miércoles, 4 de mayo de 2016

Empezamos mayo, el mes dedicado a María

Empezamos mayo, el mes dedicado a María

REDACCIÓN CENTRAL,  (ACI).- Mayo es el mes que la Iglesia Universal dedica a la Madre de Dios, la Bienaventurada Virgen María. Este tiempo es una oportunidad para renovar el amor de todos los bautizados hacia la Mujer que Dios desde la eternidad escogió para darlo a luz y cuidarlo.
La Santísima Virgen María es por siempre la Reina del Cielo y de la Tierra, no hay santidad sin María porque toda Ella lleva a Cristo.
María la más humilde entre las mujeres es precisamente el modelo de toda mujer, como señaló el Papa Francisco en abril de 2014 en un mensaje a más de 20 mil jóvenes reunidos en Buenos Aires, Argentina.
“Hay un solo modelo para ustedes, María: La mujer de la fidelidad, la que no entendía lo que le pasaba pero obedeció. La que en cuanto supo lo que su prima necesitaba, se fue corriendo, la Virgen de la Prontitud. La que se escapó como refugiada en un país extranjero para salvar la vida de su hijo”, afirmó el Papa.
Para profundizar y vivir cada día este mes dedicado a la Santísima Virgen, la primera patena de la Sabiduría Eterna, ingrese al especial del Mes Mariano en: http://www.aciprensa.com/Maria/maria.htm 

El poder del santo nombre de Jesús Después de leer esto, vas a querer invocarlo todos los días


J E S Ú S


Como nos dice el evangelista san Lucas, “cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno” (Lc 2,21).
Así, el santo nombre de Jesús fue dado por el cielo: por eso tiene poder. Santa Juana de Arco murió en la hoguera repitiendo el nombre de Jesús. El nombre de Jesús representa a la Persona divina del Verbo encarnado.
“Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre” (Flp 2,9-11).
El ángel le dejó claro a san José la razón de este nombre: “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). La palabra “Jesús” en hebreo quiere decir “Dios salva” o Salvador. Entonces, pronunciar el nombre de Jesús con fe es tomarlo como divino salvador.
Es en el nombre de Jesús que los pecados son perdonados. “El Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados” (Mc 2,10). Él puede decirle al pecador: “tus pecados te son perdonados” (Mc 2,5). Y él transmite ese poder a los hombres –los apóstoles– (Jn 20, 21-23) para que lo ejerzan en su Nombre.
La Resurrección de Jesús glorifica el nombre de Dios Salvador, pues a partir de ahora es el nombre de Jesús el que manifiesta en plenitud el poder supremo del “nombre sobre todo nombre”.
Los espíritus malos temen su nombre, y es en nombre de Él que los discípulos de Jesús realizan milagros, pues todo lo que piden al Padre, en su nombre, el Padre se lo concede.
Es en el nombre de Jesús que los enfermos son curados, es en su nombre que los muertos resucitan, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan curados… Ese nombre bendito tiene poder.
Después de que el pecado alcanzara a la humanidad, solamente el nombre de Dios Redentor puede salvar al hombre. Y este nombre es Jesús.
Es por el nombre de Jesús que los apóstoles realizan maravillas. “Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc 16, 17-18).
Por lo tanto, el nombre santo de Jesús tiene poder y debe ser invocado con respeto, veneración y fe.
Los fariseos y doctores de la ley quisieron impedirles a los apóstoles predicar en nombre de Jesús: “Les llamaron y les mandaron que de ninguna manera hablasen o enseñasen en el nombre de Jesús” (Hch 4, 18).
Pero ellos se negaron a dejar de pronunciar este santo nombre, porque sabían que no existe salvación en ningún otro. “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12).
Jesucristo es el único nombre divino que trae la salvación y a partir de ahora puede ser invocado por todos, pues se unió a todos los hombres por la Encarnación.
El nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, después de asperjar el propiaciatorio del Santo de los Santos con la sangre del sacrificio.
El propiciatorio era el lugar de la presencia de Dios. Cuando san Pablo dice de Jesús que es “a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre” (Rm 3,25), quiere decir que “en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo” (2Co 5,19).
El nombre de Jesús está en el corazón de la oración cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se concluyen con la fórmula “Por Nuestro Señor Jesucristo…”.
El “Ave María” culmina con “bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. El nombre de Jesús está en el centro del Ave María; el Rosario está centrado en el nombre de Jesús, por eso tiene poder.
Que podamos también hoy y siempre pronunciar con fe y devoción este dulce nombre y santo que tiene poder, como el ciego de Jericó que clamó con fe y quedó curado: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!” (Lc 18, 38).

Papa en Santa Marta: Hay cristianos que son “momias espirituales”

Durante su homilía de este martes en Casa Santa Marta el Papa recordó que el camino correcto de la vida cristiana es Jesús pero hay que comprobar constantemente si se está siguiendo su camino.

