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sábado, 15 de octubre de 2016

15 de octubre: Fiesta de Santa Teresa de Jesús, la primera mujer Doctora de la Iglesia

15 de octubre: Fiesta de Santa Teresa de Jesús, la primera mujer Doctora de la Iglesia

«Fundadora de las carmelitas descalzas, doctora de la Iglesia, la primera mujer que recibió este alto honor. Apóstol incansable, escritora, poeta, mística excepcional. Es una de las grandes maestras de la vida espiritual»


En este mes de octubre misionero el santoral nos ofrece la vida de dos insignes carmelitas, ambas de nombre Teresa, que unieron a Jesús. Teresa de Lisieux, y la fundadora Teresa de Cepeda y Ahumada, considerada una de las grandes figuras de la Iglesia, de poderoso influjo en santos y beatos. Imposible precisar el número de personas anónimas que la eligieron y continúan tomándola como modelo, pero seguro que son multitud. Se han vertido tantas reflexiones en torno a ella que nada nuevo se puede añadir. Seguimos admirados de su entrega, agradeciendo a Dios su fecunda existencia.
Nacida el 28 de marzo de 1515 en Ávila, España, tenía una personalidad impactante. Mujer de empuje, audaz, soñadora, apóstol incansable, mística y doctora de la Iglesia, primera a la que se le confirió tan alto honor, escritora, poeta…, ha logrado que su vida y obra, que mantiene su frescura original, prosiga en lo alto de este podium de santidad. Se enamoró de Cristo precozmente, y quiso derramar su sangre por Él siendo mártir a la edad de 6 años; huyó para ello con su hermano Rodrigo, pero los encontraron. La vida eremítica formó parte de sus juegos infantiles. Después, pasó un tiempo entre devaneos, atrapada por el contenido de libros de caballería y el cortejo de un familiar. Su madre murió dejándola en la difícil edad de los 13 años. Internada por su padre a los 16 en el colegio de Gracia, regido por las madres agustinas, echaba de menos a su primo, que era el galán que la pretendía.
Aunque se hallaba en contacto con la vida religiosa, el mundo seguía disputándosela a Cristo; ser monja no estaba en sus planes. Hasta que en 1535, después de ver partir a Rodrigo, casarse a una de sus hermanas, e ingresar una amiga en el monasterio de la Encarnación, hablando con ésta descubrió su vocación, y entró en el convento a pesar de la oposición paterna. Una grave enfermedad la devolvió a los brazos de su padre en 1537. Luchó contra la muerte y venció, atribuyéndolo a san José, aunque le quedaron secuelas. En 1539 volvió a la Encarnación. La vida en el convento era, como hoy se diría, demasiado light. Tanta apertura y comodidades, entradas y salidas, no eran precisamente lo más adecuado para una consagrada. Y en la Cuaresma del año 1544, el de la muerte de su padre, ante la imagen de un Cristo llagado, con ardientes lágrimas suplicó su ayuda; le horrorizaba ofenderle.
Era su amor vehemente, sin fisuras, alimentado a través de una oración continua: «La oración no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho». Comenzó a experimentar la vida de perfección como ascenso de su alma a Dios, y a la par recibía la gracia de verse envuelta en místicas visiones que incendiaban su corazón, aunque hubo grandes periodos templados por una intensa aridez. Susurros de su pasión impregnaban sus jornadas de oración: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…». Demandaba fervientemente la cruz cotidiana: «Cruz, descanso sabroso de mi vida, Vos seáis la bienvenida […]. En la cruz está la vida, y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo…».
Hacia 1562 vivió la experiencia mística de la transverberación: «Veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla […]. No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines […]. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios».
En otra de las visiones le fue dado a contemplar el infierno. Fue tan terrible que determinó el rigor de su entrega y emprendió la reforma carmelitana así como su primera fundación. Tenía 40 años, y Dios iba marcándole el camino que debía seguir. San Juan de la Cruz se unió a su empeño. La reforma no fue fácil. Las pruebas de toda índole, insidias del diablo, contrariedades, problemas internos, dudas y vacilaciones de su propio confesor, así como el trato hostil dispensado por la Iglesia, entre otros, le infligieron grandes sufrimientos. A pesar de su frágil salud, tenía un potente temperamento y no se dejaba amilanar; menos aún, cuando se trataba de Cristo. Así que, acudió a los altos estamentos, se codeó con reyes y nobleza, fue donde hizo falta, y se entregó en cuerpo y alma a tutelar y enriquecer espiritualmente las fundaciones con las que regó España. Todas nacieron a impulso del mismo Dios que las inspiraba.
Era una excepcional formadora. Tenía alma misionera; lloró amargamente pensando en las necesidades apostólicas que había en tierras americanas, donde hubiera querido ir. Plasmó sus experiencias místicas en obras maestras, imprescindibles para alumbrar el itinerario espiritual como «El camino de la perfección», «Pensamientos sobre el amor de Dios» y «El castillo interior», que no vio publicadas en vida. La Inquisición estuvo tras ella; incluso quemó uno de sus textos por sugerencia de su confesor. Fortaleza y claridad, capacidad organizativa y sabiduría para ejercer el gobierno, confianza y entereza en las contrariedades, humildad, sencillez, sagacidad, sentido del humor, una fe y caridad heroicas son rasgos que también la definen.
Devotísima de San José decía: «solo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no creyere y verá por experiencia cuan gran bien es recomendarse a ese glorioso Patriarca y tenerle devoción». Aunó magistralmente contemplación y acción. Recibió dones diversos: éxtasis, milagros, discernimiento… Murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582. Pablo V la beatificó el 24 de abril de 1614. Gregorio XV la canonizó el 12 de marzo de 1622. Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970.
( Fuente, ZENIT)

