martes, 16 de mayo de 2017

El matrimonio, un compromiso con la eternidad


Cuidar del otro, amar al marido sin salud, amar a la esposa en el dolor, es la expresión cotidiana de nuestro compromiso con la eternidad

A la memoria de Aglae Castañón Albo, viuda de Martín-Ballestero
Desde que el triunfo de la posmodernidad selló con su escepticismo la fuerza de los valores y el vigor de las tradiciones; desde que la frivolidad del último fin de siglo puso ironía en nuestra mirada y redujo a juicio estético lo que era antes apreciación moral; desde que la compasión y el amor al otro fueron cancelados por el egoísmo del individuo, desde que Occidente empezó a despreciar los principios que lo identificaban…, hemos sufrido una catástrofe social, política y nacional que en los últimos diez años ha devastado nuestra cultura.
Podíamos habernos enfrentado a cualquier desafío económico, al más severo de los ciclos depresivos de nuestro sistema. Lo hemos hecho antes, y hemos sabido vencer incluso a quienes trataron de empujarnos a abismos insondables de deshumanización a través de pesadillas totalitarias.
Pero es mucho más difícil recuperarnos ahora, en un estado de desorden ético y de abandono de la preocupación por el bien común.
Lo que nos hace libres no es el cautiverio de las pasiones egoístas, sino la entrega a los demás. El amor, no solo la verdad, nos hace libres. Además, el amor nos humaniza y nos hace tomar conciencia de formar parte del diseño de la Creación.
En las manos que tendemos hacia el mundo que sufre, late el tacto de Dios. En la fuerza que brindamos a la debilidad del que padece, palpita el corazón de Dios.
Por el contrario, una existencia ausente de compromiso, ajena a toda caridad, es vivir como “una herida por donde Dios se escapa” a la que se refirió dolorosamente el poeta José Luis Hidalgo en sus meses de agonía última.

Lo que nos justifica es el amor

Nuestros años han sido atroces en su rechazo al humanismo trascendental que modeló nuestra idea de civilización, nuestra herencia de Jesús.
La corrupción roba recursos necesarios a muchos en tiempos de miseria. El aborto destruye, en nombre de una enloquecida noción de la libertad, un nacimiento considerado inadecuado en un siniestro balance de ventajas e inconvenientes. La falta de compasión provoca el enriquecimiento y el despilfarro de unos, mientras en los otros arraiga la desesperanza y el rencor.
Por ello, el suceso amargo de una muerte nos ofrece a veces el testimonio de la vida ejemplar como consuelo y meditación, como tristeza transitoria sobre la que alzará el vuelo la plenitud de nuestra alegría. Lo que nos justifica es el amor. Y el amor es compromiso.
Hay parejas que se establecen con un contrato a tiempo parcial y la desidia de un acuerdo para hacerse el menor daño posible. Hay matrimonios que enlazan dos existencias, con palabras que habrían de significar lo que dicen al juntarse las manos de los esposos, pero que se desmoronan bajo el peso de su propia falsedad.
Un tiempo que entiende la libertad como la búsqueda del placer instantáneo y confunde el proyecto personal con la voracidad del propio interés, difícilmente comprenderá lo que es vivir a fondo el compromiso matrimonial convertido en sacramento.
Vivir junto a la persona que se ha elegido es optar por la felicidad.No por la diversión, la comodidad o la circunstancia de un encuentro revocable.
Elegimos y somos elegidos en un acto de amor que implica un serio compromiso con nosotros mismos. Queremos pasar toda nuestra vida con quien comienza a darnos sentido, con quien recoge el sentido que nosotros le damos.
Esta decisión es un acto fundacional, no la firma de un contrato. Carece de cláusulas de cancelación, porque entregar nuestra vida a quien amamos no puede hacerse guardando las distancias. Pero incluye exigencias que nos hacen más libres aún de lo que somos a solas.
Nos manda gozar de nuestra pasión dichosa, dignificar nuestro deseo limpio y sincero. Nos obliga a compartir nuestra edad creciente, nuestra experiencia compleja, hecha de bonanza y pesadumbre. Nos hace misericordiosos al comprender las flaquezas del otro. Nos hace humildes al confiar en que el otro nos comprenda.
Nos permite adivinar la bondad infinita de Dios en la bondad con que vivimos nuestra existencia mutua. Nos deja asomarnos a la plenitud de Dios al ver en la mirada del cónyuge la posibilidad de nuestra plenitud.
Cuidar del otro en tiempos de enfermedad o en condiciones de tragedia no es servidumbre en vano, sino la aceptación del orden superior en que se mueve nuestra vida, no creada para la soledad ni el egoísmo, pero tampoco para el desamparo y el sufrimiento inútil.
Cuidar del otro, amar al marido sin salud, amar a la esposa en el dolor, es un modo de preservar la esperanza profunda que fue confiada a una vida en común. Es un sacrificio que vela por nuestra integridad, que lucha contra la pérdida de la fe de cualquiera de los dos ante los hechos adversos. Es una renovación diaria de nuestra lealtad santificada por la presencia de Dios en la decisión de vivir juntos hasta el final. Es la expresión cotidiana de nuestro compromiso con la eternidad.


