domingo, 5 de febrero de 2017

10 consejos de Don Bosco a los padres Sencillos. Realmente sencillos


10 consejos de Don Bosco a los padres


1. Valora a tu hijo. Cuanto se siente respetado y estimado, el joven progresa y madura.
 
2. Cree en tu hijo. Incluso los jóvenes “difíciles” tienen bondad y generosidad en el corazón.
 
3. Ama y respeta a tu hijo. Muéstrale, claramente, que estás a su lado, míralo a los ojos. Nosotros pertenecemos a nuestros hijos, no ellos a nosotros.
 
4. Elogia a tu hijo siempre que puedas. Sé sincero: ¿a quién de nosotros no le gusta un elogio?
 
5. Comprende a tu hijo. El mundo hoy es complicado, rudo y competitivo. Cambia cada día. Procura entender esto. Quién sabe lo que él necesita de ti, esperando apenas un gesto tuyo.
 
6. Alégrate con tu hijo. Mucho más que nosotros, los jóvenes son atraídos por una sonrisa; la alegría y el buen humor atraen a los niños como la miel.
 
7. Acércate a tu hijo. Vive con tu hijo. Vive en medio de él. Conoce a sus amigos. Procura saber donde va, con quien está. Invítalo a traer a sus amigos a tu casa. Participa amigablemente de su vida.
 
8. Sé coherente con tu hijo. No tenemos derecho a exigir de nuestro hijo actitudes que no tenemos. Quien no es serio no puede exigir seriedad. Quien no respeta, no puede exigir respeto. Nuestro hijo ve todo esto muy bien, tal vez porque nos conoce mejor que nosotros a él.
 
9. Prevenir es mejor que castigar a tu hijo. Quien es feliz no siente necesidad de hacer lo que no es correcto. El castigo duele, el dolor y el rencor te alejan y separan de tu hijo. Piense, dos, tres, siete veces, antes de castigar. Nunca con rabia. Nunca.
 
10. Reza con tu hijo. Al principio puede parecer “extraño”. Pero la religión necesita ser alimentada. Quien ama y respeta a Dios amará y respetará a su próximo. “Cuando se trata de educación, no se puede dejar de lado la religión”.

sábado, 4 de febrero de 2017

Quinto Domingo del tiempo ordinario ( Fin de semana 4 y 5 de Febrero)


Libro de Isaías 58,7-10. 

Compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne.
Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor.
Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: "¡Aquí estoy!".
si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.

Salmo 112(111),4-5.6-7.8-9. 
Para los buenos brilla una luz en las tinieblas:
es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo.
Dichoso el que se compadece y da prestado,
y administra sus negocios con rectitud.

El justo no vacilará jamás,
su recuerdo permanecerá para siempre.
No tendrá que temer malas noticias:
su corazón está firme, confiado en el Señor.

Su ánimo está seguro, y no temerá,
hasta que vea la derrota de sus enemigos.
Él da abundantemente a los pobres:
su generosidad permanecerá para siempre,

y alzará su frente con dignidad.

Carta I de San Pablo a los Corintios 2,1-5. 
Hermanos, cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría.
Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado.
Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante.
Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu,
para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Evangelio según San Mateo 5,13-16. 
Jesús dijo a sus discípulos:
Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.
Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo. 

¿Te lo has preguntado? Por qué algunos reciben tanto de Dios y otros parece que no?

