viernes, 18 de noviembre de 2016

Misterio en torno a la apertura de la tumba de Cristo "Olor suave" y "perturbaciones electromagnéticas" sorprendieron a los observadores de este evento histórico


Misterio en torno a la apertura de la tumba de Cristo




Los días 26, 27 y 28 de octubre de 2016, la losa de mármol que cubre la tumba de Cristo fue abierta. Un grupo de científicos y religiosos tuvo acceso al lugar y, de inmediato, comenzaron a correr rumores. En primer lugar, que se pudo percibir un “dulce aroma” que emanaba de la tumba, reminiscente de las manifestaciones olfativas asociadas a ciertos santos. En segundo lugar, que ciertos instrumentos de medición empleados por los científicos quedaron alterados por perturbaciones electromagnéticas. En cuanto eran colocados en vertical sobre la piedra en la que reposó el cuerpo de Cristo, los aparatos dejaban de funcionar o funcionaban mal.
Marie-Armelle Beaulieu, jefa de redacción de Terre Sainte Magazine, recibió autorización para visitar el lugar y se muestra circunspecta en cuanto a los rumores asociados al “dulce aroma”. Además de opinar que un olor es fácilmente sugestionable, constata por su parte que ella no percibió ningún perfume particular. Por otra parte, durante la última apertura, parcial, realizada por el arquitecto Nikolaos Komnenos en 1809, el cronista de la época hizo también mención a un “dulce aroma”. Las personas que se interesan por la tumba del Santo Sepulcro conocen bien este texto, así que es posible que se autosugestionaran con este olor.
Perturbaciones electromagnéticas
La periodista se muestra, por el contrario, mucho menos dubitativa en lo que concierne a las perturbaciones electromagnéticas registradas por el instrumental de los científicos. El fenómeno le fue confirmado por uno de los científicos autorizados a acceder a la tumba. Más tarde, la directora de obras Antonia Moropoulou, indicó que es difícil imaginar que alguien pusiera en peligro su reputación por un “truco publicitario”. Para más inquietud, la periodista da fe de la sorpresa de los científicos durante la apertura de la losa: esperaban que la tumba se encontrara mucho más baja de lo que estaba. El motivo, los análisis realizados previamente con el instrumental parecían haber sido distorsionados por una perturbación electromagnética.
Imposible ir más allá de esta simple constatación: según parece, a falta de cualquier otro elemento explicativo, la tumba de Cristo afectó a los instrumentos sensibles a las perturbaciones electromagnéticas… Pero para designar los motivos de un fenómeno semejante no faltan especulaciones entre los apasionados del Santo Sepulcro, especulaciones que van desde lo más elaborado a lo más ridículo.
¿Solamente la tumba de Cristo?
La apertura de la losa y la revelación de la piedra donde habría reposado el cuerpo de Cristo han demostrado la conformidad de la tumba con respecto a las tumbas judías del siglo I. Pero según Marie-Armelle Beaulieu, lo esencial está en otra parte. “Estaría encantada de que un peritaje científico demostrara que esta piedra fuera en efecto donde reposó Cristo, pero incluso si se demuestra lo contrario, seguiría siendo un signo de la Resurrección”.
Gracias a un contacto, la periodista, residente en Jerusalén desde hace 17 años, formó parte del exclusivo grupo de privilegiados que ha podido acceder al lugar. Según confiesa: “La iglesia del Santo Sepulcro es un sitio desconcertante. Al principio no me gustaba mucho. Me esperaba una iglesia hermosa y me encontré con este lugar de arquitectura extraña, que no recuerda en nada a las escenas bíblicas. No hay ningún rastro del jardín de la tumba, por ejemplo”.
“Pero progresivamente fui desarrollando un apego, durante las procesiones en las que participo con los franciscanos. No es un sitio para visitar, sino más bien un lugar para orar. Gracias a un religioso, pude penetrar hasta la roca que soportó el cuerpo de Cristo, algo que no habría podido imaginar… Me sentía en un estado extraño, un poco como ingrávida, pero me acuerdo de todos los detalles. Nunca más iré al Santo Sepulcro de la misma forma”.
“Ahora mismo, han vuelto a colocar la losa de mármol por encima y sólo se puede ver parcialmente la cripta, a través de una apertura [protegida con un cristal blindado, Ndlr]. Pero yo sé que la piedra está ahí. Tenía la costumbre de hacer la genuflexión delante de la tumba de Cristo y luego reflexioné y pensé que era absurdo, que allí no había ninguna Presencia real, y que es delante de las santas especies que conviene hacer una genuflexión. Pero en el Santo Sepulcro, delante de esta tumba, hay una ‘ausencia real’. Una tumba vacía. Un milagro ante el cual se doblan todas las rodillas, en el Cielo, sobre la Tierra y en los Infiernos”.


