domingo, 22 de abril de 2018

Gaudete et exsultate: La santidad es para todos


Ni la santidad es una llamada para unos pocos elegidos, ni en la Iglesia hay católicos de primera y de segunda: solo pecadores sostenidos por la misericordia y la gracia de Dios. La nueva exhortación del Papa, Gaudete et exsultate, dedicada a la santidad, encierra también una profunda carga de eclesiología
La santidad no es un ideal al alcance de unos pocos elegidos, sino una vocación para todo bautizado, con la ayuda del Espíritu Santo. «Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis», escribe el Papa de forma muy gráfica.
Gaudete et exsultate –aclara Francisco en las primeras líneas– no es «un tratado de sobre la santidad». Según él mismo explica en una carta que acompaña al envío del documento a los obispos de todo el mundo, «la he escrito para animar a todos a acoger la llamada a la santidad en la vida cotidiana».
Pero junto a su estilo llano y ágil, que hace este documento accesible a todos, hay un importante trasfondo teológico y eclesiológico. Frente a una visión más elitista y vertical inspirada en el concepto las minorías creativas, Francisco bebe de las fuentes de la teología del pueblo latinoamericana, con una Iglesia casa de todos, sin distinciones entre católicos de primera y de segunda.
Firmada el 19 de marzo, quinto aniversario del inicio de pontificado, la tercera exhortación de Francisco se titula, traducida al castellano, Alegraos y regocijaos. Un acento en la alegría que es ya marca de la casa y aparece en el nombre de las dos exhortaciones anteriores de Jorge Bergoglio: Evangeli gaudium (La alegría del Evangelio), su documento programático, y Amoris laetitia (La alegría de la familia), firmada otro 19 de marzo, en 2016.
Gaudete et exsultate profundiza un proceso de reformas que, a estas alturas, ha quedado claro a todo el mundo que va más allá de unos cuantos cambios en la Curia romana. Francisco se propone una verdadera transformación de las las mentalidades y actitudes en la Iglesia, donde la insistencia en la pureza doctrinal deja paso a un seguimiento de Jesús alegre y confiado en medio del mundo, sin miedo a asumir riesgos en la construcción del Reino. Es aquello, en Evangelii gaudium, de «prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades». Recupera ahora Bergoglio esa impactante imagen que expuso durante los días previos al cónclave de 20143, advirtiendo de que, a menudo, quien censura a Cristo es la propia Iglesia, porque algunos han hecho de ella una especie de club cerrado y elitista incapacitado para un encuentro verdadero con los demás; una Iglesia inservible, por tanto, para la misión, más allá de golpes en el pecho que solo refuerzan los mutuos prejuicios negativos. «A veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir», se lee en el punto 136 de la nueva exhortación.
La clase media de la santidad
La santidad, por el contrario, supone siempre una bocanada de aire fresco, «es el rostro más bello de la Iglesia» y transmite una alegría contagiosa. Lo mejor de todo, abunda mucho más de lo que suele presuponerse.
Citando a Benedicto XVI, Francisco habla de «la muchedumbre de los santos de Dios». «No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados», aclara. Entre esos santos «puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas». «Quizá su vida no fue siempre perfecta». De hecho, «no todo lo que dice un santo es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida», el modo en que todos ellos, aun «en medio de imperfecciones y caídas, siguieron adelante y agradaron al Señor».
Un cuadro que cobra sentido cuando se dejan a un lado las idealizaciones y se asume que seguir a Cristo no es un ejercicio de virtuosismo personal, sino que requiere una y otra vez confiarse humildemente a la misericordia de Dios. «Todos nosotros somos un ejército de perdonados –dice el Papa–.
No se requieren circunstancias extraordinarias. «¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús».
Dándole la vuelta al famoso dicho, Francisco insiste en que a Dios se le encuentra en los detalles, en los gestos sencillos. «Con pequeños gestos» se va forjando un santo. «Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: “No, no hablaré mal de nadie”. Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta a su lado y escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica. Luego vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe. Ese es otro camino de santidad. Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso».
Es la ya popular idea de «la clase media de la santidad», que el Papa ha tomado del novelista francés Joseph Malègue. Bajo el epígrafe «Los santos de la puerta de al lado», escribe Francisco: «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios».
Santos cada uno a su manera
La santidad es para todos, sí, pero cada uno esta llamado a ser santo a su manera. Para cada hombre y mujer Dios tiene pensado un camino, el que le llevará a realizarse plenamente como persona, asegura el Pontífice recogiendo una idea del Concilio Vaticano II. «Entonces, no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables», advierte. «Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él, y no que se desgaste intentado imitar algo que no ha sido pensado para él».
Vuelve el famoso discernimiento, una idea que fue central en Amoris laetitia. No se trata de relativismo, sino –muy al contrario– de tomarse la vida en serio, meditando y rezando las decisiones grandes y pequeñas. «Pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero examen de conciencia», anima Francisco.
Porque en el camino hacia la santidad son imprescindibles los momentos de oración y adoración, además de la ayuda de los sacramentos. Es lo que permite afrontar la «lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás)». Una lucha constante que lo es también «contra el diablo», advierte el Papa, reiterando un mensaje muy frecuente en sus predicaciones matinales en Santa Marta. «No pensemos que [el demonio] es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea», dice. «Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos».