Desde pequeño he percibido la dulce presencia de Dios en mi vida. Le hiciera caso o no, Él siempre estuvo allí, a mi lado, conmigo. Es un padre extraordinario. Me consta. Sé que no he sido el mejor hijo y que, sí se puede decir de esta forma, le he causado muchos dolores de cabeza.
Él me ha enseñado a confiar y me ha mostrado sus caminos. Y no sólo a mí. A todos sus hijos.  Basta que abras la santa Biblia y te sumergirás en una aventura extraordinaria.
“Haz, Señor, que conozca tus caminos, muéstrame tus senderos. En tu verdad guía mis pasos, instrúyeme, tú que eres mi Dios y mi Salvador. Te estuve esperando todo el día, sé bueno conmigo y acuérdate de mí.” (Salmo 25, 4-5)
Por naturaleza tengo curiosidad por las cosas de Dios, trato de conocerlo para comprenderlo y amarlo. No me explico su gratuidad, su amor por nosotros a pesar de todo lo que hacemos.
Un día caminaba distraído pensando en estas cosas y de pronto vi a un hombre sentado en una esquina, pidiendo limosna a los transeúntes. Me acerqué a él, con este pensamiento: “El pobre es Cristo”. Le sonreí, conversé con él.De pronto pensé: “¿Por qué te da la impresión que a algunas personas Dios les da todos y a otras no? Si lo piensas todos somos sus hijos. ¿Existirá un motivo para esto?”
Pasé meses buscando una respuesta, leyendo libros, orando, reflexionando. Hablé con un sacerdote amigo sobre esta inquietud y sabiamente me sugirió: “Esta es  una respuesta que debes hallar por ti mismo”.
Un día estaba en Misa en el Santuario Nacional del Corazón de María. De pronto Dios respondió mis plegarias. Fue algo súbito inesperado.  Vi la respuesta frente a mí como un libro abierto. No puedes  imaginar mi alegría, ¡no me lo creía! Conduje lo más rápido que pude de vuelta a mi casa y me encerré en el cuarto. No dejaba de escribir una palabra tras otra.  Cuando me levanté  había terminado el libro. He perdido la cuenta de las ediciones que lleva en Panamá, Guatemala y otros países, o de los testimonios de los lectores que se han sentido tocados de alguna manera.
Como sabes, a todo el que me cuenta estas maravillas que Jesús ha hecho en su vida, le recomiendo ir y agradecer a Aquél que lo ha hecho todo, al buen Jesús en el sagrario. Y de paso le pido: “salúdalo de mi parte”.
Ayer recibí este Email:
“Le escribo desde Monterrey, México.  Y buscando otras cosas he dado con su blog en Aleteia, y me ha llamado mucho la atención su libro “El Gran Secreto”. Pero no lo he podido encontrar en librerías en mi país”.
Me dio una idea genial, compartir el “El Gran Secreto”. para todos los que deseen leerlo. Y aquí está,  en este enlace. Rezo para que te sirva. Reza por mí.
Qué bueno es Dios nuestro PADRE.

Ser feliz en el sufrimiento ¿Cuál es tu bienaventuranza?