Cierran las diez mil Puertas Santas de la Misericordia esparcidas por el mundo





Mientras que la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro se cerrará el 20 de noviembre, el 13 de noviembre se cerraron oficialmente más de 10 mil puertas santas de todo el mundo, incluidas las de las tres basílicas de Roma: San Pablo Extramuros, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor.

El domingo, obispos y cardenales celebraron misas en distintas iglesias del mundo para cerrar las Puertas Santas. 

En Roma, las ceremonias fueron presididas por arciprestes de cada basílica, el cardenal Agostino Vallini, el cardenal Santos Abril y el cardenal James Harvey.

CARD. JAMES MICHAEL HARVEY
Arcipreste, San Juan de Letrán
"Cerramos la Puerta Santa con la certeza de que no abandonarás a tus hijos. Y que siempre nos acompañas con tu misericordia”.

Las Puertas Santas simbolizan la ausencia de  obstáculos entre Dios y el hombre. Además, con la indulgencia, abren un nuevo camino hacia Cristo que no encuentra impedimento en los pecados.

Mientras que el jubileo suele celebrarse cada 25 o 50 años, este convocado por el Papa Francisco ha sido especial ya que solo habían pasado casi 16 desde el último, el del año 2000.

Las Puertas Santas de todo el mundo ya se han cerrado, pero la de la Basílica de San Pedro deberá esperar un poco más. El Papa Francisco será el encargado de hacerlo poniendo así punto y final a un año repleto de gestos de misericordia.

Viernes de la trigésima tercera semana del tiempo ordinario


Apocalipsis 10,8-11. 

Y la voz que había oído desde el cielo me habló nuevamente, diciéndome: "Ve a tomar el pequeño libro que tiene abierto en la mano el Angel que está de pie sobre el mar y sobre la tierra".
Yo corrí hacia el Angel y le rogué que me diera el pequeño libro, y él me respondió: "Toma y cómelo; será amargo para tu estómago, pero en tu boca será dulce como la miel".
Yo tomé el pequeño libro de la mano del Angel y lo comí: en mi boca era dulce como la miel, pero cuando terminé de comerlo, se volvió amargo en mi estómago.
Entonces se me dijo: "Es necesario que profetices nuevamente acerca de una multitud de pueblos, de naciones, de lenguas y de reyes".

Salmo 119(118),14.24.72.103.111.131. 
Me alegro de cumplir tus prescripciones,
más que de todas las riquezas.

Porque tus prescripciones son todo mi deleite,
y tus preceptos, mis consejeros.

Para mí vale más la ley de tus labios
que todo el oro y la plata.

¡Qué dulce es tu palabra para mi boca,
es más dulce que la miel!

Tus prescripciones son mi herencia para siempre,
porque alegran mi corazón.

Abro mi boca y aspiro hondamente,
porque anhelo tus mandamientos.



Evangelio según San Lucas 19,45-48. 
Jesús al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores,
diciéndoles: "Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones".
Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo.
Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

¿Por qué me da miedo la muerte si creo en la resurrección? Tal vez cuando el corazón se acomoda pensamos que el cielo puede esperar


¿Por qué me da miedo la muerte si creo en la resurrección?



