miércoles, 21 de diciembre de 2016

¿Sabes qué significan los animales del Tetramorfos? La antigua tradición que asocia a los cuatro evangelistas con cuatro figuras distintas (tres de ellas animales y una humana)


¿Sabes qué significan los animales del Tetramorfos?












Uno de los motivos más comunes del arte cristiano es el llamado Tetramorfos: del griego “tetra”, cuatro; y “morphé”, forma, es una representación de un conjunto de cuatro elementos (esto es, literalmente, de cuatro formas). Es la manera más común de representar a los cuatro Evangelistas, cada uno de ellos acompañado o representado por una figura, tres de ellas animales y sólo una –la que acompaña a san Mateo- humana o, en las más de las ocasiones, angelical.
Desde luego, esta representación tiene más de una base bíblica: la primera de ellas corresponde a la visión de los llamados “cuatro vivientes” de Ezequiel, en la que el profeta describe cuatro seres cuyos rostros son, vistos de frente, de hombre; de león en el perfil derecho; de buey en el perfil izquierdo pero, al tiempo, “los cuatro tenían cara de águila” (Ezequiel 1, 8-11). La pregunta es, en todo caso ¿de dónde saca Ezequiel estas imágenes tan complejas?
Todos sabemos que la combinación de distintos seres y símbolos era bastante común en el antiguo Egipto, lo mismo que en la antigua Mesopotamia. Basta recordar a las esfinges egipcias, a los toros alados babilonios o a las harpías griegas. Ezequiel, en efecto, fue uno de los profetas judíos que vivieron el exilio en Babilonia alrededor del siglo VI antes de Cristo, de modo que su visión podría haber estado influenciada –señalan los biblistas- por el antiguo arte asirio, en el que estos motivos eran bastante comunes. Foto de By Marie-Lan Nguyen - Own work, Public Domain.
Todos sabemos que la combinación de distintos seres y símbolos era bastante común en el antiguo Egipto, lo mismo que en la antigua Mesopotamia. Basta recordar a las esfinges egipcias, a los toros alados babilonios o a las harpías griegas. Ezequiel, en efecto, fue uno de los profetas judíos que vivieron el exilio en Babilonia alrededor del siglo VI antes de Cristo, de modo que su visión podría haber estado influenciada –señalan los biblistas- por el antiguo arte asirio, en el que estos motivos eran bastante comunes. Foto de By Marie-Lan Nguyen - Own work, Public Domain. 
Todos sabemos que la combinación de distintos seres y símbolos era bastante común en el antiguo Egipto, lo mismo que en la antigua Mesopotamia. Basta recordar a las esfinges egipcias, a los toros alados babilonios o a las harpías griegas.
Ezequiel, en efecto, fue uno de los profetas judíos que vivieron el exilio en Babilonia alrededor del siglo VI antes de Cristo, de modo que su visión podría haber sido influida –señalan los biblistas- por el antiguo arte asirio, en el que estos motivos eran bastante comunes.
Más aún, se sabe –gracias a la arqueología, la paleografía y demás ciencias pertinentes- que estos signos corresponden a los cuatro signos fijos del zodíaco babilónico: el buey representa a tauro; el león, obviamente, a leo; el águila a escorpio y el hombre o el ángel a la constelación de acuario. Los cristianos primitivos habrían adoptado estos símbolos, otorgándoselos a los cuatro evangelistas a partir del siglo V.
El Tetramorphos del Libro de Kells, siglo VIII.
El Tetramorphos del Libro de Kells, siglo VIII. 
La otra base bíblica para esta representación está en el Apocalipsis de Juan, capítulo 4, versículo 7: “y la primera bestia era como un león, la segunda bestia como un becerro, la tercera bestia tenía rostro de hombre, y la cuarta bestia era como un águila”.
Ahora la pregunta es otra: ¿qué hace que a cada evangelista se le atribuya uno de estos símbolos y no otro? Hay razones de peso, asociadas a las particularidades de los textos de cada autor, sobre las cuales san Jerónimo escribió en detalle.
A Mateo se le asocia al hombre alado –o al ángel- porque su Evangelio se centra en la humanidad de Cristo, de acuerdo al comentario de san Jerónimo sobre el texto de Mateo. De hecho, es este evangelista quien incluye la narrativa a propósito de la genealogía de Jesús.
El león se asocia a Marco porque su Evangelio hace énfasis en la majestad de Cristo y su dignidad real, así como el león ha sido considerado tradicionalmente como el rey de las bestias.
El buey se asocia a san Lucas porque su evangelio se centra en el carácter sacrificial de la muerte de Cristo, y el buey ha sido siempre un animal sacrificial por excelencia.
A Juan, finalmente, se le asocia al águila por dos razones: la primera, porque su Evangelio describe la Encarnación del Logos divino, y el águila es un símbolo por excelencia de aquello que viene desde arriba. La segunda porque, como el águila, Juan –en su Revelación- fue capaz de ver más allá de lo inmediatamente presente.