Ser feliz en el sufrimiento




Siempre las bienaventuranzas me han dado alegría. Son un recorrido por la vida del hombre que sufre. Del hombre que llora. Del que tiene hambre y sed de justicia. Del hombre perseguido por el nombre de Cristo. Del que es insultado y calumniado de forma injusta.
Todo el dolor concentrado ante sus ojos. Tanto dolor cargado en las manos, en el pecho de tantas vidas que sufren. Jesús tiene compasión de todos ellos. Se compadece del hombre débil que carga una carga imposible.
Me gusta la mirada de Jesús sobre mi vida. Se conmueve. Se compadece. Me mira con una misericordia infinita. Miro mi alma, la pobreza más profunda, la del despojo de todo. Miro mi sed y mi hambre. Escucho el grito que brota en mi alma. Me detengo en mi tristeza. ¿Por qué lloro yo? ¿Qué me falta?
Llega Dios, para tocarme, para consolarme. Jesús me llama dichoso, feliz, bienaventurado. Es una paradoja. Mis lágrimas me harán feliz porque me consolarán. Y el consuelo que trae Jesús es un consuelo que sana.
Lo que Jesús me dice es que le importan mi dolor, mi pequeña vida, mis intereses, mi pobreza, mi hambre. No tanto mis logros. Me muestra un Dios que no exige, que sólo da. Tiene un corazón inmenso en el que quepo. Tal como soy. Desde mi realidad. En mi pecado.
No tengo que ser perfecto. Puedo estar sufriendo y Él me sostiene. Ha salido a buscarme a los caminos, a los montes. Y me dice que estoy llamado a ser feliz. Que tengo derecho a ser feliz. Pase lo que pase. Aunque esté triste.
Nos volvemos tristes si no logramos que alguien nos quiera, o si no tenemos algo necesario para desarrollarnos, o si nos frustramos. Nos ponemos tristes porque se nos va un objeto muy preciado, o perdemos algo, un ser muy querido, o la familia que soñamos, o el trabajo, la salud, o la memoria, los recuerdos, la vida[1].
Hay muchas razones que me hacen vivir una vida infeliz. Sufro. Me entristezco. Por la pérdida, por el dolor. No quiero sufrir más. Jesús me dice hoy que quiere que sea feliz. Que no sufra por cosas poco importantes. Que ante las importantes confíe más en sus manos sosteniéndome.
Y me dice cosas que me sorprenden. Su mensaje me parece una contradicción. ¿Cómo va a ser feliz el que llora, el perseguido, el calumniado? Normalmente me afecta lo que pasa a mi alrededor. No soy feliz cuando lloro, cuando experimento el odio y el rechazo.
En mi angustia no soy feliz. Vivo tenso, nervioso. Escucho los juicios de los hombres y me importan. Imagino el juicio de Dios sobre mi vida, y me importa. Deseo un cielo que no llega.
Las palabras de Jesús están llenas de misterio. Me las dirige a mí. Soy yo quien está llamado a ser feliz en mi sufrimiento. No sin dolor. No lo entiendo.
Es verdad que me gustaría vivir esa felicidad en la tierra en medio de la tribulación. Cuando las cosas no funcionan. Cuando fracaso y no logro el éxito. Cuando pierdo y no tengo lo que deseo. Cuando no poseo las estrellas infinitas que anhelo.
Tengo un instinto de felicidad que despierta en mi alma el deseo de ser feliz aquí y ahora. Pero muchas cosas atadas a mi corazón no me dejan ser feliz. Sé que si lo pido Dios eliminará en mí lo que me quita la paz.
Decía el padre José Kentenich: “El Espíritu extirpará lo enfermo y desechará lo falso; pero preservará y potenciará lo sano. Dios nos creó y sabe lo que nos hace falta[2].
Dios sabe lo que me hace falta. Aunque yo me empeñe en decidir mi camino de felicidad. ¿La felicidad que me promete es sólo para la vida eterna? No quiero que sea así. Quiero una felicidad en mitad de mi camino. No encomendarme sólo a ese paraíso que sueño y da sentido a mis pasos.
Cuando lloro quiero ser feliz. Cuando me insultan quiero tener a Jesús en el centro y descansar. Cuando me calumnian y rechazan. Cuando me atacan y descalifican. Cuando se ríen de mí y no cuentan conmigo. Quiero vivir alegre y contento.
Es un don de Dios. Una gracia que me puede conceder. Mi tesoro es mi pobreza. Mi felicidad es mi tristeza. Soy mirado y amado profundamente en lo que soy, en lo que vivo, en lo que me falta. Así me imagino yo en medio de esa muchedumbre en la montaña. Mirado por Jesús.
Pienso en la bienaventuranza que diría mirándome a los ojos. La mía.
Me gusta la bienaventuranza de ser pobre, porque la promesa es en presente. Es la única. Y yo, quiero estar con Jesús ahora, cada día, desde mi barro pobre. En mi pobreza. Cuando estoy vacío. Cuando no tengo nada en qué sostenerme. Él me sostiene. Es el camino más humano.
Dios consuela mis lágrimas, sacia mi sed. No estoy solo. Él va a mi lado. Quiero aprender a descentrarme para que Jesús esté en el centro. No deseo vivir pensando en mi yo. En lo que me hace falta a mí para tener paz.
“Las preocupaciones nos vuelven como referencia a nosotros mismos. Expresan mi preocupación, mi carga que tengo que arrastrar. El cambio es el que nos lleva de la referencia al yo a la referencia a Dios. La referencia al tú. Volverse hacia Dios[3].
La única forma de ser feliz en medio de mi vida es mirar más a Jesús. ¿Cuál es mi bienaventuranza? No mi tarea, sino mi regalo. En medio de mi miseria miro a Jesús. Él es el centro de mi vida. Guardo con cariño mi bienaventuranza.
[1] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón
[2] J. Kentenich, Envía tu Espíritu
[3] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52

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