lunes, 20 de agosto de 2018

Texto completo de la Carta del Papa sobre los abusos sexuales del clero

PAPIEŻ FRANCISZEK

Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura,

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
AL PUEBLO DE DIOS

«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.
1. Si un miembro sufre
En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.
Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucisescrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! […] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación).
2. Todos sufren con él
La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).
Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.
Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1]que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.
Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2]. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».[3]El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.
Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).
Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.
Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.
De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).
«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.
Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.
Vaticano, 20 de agosto de 2018

domingo, 19 de agosto de 2018

Hoy comienza la novena a San Agustín, patrono de "los que buscan a Dios”

Hoy comienza la novena a San Agustín, patrono de "los que buscan a Dios”

Nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, bajo el nombre en latín Aurelius Augustinus Hipponensis; fue llamado a la Casa del Padre estando en Hipona el 28 de agosto de 430; convirtiéndose con el tiempo en un gran santo, padre y doctor de la Iglesia católica.
En 385 Agustín se convirtió al cristianismo, gracias a las intensas oraciones de su madre, Santa Mónica. Es considerado el máximo pensador dentro del primer siglo del cristianismo y uno de los más grandes genios de la humanidad, pues dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología. Sus obras más destacadas son “Confesiones” y “La ciudad de Dios”.
El 28 de agosto de cada año celebramos su fiesta, y como preparación les dejamos aquí algunas novenas:

sábado, 18 de agosto de 2018

Santa Elena y las santas reliquias de la Pasión de Cristo


Mucho le debe la historia a la madre de Constantino: viajó hasta Jerusalén y encontró el Golgota, enterrado bajo un templo pagano 

Flavia Julia Elena provenía de familia plebeya, estuvo casada con el militar Constancio, y fue repudiada por motivos políticos en el 292. Así  Constancio pudo casarse con la hijastra de Maximiano y se estableció de ese modo el parentesco imprescindible entre los miembros de la tetrarquía, para poder gobernar Roma.
Cuando su hijo Constantino venció a su rival Majencio, en la famosa batalla de Puente Milvio se convirtió en dueño absoluto del imperio y fue rehabilitado el honor de Elena, con el título más alto que podría aspirar una mujer, el de “Augusta”.
La madre Elena jugó un papel fundamental en la vida de Constantino: tal vez fue ella quien contribuyó a la conversión, justo antes de morir, de su hijo. En esta nueva era del cristianismo Elena fue testigo de un gran fervor religioso, haciendo buenas obras y construyendo las famosas basílicas en los lugares sagrados.
Y gracias a ellas se pueden custodiar y venerar muchas reliquias sagradas, entre las más importantes están aquellas perteneciente a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo:
La santa Cruz
Socrate Scolastico (nacido cerca el 380) nos cuenta como Elena después de hacer destruir un templo pagano que se encontraba arriba del sepulcro se encontró con tres cruces y el “Titulus Crucis” y que para reconocer cuál de ellas era acercó los leños a una mujer moribunda que milagrosamente quedó curada inmediatamente después al contacto de la “verdadera Cruz”.
La cruz junto, a dos espinas de la corona y fragmentos de la gruta de la Natividad y del Santo Sepulcro se encuentran en Roma en la llamada Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén.
Titulus crucis
También se encuentra en la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén el “Titulus Crucis”, la tabla con las inscripciones en tres idiomas, hebreo, greco y latín que señala la motivación de la condena a muerte de Cristo. La inscripción en hebreo se basa en diferentes interpretaciones, es más evidente en greco: IS NAZARENUS B[ASILEUS TVN IOUDAIVN] y en latín: I. NAZARINVS RE[X IVDAEORVM] (Jesús el nazareno, el rey de los judíos).
La Sagrada Túnica
La sagrada Túnica es aquella mencionada en evangelio de Juan 23. “Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.”
Según la tradición, la túnica (o más bien, parte de ella) fue donada por santa Elena, a san Agracio arzobispo de Tréveris, una ciudad en Renania-Palatinado, Alemania, donde se conserva la reliquia hasta hoy.
La escalera santa
La Scala Sancta o Scala Pilati, se encuentra en el complejo de los Palacios Lateranenses, a un paso de la Basílica San Juan de Letrán. Son 28 peldaños de mármol que pertenecían al palacio de Poncio Pilatos, fue traída a Roma desde Jerusalén por santa Elena en el año 326. Sixto V en 1589 la hizo colocar a la entrada de la capilla papal, la Sancta Sanctorum, donde se encuentra hasta ahora.
La Sancta Sanctorum
Es un tipo de arca que recuerda a la asignada por los judíos a la parte del templo en Jerusalén donde se custodiaba el “Arca Santa”, solo que en esta arca se atesoran importantes reliquias de la fe cristiana, la mayoría trasladadas por santa Elena desde Tierra Santa a Roma.
En algún momento estas reliquias fueron muy numerosas y singulares entre ellas se encontraba: el prepucio del Niño Jesús, sus sandalias, la esponja con vinagre e hiel, algunas piedras donde estaba la columna donde fue azotado, el flagelo usado para azotarlo, etc. Muchos de ellos desaparecieron, a causas de varios robos.
Todo lo que conserva el arca tiene un valor incalculable para los cristianos, y así lo confirma una placa sobre el altar de la capilla de la Sancta Santorum con la inscripción latina: “NON EST IN TOTO SANCTIOR ORBE LOCUS” (no existe en todo el mundo más santo lugar).

