jueves, 21 de junio de 2018

Corpus Christi: ¿Cómo surgió y cuál es su sentido?

Revelaciones a una mujer en Bélgica, un milagro eucarístico en Italia, la decisión de un Papa y una popular y profunda celebración universal

En la fiesta del Corpus Christi, millones de católicos dan testimonio de su fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía de un modo público, en las plazas y calles del mundo.
Este día remite también al Jueves Santo, en que se recuerda el histórico momento en que Jesús dio a sus apóstoles la gran misión de continuar celebrando la cena a través de los tiempos, con las palabras: “Haced esto en memoria mía”.
Al decir esto, Jesús apuntó a una realidad fuerte: cuando se celebra la eucaristía, no se trata de un recuerdo o representación simbólica, sino de un acto, es decir que cuando el sacerdote invoca el Espíritu Santo y repite las palabras de Jesús en la última cena, el pan y el vino se transforman en el cuerpo y sangre de Cristo.
En el discurso del pan de la vida, Jesús es muy claro al respecto, al afirmar en Jn 6,51: “Y el pan que yo daré es mi carne para la salvación del mundo”. En cada misa sucede el mayor de los milagros, y la más importante de todas las apariciones. El propio Jesús se hace presente para llenar con su gloria y poder el lugar donde se celebra la Eucaristía, como también a cada persona presente en este momento tan sagrado y sobrenatural.
La misa de Corpus Christi, con la procesión y bendición, es una oportunidad especial para avivar la fe en el amor de Dios. Es Jesús en persona, que no queda encerrado en las paredes de una iglesia, sino que pasa en medio del pueblo, y santifica nuestras calles con su presencia. Jesús vivo pasa cerca de ti, pon en acción el poder de la fe y con certeza experimentarás la bendición de Dios actuando en tu vida.
Origen de la fiesta del Corpus 
Su origen está ligado a dos hechos del siglo XIII:
 Las revelaciones hechas a santa Juliana de Lieja, donde Jesucristo pedía una fiesta pública dedicada a la Eucaristía. En esta época era sacerdote, en esta diócesis belga, el futuro papa Urbano IV.
– El milagro eucarístico de Bolsena (Italia), sucedido en 1263
El sacerdote Pedro de Praga hacía una peregrinación a Roma. En ese viaje, paró para pernoctar en la ciudad de Bolsena, no lejos de Roma, y se hospedó en la iglesia de Santa Catalina. A la mañana siguiente, celebró una misa y pidió al Señor que apartara de su mente las dudas sobre Su presencia real en la Eucaristía. Era difícil para él creer que en el pan y en el vino estaba el Cuerpo de Cristo.
En el momento en que elevó la hostia, esta comenzó a sangrar (sangre viva). Él, asustado, envolvió la hostia y volvió a la sacristía para avisar de lo que estaba ocurriendo. La sangre manaba, llegando hasta el suelo, al que cayeron varias gotas.
Del milagro le informaron al papa Urbano IV, que estaba en Orvieto, y este mandó a un obispo a Bolsena para verificar la veracidad del hecho. El obispo vio que la hostia sangraba y que el suelo, el altar y el corporal estaban todos manchados de sangre. Inmediatamente organizó una procesión para llevar el corporal del milagro a la presencia del Papa. El Papa decidió ir al encuentro de la procesión. Cuando el obispo mostró el corporal manchado de sangre, el papa se arrodilló y dijo: “Corpus Christi” (Cuerpo de Cristo)!”
En 1264, el papa Urbano IV, extendió la fiesta a toda la Iglesia, pidiendo a santo Tomás de Aquino que preparase las lecturas y textos litúrgicos que, hasta hoy, son usados durante la celebración.

¿Por qué tanto fervor por María?


Jesucristo fue el primer devoto de la Virgen María

Muchas personas preguntan por qué existe devoción a la Virgen, por qué rezar a Ella, hacer imágenes en su representación, construir capillas e iglesias en su honor. ¿Por qué tanto fervor por María? ¿Eso no es una exageración?
 
Además, si ya tenemos a Jesús -que es Dios- a quien rezar, ¿por qué pedir gracias a Ella, que no es Dios, sino apenas criatura? ¿Eso no es desviar la atención del Hijo de Dios, que se encarnó para salvar a los hombres? ¿Por qué entonces, María?
 
