lunes, 20 de junio de 2016

Palabras que matan y palabras que resucitan ¿Cómo hablamos a los demás? ¿Qué les transmiten nuestras palabras?


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Una palabra irresponsable: puede encender discordias y fuegos difíciles de apagar…
Una palabra cruel: puede arruinar y derribar todo lo que se había edificado en una vida…
Una palabra de resentimiento: puede matar a una persona, como si le claváramos un cuchillo en el corazón…
Una palabra brutal: puede herir y hasta destruir la autoestima y la dignidad de una persona…
Una palabra amable: puede suavizar las cosas y modificar la actitud de otros…
Una palabra alegre: puede cambiar totalmente nuestro día…
Una palabra oportuna: puede aliviar la carga y traer luz a nuestra vida…
Una palabra de amor: puede sanar el corazón herido.
Porque las palabras tienen vida.
Son capaces de bendecir o maldecir, de edificar o derribar, de animar o abatir, de transmitir vida o muerte, de perdonar o condenar, de empujar al éxito o al fracaso, de aceptar o rechazar…
¿Cómo hablamos a los demás? ¿Qué les transmiten nuestras palabras? ¿Qué me digo a mí mismo? ¿Hacia dónde me conduce mi dialogo interno?
Pablo Osow

El sencillo acto de testimonio que les dice a los extraños que Dios existe Expresar en público la gracia es algo pequeño pero significa mucho

¿Quieres hacer retroceder a aquellos que intentan despojar de elementos cristianos los lugares públicos? Empieza con pequeños gestos. Empieza por bendecir la comida incluso cuando estés en público. ¿He dicho pequeños gestos? Diminutos, mejor dicho. Aunque diminuto no significa insignificante.
Pero no lo hagas como el que hace una declaración, porque no hay nada peor para dar testimonio que alguien haciéndolo por espectáculo. “Oigan, mírenme lo cristiano que soy”… algo así sólo haría que otros cristianos quieran hacerte mártir.
Bendice la mesa, da las gracias por los alimentos, porque es el deber y el privilegio de la vida cristiana dar gracias a Dios y, por las razones que sean, hemos decidido que antes de comer es un buen momento para mostrarse agradecidos.
Bendice la mesa en público porque es un deber que hay que ejercer y un privilegio que hay que disfrutar, en cualquier momento y lugar. Debería ser algo tan natural como estrechar la mano de alguien cuando nos encontramos.
Tal vez hayas pasado por una experiencia similar a ésta: sales a comer con alguien que sabes que es cristiano y cuando llega la comida se produce un momento incómodo cuando no sabes si excusarte para bendecir la mesa o preguntar al otro si la bendecís juntos.
He estado con gente, incluso sacerdotes, que me han dicho —normalmente en tono avergonzado, aunque no siempre— que nunca bendicen la mesa en público. Dicen que no quieren montar una escena o llamar la atención o incluso dejar la fe en ridículo.
En mi opinión, lo que quieren es evitar que algún bobo les suelte alguna grosería. Así que comen como los impíos, como quizás lo hubiera expresado san Pablo.
Pensé sobre ello cuando, desde el Instituto Portsmouth, me pidieron que diera una charla sobre la valentía en El Señor de los anillos en su congreso anual extraordinario (los artículos se publicarán en su revista Conversatio).
Tolkien muestra un ejercicio del valor como fruto del deber y como fruto del amor, que, a menudo, son las dos caras de la misma moneda.
Nos plantea una valentía puesta en práctica en términos épicos, en una misión para salvar el mundo, aunque nosotros tenemos nuestros propios medios para cumplir con nuestro deber y demostrar nuestro amor, desde nuestras cómodas vidas de cristianos.
Por tanto, si se bendice la mesa antes de comer, se bendice la mesa antes de comer, y eso incluye las comidas en los restaurantes. 
Si está bien rezar en casa antes de la comida, también está bien rezar antes de comerte una hamburguesa especial del chef con cebolla caramelizada, queso de cabra y salsa especial de la casa o un costillar con salsa barbacoa en el restaurante argentino o una quiche vegetariana en el restaurante de comida casera que dirige la vecina francesa.
Si haces algo en casa o con otros cristianos y luego temes hacerlo en público, te arriesgas a recibir la reprimenda de Jesús: “A cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos”. Personalmente, es un riesgo que prefiero no correr.
Los cristianos dan las gracias a Dios y, al cumplir con nuestro deber al respecto, incluso en un bar o en un restaurante, damos testimonio público de nuestra fe.
Piensa en lo que se pierde cuando te niegas a cumplir con tu deber, a poner en práctica un diminuto ápice de valor necesario para convertirte en ese tipo excéntrico que reza antes de comer.
Estarías renunciando a la oportunidad de ser un pequeño signo de que la fe cristiana es una opción viva y que algunos cristianos en el mundo sí ejercen su fe de verdad.
Te niegas —y es una negación, no un fracaso— a plantear un pequeño aunque poderoso cambio en la narrativa secular que casi toda la sociedad acepta y según la cual conforman sus vidas. Pierdes la oportunidad de insertar el cristianismo en el mundo público del que ha sido extraído.
Dar las gracias a Dios antes de empezar a comer es un gesto diminuto, cierto, pero no es un gesto insignificante.
Es una forma de decir a la gente que tal vez no sepa nada de Dios o de la Iglesia que existe un mundo donde es natural mostrarse agradecido. Les transmite que conocemos a Alguien a quien podemos dar gracias.