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (21 dic.)


Cantar de los Cantares 2,8-14. 

¡La voz de mi amado! Ahí viene, saltando por las montañas, brincando por las colinas.
Mi amado es como una gacela, como un ciervo joven. Ahí está: se detiene detrás de nuestro muro; mira por la ventana, espía por el enrejado.
Habla mi amado, y me dice: "¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía!
Porque ya pasó el invierno, cesaron y se fueron las lluvias.
Aparecieron las flores sobre la tierra, llegó el tiempo de las canciones, y se oye en nuestra tierra el arrullo de la tórtola.
La higuera dio sus primeros frutos y las viñas en flor exhalan su perfume. ¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía!
Paloma mía, que anidas en las grietas de las rocas, en lugares escarpados, muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz; porque tu voz es suave y es hermoso tu semblante". Coro

Salmo 33(32),2-3.11-12.20-21. 
Alaben al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas;
entonen para él un canto nuevo,
toquen con arte, profiriendo aclamaciones.

El designio del Señor
permanece para siempre,
y sus planes, a lo largo de las generaciones.
¡Feliz la nación cuyo Dios es el Señor,

el pueblo que él se eligió como herencia!
Nuestra alma espera en el Señor;
él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Nuestro corazón se regocija en él:

nosotros confiamos en su santo Nombre.

Evangelio según San Lucas 1,39-45. 
María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.
Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo,
exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?
Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.
Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".

martes, 20 de diciembre de 2016

7 claves para comprender la Carta Apostólica “Misericordia et Misera”


Santa Teresa de Lisieux nos ayuda a combatir la “tristeza navideña” ¿Cómo hizo la Pequeña Flor para gestionar las problemáticas de este periodo? Con lágrimas y una conversión total del corazón


Santa Teresa de Lisieux nos ayuda a combatir la “tristeza navideña”





