miércoles, 22 de agosto de 2018

María, Reina: “Más que Tú, sólo Dios”

La última piedra de los privilegios concedidos a la Virgen

La coronación de la Virgen como Reina y Señora del universo es la última piedra de los privilegios concedidos a Santa María.
Era sobrenaturalmente lógico que la Madre de Dios, una vez asunta en cuerpo y alma a la gloria del Cielo, fuera ensalzada por la Santísima Trinidad por encima de los coros de los ángeles y de toda la jerarquía de los santos. Más que Tú, sólo Dios, exclama el pueblo cristiano.
Un salmo de especial relieve mesiánico canta la gloria del rey y, unida a él, la gloria de la reina. Eres el más hermoso de los hijos de Adán, en tus labios se ha derramado la gracia, pues Dios te ha bendecido para siempre (…). Tu trono, ¡oh Dios!, es por siempre, sin fin; cetro de rectitud es el cetro de tu reino (Sal 44 [45] 3-7).
Enseguida, el salmista se dirige a la reina. Escucha, hija, y mira, presta tu oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y el rey se prendará de tu belleza; él es tu señor, inclínate a él (…). Radiante de gloria, la hija del rey enjoyada —de brocados de oro es su vestido, con bordados de colores—, es conducida ante el rey. Vírgenes, sus damas, forman su séquito (…), son conducidas en medio de alegría y regocijo; entran en el palacio del rey (Ibid., 11-16).
La liturgia aplica este salmo a Cristo y a María en la gloria celestial. Esta interpretación se funda en algunos textos del Evangelio que se refieren explícitamente a la Virgen.
En la Anunciación, san Gabriel le revela que su Hijo reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin (Lc 1, 33).
Va a ser madre de un hijo que, en el mismo instante de su concepción como hombre, es Rey y Señor de todas las cosas; Ella, que lo dará a luz, participa de su realeza.
Lo mismo afirma santa Isabel, que, iluminada por el Espíritu Santo, confiesa en voz alta: ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? (Lc 1, 43).
También san Juan evangelista, en una gran visión del Apocalipsis, describe a una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12, 1).
Según la liturgia y la tradición de la Iglesia, esa mujer es María, vencedora con Cristo sobre el dragón infernal y entronizada como Reina del universo.
El pueblo cristiano confesó siempre esta suprema gloria de María, partícipe de la realeza de Cristo. Como Él, la tiene por nacimiento (es la madre del Rey) y por derecho de conquista (es su fiel compañera en la redención).
En sus manos ha puesto el Señor los méritos sobreabundantes que ganó con su muerte en la Cruz, para que los distribuya según la Voluntad de Dios.
La realeza de María es una verdad consoladora para todos los hombres, especialmente cuando nos sentimos merecedores del castigo divino, como justa pena de los pecados.
La Iglesia invita a recurrir a Ella, nuestra Madre y nuestra Reina, en todas nuestras necesidades. Ser Madre de Dios y Madre de los hombres es el fundamento sólido de la filial confianza en su intercesión poderosa, que nos conforta y nos impulsa a levantarnos de nuestras caídas.
La invocamos con las palabras de una antigua oración: Salve, Regina, Mater misericordiæ; vita, dulcedo, spes nostra, salve! Dios te salve, Reina y Madre de misericordia… Ad te clamamus, exsules filii Evæ. Ad te suspiramus, gementes et flentes…
Ponemos en Ella toda nuestra confianza, porque una madre escucha siempre las súplicas de sus hijos. Recordare, Virgo Mater Dei —le decimos—, dum steteris in conspectu Domini, ut loquaris pro nobis bona (cfr. Jr 18, 20).
Ella habla siempre bien de nosotros delante del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y alcanza del Señor las cosas buenas que necesitamos.
Sobre todo, la gracia de la perseverancia final, que nos abrirá las puertas del Cielo: Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Artículo originalmente publicado por Opus Dei