Artículo de Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto, publicado originalmente enAlfa y Omega

La vida es un camino ¡no olvides contemplar!


Cada cosa que vivo es parte del futuro que sueño, y cada cosa pasada es fuego de mis pasos presentes

Me gusta la imagen del camino. Tiene que ver con la vida. Estoy en camino. A veces creo que he llegado y de nuevo me pongo en camino. Dejo un punto de partida. Marco un punto de llegada. Pienso en lo que tengo por delante. Miro hacia atrás con nostalgia.
Muchas veces en el camino no llevo todo lo que necesito. Y me vuelvo mendigo, menesteroso, pobre. Suplico ayuda. Necesito a los otros. A veces me creo tan autosuficiente y no lo soy. No puedo caminar solo. Al menos necesito a alguien a mi lado para no perderme.
Y necesito pedir ayuda. ¡Cuánto bien me hace! Y también yo ayudo a otros a caminar. Les ayudo a llevar sus pesos. Pero no les evito las cargas.
El otro día leía: “Si queremos de verdad a alguien, debemos provocarle más emociones agradables que desagradables, enseñándole a reconducir las desagradables. Sin eliminarlas. Sin evitárselas. La vida tiene sus propias dificultades, que son ineludibles y flaco favor haríamos a quien queremos, si en lugar de ayudarle a superar los obstáculos, nos limitamos a potenciar su incapacidad de superarlos”[1].
El camino tiene sus cruces. No puedo vivir eludiendo los problemas, los contratiempos, escondiéndome en mi miedo a sufrir. Con la incapacidad de mirar a la cara la vida con sus dificultades.
En el camino nunca estoy solo. Algunos acompañan mis pasos un tiempo. Otros vuelven una y otra vez. Algunos se mantienen siempre.
Me gusta pensar que no lo sé todo del camino que recorro. Siempre es distinto. Cada día trae una novedad. No me acostumbro al cambio de paisaje. Y a veces llevo una carga excesiva. Tengo que vaciar mi maleta. Demasiado peso. Hay cosas que me sobran.
Me acostumbro a sufrir en el camino. A veces falta el agua. Demasiado sol. Tal vez el frío. En ocasiones tengo que aprender a vivir con la soledad, mi constante compañera de viaje. El silencio de mis pasos. La paz que guardo en el alma.
Me gusta caminar por el desierto soñando mares inmensos. Y navegar en medio de la tormenta guardando en el alma la paz de la orilla. Porque cada cosa que vivo es parte del futuro que sueño. Y cada cosa pasada es fuego de mis pasos presentes. 
No quiero tener claro siempre la dirección que sigo. Pero le pido a Dios que me quite los miedos. Aconseja la sicóloga Mirta Medici “que te expongas a lo que temes, porque es la única manera de vencer el miedo”.
En el camino me expongo a perderlo todo. Y acojo en mis manos mi miedo. Me asusta la noche. Temo no tener lo que ahora poseo. No sé si me faltarán fuerzas más adelante para seguir caminando.
Aprendí que nunca tengo que decidir dejar el camino cuando llego cansado cada noche. Porque con la luz del amanecer las cosas se ven de otra forma.
Y el cansancio me turba el espíritu. No sé si este camino es totalmente el correcto. O si mi forma de recorrerlo es la adecuada. A veces dudo. Tal vez cuando me comparo con otros peregrinos. Me da miedo ir muy despacio. O estar haciéndolo de la forma equivocada.
Tal vez no haya una más correcta que otra. Pero tengo miedo. Y me asusta pensar que la dirección no es la correcta. Por eso necesito que alguien en mitad de mi caminar me confirme mis pasos. En el camino de Santiago son las fechas amarillas las que me reconducen y me recuerdan que no voy mal. Que no me he perdido.
En el camino espero lo que aún no poseo. Y esa esperanza me habla de algo que todavía no llega y forma parte de una promesa.
Benedicto XVI decía en Spe Salvi: “Ya están presentes en nosotros las realidades que se esperan: el todo, la vida verdadera. Y precisamente porque la realidad misma ya está presente, esta presencia de lo que vendrá genera también certeza: esta realidad que ha de venir no es visible aún en el mundo externo, pero la llevamos dentro de nosotros”.
Espero la meta. Y vivo por anticipado lo que sueño. Esa forma de caminar me da esperanza. Me gusta ver a Jesús caminando a mi lado. Sosteniendo mi esperanza. Dándome ánimos en medio de mis luchas.
Me gusta alegrarme con la paz de los niños. Caminar despacio y de vez en cuando ir más rápido. Tengo la inquietud de los niños que ya atisban la meta. Y se detienen cautivos en un recodo del camino.
No tengo prisa por alcanzar el final. Aunque de vez en cuando me puedan las prisas. Quiero aprender a contemplar más lo que veo. Con tiempo, con pausa. Si contemplo vivo con más calma. “En la contemplación no necesitamos lograr nada. Estamos liberados de la presión de ser eficaces”[2].
No quiero ser eficaz siempre, en todo momento. Quiero ver la vida que rodea mis pasos. Alegrarme con cada paisaje, con cada momento que Dios me regala.
Una persona escribía: “Siempre en el camino de Santiago experimento esa fuerza que me impulsa a seguir caminando. Un paso más. Y sigo. Y las cuestas parecen llanas. Y no temo la tormenta. La lluvia que me empapa. Ni ese frío que me hiela. Nada importa. Lo que importa es vivir abrazado a tu presente. A la fuerza de tus alas. Al fuego de tu espíritu”.
El camino se vive en presente. Contemplo mi vida en la fuerza de cada paso. Quiero vivir siempre así, con calma.

