viernes, 18 de noviembre de 2016

10 Reglas para orar con sencillez.

DIEZ REGLAS PARA ORAR CON SENCILLEZ

1. Tómate cada día dos minutos de tiempo para estar a solas y en paz. Relaja tu cuerpo, tu cabeza y tu corazón. 
2. Habla con Dios con sencillez y naturalidad, y cuéntale todo lo que te preocupa. No hace falta que uses fórmulas extrañas. Háblale con tus propias palabras. Él las entiende bien. 
3. Entra en diálogo con Dios cuando estás en tu trabajo diario. Cierra tus ojos un par de segundos donde estés, en el negocio, en el autobús, en tu mesa de trabajo. 
4. Convéncete de esta verdad: que Dios está contigo y que te quiere ayudar.
No es que tú estés siempre acosando a Dios para que te dé su bendición: es al revés, es Él el que quiere bendecirte. 

5. Ora con la seguridad de que tu oración es inmediatamente eficaz, más allá de las tierras y los mares, y protege a tus personas queridas allí donde estén, y haz que también a ellas les alcance el amor de Dios. 
6. Cuando ores has de tener ideas positivas, no negativas. 
7. Siempre tienes que constatar, cuando te pones a orar, que estés dispuesto a aceptar la voluntad de Dios, cualquiera que sea. 
8. Cuando ores, déjalo todo en manos de Dios. Pide que te dé fuerza para hacer todo lo que te sea posible, y lo demás, déjalo a Él. 
9. Di una palabra de intercesión por aquellos que no te quieren bien o que
te han tratado mal. Eso te dará fuerzas de un modo extraordinario. 

10. Cada día tendrías que decir una oración por tu país, por la paz.
—
El consejo más sencillo es éste: habla con Dios como si estuviera sentado contigo en una silla, como si acabara de entrar en la habitación y dijera:
“¿Qué quieres que haga por ti”?

Misterio en torno a la apertura de la tumba de Cristo "Olor suave" y "perturbaciones electromagnéticas" sorprendieron a los observadores de este evento histórico


Misterio en torno a la apertura de la tumba de Cristo




Los días 26, 27 y 28 de octubre de 2016, la losa de mármol que cubre la tumba de Cristo fue abierta. Un grupo de científicos y religiosos tuvo acceso al lugar y, de inmediato, comenzaron a correr rumores. En primer lugar, que se pudo percibir un “dulce aroma” que emanaba de la tumba, reminiscente de las manifestaciones olfativas asociadas a ciertos santos. En segundo lugar, que ciertos instrumentos de medición empleados por los científicos quedaron alterados por perturbaciones electromagnéticas. En cuanto eran colocados en vertical sobre la piedra en la que reposó el cuerpo de Cristo, los aparatos dejaban de funcionar o funcionaban mal.
Marie-Armelle Beaulieu, jefa de redacción de Terre Sainte Magazine, recibió autorización para visitar el lugar y se muestra circunspecta en cuanto a los rumores asociados al “dulce aroma”. Además de opinar que un olor es fácilmente sugestionable, constata por su parte que ella no percibió ningún perfume particular. Por otra parte, durante la última apertura, parcial, realizada por el arquitecto Nikolaos Komnenos en 1809, el cronista de la época hizo también mención a un “dulce aroma”. Las personas que se interesan por la tumba del Santo Sepulcro conocen bien este texto, así que es posible que se autosugestionaran con este olor.
Perturbaciones electromagnéticas
La periodista se muestra, por el contrario, mucho menos dubitativa en lo que concierne a las perturbaciones electromagnéticas registradas por el instrumental de los científicos. El fenómeno le fue confirmado por uno de los científicos autorizados a acceder a la tumba. Más tarde, la directora de obras Antonia Moropoulou, indicó que es difícil imaginar que alguien pusiera en peligro su reputación por un “truco publicitario”. Para más inquietud, la periodista da fe de la sorpresa de los científicos durante la apertura de la losa: esperaban que la tumba se encontrara mucho más baja de lo que estaba. El motivo, los análisis realizados previamente con el instrumental parecían haber sido distorsionados por una perturbación electromagnética.
Imposible ir más allá de esta simple constatación: según parece, a falta de cualquier otro elemento explicativo, la tumba de Cristo afectó a los instrumentos sensibles a las perturbaciones electromagnéticas… Pero para designar los motivos de un fenómeno semejante no faltan especulaciones entre los apasionados del Santo Sepulcro, especulaciones que van desde lo más elaborado a lo más ridículo.
¿Solamente la tumba de Cristo?
La apertura de la losa y la revelación de la piedra donde habría reposado el cuerpo de Cristo han demostrado la conformidad de la tumba con respecto a las tumbas judías del siglo I. Pero según Marie-Armelle Beaulieu, lo esencial está en otra parte. “Estaría encantada de que un peritaje científico demostrara que esta piedra fuera en efecto donde reposó Cristo, pero incluso si se demuestra lo contrario, seguiría siendo un signo de la Resurrección”.
Gracias a un contacto, la periodista, residente en Jerusalén desde hace 17 años, formó parte del exclusivo grupo de privilegiados que ha podido acceder al lugar. Según confiesa: “La iglesia del Santo Sepulcro es un sitio desconcertante. Al principio no me gustaba mucho. Me esperaba una iglesia hermosa y me encontré con este lugar de arquitectura extraña, que no recuerda en nada a las escenas bíblicas. No hay ningún rastro del jardín de la tumba, por ejemplo”.
“Pero progresivamente fui desarrollando un apego, durante las procesiones en las que participo con los franciscanos. No es un sitio para visitar, sino más bien un lugar para orar. Gracias a un religioso, pude penetrar hasta la roca que soportó el cuerpo de Cristo, algo que no habría podido imaginar… Me sentía en un estado extraño, un poco como ingrávida, pero me acuerdo de todos los detalles. Nunca más iré al Santo Sepulcro de la misma forma”.
“Ahora mismo, han vuelto a colocar la losa de mármol por encima y sólo se puede ver parcialmente la cripta, a través de una apertura [protegida con un cristal blindado, Ndlr]. Pero yo sé que la piedra está ahí. Tenía la costumbre de hacer la genuflexión delante de la tumba de Cristo y luego reflexioné y pensé que era absurdo, que allí no había ninguna Presencia real, y que es delante de las santas especies que conviene hacer una genuflexión. Pero en el Santo Sepulcro, delante de esta tumba, hay una ‘ausencia real’. Una tumba vacía. Un milagro ante el cual se doblan todas las rodillas, en el Cielo, sobre la Tierra y en los Infiernos”.