martes, 21 de agosto de 2018

San Pí­o X, el Papa que "murió de pena" al ver que comenzaba la I Guerra Mundial





La noche del 20 al 21 de agosto de 1914 falleció Pí­o X en Roma. La misión de este pontí­fice no fue fácil. Fue el primer Papa tras la desaparición de los Estados Pontificios y además testigo de cómo el mundo se embarcaba en la I Guerra Mundial. 
Antes de la Gran Guerra, San Pí­o X también emprendió una reforma de la Curia.
P. BERNARD ARDURA
Presidente, Pontificio Comité de las Ciencias Históricas
"Lo que le hace parecerse al Papa Francisco es la reforma de la Curia romana. No nos olvidemos de que el Papa encuentra la Curia romana casi como fue configurada en 1.588 por Sisto V".
Este no fue el único cambio que llevo a cabo Pí­o X. Por ejemplo, reformó la elección de los Papas para impedir las influencias externas en los cónclaves.
P. BERNARD ARDURA
Presidente, Pontificio Comité de las Ciencias Históricas
"El Papa Pí­o X fue elegido en lugar del cardenal Rampolla que obtuvo en el cónclave la mayorí­a de los votos pero el arzobispo de Cracovia usó el veto del emperador de Austria. Fue la última vez que un poder laico intervino en la elección de un Papa. El año después San Pí­o X suprimió esta posibilidad bajo excomunión de quién interviniera no siendo cardenal".
También transformó el orden en que se reciben los sacramentos. Hizo que los niños hicieran la primera comunión antes que la confirmación, un cambio que perdura.
En once años de pontificado realizó reformas importantes para la Iglesia. Poco podí­a imaginar que en los últimos meses, serí­a testigo de una convulsión mundial, la Gran Guerra.
P. BERNARD ARDURA
Presidente, Pontificio Comité de las Ciencias Históricas
"Todos creí­an que ganarí­an la guerra y los soldados iban al frente seguros de regresar en poco tiempo con sus familias. Por eso, se puede decir que el Papa muere de pena en la noche entre el 20 y el 21 de agosto de 1914. Tres semanas después comienza la  I Guerra Mundial. Él ya sabí­a que serí­a una masacre".
Giuseppe Sarto nació en Treviso, en el norte de Italia, en 1835. Fue el pontí­fice número 257 de la Iglesia católica y su pontificado duró 11 años, de 1903 a 1914. Fue beatificado en 1951 y canonizado 40 años después de su muerte, en 1954.

lunes, 20 de agosto de 2018

Texto completo de la Carta del Papa sobre los abusos sexuales del clero

PAPIEŻ FRANCISZEK

Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura,

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
AL PUEBLO DE DIOS

«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.
1. Si un miembro sufre
En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.
Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucisescrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! […] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación).
2. Todos sufren con él
La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).
Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.
Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1]que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.
Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2]. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».[3]El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.
Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).
Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.
Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.
De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).
«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.
Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.
Vaticano, 20 de agosto de 2018

domingo, 19 de agosto de 2018

Hoy comienza la novena a San Agustín, patrono de "los que buscan a Dios”

Hoy comienza la novena a San Agustín, patrono de "los que buscan a Dios”

Nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, bajo el nombre en latín Aurelius Augustinus Hipponensis; fue llamado a la Casa del Padre estando en Hipona el 28 de agosto de 430; convirtiéndose con el tiempo en un gran santo, padre y doctor de la Iglesia católica.
En 385 Agustín se convirtió al cristianismo, gracias a las intensas oraciones de su madre, Santa Mónica. Es considerado el máximo pensador dentro del primer siglo del cristianismo y uno de los más grandes genios de la humanidad, pues dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología. Sus obras más destacadas son “Confesiones” y “La ciudad de Dios”.
El 28 de agosto de cada año celebramos su fiesta, y como preparación les dejamos aquí algunas novenas:

sábado, 18 de agosto de 2018

Santa Elena y las santas reliquias de la Pasión de Cristo


Mucho le debe la historia a la madre de Constantino: viajó hasta Jerusalén y encontró el Golgota, enterrado bajo un templo pagano 