Envejecer con esperanza ¿No es hermoso el ejemplo que nos ha dejado el Papa emérito Benedicto XVI retirándose en el silencio, el estudio y la oración?


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Es conocida por todos la historia del violinista Paganini. Una tarde daba un concierto. La sala estaba llena de espectadores. Él tocaba el violín con todo el entusiasmo que le caracterizaba. De pronto, se rompe una de las cuerdas del violín. Imperturbable, continúa tocando. Se rompe una segunda cuerda, después una tercera. Finalmente acaba la interpretación con una sola cuerda. La sala explota en un sonoro y largo aplauso.
¿No podríamos comparar esta historia de Paganini con la vida de las personas? A todos nos toca interpretar la melodía de nuestra propia vida familiar, profesional, y para ello tenemos unos dones, unas cualidades. Sin embargo, el tiempo va pasando y también se nos rompen las cuerdas: piernas cansadas, incapaces de aguantar caminatas y estar mucho tiempo de pie; la memoria empieza a fallar y ya no encontramos las cosas ni recordamos los nombres de las personas más cercanas; la fatiga llega más pronto que antes y hay que descansar más a menudo e ir a dormir más pronto; incapacidad para aguantar ciertos ritmos de vida, etc. ¿Cómo reaccionamos ante estas roturas de cuerdas en el concierto de nuestra vida?
Algunos reaccionan con tristeza y malhumor; otros se aíslan porque piensan que ya no sirven para nada; otros viven con paz y sin perder el humor ante esa contrariedad de ver que fallan las cuerdas de la vida. Sí, lo ideal, lo hermoso, es seguir adelante con la última cuerda, la cuerda del ánimo, de la paciencia, de la paz y, finalmente, del silencio. Ojalá podamos tener la tenacidad de Paganini y seguir hasta el final con paz y buen humor.
¿Que cuentan menos contigo? Ya contaron contigo cuando eras más joven.
¿Que no te piden consejo? Ya aconsejaste bastante cuando eras joven y tenías a tu cargo unos hijos que cuidar, unos alumnos a los que educar, una comunidad a la que guiar.
Entonces, ¿ya no hay nada que hacer? ¿No queda más que arrinconarse y pudrirse? De ninguna manera, sigue animando, sonriendo, sigue estando ahí para cuando te necesiten y, sobre todo, sigue rezando para que el mundo avance por caminos de paz, de respeto a las personas, de justicia y de solidaridad.
¿No es hermoso el ejemplo que nos ha dejado el Papa emérito Benedicto XVI retirándose en el silencio, el estudio y la oración? No pierde la paz, no se amarga por no estar en el primer puesto de la actualidad. Presta un inmenso servicio desde su retiro vivido en la confianza en Dios y en los demás y en la espera activa del día en el que el Señor le llamará a entrar en su descanso del cielo.
Ojalá que el Señor nos conceda saber interpretar cada día la melodía de la vida con las cuerdas que tengamos entre manos sin perder nunca la paz, la alegría y el amor.
¡Que Dios os bendiga a todos!
+ Juan José Omella Omella

Lunes de la duodécima semana del tiempo ordinario


Segundo Libro de los Reyes 17,5-8.13-15a.18. 

