sábado, 27 de octubre de 2018

Sábado de la vigésima novena semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 13,1-9.

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.
El les respondió: "¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás?
Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.
¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?
Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera".
Les dijo también esta parábola: "Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró.
Dijo entonces al viñador: 'Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?'.
Pero él respondió: 'Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré.
Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'".

viernes, 26 de octubre de 2018

Viernes de la vigésima novena semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 12,54-59.

jesús dijo a la multitud: 
"Cuando ven que una nube se levanta en occidente, ustedes dicen en seguida que va a llover, y así sucede.
Y cuando sopla viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede.
¡Hipócritas! Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?
¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo?
Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo."

jueves, 25 de octubre de 2018

Oración para pedir la fe, del papa Pablo VI


Una bonita oración del pontífice, compuesta en 1968

Señor, yo creo, yo quiero creer en Ti
Señor, haz que mi fe sea pura, sin reservas, y que penetre en mi pensamiento, en mi modo de juzgar las cosas divinas y las cosas humanas.
Señor, haz que mi fe sea libre, es decir, que cuente con la aportación personal de mi opción, que acepte las renuncias y los riesgos que comporta y que exprese el culmen decisivo de mi personalidad: creo en Ti, Señor.
Señor, haz que mi fe sea cierta: cierta por una congruencia exterior de pruebas y por un testimonio interior del Espíritu Santo, cierta por su luz confortadora, por su conclusión pacificadora, por su connaturalidad sosegante.
Señor, haz que mi fe sea fuerte, que no tema las contrariedades de los múltiples problemas que llena nuestra vida crepuscular, que no tema las adversidades de quien la discute, la impugna, la rechaza, la niega, sino que se robustezca en la prueba íntima de tu Verdad, se entrene en el roce de la crítica, se corrobore en la afirmación continua superando las dificultades dialécticas y espirituales entre las cuales se desenvuelve nuestra existencia temporal.
Señor, haz que mi fe sea gozosa y dé paz y alegría a mi espíritu, y lo capacite para la oración con Dios y para la conversación con los hombres, de manera que irradie en el coloquio sagrado y profano la bienaventuranza original de su afortunada posesión.
Señor, haz que mi fe sea activa y dé a la caridad las razones de su expansión moral de modo que sea verdadera amistad contigo y sea tuya en las obras, en los sufrimientos, en la espera de la revelación final, que sea una continua búsqueda, un testimonio continuo, una continua esperanza.
Señor, haz que mi fe sea humilde y no presuma de fundarse sobre la experiencia de mi pensamiento y de mi sentimiento, sino que se rinda al testimonio del Espíritu Santo, y no tenga otra garantía mejor que la docilidad a la autoridad del Magisterio de la Santa Iglesia. Amén.
(Pronunciada en la Audiencia general del 30 de octubre de 1968)
Fuente: L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 2 de agosto de 1981, p-3.

Jueves de la vigésima novena semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 12,49-53.

Jesús dijo a sus discípulos: 
"Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!
Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!
¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división.
De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres:
el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".

miércoles, 24 de octubre de 2018

Papa Francisco: ¿Hablas con tu ángel? ¿Sabes de qué tres peligros te protege?

GUARDIAN,ANGEL,WING

Homilía hoy en Casa Santa Marta

“He aquí que mando a un ángel por delante de ti para guardarte en tu camino y para que te conduzca al lugar que he preparado para ti”. Estas palabras de la liturgia de hoy guían la reflexión del Papa Francisco en Santa Marta, en el día de la fiesta de los Ángeles Custodios. Son ellos – dice Francisco – “la ayuda especial” que el “Señor promete a su pueblo y a nosotros que caminamos en el camino de la vida”.
Eso es precisamente la vida, un camino en el que debemos ser ayudados por “compañeros”, por “protectores”, por una “brújula humana, o una brújula que se asemeje a lo humano y que nos ayude a ver adónde tenemos que ir”. En la vida hay tres posibles peligros, según el Papa.
Está el peligro de no caminar. Y cuanta gente se asienta y no camina, y toda la vida está parada, sin moverse, sin hacer nada… Es un peligro. Como ese hombre del evangelio que tenía miedo de invertir el talento. Lo enterró, y: “Yo estoy en paz, estoy tranquilo. No me equivocaré, así no me arriesgo”. Y mucha gente no sabe cómo caminar o tiene miedo de arriesgar, y se para. Pero nosotros sabemos que quien se para en la vida, acaba por corromperse. Como el agua: cuando el agua está quieta, vienen los mosquitos, ponen los huevos, y todo se corrompe. Todo. El ángel nos ayuda, nos empuja a caminar.

El peligro de equivocarse de camino o de dar vueltas en un laberinto 

Pero hay dos peligros más en la vida, prosigue el Papa: el “peligro de equivocar el camino”, que solo “al principio es fácil de corregir”; y el peligro de dejar el camino para perderse en una plaza, yendo “de una parte a otra como en un laberinto” que “atrapa” y que “nunca tiene final”.  “El ángel”, afirma Francisco, “está para ayudarnos a no equivocar el camino y caminar por el”, pero hace falta nuestra oración, que pidamos ayuda.
Y dice el Señor: “Respeta su presencia”. El ángel tiene autoridad para decirnos las cosas. Hay que escucharle. “Escucha su voz y no te rebeles contra él”. Escucha las inspiraciones, que son siempre del Espíritu Santo, pero es el ángel quien nos las pone delante. Yo quisiera hacerles una pregunta: ¿hablan con su ángel? ¿Saben el nombre de su ángel? ¿escuchan a su ángel? ¿se dejan llevar de la mano en el camino o empujar para moverse?

El ángel muestra el camino hacia el Padre

La presencia y el papel de los ángeles en la vida es aún más importante, porque, según el Papa, no sólo nos ayudan a caminar bien, sino que nos muestran también “adónde tenemos que ir”. Está escrito en el evangelio de Mateo: “No desprecies a los niños”, dice el Señor, porque “sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de mi Padre en el cielo”. En el “misterio de la custodia del ángel” está también la “contemplación de Dios Padre” que el Señor nos debe dar la gracia de comprender.
Nuestro ángel no sólo está con nosotros, sino que ve a Dios Padre. Está en relación con Él. Es el puente diario, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, que nos acompaña y que está en relación con el Padre y con nosotros. El ángel es la puerta diaria a la trascendencia, al encuentro con el Padre: el ángel me ayuda en el camino porque mira al Padre y sabe cual es el camino.