Cuarto Domingo de Pascua


Libro de los Hechos de los Apóstoles 4,8-12. 

En aquellos días:
Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: "Jefes del pueblo y ancianos,
ya que hoy se nos pide cuenta del bien que hicimos a un enfermo y de cómo fue curado,
sepan ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos.
El es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular.
Porque no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos".

Salmo 118(117),1.8-9.21-23.26.28.29. 
¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Es mejor refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres;
es mejor refugiarse en el Señor
que fiarse de los poderosos.

Yo te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
Tú eres mi Dios, y yo te doy gracias;
Dios mío, yo te glorifico.
¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!


Epístola I de San Juan 3,1-2. 
Queridos hermanos:
¡Miren cómo nos amó el Padre!
Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,
y nosotros lo somos realmente.
Si el mundo no nos reconoce,
es porque no lo ha reconocido a Él.
Queridos míos,
desde ahora somos hijos de Dios,
y lo que seremos no se ha manifestado todavía.
Sabemos que cuando se manifieste,
seremos semejantes a Él,
porque lo veremos tal cual es.

Evangelio según San Juan 10,11-18. 
Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas.
El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa.
Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.
Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí
-como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.
El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla.
Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre". 

sábado, 21 de abril de 2018

Sábado de la tercera semana de Pascua


Libro de los Hechos de los Apóstoles 9,31-42. 

La Iglesia, entre tanto, gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba consolidando, vivía en el temor del Señor y crecía en número, asistida por el Espíritu Santo.
Pedro, en una gira por todas las ciudades, visitó también a los santos que vivían en Lida.
Allí encontró a un paralítico llamado Eneas, que estaba postrado en cama desde hacía ocho años.
Pedro le dijo: "Eneas, Jesucristo te devuelve la salud: levántate, y arregla tú mismo la cama". El se levantó en seguida,
y al verlo, todos los habitantes de Lida y de la llanura de Sarón se convirtieron al Señor.
Entre los discípulos de Jope había una mujer llamada Tabitá, que quiere decir "gacela". Pasaba su vida haciendo el bien y repartía abundantes limosnas.
Pero en esos días se enfermó y murió. Después de haberla lavado, la colocaron en la habitación de arriba.
Como Lida está cerca de Jope, los discípulos, enterados de que Pedro estaba allí, enviaron a dos hombres para pedirle que acudiera cuanto antes.
Pedro salió en seguida con ellos. Apenas llegó, lo llevaron a la habitación de arriba. Todas las viudas lo rodearon y, llorando, le mostraban las túnicas y los abrigos que les había hecho Tabitá cuando vivía con ellas.
Pedro hizo salir a todos afuera, se puso de rodillas y comenzó a orar. Volviéndose luego hacia el cadáver, dijo: "Tabitá, levántate". Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó.
El la tomó de la mano y la hizo levantar. Llamó entonces a los hermanos y a las viudas, y se la devolvió con vida.
La noticia se extendió por toda la ciudad de Jope, y muchos creyeron en el Señor.