Francisco dijo que un cristiano que no hace camino y no hace obras de misericordia es un cristiano "paganizado”, no un cristiano de verdad.

FRANCISCO
"Está parado. Perdónenme la palabra, pero es como si fuera una ‘momia’, allí.. una ‘momia espiritual’. Y hay cristianos que son ‘momias espirituales’. Parados, allí. No hacen daño, pero no hacen el bien". 

El Papa distinguió varios tipos de cristianos erráticos: momias, vagabundos, testarudos, porfiados o cristianos a mitad de camino, pero pidió pararse cinco minutos a pensar cómo va el camino cristiano que cada uno empezó con el bautismo.


EXTRACTOS DE LA HOMILÍA DEL PAPA
(Fuente: Radio Vaticana)

«Un cristiano que no camina, que no hace camino, es un cristiano no cristiano. No se sabe lo que es. Es un cristiano un poco ‘paganizado’: está allí, estancado, no va adelante en la vida cristiana, no hace florecer las Bienaventuranzas en su vida, no hace las obras de misericordia… Está parado. Perdónenme la palabra, pero es como si fuera una ‘momia’, allí.., una ‘momia espiritual’. Y hay cristianos que son ‘momias espirituales’. Parados, allí. No hacen daño, pero no hacen el bien’». 

«Son errantes en la vida cristiana, vagabundos. Su vida es un ir dando vueltas, aquí y allá, y así se pierden la belleza de acercarse a Jesús, al camino de Jesús. Pierden el camino, porque van dando vueltas, y tantas veces ese vagabundear, los lleva a una vida sin salida: el vagabundear demasiado se transforma en un laberinto y después no saben cómo salir. Han perdido esa llamada de Jesús. No tienen brújula para salir y dan vueltas, buscan. Hay otros que en el camino quedan seducidos por una belleza, por algo, y se quedan a mitad de camino, fascinados por lo que ven, por una idea, una propuesta, un paisaje… ¡Y se detienen! ¡La vida cristiana no es una fascinación: es una verdad! ¡Es Jesucristo!». 

«Quedémonos hoy con la pregunta, pero preguntémonos, cinco minutitos… ¿Cómo estoy yo en este camino cristiano? ¿Estancado, equivocado, dando vueltas, parándome ante las cosas que me gustan, o en el camino de Jesús: ‘Yo soy el Camino’? ¡Y pidamos al Espíritu Santo que nos enseñe a caminar bien, siempre! Y, cuando nos cansamos, un pequeño refresco y adelante. Pidamos esta gracia». 



Vida de María: La Natividad de Nuestra Señora Hasta que nació María, la tierra estuvo a oscuras, envuelta en las tinieblas del pecado


Nacimiento Virgen María, Giaquinto


Muchos siglos habían pasado desde que Dios, en los umbrales del Paraíso, prometiera a nuestros primeros padres la llegada del Mesías. Cientos de años en los que la esperanza del pueblo de Israel, depositario de la promesa divina, se centraba en una doncella, del linaje de David, que concebirá y dará a luz un Hijo, a quien pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios con nosotros (Is 7, 14). Generación tras generación, los piadosos israelitas esperaban el nacimiento de la Madre del Mesías, aquella que ha de dar a luz , como explicaba Miqueas teniendo como fondo la profecía de Isaías (cfr. Mi 5, 2).
 
A la vuelta del exilio en Babilonia, la expectación mesiánica se hizo más intensa en Israel. Una ola de emoción recorría aquella tierra en los años inmediatamente anteriores a la Era Cristiana. Muchas antiguas profecías parecían apuntar en esa dirección. Hombres y mujeres esperaban con ansia la llegada del Deseado de las naciones. A uno de ellos, el anciano Simeón, el Espíritu Santo había revelado que no moriría hasta que sus ojos hubieran visto la realización de la promesa (cfr. Lc 2, 26). Ana, una viuda de edad avanzada, suplicaba con ayunos y oraciones la redención de Israel. Los dos gozaron del inmenso privilegio de ver y tomar en sus brazos a Jesús niño (cfr. Lc 2, 25-38).
 
Incluso en el mundo pagano —como afirman algunos relatos de la antigua Roma— no faltaban señales de que algo muy grande se estaba gestando. La misma pax romana , la paz universal proclamada por el emperador Octavio Augusto pocos años antes del nacimiento de Nuestro Señor, era un presagio de que el verdadero Príncipe de la paz estaba a punto de venir a la tierra. Los tiempos estaban maduros para recibir al Salvador.
 
Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos (Gal 4, 4-5). Dios se esmera en elegir a su Hija, Esposa y Madre. Y la Virgen santa, la muy alta Señora, la criatura más amada por Dios, concebida sin pecado original, vino a nuestra tierra. Nació en medio de un profundo silencio. Dicen que en otoño, cuando los campos duermen. Ninguno de sus contemporáneos cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Sólo los ángeles del cielo hicieron fiesta.
 
De las dos genealogías de Cristo que aparecen en los evangelios, la que recoge San Lucas es muy probablemente la de María. Sabemos que era de esclarecida estirpe, descendiente de David, como había señalado el profeta hablando del Mesías — saldrá un vástago de la cepa de Jesé y de sus raíces florecerá un retoño (Is 11, 1)— y como confirma San Pablo cuando escribe a los Romanos acerca de Jesucristo, nacido del linaje de David según la carne (Rm 1, 3).
 
Un escrito apócrifo del siglo II, conocido con el nombre de Protoevangelio de Santiago , nos ha transmitido los nombres de sus padres —Joaquín y Ana—, que la Iglesia inscribió en el calendario litúrgico. Diversas tradiciones sitúan el lugar del nacimiento de María en Galilea o, con mayor probabilidad, en la ciudad santa de Jerusalén, donde se han encontrado las ruinas de una basílica bizantina del siglo V, edificada sobre la llamada casa de Santa Ana , muy cerca de la piscina Probática. Con razón la liturgia pone en labios de María unas frases del Antiguo Testamento: me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad (Sir 24, 15).
 
Hasta que nació María, la tierra estuvo a oscuras, envuelta en las tinieblas del pecado. 
Con su nacimiento surgió en el mundo la aurora de la salvación, como un presagio de la proximidad del día. Así lo reconoce la Iglesia en la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora: por tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anunciaste la alegría a todo el mundo: de ti nació el Sol de justicia, Cristo, Dios nuestro (Oficio de Laudes).
 
El mundo no lo supo entonces. Dormía la tierra.
 
Artículo originalmente publicado por Opus Dei

Miércoles de la sexta semana de Pascua

Libro de los Hechos de los Apóstoles 17,15.22-34.18,1. 
Los que acompañaban a Pablo lo condujeron hasta Atenas, y luego volvieron con la orden de que Silas y Timoteo se reunieran con él lo más pronto posible.
Pablo, de pie, en medio del Aréopago, dijo: Atenienses, veo que ustedes son, desde todo punto de vista, los más religiosos de todos los hombres.
En efecto, mientras me paseaba mirando los monumentos sagrados que ustedes tienen, encontré entre otras cosas un altar con esta inscripción: 'Al dios desconocido'. Ahora, yo vengo a anunciarles eso que ustedes adoran sin conocer.
El Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él no habita en templos hechos por manos de hombre, porque es el Señor del cielo y de la tierra.
Tampoco puede ser servido por manos humanas como si tuviera necesidad de algo, ya que él da a todos la vida, el aliento y todas las cosas.
El hizo salir de un solo principio a todo el género humano para que habite sobre toda la tierra, y señaló de antemano a cada pueblo sus épocas y sus fronteras,
para que ellos busquen a Dios, aunque sea a tientas, y puedan encontrarlo. Porque en realidad, él no está lejos de cada uno de nosotros.
En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos poetas de ustedes: 'Nosotros somos también de su raza'.
Y si nosotros somos de la raza de Dios, no debemos creer que la divinidad es semejante al oro, la plata o la piedra, trabajados por el arte y el genio del hombre.
Pero ha llegado el momento en que Dios, pasando por alto el tiempo de la ignorancia, manda a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan.
Porque él ha establecido un día para juzgar al universo con justicia, por medio de un Hombre que él ha destinado y acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos".
Al oír las palabras "resurrección de los muertos", unos se burlaban y otros decían: "Otro día te oiremos hablar sobre esto".
Así fue cómo Pablo se alejó de ellos.
Sin embargo, algunos lo siguieron y abrazaron la fe. Entre ellos, estaban Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos otros.
Después de esto, Pablo dejó Atenas y fue a Corinto.



Salmo 148(147),1-2.11-12ab.12c-14a.14bcd. 
¡Aleluya!
Alaben al Señor desde el cielo,
alábenlo en las alturas;
alábenlo, todos sus ángeles,
alábenlo, todos sus ejércitos.
Los reyes de la tierra y todas las naciones,
los príncipes y los gobernantes de la tierra;
los ancianos, los jóvenes y los niños,
alaben el nombre del Señor.
Porque sólo su Nombre es sublime;
su majestad está sobre el cielo y la tierra,
y él exalta la fuerza de su pueblo.
¡A él, la alabanza de todos sus fieles,
y de Israel, el pueblo de sus amigos!

¡Aleluya!



Evangelio según San Juan 16,12-15. 
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
"Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.
Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: 'Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes'."



Leer el comentario del Evangelio por : San Antonio de Padua  
“Os guiará hasta la verdad plena”