La muerte siempre asusta. Es el final del camino. Es la despedida definitiva. Nos turba el hecho de no saber qué habrá al otro lado. Miedo a morir sin despedirnos. Miedo a quedarnos solos y perder a nuestros seres queridos.
El cristiano teme la muerte. Conoce la resurrección, pero teme la muerte. Lo veo todos los días. Lo veo en mí mismo. El miedo a la enfermedad. El miedo al sufrimiento. El miedo a perder a los que amamos. Amamos mucho la vida en la tierra. Y pensamos que el cielo puede esperar.
Somos cristianos, creemos en la vida eterna, creemos en el amor de Dios para siempre, pero nos turba la muerte.
Los mártires estaban dispuestos a morir antes que negar a Dios. Dispuestos a dar la vida antes de dejar que su fe desapareciera. Fueron fieles hasta el final. Hoy sigue habiendo mártires. Sigue habiendo cristianos perseguidos. Ellos no dudan de la vida eterna.
Pero tal vez, cuando el corazón se acomoda, pensamos que el cielo puede esperar. Queremos saborear hasta el final la vida que se nos regala. Tememos la muerte. No queremos dejar de vivir.
Y además surgen las preguntas: ¿Estaré en el cielo con aquellos a quienes amo? ¿Tendrá que ver mi vida eterna con mi vida temporal de ahora? El cielo siempre se nos presenta lleno de preguntas y enigmas. No tenemos todas las respuestas.
El otro día me hablaban de las experiencias cercanas a la muerte. Personas que han estado a punto de morir y relatan lo que han visto en ese momento de luz y de paz. Para algunos son una demostración palpable de la existencia del cielo. Para otros son sólo producto de la imaginación.
Lo cierto es que esa certeza posible tampoco me da paz suficiente frente a la muerte. No quiero morir. La vida me gusta. El hoy, el aquí, el ahora. El amor con ansia de eternidad. Pero el amor concreto en el que trascurren mis días. Ese amor me hace soñar con el cielo. Porque, como decía G. Marcel: “Amar a una persona es decirle: – Tú no morirás jamás”.
Y ese no morir para siempre sucede en el cielo. Tiene que ver con una vida para siempre. Pero aun así no pierdo el temor ante la muerte. El temor a quedarme solo en la tierra sin las personas a las que amo. El temor a cruzar solo el umbral de la muerte. El temor a no poder hacer nada más. El tiempo se acaba.
Ante la muerte sufro. Porque no acabo de ver, de entender, de saber. Y mi fe me dice que no tema, que confíe. Que espere a ese Dios al que quiero. Lo he oído tantas veces… Yo mismo lo pronuncio. Para dar esperanza. Para que otros no teman. Pero yo mismo ante la muerte, ante el futuro incierto, ante la enfermedad posible, tiemblo y temo. Como si no creyera.
Nos pasa a los cristianos tantas veces. No nos alegramos con el cielo. Preferimos una religión que nos hable de hoy. De cómo enfrentar la vida. De cómo amar en presente. Pero me cuesta el salto inmenso que abarca el infinito. El adiós para siempre aunque sea un hasta luego.
Ante la muerte surge siempre de nuevo la pregunta: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Estoy viviendo como quiero vivir? ¿Estoy amando y me siento amado? Son las preguntas que encierran una semilla de eternidad.
Una persona rezaba mirando a Dios: “No sé bien qué contienen las palmas de tus manos. Qué infinitos esconden las aguas de tus mares. No sé cuánto silencio habita hoy en tu pecho. Cuánto infinito ocultan las hondas de tu alma. No sé bien cuánto mar hará falta en el cielo. No sé bien qué contienen las aguas de tus mares. No sé si tantas playas abrazan lo infinito. Si en tu barca los mares llenan toda mi vida. Si al tenerte en mis brazos calmo la sed eterna. Solo sé que navego por mares que no entiendo. En cascadas de luz, de silencio, de amores. No sé bien cómo hacer para llenar el ancho abismo que separa mis aguas de tus aguas. Lentamente me adentro en la vida que intuyo, a ciegas, sordo y mudo. Con ojos inocentes, con palabras calladas. Apenas sé si todo este amor que sostengo llena todo ese cielo que sueñan mis entrañas”. 
Es la mirada del corazón que anhela. Del alma que desea. De la vida aún no plena que quiere ser eterna.

Santa Isabel de Hungría – 17 de noviembre

«Princesa de Hungría, landgrave de Turingia. Joven esposa, madre y viuda. El rostro de la ternura hacia los enfermos y los pobres. Patrona de la Tercera Orden franciscana, de Bogotá y de las enfermeras españolas, entre otras»