Salmanasar, rey de Asiria, invadió todo el país, subió contra Samaría y la sitió durante tres años.
En el noveno año de Oseas, el rey de Asiria conquistó Samaría y deportó a los israelitas a Asiria. Los estableció en Jalaj y sobre el Jabor, río de Gozán, y en las ciudades de Media.
Esto sucedió porque los israelitas pecaron contra el Señor, su Dios, que los había hecho subir del país de Egipto, librándolos del poder del Faraón, rey de Egipto, y porque habían venerado a otros dioses.
Ellos imitaron las costumbres de las naciones que el Señor había desposeído delante de los israelitas, y las que habían introducido los reyes de Israel.
El Señor había advertido solemnemente a Israel y a Judá por medio de todos los profetas y videntes, diciendo: "Vuelvan de su mala conducta y observen mis mandamientos y mis preceptos, conforme a toda la Ley que prescribí a sus padres y que transmití por medio de mis servidores los profetas".
Pero ellos no escucharon, y se obstinaron como sus padres, que no creyeron en el Señor, su Dios.
Rechazaron sus preceptos y la alianza que el Señor había hecho con sus padres, sin tener en cuenta sus advertencias.
El Señor se irritó tanto contra Israel, que lo arrojó lejos de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá.



Salmo 60(59),3.4-5.12-13. 
¡Tú nos has rechazado, Señor, nos has deshecho!
Estabas irritado: ¡vuélvete a nosotros!
Hiciste temblar la tierra, la agrietaste:
repara sus grietas, porque se desmorona.

Impusiste a tu pueblo una dura prueba,
nos hiciste beber un vino embriagador.
Tú, Señor, nos has rechazado
y ya no sales con nuestro ejército.

Danos tu ayuda contra el adversario,
porque es inútil el auxilio de los hombres.



Evangelio según San Mateo 7,1-5. 
Jesús dijo a sus discípulos:
No juzguen, para no ser juzgados.
Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes.
¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: 'Deja que te saque la paja de tu ojo', si hay una viga en el tuyo?
Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.




Leer el comentario del Evangelio por : San Juan Clímaco  

domingo, 19 de junio de 2016

10 novelas católicas que debes leer mientras estás vivo (Porque después no tendrás tiempo)