Para encontrar la respuesta, no precisamos buscar en muchos lugares. No es necesario ir a los libros, ni hacer grandes pesquisas. Si queremos saber quien dio inicio a esta práctica, quien es el "culpable", por así decir, de la inmensa y secular devoción que todos los pueblos, de todas las razas y de todas las lenguas tienen a María, vamos encontrar apenas un nombre: JESUCRISTO.
 
Sí, Él fue el primer devoto de la Virgen María. Y un sacerdote de nuestros tiempos, el P. Pinard De La Boullaye, S.J., dice que "¡la devoción a la Santísima Virgen María comenzó en la gruta de Belén, en la primera sonrisa que tuvo el Niño-Dios, respondiendo a la sonrisa de su queridísima y perfectísima Madre, y no paró de crecer hasta el último minuto de su muerte en la cruz!"
 
Y si alguien quiere todavía más pruebas de cómo la devoción a María es querida por el propio Dios, y no es una invención de los hombres, recurramos a los Evangelios. Sí, allí encontraremos muchos pasajes que nos indican la necesidad de la devoción a María.
 
Vemos al arcángel Gabriel llamarle de "llena de gracia" (Lc 1,28). Ahora, para que un ángel conceda a alguien ese título, ¿cuál no es la inmensidad de gracias que debe poseer esa persona? Luego a seguir vemos al mismo ángel anunciar a María que Ella daría a luz un hijo que se llamaría "hijo de Dios". O sea, el propio Dios escogió a María para en Ella habitar durante todo el tiempo de la gestación, como en un sagrario purísimo. ¿Podemos considerar poco eso?
 
 Si leemos un poco más del evangelio de San Lucas, todavía veremos un prodigio más realizado por la intercesión de María: al visitar a su prima Santa Isabel, el simple efecto de su voz, al alcanzar los oídos de su pariente, hace que un bebé con apenas seis meses de gestación salte de alegría, y allí mismo reciba todas las gracias de la justificación. Era la primera gracia que el Verbo encarando concedía en el Nuevo Testamento, y quiso hacerlo a través de su Madre. Es el efecto de la voz de María.
 
Y tenemos más: San Juan (Jn 2,1) nos cuenta que, estando Jesús en un matrimonio, en la ciudad de Caná, falta el vino necesario para la fiesta. Y por iniciativa de María, y por su intercesión junto a su Divino Hijo, es realizado el primero de innúmeros milagros de la vida pública del Salvador. ¡Cuántas maravillas hizo Jesús por causa de su Madre!
 
Y si queremos que los santos nos enseñen cómo la devoción a María fue instituida por el propio Dios, oigamos a San Luis María Grignion de Montfort: "Dios reunió todas las aguas y las llamó mar. Reunió todas las gracias y las llamó María". Y San Bernardo: "La Virgen María fue escogida especialmente por Dios, antes de todos los siglos, para ser guardada por los ángeles y prometida por los profetas para ser la Madre de Dios y nuestra Madre".
 
Y si queremos saber cómo debe ser nuestra devoción particular a María, los santos así nos enseñan: "Todo cuanto la Virgen Santísima pide en favor de los hombres, obtiene, con certeza, de Dios", dice San Alfonso María de Ligorio; San Germano nos anima a confiar siempre en la intercesión de María, pues "Jesús no puede dejar de oír a María en todas sus preces, pues quiere obedecerla en todo, como un buen hijo obedece a su madre".

 
 
Por último, San Bernardo nos exhorta a invocarla en nuestras necesidades: "en los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca María. Que su nombre nunca se aleje de sus labios, jamás abandone tu corazón. Siguiéndola, no te desviarás; rezando a Ella, no desesperarás; pensando en Ella, evitarás todo error.
 
"Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, nada tendrás a temer; si Ella te conduce, nunca te cansarás; si Ella te ayuda, llegarás al fin".
 
No tengamos, pues, recelo en amar a María, y ser devotos suyos de todo corazón y de toda alma. Pues nos dice todavía el P. Pinard que "Jesús quiso ser nuestro modelo en todo, quiso ser también modelo de la piedad mariana. Y si queremos preguntarnos cuál es el límite que debe existir para la devoción mariana, es: amad a María, si pudieres, tanto cuanto Jesús la amó. ¡Sí, el modelo de piedad mariana es el propio Hijo de Dios!".