Para muchas personas, el periodo navideño es muy complicado. No hablo de almas desdichadas que tienen buenos motivos para estar tristes – la pérdida de personas queridas, la salud delicada, la soledad -, sino de aquellos que se sienten tristes cuando la Navidad no les ofrece toda la gratificación personal que estaban buscando. Definen a lo que sienten “tristeza navideña”.
Al pensar recientemente en este hecho, recordé un episodio contado por santa Teresa de Lisieux en su espléndida autobiografía Historia de un Alma, sucedido la mañana de Navidad de 1886, cuando Teresa tenía casi 13 años.
Su familia tenía una tradición para la vigilia de Navidad. Ponían los zapatos de los niños frente a la chimenea, y cuando se volvía de la misa de medianoche, los zapatos estaban llenos de regalos. Aquella Navidad, sin embargo, el padre de Teresa estaba enojado por algo, y ella le escuchó decir sobre la historia de los zapatos: “Gracias a Dios es la última vez que hacemos algo por el estilo”.
Teresa era una muchacha buena y pía, pero como admite ella misma, era también extremadamente sensible. Explotaba a menudo en llanto, y cuando se le decía que parara, lloraba aún más. Las palabras del padre la hirieron mucho. Cuando subió para quitarse el sombrero, la hermana mayor, Céline, comprendiendo la situación, le dijo: “No bajes. Tomar los regalos de tus zapatos te pondrá aún peor”.
Sin embargo, escribe: “Teresa ya no era la misma muchacha. Jesús la había cambiado. Habiéndome calmado del llanto, bajé y tomé mis zapatos. Saqué mis regalos mostrando gran alegría. Papá rió y Céline pensó que estaba soñando… El amor llenaba mi corazón, me había olvidado de mí misma y, por lo tanto, era feliz”.
¿Qué había sucedido? Teresa dice simplemente que había recibido “la gracia de salir de la infancia”.
La mayor parte de nosotros no somos santos como Teresa de Lisieux, pero algunos han tenido experiencias no muy distintas de la suya. Un hombre que conozco escribió: “De niño pensaba en Navidad como en una ocasión para obtener cosas. Mis padres me lo habían enseñado sin querer. No habían crecido ambos en familias pudientes, y los regalos que se daban en Navidad cuando ellos eran niños eran muy pocos. Ahora, para compensar, prodigaban regalos para mí y mi hermana”.
“Esa manera de festejar Navidad me impresionó durante años. Visto que para mí Navidad significaba fundamentalmente la acumulación de cosas, en realidad no me hacía feliz. Luego, una Navidad entendí algo más”.
“En aquella época ya era padre yo también. Una de mis hijas estuvo enferma durante varios días, y al acercarse la Navidad empeoraba. Al final saltó la alarma. La puse en el coche y la llevé a urgencias”.
“Esperamos un buen rato, pero al final un doctor que la revisó descubrió que tenía un diente infectado que al dentista se le había escapado cuando la había visitado la semana anterior. Le dieron muchos antibióticos y analgésicos y la mandaron a casa, y pronto ya descansaba tranquila y se sentía mejor”.
“Ese año mi Navidad fue esa. En lugar de buscar sentirme mejor concentrándome en el intercambio de regalos, pasé el día buscando ayudar a alguien. Y ¿sabes algo? Fue bello. Fue una lección que no he olvidado”.
Como habría dicho santa Teresita, olvidarse de sí curó su tristeza navideña.
Russel Shaw es autor y coautor de 21 libros y numerosos artículos y críticas. Es miembro del cuerpo docente de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma y ex secretario de Asuntos Públicos de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos.








Santo Domingo de Silos – 20 de diciembre

«El nombre de este gran monje español está unido a uno de los monasterios benedictinos más conocidos; aún conserva el esplendor que él le confirió. Hizo refulgir en numerosas vías el carisma legado por su fundador, san Benito»