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El descenso de la lectura que sugieren las estadísticas, nos ha inclinado a ajustar la ratio de libros de forma realista.
También son las estadísticas, las que indican que hay un declive en la novela católica. Y la más reciente polémica versa sobre si este tipo de novela está llegando a su fin. Pero deberíamos tener una idea clara. No se puede hablar técnicamente de la catolicidad de una novela en cuanto objeto.
La solución de la polémica es, pues, que la novela católica existirá, mientras haya católicos que leen novelas. Pero sobre todo existirá mientras haya católicos que las escriben. Y esta es nuestra modesta selección de algunas.
1. El poder y la gloria, de Graham Greene
Está ambientada en Mexico durante la persecución religiosa del presidente Díaz Cases. Narra la historia de un cura que es el último que queda en su Estado y va huyendo de un lugar a otro. Pero es un cura débil, que ha tenido hijos con varias mujeres indias y se emborracha con frecuencia. Lo único que tiene claro es el tener la vocación de sacerdote y estar consagrado a Dios con este fin. El buen oficio de Greene, dosificando la emoción en ascenso, hace que acompañemos al cura por todo el itinerario hasta su desenlace.
2. Últimas cartas (1532-1535), de Tomás Moro
Redactadas con serenidad y al estilo isabelino de la época, caracterizado por frases largas y elegantes; estas cartas del noble Canciller nos muestran su último dilema: O firmar el acta de sucesión de Enrique VIII o, por el contrario, defender sus convicciones morales. La esmerada traducción del latín original y la siempre correctísima edición por Acantilado ed., las hacen una verdadera prioridad para su biblioteca.
3. El diario de Ana Frank
No es católica la autora del diario, pero leído con esos ojos – católico significa corazón grande -, la historia de la judía de Amsterdam hace del pueblo elegido en la Antigua Alianza, un símbolo universal. Esto explica las controversias que ha tenido su divulgación. Pero el diario se centra más en el interior de la adolescente. La introspección hace que afloren las rupturas que se producen en esta etapa de la vida. De ahí que el padre, tiempo después, al encontrarlo en la casa, tuviese que encargar la eliminación de alguna nota que apuntó la muchacha con ocasión de algún enfado con su madre. Por encima de todo esto, el diario de Ana Frank se manifiesta como uno de los libros más desconcertantes y bellos de la Literatura.
4. Diario de un cura rural, de Georges Bernanos
Un párroco llega a su nuevo pueblo al que ha sido destinado. Es de noche, pero descubre, a lo lejos, luces y música. El baile en que observa a sus futuros feligreses le perturba hasta el extremo de pensar que ha llegado a un lugar de pecado. La novela sitúa los acontecimientos en el marco de la batalla cósmica entre el bien y el mal, que se supera en la Gracia. Porque, como dice uno de los personajes, “Todo es gracia”.
5. La luz apacible, de Louis de Wohl
Trata de la vida de Santo Tomás de Aquino y de su relación con personalidades de la  época bajomedieval, como el emperador Federico II. Se muestra la gran inteligencia del santo, pero también su ingenuidad infantil, que a veces es motivo de burla por parte de sus hermanos. El autor, Louis de Wohl, es un fenómeno personalísimo en el panorama literario del s. XX, pues escribía biografías históricas con un talento especial para recuperar personajes del pasado.
6. El hilo de oro
Del mismo autor que el anterior, es la biografía de San Ignacio de Loyola. Narra la historia de este soldado guipuzcoano que cayó herido defendiendo la plaza de Pamplona en 1521. Durante su convalecencia experimentó una llamativa conversión con motivo de sus lecturas. Su posterior peregrinación a Manresa, los estudios en la Sorbona y la fundación de la Compañía de Jesús, junto a sus amigos, entre los que destaca San Francisco Javier, completan el itinerario argumental. Es una recomendable biografía histórica.
7. Perder y ganar, de Beato John H. Newman
Nos encontramos ante una autobiografía. Su autor narra el período en que pasó de ser pastor anglicano, a bautizarse en la Iglesia Católica. Este paso suponía en Inglaterra una gran discriminación. Pero el beato Newman en lo personal no siempre quiso defenderse. Sin embargo cuando escribió este libro, ya habían sobrepasado el umbral de protección a su nueva Iglesia, por lo que decidió defenderla. Y lo hizo en esta propuesta narrativa según su gran capacidad, no dejando, ni incontestada una cuestión; ni en pie un argumento de contrario.
8. El tiempo en un hilo, de Maruja Moragas Freixa
Es una novela testimonial. Una mujer se enfrenta a la adversidad de una separación matrimonial y todo lo que esta conlleva. Así, el volver a trabajar fuera de casa, o el asumir el vacío de responsabilidad que dejó la persona ausente. Moragas utilizando metáforas marinas, transmite que una mujer separada no tiene porqué tener ansias de rehacer su vida, pues la misma que ya tiene, es una oportunidad de transformación cristiana.
9. El precio a pagar, de Joseph Fadelle
La novela narra la odisea de su autor, un iraquí que, por su nueva fe cristiana, deberá huir de su país, de sus hermanos y de sus propios padres. El acontecimiento que desencadena su miedo es el pronunciamiento de una fatwa, una sentencia por la cual, cualquier musulmán que acabe con su vida, gozará de beneficios en el Cielo. El título del libro ya manifiesta que en países como Irak, el esfuerzo para practicar la fe tiene un precio a pagar y, en otros países en cambio, este esfuerzo es nimio;y lo poco que lo valoramos.
10. El charlatán moderado, de Gilbert K. Chesterton
Es una novela de misterio de corte clásico, en la que se desconoce el asesino, el móvil y el modus operandihasta la última página. Un artista se enamora de un árbol y, entorno a él, planta un jardín y construye su casa. El artista vive con su hija, a quien acude diariamente a visitar un joven médico. Este en cada visita encuentra más siniestra la visión del árbol. Esta novela es ideal para una lectura meramente de ocio, pues no es literariamente ambiciosa, pese al prestigio de su autor.