Jueves de la undécima semana del tiempo ordinario


Libro de Eclesiástico 48,1-15. 

Surgió como un fuego el profeta Elías,
su palabra quemaba como una antorcha.
El atrajo el hambre sobre ellos
y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor, cerró el cielo,
y también hizo caer tres veces fuego de lo alto.
¡Qué glorioso te hiciste, Elías, con tus prodigios!
¿Quién puede jactarse de ser igual a ti?
Tú despertaste a un hombre de la muerte y de la morada de los muertos, por la palabra de Altísimo.
Tú precipitaste a reyes en la ruina y arrojaste de su lecho a hombres insignes:
tú escuchaste un reproche en el Sinaí y en el Horeb una sentencia de condenación;
tú ungiste reyes para ejercer la venganza y profetas para ser tu sucesores
Tú fuiste arrebatado en un torbellino de fuego
en un carro con caballos de fuego.
De ti está escrito que en los castigos futuros
aplacarás la ira antes que estalle,
para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos
y restablecer las tribus de Jacob.
¡Felices los que te verán
y los que se durmieron en el amor,
porque también nosotros poseeremos la vida!
Cuando Elías fue llevado en un torbellino, Eliseo quedó lleno de su espíritu. Durante su vida ningún jefe lo hizo temblar, y nadie pudo someterlo.
Nada era demasiado difícil para él y hasta en la tumba profetizó su cuerpo.
En su vida, hizo prodigios y en su muerte, realizó obras admirables.
A pesar de todo esto, el pueblo no se convirtió ni se apartó de sus pecados. hasta que fue deportado lejos de su país, y dispersado por toda la tierra.

Salmo 97(96),1-2.3-4.5-6.7. 
¡El Señor reina! Alégrese la tierra,
regocíjense las islas incontables.
Nubes y Tinieblas lo rodean,
la Justicia y el Derecho son

la base de su trono.
Un fuego avanza ante él
y abrasa a los enemigos a su paso;
sus relámpagos iluminan el mundo;

al verlo, la tierra se estremece.
Las montañas se derriten como cera
delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra.
Los cielos proclaman su justicia

y todos los pueblos contemplan su gloria.
Se avergüenzan los que sirven a los ídolos,
los que se glorían en dioses falsos;

todos los dioses se postran ante él.



Evangelio según San Mateo 6,7-15. 
Jesús dijo a sus discípulos:
Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados.
No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.
Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre,
que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.
No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.
Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes.
Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes. 

miércoles, 20 de junio de 2018

Tú podrías ser familia (de sangre) de Jesús de Nazaret

JESUS,SALVATOR MUNDI

Quiero hacerlo todo bien pero no puedo. Y me lleno de ansiedades y de miedos. No confío, quiero ser perfecto. Y me alejo de Dios

