viernes, 12 de octubre de 2018

Hoy celebramos a Nuestra Señora del Pilar, patrona de la hispanidad

Hoy celebramos a Nuestra Señora del Pilar, patrona de la hispanidad

Cuenta la Tradición que el Apóstol Santiago viajó a España para predicar el Evangelio y que la Virgen María se le apareció en un pilar, mientras ella aún vivía en Tierra Santa. De allí es que surge la advocación de Nuestra Señora del Pilar que se celebra cada 12 de octubre.
Era el año 40 d.c. y San Santiago, en una noche de profunda oración a orillas de río Ebro, vio a la Madre de Jesús, quien le pidió que se le edificase ahí una Iglesia con el altar en derredor al pilar.
"Este sitio permanecerá hasta el fin del mundo para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que imploren mi ayuda", dijo la Virgen María.
Esto se cumplió. El lugar ha sobrevivido a invasiones, la guerra civil española y la caída de bombas que no estallaron. Además, con el fomento de la devoción, se han obrado numerosos milagros.
Después de la aparición, San Santiago y sus discípulos comenzaron a construir una capilla, donde estaba la columna, y le dieron el nombre de “Santa María del Pilar”. Lo que se convirtió en el primer templo del mundo dedicado a la Virgen María.
San Juan Pablo II, en 1984, reconoció a la Virgen del Pilar como “Patrona de la Hispanidad”.
Más información en el siguiente enlace:

Viernes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 11,15-26.

Habiendo Jesús expulsado un demonio, algunos de entre la muchedumbre decían: "Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios".
Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo.
Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: "Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra.
Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul.
Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces.
Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras,
pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.
El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.
Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: 'Volveré a mi casa, de donde salí'.
Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada.
Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio".

jueves, 11 de octubre de 2018

Jueves de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 11,5-13.

Jesús dijo a sus discípulos: 
"Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: 'Amigo, préstame tres panes,
porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle',
y desde adentro él le responde: 'No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos'.
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá.
Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.
¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente?
¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!".

miércoles, 10 de octubre de 2018

Miércoles de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 11,1-4.

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos".
El les dijo entonces: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino;
danos cada día nuestro pan cotidiano;
perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación".

martes, 9 de octubre de 2018

La verdadera razón por la que juzgamos y criticamos

GOSSIP


Las ofensas recibidas y las expectativas incumplidas pesan en nuestro interior, no vivimos la misericordia, el amor gratuito...