Saint Elisabeth of Hungary

El 17 de noviembre de 2007 Benedicto XVI dio inicio al año internacional dedicado a esta santa que vivió experiencias intensísimas de amor y de dolor en su corta existencia. Es muy venerada y querida. Patrona de la Tercera Orden franciscana, de Bogotá, de las enfermeras españolas, de las niñas y mujeres alemanas, proclamación esta última efectuada por León XIII. Ostenta el patronazgo de la Orden Teutónica, junto a María y a san Jorge. Tiene dedicadas numerosas iglesias y capillas, y el arte ha multiplicado su imagen y milagros. Su primera biografía la publicó en 1237 el cisterciense Cesáreo de Heisterbach y han seguido proliferando otras muchas.
Nació en 1207, puede que en el castillo de Sàrospatak, Hungría; no hay más datos. Era hija del monarca Andrés II, dueño de gran fortuna, y de Gertrudis de Andechs-Merania descendiente de reyes; tenía dos hermanos prelados. En el árbol genealógico de Isabel había ejemplos de excelsa virtud. Santa Eduvigis de Silesia fue su tía materna, y lazos de sangre la vinculaban a santa Isabel de Portugal. Además, su propia hija Gertrudis, abadesa de Altenberg, es beata. Acordado su matrimonio por razones de estado cuando tenía 4 años, con Hermann, hijo del landgrave de Turingia, la trasladaron allí para instruirla; era la costumbre.
Enseguida se desencadenaron trágicos acontecimientos. En 1213 su madre fue asesinada, en 1216 murió su prometido y al año siguiente lo hizo el landgrave, que le profesaba gran afecto. Entonces quedó en manos de Sofía Wittelsbach de Baviera, la segunda esposa de éste. Tanto a ella como a Hermann les agradaba la cultura haciendo de la corte un escenario perfecto para artistas y poetas. Entre tanto, Isabel había dado muestras de piedad, una tendencia muy marcada a ejercer la caridad y alejamiento de los oropeles de palacio. Implicada en un entramado político, aunque estaba muy lejos de conflictos, se decidió que regresara a su país, pero Luís IV, nuevo landgrave tras la muerte de su padre, que había tenido ocasión de tratarla en palacio, se desposó con ella en 1221.
La idílica compenetración entre ambos sembró sus vidas de inenarrable felicidad. Isabel había hallado en Luís su alma gemela, un hombre generoso, desprendido de sí mismo, que respetó en todo momento sus intensas prácticas de oración y piedad. Velaba sus noches de vigilia de forma solícita teniendo cuidado de que las penitencias de su esposa no minaran su salud. Y mostraba público reconocimiento hacia sus constantes gestos de caridad con los necesitados defendiéndola de las críticas que alguna vez llovieron sobre ella por parte de quienes no supieron apreciar su proverbial espíritu de pobreza y magnanimidad, que Dios bendecía ya con signos extraordinarios. La idea en la que se inscribe el momento en el que Isabel portaba panes para los pobres, asegurando que un desconfiado Luís le pidió que le mostrara lo que llevaba, y solo vio rosas, es fruto de la leyenda, como otras que se han tejido en torno a la santa.
Los nobles sentimientos que vinculaban a la pareja elevaban el espíritu de Isabel, que por encima de todo ansiaba unirse con Dios. «Si yo amo tanto a una criatura mortal, ¿cómo debería amar al Señor inmortal, dueño de mi alma?», confidenció a una de sus damas. Lo que vivía en su hogar junto al piadoso landgrave no era más que una simple imagen de ese otro amor con mayúsculas que ardía en su interior. Tuvieron tres hijos: Sofía, Gertrudis y Hermann, que murió en 1241. Gertrudis vino al mundo en 1227 al poco de fallecer su padre a causa de la peste cuando iba a embarcarse como cruzado junto al emperador Federico II. Isabel tenía 20 años cuando afrontó esta nueva tragedia que laceró su corazón: «El mundo con todas sus alegrías está ahora muerto para mí». 
Desde que los frailes se afincaron allí a finales de 1221 estaba vinculada a la espiritualidad franciscana. En 1223 comenzó a ser dirigida por ellos. Al enviudar la acompañaba en este itinerario Conrado de Marburgo. En aras de la obediencia que prometió, como tenía vía libre para hacer uso de sus bienes, siguió sembrando la estela de caridad entre los pobres. Con la excusa de que dilapidaba su fortuna siendo inepta para el gobierno, su cuñado Enrique Raspe la expulsó de la corte en pleno invierno. Buscó cobijo en un humilde granero. Y al clarear el alba se dirigió al convento de los franciscanos entonando a Dios un Te Deum en acción de gracias. Luego en Eisenach vivió en una modesta cabaña construida en la rivera del río, y continuó socorriendo a los pobres con el fruto de su trabajo: costura e hilado. Cuando su tía materna, abadesa de las benedictinas de Kitzingen, supo de sus penalidades, la confió a su hermano Eckbert, obispo de Bamberg. La idea de su tío era que Isabel contrajese nuevo matrimonio, pero ella se negó en aras de la promesa que hizo al enviudar.
Se afincó en el castillo de Pottenstein. A su tiempo, sus hermanos le restituyeron la dote y se estableció en Marburgo, seguida por su riguroso director espiritual. Su heroico ejemplo de caridad sería ya imborrable. Fue artífice de dos hospitales, en uno de los cuales, abierto en su castillo, procuró atención cotidiana a centenares de indigentes; el otro lo mandó erigir en la colina de Wartburg. En 1228, año en que tomó el hábito gris de los penitentes en la capilla de los franciscanos de Eisenach, impulsó un tercer hospital en Marburgo y allí sirvió a los enfermos, muchos de los cuales estaban aquejados de graves úlceras; lo hizo sin temer al contagio. Los pobres y los desvalidos, hospitalizados o no, en quienes siempre vio el rostro de Cristo, nunca cesaron de recibir sus tiernos consuelos. Ella misma, dando muestras de su amor al carisma franciscano, había hecho de la pobreza su forma de vida, desprendida de todo, hasta que murió con fama de santidad en Marburgo, presa de altas fiebres, la madrugada del 17 de noviembre de 1231. Gregorio IX la canonizó cuatro años después, el 27 de mayo de 1235, ante la presencia de miles de fieles, entre otros, el emperador Federico II.