Hoy llega su familia a buscar a Jesús. Llegan sus hermanos. Llegan a buscarlo cuando Él está predicando. Llegan hasta Él. Quieren hablar con Él. Lo buscan.
Sospechan de Él: “En aquel tiempo volvió Jesús a casa y se juntó tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales”.
Piensan que no está en sus cabales. Esa afirmación me impresiona. Piensan que está loco, fuera de sí.
Me sorprende, pero sólo en parte. Porque Jesús no actúa como actúan todos los jóvenes de su época. No hace lo que hacen todos. Se sale de la norma. Actúa de una forma nueva. Se despiertan las sospechas.
Habla con fuerza. Reúne a otros hombres en torno suyo. Una comunidad. Milagros. Muchos seguidores.
Hace signos visibles del poder de Dios. Perdona pecados. ¡Cómo no creer que se ha vuelto algo loco! Sana enfermos y libera a los endemoniados.
Su familia, los más cercanos, piensan que está fuera de sí, que está enfermo. Quieren tal vez llevarlo de regreso a Nazaret, protegerlo y protegerse. Puede que tengan miedo.
Quizás quieren salvar la imagen de la familia. No aceptan todo lo que hace uno de los suyos. Me sorprende esa mirada sobre Jesús. No creen tal vez en la misericordia de Dios. En el amor infinito que me salva.
No creen que Jesús sea Dios de verdad. Era el hijo de un carpintero. Temen por su vida. Son la familia de aquel que parece estar loco.
Jesús hoy no se incomoda al oír hablar de su familia. Conoce sus dudas y sus miedos. No hace caso y sigue predicando.
Pero entonces insisten: “Llegaron su madre y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: – Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Les contestó: – ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: – Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.
Su madre y sus hermanos. María no piensa que está fuera de sus cabales. Pero tal vez teme por su vida. Quiere protegerlo. Quiere que salga.
Y entonces Jesús habla de la actitud del discípulo. El que cumple la voluntad de Dios. El que escucha el querer de Dios y lo hace vida. Ese es de su misma sangre.
Yo puedo llegar a ser familia de Jesús si hago lo que Dios quiere de mí. Y no me dejo tentar por el demonio. Y no me dejo llevar lejos de Dios. Y no me endurezco.
Jesús me necesita a mí. Quiere que lo siga, que esté con Él para cambiar el mundo. Me necesita en mi pobreza, en mi debilidad.
No le importa mi perfección. No desea que no cometa errores. Sabe que los voy a cometer. Pero quiere que me abra a la misericordia.
Soy su familia cuando deseo hacer siempre su voluntad aunque caiga, aunque no haga siempre lo que me pide. Dios tiene misericordia. Es paciente con mi miseria.
Decía santa Teresa de Calcuta: “Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. Pero Él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama”.
Me gusta mirar así mi vida. Dios sí está en sus cabales. Soy yo el que me cierro tantas veces a la salvación y pierdo mi juicio.
Quiero hacerlo todo bien pero no puedo. Y me lleno de ansiedades y de miedos. No confío, quiero ser perfecto. Y me alejo de Dios.
No creo en su misericordia. No creo que pueda hacer conmigo una gran obra. ¡Me siento tan pequeño!
Me gustaría ser como Dios. Pero soy hombre empecatado y pobre. Necesitado de misericordia. Humillado.
Saber que Dios depende de mí para regalar su amor me turba. Me siento tan incapaz… Yo soy su madre, su hermano, su familia.
Soy yo aquel en quien Él se hace presente. En mis manos su cuerpo, en mi voz su perdón, en mis gestos torpes su amor infinito. 
Él me necesita. Soy de los suyos, de su sangre. Pero no porque lo haga todo bien. Sino porque me ha llamado y me ha dicho que me ama.
Y yo quiero entonces hacer vida en mí lo que Él me pide. Lo que Él sueña para mí.
Ese consuelo me levanta cada mañana, me anima, me da fuerzas. Me hace mejor persona. Saca lo mejor que hay en mi alma enferma.
Me alegra creer que mi pecado no me limita, no me ata, no me priva de su amor.
Sólo cuando dejo de creer en su misericordia es cuando muero. Sólo cuando veo la oscuridad y me quedo en ella, me endurezco. Sólo cuando me atormento pensando que no tengo fuerzas para caminar.
Hoy confío en su amor inmenso.