Salmo 116(115),12-13.14-15.16-17. 
¿Con qué pagaré al Señor
todo el bien que me hizo? 
Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el nombre del Señor. 

Cumpliré mis votos al Señor
en presencia de todo su pueblo. 
¡Qué penosa es para el Señor
la muerte de sus amigos! 

Yo, Señor, soy tu servidor,
tu servidor, lo mismo que mi madre:
por eso rompiste mis cadenas. 
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
e invocaré el nombre del Señor. 



Evangelio según San Juan 6,60-69. 
Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?".
Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: "¿Esto los escandaliza?
¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?
El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.
Pero hay entre ustedes algunos que no creen". En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.
Y agregó: "Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede".
Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo.
Jesús preguntó entonces a los Doce: "¿También ustedes quieren irse?".
Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna.
Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios". 

viernes, 20 de abril de 2018

Viernes de la tercera semana de Pascua


Libro de los Hechos de los Apóstoles 9,1-20. 

Saulo, que todavía respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote
y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de traer encadenados a Jerusalén a los seguidores del Camino del Señor que encontrara, hombres o mujeres.
Y mientras iba caminando, al acercarse a Damasco, una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor.
Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?".
El preguntó: "¿Quién eres tú, Señor?". "Yo soy Jesús, a quien tú persigues, le respondió la voz.
Ahora levántate, y entra en la ciudad: allí te dirán qué debes hacer".
Los que lo acompañaban quedaron sin palabra, porque oían la voz, pero no veían a nadie.
Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco.
Allí estuvo tres días sin ver, y sin comer ni beber.
Vivía entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en una visión: "¡Ananías!". El respondió: "Aquí estoy, Señor".
El Señor le dijo: "Ve a la calle llamada Recta, y busca en casa de Judas a un tal Saulo de Tarso.
El está orando y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para devolverle la vista".
Ananías respondió: "Señor, oí decir a muchos que este hombre hizo un gran daño a tus santos en Jerusalén.
Y ahora está aquí con plenos poderes de los jefes de los sacerdotes para llevar presos a todos los que invocan tu Nombre".
El Señor le respondió: "Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel.
Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre".
Ananías fue a la casa, le impuso las manos y le dijo: "Saulo, hermano mío, el Señor Jesús -el mismo que se te apareció en el camino- me envió a ti para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo".
En ese momento, cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado.
Después comió algo y recobró sus fuerzas. Saulo permaneció algunos días con los discípulos que vivían en Damasco,
y luego comenzó a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

Salmo 117(116),1.2. 
¡Alaben al Señor, todas las naciones,
glorifíquenlo, todos los pueblos!

Porque es inquebrantable su amor por nosotros,
y su fidelidad permanece para siempre.

¡Aleluya!



Evangelio según San Juan 6,52-59. 
Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente".
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún. 

jueves, 19 de abril de 2018

Oración de liberación por los males que nos atormentan

Supliquemos a Dios que seamos libres de los males corporales y espirituales 

Señor, eres grande, eres Dios, eres Padre. Nosotros te pedimos, por la intercesión y auxilio de los arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, que nuestros hermanos y hermanas sean liberados del maligno, que los volvió sus esclavos. ¡Ven Tú y todos los santos en nuestra ayuda!
De la angustia, la tristeza, la obsesión, te pedimos…
Líbranos, Señor.
Del odio, la fornicación y la envidia, te pedimos…
Líbranos, Señor.
De los pensamientos de celos, rabia y muerte, te pedimos…
Líbranos, Señor.
De los pensamientos de suicidio y aborto, te pedimos…
Líbranos, Señor.
De todas las formas de sexualidad desordenada, te pedimos…
Líbranos, Señor.
De la división de la familia, de toda amistad que nos aparta del bien, te pedimos…
Líbranos, Señor.
De todas la formas de maleficio, hechicería, brujería y cualquier mal oculto, te pedimos…
Líbranos, Señor
Oh, Señor, que dijiste, “Mi paz os dejo, mi paz os doy”, concédenos, por intercesión de la Virgen María, la liberación de todas las maldiciones y la gracia de gozar siempre de tu paz.
Por Cristo Nuestro Señor. ¡Amén!
Padrenuestro, Ave María y Gloria.