sábado, 7 de mayo de 2016

Las etapas de la vida mística según santa Teresa de Ávila La decisión de buscar a Dios en nosotros, apoyándonos en Él es la puerta de entrada a la vida espiritual


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1. Al final de su viaje espiritual, Teresa de Jesús escribió el libro de Las moradas, donde compara nuestra alma –el hogar de Dios– con un castillo.
Las primeras moradas corresponden a la entrada en la vida espiritual y son el fundamento de todo lo posterior.
Teresa de Ávila se apoya en particular en cuatro citas bíblicas:
· “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Juan 14:2), que evoca, según la santa, a este “castillo interior”.
· “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14:23), que es como un resumen del itinerario espiritual que ella explica.
· “Mis delicias son con los hijos de los hombres”, (Proverbios 8:31), que muestra que nosotros somos el paraíso de Dios.
· Y “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”, (Génesis 1:26), que es la prueba de que fuimos creados para amar como Dios ama, porque Dios es amor. La voluntad de Dios es que nos amemos como él nos ama.
2. Las primeras moradas son el pórtico de entrada en la vida espiritual. Lo franqueamos con la decisión de buscar a Dios en nosotros, apoyándonos en Él, puesto que la peor de las miserias para santa Teresa de Jesús es la de vivir sin Dios, incluso la de imaginar que podemos hacer el bien sin Dios.
Los cuatro frutos de las primeras moradas, que madurarán a lo largo de nuestro camino espiritual, son la libertad, la humildad, desasimiento y, sobre todo, la caridad, que es el fin y la culminación.
Las segundas, terceras y cuartas moradas permitirán profundizar en la vida espiritual entendida como un camino hacia Dios, una búsqueda de Dios entendido como una participación progresiva en la vida divina.
Este don es gratuito, pero debemos estar determinados a recibirlo, para hacer de este recibimiento el centro de nuestras vidas y, así, purificar el lugar de nosotros donde habita Dios.
Es Dios quien nos hace pasar de una morada a otra, cuando quiere y de la forma que quiere.
3. Las segundas moradas conciernen a la purificación de nuestra relación con el mundo. El arma utilizada para triunfar aquí es la fe en Cristo y la confianza en que vendrá a liberarnos (cf. Gálatas 5:1).
4. Las terceras moradas son las relacionadas con la clarificación de la relación con uno mismo. Corremos el riesgo de ser como aquel joven rico que tuvo un buen comienzo, pero que termina finalmente todo triste.
El reto de esta tercera morada es el de reconocerse como un “siervo cualquiera” que lo recibe todo de Dios.
5. Las moradas cuartas son las relativas a ahondar en nuestra relación con Dios. Se instaura progresivamente una gran paz en las profundidades de nuestra alma. La confianza, la humildad y la gratitud son realidades que se van viviendo cada vez más profundamente.
6. La entrada en las quintas moradas marca una transición: no pasamos de las cuartas a las quintas moradas de la misma forma que pasamos de las segundas a las terceras o de las terceras a las cuartas.
Consideramos nuestra vida no tanto como un camino hacia Dios, sino que experimentamos a Dios viviendo en nosotros, como explica la frase de san Pablo: “¡ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí!” (Gálatas 2 :20).
El deseo de amar es más intenso; al recibir una vida nueva, perdemos nuestros puntos de referencia antiguos y nuestras seguridades habituales.
7. Las moradas sextas consisten en “compromisos espirituales”: hay una alternancia de sufrimientos ligados al sentimiento de ausencia de Dios y experiencias muy profundas de la presencia de Cristo. Aquí interviene una dilatación aún más profunda del corazón y del deseo de Dios.
El arma utilizada a través de este trance es siempre la vuelta a la santa humanidad de Cristo: Jesús se une a nosotros en nuestra debilidad humana para transformarla, para revitalizar nuestro deseo de amar en comunión con él.
8. Las séptimas moradas, al fin, son el punto de culminación definido por la unión con Dios en el “matrimonio espiritual”. Este matrimonio espiritual le fue concedido a santa Teresa de Jesús el 18 de noviembre de 1572.
La unión con Dios es una participación profunda del deseo de Dios de salvar a todas las personas.
A través del matrimonio espiritual todo queda transformado y se recibe un renovado deseo de vivir asumiendo nuestra condición y nuestros compromisos terrenales de manera aún más concreta y sin huir de la realidad.