10 anécdotas de san Antonio de Padua

Prodigios de la fe que siguen moviendo corazones hoy

San Antonio de Padua es conocido en todo el mundo con el calificativo de taumaturgo, que quiere decir el que “obra milagros”, porque durante su vida Dios realizó a través suyo numerosos prodigios. Aquí te relatamos sólo diez de los muchos que nos han llegado a través de los siglos.
1. Los gorriones encerrados
Fernando (su nombre de bautismo) era un niño muy obediente, tanto con Dios como con sus papás terrenales. Por esa razón su Papá del cielo un día lo premió. Era la época en que los gorriones en bandadas hacían estragos en los trigales, y el padre de Fernando le había dado la tarea de cuidar el campo de los pájaros en su ausencia.
El niño contento obedeció, pero en un momento sintió un fuerte deseo de ir a rezar en la iglesia. Entonces llamó a todos los gorriones y los encerró en una habitación. Cuando llegó su padre se enojó mucho al ver que Fernando no estaba en el campo y lo llamó para reprocharle, pero el niño le aseguró que los pájaros no comieron ni un grano de trigo y lo llevó hasta donde estaban encerradas las aves, y las soltó. El padre, maravillado, abrazó muy fuerte a su hijo.
2. Tormentas del diablo
San Antonio, como muchos grandes santos, era perseguido por el demonio, enojado porque le quitaba muchas almas. Por lo tanto siempre buscaba molestarlo cuando predicaba.
Un día, cuando el santo predicaba en la ciudad de Limoges, en Francia -al aire libre, porque la iglesia no podía contener toda la gente que había ido a escuchar su predicación-, de repente el cielo se nubló amenazando con una terrible tormenta.
El público comenzó a marcharse y Fray Antonio los llamó asegurando que no les caería ni una gota. Y así fue, llovió fuertemente alrededor de la gente, dejando completamente seca la parte donde ellos estaban. Al final de la predicación, todos los que asistieron alabaron al Señor y dieron gracias por lo que acaban de presenciar.
3. La mula de rodillas
Este es uno de los milagros más conocidos de san Antonio. Una vez, encontrándose en Rimini, el santo trató de convertir a un hereje. Discutían sobre la real presencia de Jesús en la Eucaristía.
El hereje, llamado Bonvillo, lanza el desafío al fraile afirmando: si tú, Antonio, lograras probar con un milagro que en la Comunión de los creyentes está, velado, el verdadero cuerpo de Cristo, yo renunciaré a cada herejía y abrazaré sin demora la fe católica. Antonio acepta el desafío convencido de conseguirlo todo de Dios, por la conversión del hereje.
Entonces Bonfillo, dice: yo tendré encerrada mi mula por tres días privándola de comida. A los tres días, la sacaré ante la presencia del pueblo y le dejaré el heno listo para que coma. Tú mientras tanto estarás por el otro lado con aquello que afirmas ser el cuerpo de Cristo. Si el animal incluso hambriento rechaza el alimento y adora a tu Dios yo creeré sinceramente en la fe de la Iglesia.
Antonio rezó y ayunó todos los tres días. El día establecido, la plaza estaba repleta de gente, todos a la espera de ver quién ganaba la disputa. Antonio celebró la misa delante de la muchedumbre y luego con suma reverencia acercó el cuerpo de Cristo ante la mula hambrienta y al mismo tiempo Bonfillo le enseñó el heno.
Entonces san Antonio ordenó al animal: “En virtud y en nombre del Creador, que yo, por indigno que sea, tengo de verdad entre mis manos, te digo, oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y le presentes la debida veneración, para que los malvados herejes comprendan de este gesto claramente que todas las criaturas están sujetas a su Creador, tenido entre las manos por la dignidad sacerdotal en el altar”.
El santo ni siquiera había acabado estas palabras cuando el animal, dejando a un lado el heno, inclinándose y bajando la cabeza, se acercó arrodillándose delante de la Eucaristía. Una gran alegría contagió a los fieles y el hereje renegó de su doctrina en presencia de toda la gente y se convirtió a la fe católica.
4. Genuflexiones extrañas
Un día, san Antonio se cruzó en la calle con un hombre famoso por su vida disoluta. Al verlo inmediatamente le hizo una genuflexión, llamando la atención del hombre. Y así lo hizo las varias veces que lo encontraba. El hombre, molesto porque pensaba que se estaba burlando de él, irritado le dijo: “ Si no terminas de burlarte de mí, te atravesaré con mi espada”, a lo que respondió el santo: “Oh glorioso mártir de Dios, acuérdate de mí cuando estés en el paraíso”. El hombre al oír sus palabras se echó a reír. Años después el pecador estando en Palestina se convirtió, predicó su fe a los sarracenos y fue martirizado, cumpliéndose la profecía del santo.