El inicio del siglo XI trajo a este mundo a otro de los grandes monjes que ha habido en la Iglesia. Une a su nombre una de las abadías más reconocidas no solo en España sino en el resto del mundo: la de Silos.
Nació el año 1000 en Cañas, La Rioja, España, localidad integrada entonces en el reino de Navarra, en una familia de rancio abolengo en sus raíces, aunque no poseían bienes materiales significativos. Acerca de sus progenitores los biógrafos subrayan la fe del padre; no de la madre. Fue un niño sensible, inteligente y maduro que ya a temprana edad crecía ávido de impregnarse del amor divino. Participaba con inmenso fervor en la liturgia y albergaba la idea de consagrar su vida. Pero en la adolescencia tuvo que dejar aparcados sus estudios y ponerse a trabajar como pastor. Mientras cuidaba del ganado, elevaba su espíritu a Dios en oración y ejercitaba su caridad con los peregrinos y pobres que transitaban por allí camino de Santiago de Compostela; Dios bendecía sus rasgos de generosidad con extraordinarios prodigios.
Permaneció ocupado en el pastoreo durante cuatro años. Después, seguramente repuesta la economía familiar, con la venia de sus padres comenzó a asistir al párroco y con él adquirió una valiosa formación de gran ayuda posterior en su vida sacerdotal. Culminados sus estudios eclesiásticos, y aunque ni siquiera había cumplido 26 años, el obispo de Nájera, don Sancho, lo ordenó sacerdote porque sin duda calibraría sus excelsas virtudes de las que ya se hacían eco en muchos lugares. Después de difundir el evangelio predicando con ardor, y de consolar y socorrer a enfermos y necesitados, buscó cobijo a sus anhelos contemplativos, y eligió como morada lugares inhóspitos en los que la huella del hombre no se prodigaba.
Partió sin conocimiento de los suyos. Su liviano equipaje estaba compuesto por textos de temática religiosa. Y durante año y medio vivió experiencias que nunca confió a nadie, pero que debieron marcar profundamente su espíritu. Era un gran asceta, dado a la penitencia y a las mortificaciones; lidió ardua batalla contra tendencias que surgían de su interior y también hizo frente a las externas, todo lo cual acentuó su unión mística con Dios.
Tras su paso por este desierto, en 1030 recaló en el monasterio benedictino de San Millán de la Cogolla (La Rioja) se cree que buscando una mayor perfección espiritual, vinculado por el voto de obediencia. El ora et labora néctar de la regla otorgada por san Benito impregnaba intensas jornadas en las que iba creciendo, formándose a conciencia. El códice de San Millán era una de las obras principales que consultaba, y a través de él se familiarizó con los textos conciliares. Fue estudioso del monje Esmaragdo, compañero de san Benito y autor de su biografía. Ejemplar en su vivencia del carisma benedictino, Domingo fue designado «maestro de jóvenes», y las nacientes vocaciones tuvieron en él un testimonio vivo del amor a Cristo y a su Iglesia. Ejercitó la prudencia, la caridad, la humildad y obediencia, entre otras virtudes, que suscitaron la estima de la mayoría de sus hermanos. Otros –los menos– le envidiaban y efectuaban comentarios maliciosos que ponían en duda su virtud; restaban valor a su obediencia juzgando que estaba condicionada por los honores y reconocimientos que recibía.
El abad le envió a Santa María de Cañas en calidad de prior. Y Domingo convirtió aquel lugar ruinoso y desamparado en un admirable monasterio, que fue rentable desde el punto de vista económico y cultural, así como de incuestionable riqueza espiritual; trajo consigo numerosas vocaciones. Una trama de ambiciones e intereses, en la que se mezcló la debilidad de un nuevo abad, don García, plegado a las exigencias del monarca, hizo que este monasterio se encaminase a la deriva. Domingo defendió con brío su religioso feudo, y ello supuso su destierro, pero no venció su espíritu. «Puedes matar el cuerpo y a la carne hacer sufrir, pero sobre el alma no tienes ningún poder. El Evangelio me lo ha dicho, y a él debo creer que solo al que al infierno puede echar el alma, a ese debo temer», respondió al rey de Navarra.
En 1041 el rey don Fernando le concedió retirarse a una ermita. Cerca estaba el monasterio de San Sebastián de Silos, que se hallaba prácticamente abandonado. La restauración que hizo Domingo, a petición del monarca que se lo confió con la anuencia del Cid Campeador, fue excepcional. De este lugar que iba a quedar vinculado a su nombre, fue nombrado abad. Cuidó de sus hermanos con exquisita caridad en sus necesidades espirituales y materiales, atendiendo también las carencias de las gentes del entorno.
En 1056 inició las obras de restauración del que sería uno de los máximos exponentes del románico castellano, y simultáneamente impulsó la biblioteca, creó una escuela monástica y otra de miniaturistas y copistas, tuteló la liturgia, etc. Confirió al monasterio un esplendor que aún perdura, y todo en medio de muchas pruebas ante las que actuó con serenidad, prudencia y templanza, confiando siempre en Dios. A su paso brotaban las vocaciones. Fue un gran embajador y amigo de reyes. Recibió, entre otros, los dones de profecía y milagros. Murió el 20 de diciembre de 1073. Fue canonizado en 1234 por Gregorio IX.