[1] Fernando Alberca de Castro, Todo lo que sucede importa, 163
[2] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 31

Martes de la quinta semana de Pascua

Libro de los Hechos de los Apóstoles 14,19-28. 
Vinieron de Antioquía y de Iconio algunos judíos que lograron convencer a la multitud. Entonces apedrearon a Pablo y, creyéndolo muerto, lo arrastraron fuera de la ciudad.
Pero él se levantó y, rodeado de sus discípulos, regresó a la ciudad. Al día siguiente, partió con Bernabé rumbo a Derbe.
Después de haber evangelizado esta ciudad y haber hecho numerosos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia.
Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.
En cada comunidad establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído.
Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia.
Luego anunciaron la Palabra en Perge y descendieron a Atalía.
Allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababan de cumplir.
A su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.
Después permanecieron largo tiempo con los discípulos.

Salmo 145(144),10-11.12-13ab.21. 
Que todas tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;
que anuncien la gloria de tu reino
y proclamen tu poder.

Así manifestarán a los hombres tu fuerza
y el glorioso esplendor de tu reino:
tu reino es un reino eterno,
y tu dominio permanece para siempre.

Mi boca proclamará la alabanza del Señor:
que todos los vivientes bendigan su santo Nombre,
desde ahora y para siempre.



Evangelio según San Juan 14,27-31a. 
Jesús dijo a sus discípulos:
«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman !
Me han oído decir: 'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.
Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí,
pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»

lunes, 15 de mayo de 2017

Apariciones de Medjugore – Francisco cita el informe Runini: serias las primeras, dudosas las recientes En el vuelo del avión de regreso de Fátima, el Santo Padre conversa con los periodistas


En el avión de regreso de Portugal a Roma, respondió a los periodistas diversas preguntas, entre ellas sobre Medjugore.
Señaló que es importante distinguir entre las primeras apariciones y las últimas sobre las que avanzó sus dudas. En cambio señaló que los frutos espirituales de Medjugore, como la conversión de las personas son indudables, y para ello nombró recientemente a un obispo que ayudará en la parte pastoral.
“Todas las apariciones o presuntas apariciones pertenecen a la esfera privada, no son parte del magisterio público ordinario” precisó el Pontífice y que “para Medjugorje Benedetto XVI ha instituido una comisión presidida por el cardenal Ruini. Yo lo he recibido el resultado. La comisión estaba compuesta por buenos teólogos, obispos y cardenales. El informe de la comisión es muy, muy bueno. Existían algunas dudas en la Congregación para la doctrina de la fe”.
Así explicó el Papa que el “dicasterio ha juzgado oportuno enviar a cada uno de los miembros de la IV feria, (la reunión mensual de la congregación), toda la documentación, también las opiniones contrarios a al informe Ruini”.
Francisco explicó que recibió la notificación un sábado por la noche y “no me pareció justo: era como poner ‘a remate’ el informe Ruini, que está muy bien hecho”. Así “el domingo por la mañana el prefecto de la Doctrina de la Fe recibió una carta en la que le pido en cambio que en vez de enviar a la Feria IV esas opiniones contrarias, las envíen a mi personalmente”.
El Pontífice subrayó que “estas opiniones fueron estudiadas todas” y precisa que “el informe Ruini afirma que es necesario distinguir entre las primeras apariciones, cuando los videntes eran jóvenes y dice que es necesario seguir investigando”. En cambio “sobre las presuntas apariciones actuales, el informe presenta sus dudas”.
“Yo personalmente soy más malo, prefiero a la Virgen como madre y no como jefe de la oficina de telégrafos que cada día envía un mensaje. Esta no es la mamá de Jesús y estas presuntas apariciones no tienen tanto valor: lo digo como opinión personal, pero es claro”.
“El tercer punto y centro del informe Ruini es la repercusión espiritual y pastoral”, dijo, hay gente que se convierte, que encuentra a Dios, que cambia vida. Y esto no es gracias a una varita mágica. Este hecho no se puede negar”. El Papa señaló que “ahora para investigar sobre esto he nombrado a un obispo capaz, que tiene experiencia para ocuparse de la parte pastoral”.