viernes, 17 de agosto de 2018

Viernes de la decimonovena semana del tiempo ordinario

  • Libro de Ezequiel 16,1-15.60.63.

    La palabra del Señor me llegó en estos términos:
    Hijo de hombre, da a conocer a Jerusalén sus abominaciones.
    Tú dirás: Así habla el Señor a Jerusalén: Por tus orígenes y tu nacimiento, perteneces al país de Canaán; tu padre era un amorreo y tu madre una hitita.
    Al nacer, el día en que te dieron a luz, tu cordón umbilical no fue cortado, no fuiste lavada con agua para ser purificada ni frotada con sal, ni envuelta en pañales.
    Nadie se compadeció de ti para hacerte alguna de esas cosas, sino que fuiste arrojada en pleno campo, porque dabas asco el día que naciste.
    Yo pasé junto a ti, te vi revolcándote en tu propia sangre y entonces te dije: "Vive
    y crece como un retoño del campo". Tú comenzaste a crecer, te desarrollaste y te hiciste mujer; se formaron tus senos y crecieron tus cabellos, pero estabas completamente desnuda.
    Yo pasé junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo del amor; extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; te hice un juramento, hice una alianza contigo -oráculo del Señor- y tú fuiste mía.
    Yo te lavé con agua, limpié la sangre que te cubría y te perfumé con óleo.
    Te puse un vestido bordado, te calcé con zapatos de cuero fino, te ceñí con una banda de lino y te cubrí con un manto de seda.
    Te adorné con joyas, puse brazaletes en tus muñecas y un collar en tu cuello;
    coloqué un anillo en tu nariz, pendientes en tus orejas y una espléndida diadema en tu cabeza.
    Estabas adornada de oro y de plata, tu vestido era de lino fino, de seda y de tela bordada; te alimentabas con la mejor harina, con miel y aceite. Llegaste a ser extraordinariamente hermosa y te convertiste en una reina.
    Tu fama se extendió entre las naciones, porque tu belleza era perfecta gracias al esplendor con que yo te había adornado -oráculo del Señor-.
    Pero tú te preciaste de tu hermosura y te aprovechaste de tu fama para prostituirte; te entregaste sin pudor a todo el que pasaba y fuiste suya.
    Pero yo me acordaré de la alianza que hice contigo en los días de tu juventud y establecerá para ti una alianza eterna.
    para que te acuerdes y te avergüences, y para que en tu confusión no te atrevas a abrir la boca, cuando yo te haya perdonado todo lo que has hecho -oráculo del Señor-.

