuestra venida a Roma de estos últimos años”, declaró el mismo papa en 1988, en su homilía de la misa del Domingo de Ramos. Y añadió: “Vosotros vais a buscar a Jesús en el centro de su misterio, y el centro del misterio de Cristo es la muerte y la resurrección”.
Fuentes :
La Semaine Sainte, n°41, La Maison-Dieu.
La liturgie du Mystère Pascal, n°68, La Maison-Dieu.
La Iglesia en oración. Introducción a la liturgia, A.G. Martimort, Desclée y otros autores.
Celebrar a Jesucristo. La Cuaresma, Adrien Nocent, Editorial Sal Terrae.
Demeurez en ma parole, Méditations et prières, Collectif, Cerf
L’entrée du Christ à Jérusalem, XXXIV, Communio, Revue catholique internationale, 2009.
Théo, 1989, Encyclopédie catholique, Droguet-Ardant / Fayard.
La Liturgia de las Horas.
Prions en Eglise, Abril 2012.
Misal Romano.

Este es el verdadero sentido de las palmas de Domingo de Ramos

Domingo de Ramos en Iquitos / Crédito: Percy Meza (CC-BY-SA-3.0)

Este domingo millones de católicos acudirán a las iglesias para iniciar la Semana Santacon el Domingo de Ramos y recordar así la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén cuando fue recibido por sus discípulos y la población con palmas y ramos de olivo.
No obstante, ¿cuál es el verdadero sentido de estas palmas una vez bendecidas?

Luego de ser bendecidas muchos fieles suelen colocarlas en algún lugar privilegiado del hogar y las utilizan como un sacramental, es decir, como “signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia” (CIC 1667).
A pesar de esta precisión, son muchas las personas que acostumbran colocar las palmas benditas detrás de la puerta "como amuletos, con fines curativos o para mantener alejados a los malos espíritus o a los rateros, lo cual es una superstición”, adviertió el Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México (SIAME).
Esta creencia –según el SIAME– es errónea debido a que “el verdadero sentido de las palmas en nuestro hogar es tener presente que Jesús es nuestro rey y que debemos siempre darle la bienvenida en nuestro hogar”.
Una vez termine la Semana Santa se sugiere llevarlas “a la iglesia para que sean quemadas y emplear su ceniza precisamente en el ‘Miércoles de Ceniza’, principio de la próxima Cuaresma”, concluye el SIAME.
Se estima que existen 2600 especies de palmas pero la planta que produce las hojas que se usan el Domingo de Ramos solo puede sobrevivir en climas tropicales o subtropicales.
En los lugares donde no se pueden encontrar palmas o están en peligro de extinción, como es el caso de Colombia o Ecuador con las “palmas de cera”, se pueden utilizar ramas de olivo, saúco, abeto o de otros árboles.
En el "Caeremoniale Episcoporum", libro que contiene los ritos y ceremonias latinas de la Iglesia Católica, se sugiere que en estos casos, al menos se le adjunten a las ramas de olivo flores o cruces hechas de palma.

La Misa es un reflejo del Cielo, dice Cardenal Sarah

Cardenal Robert Sarah / Crédito: Bohumil Petrik (ACI Prensa)

El Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en el Vaticano, afirmó recientemente que la Misa es “el reflejo de la liturgia que se celebra desde la eternidad en la Jerusalén celestial”.
“Es el sacrificio vivo de Cristo que murió en la cruz para liberarnos del pecado y de la muerte, con el propósito de revelar el amor y la gloria de Dios Padre”, dijo el Purpurado en un discurso para la XVIII Conferencia Litúrgica Internacional de Colonia en Alemania, realizada del 29 de marzo al 1 de abril.
“Muchos católicos no saben que el propósito final de cada celebración litúrgica es la gloria y adoración a Dios, la salvación y santificación de los hombres, ya que en la liturgia ‘Dios es perfectamente glorificado y los hombres son santificados’”, añadió.
La conferencia se realizó por el décimo aniversario de la instrucción Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI, que dio amplio margen a los sacerdotes para la celebración de la liturgia según el Misal de 1962, ahora conocido como la “forma extraordinaria”.
El Cardenal dijo que a pesar de las controversias y abusos posteriores al Concilio Vaticano II, la liturgia católica es en última instancia una fuente de unidad que forma a los cristianos en el sacrificio y la salvación de la cruz.
Indicó que si los católicos sienten que están sufriendo una “guerra litúrgica” divisiva, entonces deberían verla como “una aberración”, porque la liturgia es “el espacio por excelencia donde los católicos deben experimentar la unidad en la verdad, en la fe y en amor”.
“Como resultado, es inconcebible celebrar la liturgia teniendo sentimientos de conflicto y rencor fratricidas. En este ‘cara a cara’ con Dios, que es la liturgia, nuestro corazón debe estar purificado de toda enemistad, y se requiere que cada sea respetado en su propia sensibilidad”, explicó.
El Cardenal Sarah subrayó la necesidad de reafirmar que el Concilio Vaticano II nunca pidió una ruptura con el pasado. Más bien, debe promoverse la visión del concilio de la renovación litúrgica.
Después del Concilio, el Beato Pablo VI publicó un nuevo Misal Romano, ahora conocido como la “forma ordinaria”, que fue ampliamente traducido del latín a los idiomas locales.
Sobre el tema, el Cardenal Sarah dijo que ambas formas -ordinaria y extraordinaria- de la liturgia deben traer a los fieles “la belleza de la liturgia, su santidad, el silencio, el recuerdo, la dimensión mística y la adoración”.
Además, rechazó cualquier esfuerzo para oponer un misal romano al otro y viceversa, así como la oposición a la liturgia de las iglesias católicas orientales.
“Más bien debemos entrar en el gran silencio de la liturgia, permitiéndonos enriquecernos con todas las formas litúrgicas, ya sean latinas u orientales”, explicó.
Sin un silencio místico y un espíritu contemplativo, la liturgia seguirá siendo “una ocasión de divisiones odiosas, de enfrentamientos ideológicos y de humillaciones públicas de los débiles por parte de quienes afirman tener autoridad, en vez de ser un lugar de unidad y comunión en el Señor”, destacó.
Por otro lado, al igual que Cardenal Joseph Ratzinger en el pasado, el Cardenal Sarah está convencido de que la crisis que se vive en la Iglesiaactualmente se debe “en gran medida debida a la demolición de la liturgia”.
“El Cardenal Ratzinger repitió incansablemente que la crisis que ha estado sacudiendo a la Iglesia durante los últimos cincuenta años, principalmente desde el Concilio Vaticano II, está vinculada a la crisis de la liturgia y, por tanto, al irrespeto, a la desacralización y a la horizontalidad de los esenciales elementos del culto divino”, lamentó.
El Purpurado sostuvo que aquellos que promulgaron cambios negativos en la liturgia olvidaron que no es sólo una oración, sino que es especialmente un misterio “que no podemos comprender por completo, pero que debemos aceptar y recibir en la fe, el amor, la obediencia y el silencio de adoración”.
También, considera que los verdaderos adoradores de Dios no reforman la liturgia según sus propias ideas y creatividad para complacer al mundo, sino que “reforman el mundo con el Evangelio”.
El Cardenal Sarah ofreció las pautas para la Summorum Pontificum, diciendo que debe aplicarse “con mucho cuidado” y no como “una medida negativa y regresiva, que pretende regresar al pasado. Tampoco debe aplicarse como algo que construye muros y crea un gueto”.
Más bien, debe ser “una contribución importante y genuina a la vidalitúrgica tanto del presente como del futuro de la Iglesia”.