5. La predicación a los peces
En una ocasión, cuando un grupo de personas impedían al pueblo acudir a sus sermones, san Antonio se fue a la orilla del mar y empezó a gritar: “Oigan la palabra de Dios, ustedes los peces del mar, ya que los pecadores de la tierra no la quieren escuchar”.
Mientras hablaba, los peces empezaron a unirse y a acercarse a él, sacando sus cabezas fuera del agua para escuchar atentos las palabras del fraile que los invitaba a alabar a Dios, creador del agua en la que encontraban su alimento y vivían en serenidad.
Maravillados, los pescadores corrieron a la ciudad a contar lo que apenas habían visto a los habitantes de la aldea, y con ellos, también los herejes, se arrodillaron escuchando las palabras de Antonio.
6. Limpieza total
Un día se presentó delante del santo un gran pecador, decidido a cambiar de vida y reparar todos los males cometidos. Se arrodilló a sus pies para hacer la confesión pero fue tal su conmoción que no logró abrir la boca, y lloraba desconsoladamente . Entonces el santo fraile le aconsejó apartarse y escribir sobre una hoja todos sus pecados.
El hombre obedeció y volvió con una larga lista. Fray Antonio leyó todos los pecados en voz alta y le devolvió la hoja. ¡Cuál fue la maravilla del pecador arrepentido, cuando vio la hoja perfectamente limpia! Los pecados desaparecieron del alma del pecador e incluso del papel.
7. San Antonio y el Niño Jesús
Al santo lo vemos representado casi siempre con el Niño Jesús, y esto se debe a que cuando era todavía un joven fraile estaba rezando solo en una habitación donde fue hospedado para un periodo de descanso, y el dueño, espiando a hurtadillas por una ventana, vio que el fraile tenía en sus brazos un hermoso niño al que abrazaba y besaba con intensa contemplación.
El hombre, atónito y extasiado por la belleza de aquel niño, se preguntaba de dónde había salido y el mismo Niño Jesús le reveló a Antonio que el huésped estaba observándolo. Después de larga oración, desapareció la visión, el santo llamó al hombre y le prohibió contar lo que había visto. Con este acto de ternura, Jesús demostraba su amor a su siervo bueno y fiel.
8. El recién nacido que habla
En Ferrara había un caballero extremadamente celoso de su mujer, que poseía una innata gracia y dulzura. Quedando embarazada, injustamente la acusó de adulterio y una vez nacido el niño, que tenia la tez bastante oscura, el marido se convenció aún más de que esta la había traicionado.
En el bautismo del niño, mientras el cortejo se dirigía a la iglesia con el padre, parientes y amigos, Antonio pasó cerca de ellos y sabiendo las acusaciones del hombre, impuso el nombre de Jesús al niño. Preguntándole quién era su padre, el pequeño, de solo poco días de vida, apuntó con el dedo hacia su padre y luego, con voz clara, dijo: “¡éste es mi padre!”.
La maravilla de los presentes fue grande, y sobre todo de aquel hombre, que retiró todas las acusaciones contra su esposa y vivió felizmente con ella.
9. La comida envenenada
Una vez, los herejes, movidos por el odio que tenían hacia el santo, pensaron en hacerlo morir envenenándolo y fingiendo querer discutir con él sobre algunos puntos del catecismo y lo invitaron a un almuerzo. Nuestro fraile, que no quiso perder la ocasión para hacer un bien, aceptó la invitación. Y le sirvieron un plato con comida envenenada.
Fray Antonio, inspirado por Dios, se dio cuenta y los regañó diciendo: “¿Por qué hicieron esto?”. “Para ver – contestaron – si son verdaderas las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles: “Beberéis el veneno y no os hará mal”.
Fray Antonio se recogió en oración, trazó una señal de cruz sobre la comida y luego serenamente comió, sin que le sucediera absolutamente nada. Confusos y arrepentidos de su mala acción, los herejes pidieron perdón, prometiendo convertirse.
10. ¿Quién es el culpable?
Cuando Antonio se encontraba en Padua, sucedió en Lisboa, su ciudad natal, que un joven mató a su mayor enemigo y lo enterró en el jardín de la familia del santo. Cuando encontraron el cuerpo, culparon a su padre, el dueño del jardín. Trató de demostrar su inocencia y no pudo.
Entonces el santo viajó hasta Lisboa y se presentó ante el juez declarando la inocencia de su padre. El juez no le creyó, así que hizo traer el cadáver ante el tribunal y le preguntó: “¿Fue mi padre el que te mató?”. El cuerpo, resucitando, respondió: “no, no fue tu padre” y cayó de nuevo exánime. Y el juez se convenció de su inocencia.