    Libro de Isaías 12,2-3.4bcd.5-6.

    Este es el Dios de mi salvación: 
    yo tengo confianza y no temo, 
    porque el Señor es mi fuerza y mi protección; 
    él fue mi salvación.
    Ustedes sacarán agua con alegría 
    de las fuentes de la salvación.

    Den gracias al Señor, invoquen su Nombre,
    anuncien entre los pueblos sus proezas,
    proclamen qué sublime es su Nombre.

    Canten al Señor porque ha hecho algo grandioso: 
    ¡que sea conocido en toda la tierra!
    ¡Aclama y grita de alegría, habitante de Sión, 
    porque es grande en medio de ti 
    el Santo de Israel!

    Evangelio según San Mateo 19,3-12.

    Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: "¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?".
    El respondió: "¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer;
    y que dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne?
    De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido".
    Le replicaron: "Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?".
    El les dijo: "Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así.
    Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio".
    Los discípulos le dijeron: "Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse".
    Y él les respondió: "No todos entienden este lenguaje, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido.
    En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!".

jueves, 16 de agosto de 2018

Jueves de la decimonovena semana del tiempo ordinario

  • Libro de Ezequiel 12,1-12.

    La palabra del Señor me llegó en estos términos:
    Hijo de hombre, tú habitas en medio de un pueblo rebelde: ellos tienen ojos para ver, pero no ven, tienen oídos para oír, pero no oyen, porque son un pueblo rebelde.
    En cuanto a ti, hijo de hombre, prepara tu equipaje como si tuvieras que ir al exilio, y parte en pleno día, a la vista de ellos. Emigrarás del lugar donde te encuentras hacia otro lugar, a la vista de ellos: tal vez así comprendan que son un pueblo rebelde.
    Sacarás tu equipaje en pleno día, a la vista de ellos, y saldrás por la tarde, también a la vista de ellos, como salen los deportados.
    Abrirás un boquete en el muro y saldrás por él, a la vista de ellos.
    Cargarás el equipaje sobre tus espaldas y saldrás cuando sea de noche, cubriéndote el rostro para no ver el país, porque yo te he convertido en un presagio para el pueblo de Israel.
    Yo hice exactamente lo que se me había ordenado: saqué mi equipaje en pleno día como quien parte para el exilio, y por la tarde abrí un boquete en el muro con la mano. Salí cuando estaba oscuro y cargué el equipaje sobre mis espaldas, a la vista de ellos.
    A la mañana, la palabra del Señor me llegó en estos términos:
    Hijo de hombre, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, ese pueblo rebelde, qué es lo que estás haciendo?
    Diles: Así habla el Señor: Este oráculo se refiere al príncipe que está en Jerusalén y a todo el pueblo de Israel que vive en medio de ella.
    Diles también: Yo soy un presagio para ustedes. Lo mismo que yo hice se hará con ellos: serán deportados e irán al exilio.
    El príncipe que está en medio de ellos cargará el equipaje sobre sus espaldas durante la noche, y saldrá por el boquete que abrirán en el muro para hacerlo salir; y él se cubrirá el rostro, para no ver el país.

    Salmo 78(77),56-57.58-59.61-62.

    Pero ellos tentaron e irritaron a Dios, 
    no observaron los preceptos del Altísimo;
    desertaron y fueron traidores como sus padres, 
    se desviaron como un arco fallido.

    Lo afligieron con sus lugares de culto, 
    le provocaron celos con sus ídolos:
    Dios lo advirtió y se llenó de indignación, 
    y rechazó duramente a Israel.

    entregó su Fortaleza al cautiverio, 
    su Arca gloriosa en manos del enemigo.
    Entregó su pueblo a la espada, 
    se enfureció contra su herencia;

    Evangelio según San Mateo 18,21-35.19,1.

    Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
    Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
    Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
    Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
    Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
    El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
    El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
    Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
    El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
    Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
    Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
    Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
    ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
    E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
    Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".
    Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.