Flavia Julia Elena provenía de familia plebeya, estuvo casada con el militar Constancio, y fue repudiada por motivos políticos en el 292. Así  Constancio pudo casarse con la hijastra de Maximiano y se estableció de ese modo el parentesco imprescindible entre los miembros de la tetrarquía, para poder gobernar Roma.
Cuando su hijo Constantino venció a su rival Majencio, en la famosa batalla de Puente Milvio se convirtió en dueño absoluto del imperio y fue rehabilitado el honor de Elena, con el título más alto que podría aspirar una mujer, el de “Augusta”.
La madre Elena jugó un papel fundamental en la vida de Constantino: tal vez fue ella quien contribuyó a la conversión, justo antes de morir, de su hijo. En esta nueva era del cristianismo Elena fue testigo de un gran fervor religioso, haciendo buenas obras y construyendo las famosas basílicas en los lugares sagrados.
Y gracias a ellas se pueden custodiar y venerar muchas reliquias sagradas, entre las más importantes están aquellas perteneciente a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo:
La santa Cruz
Socrate Scolastico (nacido cerca el 380) nos cuenta como Elena después de hacer destruir un templo pagano que se encontraba arriba del sepulcro se encontró con tres cruces y el “Titulus Crucis” y que para reconocer cuál de ellas era acercó los leños a una mujer moribunda que milagrosamente quedó curada inmediatamente después al contacto de la “verdadera Cruz”.
La cruz junto, a dos espinas de la corona y fragmentos de la gruta de la Natividad y del Santo Sepulcro se encuentran en Roma en la llamada Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén.
Titulus crucis
También se encuentra en la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén el “Titulus Crucis”, la tabla con las inscripciones en tres idiomas, hebreo, greco y latín que señala la motivación de la condena a muerte de Cristo. La inscripción en hebreo se basa en diferentes interpretaciones, es más evidente en greco: IS NAZARENUS B[ASILEUS TVN IOUDAIVN] y en latín: I. NAZARINVS RE[X IVDAEORVM] (Jesús el nazareno, el rey de los judíos).
La Sagrada Túnica
La sagrada Túnica es aquella mencionada en evangelio de Juan 23. “Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.”
Según la tradición, la túnica (o más bien, parte de ella) fue donada por santa Elena, a san Agracio arzobispo de Tréveris, una ciudad en Renania-Palatinado, Alemania, donde se conserva la reliquia hasta hoy.
La escalera santa
La Scala Sancta o Scala Pilati, se encuentra en el complejo de los Palacios Lateranenses, a un paso de la Basílica San Juan de Letrán. Son 28 peldaños de mármol que pertenecían al palacio de Poncio Pilatos, fue traída a Roma desde Jerusalén por santa Elena en el año 326. Sixto V en 1589 la hizo colocar a la entrada de la capilla papal, la Sancta Sanctorum, donde se encuentra hasta ahora.
La Sancta Sanctorum
Es un tipo de arca que recuerda a la asignada por los judíos a la parte del templo en Jerusalén donde se custodiaba el “Arca Santa”, solo que en esta arca se atesoran importantes reliquias de la fe cristiana, la mayoría trasladadas por santa Elena desde Tierra Santa a Roma.
En algún momento estas reliquias fueron muy numerosas y singulares entre ellas se encontraba: el prepucio del Niño Jesús, sus sandalias, la esponja con vinagre e hiel, algunas piedras donde estaba la columna donde fue azotado, el flagelo usado para azotarlo, etc. Muchos de ellos desaparecieron, a causas de varios robos.
Todo lo que conserva el arca tiene un valor incalculable para los cristianos, y así lo confirma una placa sobre el altar de la capilla de la Sancta Santorum con la inscripción latina: “NON EST IN TOTO SANCTIOR ORBE LOCUS” (no existe en todo el mundo más santo lugar).