Cierran las diez mil Puertas Santas de la Misericordia esparcidas por el mundo





Mientras que la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro se cerrará el 20 de noviembre, el 13 de noviembre se cerraron oficialmente más de 10 mil puertas santas de todo el mundo, incluidas las de las tres basílicas de Roma: San Pablo Extramuros, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor.

El domingo, obispos y cardenales celebraron misas en distintas iglesias del mundo para cerrar las Puertas Santas. 

En Roma, las ceremonias fueron presididas por arciprestes de cada basílica, el cardenal Agostino Vallini, el cardenal Santos Abril y el cardenal James Harvey.

CARD. JAMES MICHAEL HARVEY
Arcipreste, San Juan de Letrán
"Cerramos la Puerta Santa con la certeza de que no abandonarás a tus hijos. Y que siempre nos acompañas con tu misericordia”.

Las Puertas Santas simbolizan la ausencia de  obstáculos entre Dios y el hombre. Además, con la indulgencia, abren un nuevo camino hacia Cristo que no encuentra impedimento en los pecados.

Mientras que el jubileo suele celebrarse cada 25 o 50 años, este convocado por el Papa Francisco ha sido especial ya que solo habían pasado casi 16 desde el último, el del año 2000.

Las Puertas Santas de todo el mundo ya se han cerrado, pero la de la Basílica de San Pedro deberá esperar un poco más. El Papa Francisco será el encargado de hacerlo poniendo así punto y final a un año repleto de gestos de misericordia.

Viernes de la trigésima tercera semana del tiempo ordinario


Apocalipsis 10,8-11. 

Y la voz que había oído desde el cielo me habló nuevamente, diciéndome: "Ve a tomar el pequeño libro que tiene abierto en la mano el Angel que está de pie sobre el mar y sobre la tierra".
Yo corrí hacia el Angel y le rogué que me diera el pequeño libro, y él me respondió: "Toma y cómelo; será amargo para tu estómago, pero en tu boca será dulce como la miel".
Yo tomé el pequeño libro de la mano del Angel y lo comí: en mi boca era dulce como la miel, pero cuando terminé de comerlo, se volvió amargo en mi estómago.
Entonces se me dijo: "Es necesario que profetices nuevamente acerca de una multitud de pueblos, de naciones, de lenguas y de reyes".

Salmo 119(118),14.24.72.103.111.131. 
Me alegro de cumplir tus prescripciones,
más que de todas las riquezas.

Porque tus prescripciones son todo mi deleite,
y tus preceptos, mis consejeros.

Para mí vale más la ley de tus labios
que todo el oro y la plata.

¡Qué dulce es tu palabra para mi boca,
es más dulce que la miel!

Tus prescripciones son mi herencia para siempre,
porque alegran mi corazón.