El mal existe en este mundo, y no quiero cerrar los ojos. El mal me hace daño. Me envenena. Me duele. Me hiere. Turba mi alegría.
Me asusta que el mal me haga malo. Oscurece mi ánimo. Me quita esperanza. Siento que su poder es superior al poder del bien.
No lo entiendo. Me gustan las cosas trasparentes. Los lugares llenos de luz en los que habita Dios. Me da vida la presencia misteriosa del bien. Por eso me gustan tanto las personas nobles, de una pieza, sin doblez, sin recovecos.
Pero a veces llego a pensar como describe el padre José Kentenich: “¿Por qué triunfan los malos y mentirosos y son derrotados los veraces, los sencillos, los fieles a Dios? ¿Dónde hallar la respuesta definitiva? ¿Por qué tenemos que sobrellevar tantas contrariedades y adversidades serias y graves?”[1]
Intento hacer las cosas bien y no me va tan bien en la vida. Quiero ser honesto, respetar la ley y cumplir con lo que debo. Pero fracaso. Veo que otros actúan con malicia y tienen éxito. Engañan y triunfan.
Y me desconcierto.
Me da miedo dejarme tentar por el mal y sucumbir a su seducción. La tentación del triunfo sencillo, sin esfuerzo. Sé que puedo caer en la lógica del maligno, en las redes de una tentación sutil que me hace aceptar como bueno lo que está mal.
Decía el papa Francisco: “Entre nosotros está el gran acusador, el que siempre nos acusa ante Dios para destruirnos. Satanás. Y cuando yo entro en esta lógica de acusar, maldecir, tratar de hacer daño al otro, entro en la lógica del gran acusador que es destructivo, que no conoce la palabra misericordia, porque nunca la ha vivido”. 
Me veo tentado y conducido a maldecir, a criticar, a acusar, a condenar sin piedad al que se equivoca. Me quejo, me inquieto, me impaciento.
Cuando yo no actúo con honestidad, me incomoda la actitud del justo. Lo observo cuando actúa bien y no peca. Admiro en mi interior su vida intachable.
Y puede ser que la envidia me endurezca el alma. Pienso que algo habrá en su obrar que lo desacredite, algún error, alguna mancha.
Yo soy pecador y él parece tan justo. Cree el ladrón que todos son de su condición. A lo mejor resulta que no acabo de vivir la misericordia. O no creo en ella.
Como le decían en una entrevista de trabajo a una persona: “En este trabajo se sale con los pies por delante. Salvo que cometas un error. En ese caso, recuerda, no hay segundas oportunidades”.
Los errores se pagan. Una vida totalmente justa parece imposible. ¿Quién puede lograrlo? Basta con un solo error, con una pequeña mancha. Pueden echar por la borda toda una vida de lucha.
Parece que no hay misericordia. Entonces dudo y dejo de creer en ella. Dejo de creerme ese amor incondicional de Dios que me acoge siempre y me ama siempre.
No lo vivo, y por eso no practico la misericordia. Me falta compasión con el débil, con el necesitado. Y al justo lo miro con recelo. Porque me juzga a mí y me condena.
Mi lógica de la condena me hace daño. Siento que me juzgan sin decir nada, simplemente por las obras, y entonces yo caigo al mismo tiempo en el juicio. Es mi defensa.
Juzgo a los hombres que me parecen mejores que yo. Me siento tan pequeño que me lleno de amargura y rencor. Siento rabia desde mi pobreza.
Y juzgo incluso al mismo Dios: “Si eres capaz de juzgar así de fácil a Dios, sin duda puedes juzgar al mundo”[2].
Me veo débil en mis opiniones. Débil en mis actos. Y juzgo a los que creo tan fuertes. Aunque sean débiles bajo la apariencia de fortaleza.
Dominan en mí mis emociones más negativas, esas que me hacen daño. Mis rencores, mis heridas antiguas, mis miedos más profundos, mis egoísmos.
No estoy libre de las ofensas recibidas. Tampoco de las expectativas incumplidas. De los sueños frustrados. Me veo tan voluble, tan cambiante, tan débil en mis pasos… Busco siempre caer bien y ser aceptado en medio de los hombres.
Decía el Padre Kentenich: “Venden su simpatía y su aprobación por un par de palabras amables, por algunos mimos o galanteos. Sus resentimientos los hacen condenar y quemar hoy aquello que ayer adoraban y pregonaban como excelente”[3].
Me encuentro con muy pocas personas verdaderamente de una pieza. Sólidas, estables, maduras, inamovibles como una roca.
Veo a muchos que cambian de un lado al otro dependiendo de sus necesidades, de las personas con las que conviven. Hoy piensan de una forma, mañana cambian. Todo es posible.
¿Cómo puedo hacer para educar el corazón de tal manera que se mantenga firme y recio en medio de la lucha? ¿Cómo logro educar mis afectos desordenados para que reine en ellos algo de paz?
Hoy escucho: “Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones”. 
Las búsquedas enfermizas de mi propio yo me llevan por caminos insanos. Siento que muchas de mis condenas nacen de mi rencor. Del odio guardado en algún lugar escondido del alma.
Y me sorprendo a mí mismo reaccionando de forma desproporcionada ante una mínima ofensa. Algo no está bien en lo más profundo de mi alma.
Quiero dejar que Dios mire ahí donde yo casi no me atrevo a mirar. Quiero dejar que Jesús acaricie con su mano mis heridas. Tal vez así iré sanando poco a poco. En eso confío.

[1] Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus
[2] Young, Wm. Paul. La Cabaña: Donde la Tragedia Se Encuentra Con la Eternidad
[3] Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt, Rafael Fernández