Fátima, el rosario y el infierno


Los niños tuvieron una visión horrible, pero también les fue mostrando el camino al cielo 

Cuando la Virgen se apareció a los tres pastorcitos en Fátima, en 1917, ella permitió que ellos tuvieran una visión del infierno que asustaría a cualquier niño (o adulto). Ellos vieron un “gran mar de fuego” y, dentro de él, muchas almas atormentadas.
Una imagen terrible, de la que habló Lucía: “Esa visión sólo duró un momento, gracias a nuestra buena Madre Celestial, que en la primera aparición prometió llevarnos al cielo. Sin ello, pienso que habríamos muerto de terror y miedo”.
El Catecismo de la Iglesia católica confirma la existencia del infierno, pero habla sobre un castigo más severo que el ser desterrado de la eternidad.
La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. (1035)
La explicación que el Catecismo da es el motivo por el cual deberíamos tener miedo del infierno. Debemos temer la perspectiva de pasar la eternidad separados de Dios que nos ama tanto.
Aunque sea verdad que los niños hayan visto el infierno representado como un mar de fuego, la hermana Lucía observó cómo quienes estaban en el infierno sufrían de una inmensa “desesperación”. El infierno es un lugar de desolación absoluta, un lugar solitario – no la “fiesta de todos los pecadores”, como muchas personas imaginan.
Dante escribió sobre ese aspecto en su Infierno. En contraste con un “gran mar de fuego”, él lo describe como “heladas costras”.
se prendió de las vellosas costillas;
de pelo en pelo abajo descendió luego
entre el hirsuto pelo y las heladas costras (Canto XXXIV) .

En lugar de un lugar de fuego perpetuo, es visto como un lugar de oscuridad, frío y desesperación. La imagen de Dante del infierno destaca la realidad de la separación de Dios, algo terrible y extremadamente solitario. En su interpretación, el infierno es un lugar donde clamas, pero nadie oye tus gritos, un lugar donde deseas estar al lado de alguien, pero nunca te puedes mover.
La buena noticia es que la Virgen no quiso simplemente mostrar esa visión a los niños para asustarlos. Ella quería que ellos supieran el motivo por el que debemos esforzarnos en evitar el infierno y que debemos hacer todo lo que podamos para ir al cielo, trayendo con nosotros a aquellos que conocemos.
Ella también ofreció un camino que llevaría a las almas al abrazo celestial:
Ustedes vieron que el infierno es a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlos, Dios desea establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado.
La Virgen enseñó a los niños a acercarse a su Corazón Inmaculado para impedir que sus almas se alejaran de Dios. Ella recomendó practicar las devociones del Primer Sábado, ofreciendo sacrificios personales y también rezando una oración adicional durante el tercio y el rosario:
Cuando ustedes recen el tercio, digan después de cada misterio: “Oh, Jesús mío, perdónanos y líbranos del fuego del infierno. Lleva todas las almas al Cielo y ayuda principalmente a aquellas que más lo necesitan”.
La oración resume nuestra vida cristiana, reconociendo nuestra necesidad de perdón, pero también dirigiendo nuestros esfuerzos en ayudar a aquellos que están a nuestro lado y alcancen el cielo. La Virgen de Fátima nos recuerda que debemos desear que todas las almas lleguen al cielo, incluso las de nuestros enemigos. Nunca debemos desear que alguien pase la eternidad lejos de Dios.
Al final, cuanto más nos acercamos al corazón de María, más cerca estaremos del corazón de Jesús. Como escribió san Luis de Montfort, la devoción a María “es la manera más segura, más fácil, más corta y más perfecta de acercarse a Jesús”.