Abro mi boca y aspiro hondamente,
porque anhelo tus mandamientos.



Evangelio según San Lucas 19,45-48. 
Jesús al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores,
diciéndoles: "Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones".
Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo.
Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

¿Por qué me da miedo la muerte si creo en la resurrección? Tal vez cuando el corazón se acomoda pensamos que el cielo puede esperar


¿Por qué me da miedo la muerte si creo en la resurrección?



La muerte siempre asusta. Es el final del camino. Es la despedida definitiva. Nos turba el hecho de no saber qué habrá al otro lado. Miedo a morir sin despedirnos. Miedo a quedarnos solos y perder a nuestros seres queridos.
El cristiano teme la muerte. Conoce la resurrección, pero teme la muerte. Lo veo todos los días. Lo veo en mí mismo. El miedo a la enfermedad. El miedo al sufrimiento. El miedo a perder a los que amamos. Amamos mucho la vida en la tierra. Y pensamos que el cielo puede esperar.
Somos cristianos, creemos en la vida eterna, creemos en el amor de Dios para siempre, pero nos turba la muerte.
Los mártires estaban dispuestos a morir antes que negar a Dios. Dispuestos a dar la vida antes de dejar que su fe desapareciera. Fueron fieles hasta el final. Hoy sigue habiendo mártires. Sigue habiendo cristianos perseguidos. Ellos no dudan de la vida eterna.
Pero tal vez, cuando el corazón se acomoda, pensamos que el cielo puede esperar. Queremos saborear hasta el final la vida que se nos regala. Tememos la muerte. No queremos dejar de vivir.
Y además surgen las preguntas: ¿Estaré en el cielo con aquellos a quienes amo? ¿Tendrá que ver mi vida eterna con mi vida temporal de ahora? El cielo siempre se nos presenta lleno de preguntas y enigmas. No tenemos todas las respuestas.
El otro día me hablaban de las experiencias cercanas a la muerte. Personas que han estado a punto de morir y relatan lo que han visto en ese momento de luz y de paz. Para algunos son una demostración palpable de la existencia del cielo. Para otros son sólo producto de la imaginación.
Lo cierto es que esa certeza posible tampoco me da paz suficiente frente a la muerte. No quiero morir. La vida me gusta. El hoy, el aquí, el ahora. El amor con ansia de eternidad. Pero el amor concreto en el que trascurren mis días. Ese amor me hace soñar con el cielo. Porque, como decía G. Marcel: “Amar a una persona es decirle: – Tú no morirás jamás”.
Y ese no morir para siempre sucede en el cielo. Tiene que ver con una vida para siempre. Pero aun así no pierdo el temor ante la muerte. El temor a quedarme solo en la tierra sin las personas a las que amo. El temor a cruzar solo el umbral de la muerte. El temor a no poder hacer nada más. El tiempo se acaba.
Ante la muerte sufro. Porque no acabo de ver, de entender, de saber. Y mi fe me dice que no tema, que confíe. Que espere a ese Dios al que quiero. Lo he oído tantas veces… Yo mismo lo pronuncio. Para dar esperanza. Para que otros no teman. Pero yo mismo ante la muerte, ante el futuro incierto, ante la enfermedad posible, tiemblo y temo. Como si no creyera.
Nos pasa a los cristianos tantas veces. No nos alegramos con el cielo. Preferimos una religión que nos hable de hoy. De cómo enfrentar la vida. De cómo amar en presente. Pero me cuesta el salto inmenso que abarca el infinito. El adiós para siempre aunque sea un hasta luego.
Ante la muerte surge siempre de nuevo la pregunta: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Estoy viviendo como quiero vivir? ¿Estoy amando y me siento amado? Son las preguntas que encierran una semilla de eternidad.
Una persona rezaba mirando a Dios: “No sé bien qué contienen las palmas de tus manos. Qué infinitos esconden las aguas de tus mares. No sé cuánto silencio habita hoy en tu pecho. Cuánto infinito ocultan las hondas de tu alma. No sé bien cuánto mar hará falta en el cielo. No sé bien qué contienen las aguas de tus mares. No sé si tantas playas abrazan lo infinito. Si en tu barca los mares llenan toda mi vida. Si al tenerte en mis brazos calmo la sed eterna. Solo sé que navego por mares que no entiendo. En cascadas de luz, de silencio, de amores. No sé bien cómo hacer para llenar el ancho abismo que separa mis aguas de tus aguas. Lentamente me adentro en la vida que intuyo, a ciegas, sordo y mudo. Con ojos inocentes, con palabras calladas. Apenas sé si todo este amor que sostengo llena todo ese cielo que sueñan mis entrañas”. 
Es la mirada del corazón que anhela. Del alma que desea. De la vida aún no plena que quiere ser eterna.