domingo, 17 de septiembre de 2017

Ángelus: “Abrirse a la posibilidad de perdonar” Ser perdonado genera alegría, paz y libertad interior (traducción completa)

Angelus 17/09/2017, CTV
“Quien ha tenido la experiencia de la alegría, de la paz y de la libertad interior que viene del hecho de ser perdonado puede abrirse a la posibilidad de perdonar también”: el Papa Francisco ha consagrado su alocución antes del ángelus de este domingo 17 de septiembre de 2017, en la plaza San Pedro al evangelio del perdón de este domingo.
“Siempre debes perdonar ”, explica el Papa señalando que Dios perdona siempre. Concluye :” Que la Virgen María nos ayude a ser siempre más conscientes de la gratuidad y de la grandeza del perdón recibido de Dios, para ser misericordiosos como él, Padre bueno, lento a la cólera y grande en amor”.
Esta es nuestra traducción de las palabras del Papa antes y después del ángelus, que ha presidido en presencia de unos 30.000 visitantes.
AB/RA
Palabras del Papa Francisco antes del ángelus
Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
El pasaje del evangelio de este domingo (Cf. Mt 18,21-25) nos ofrece una enseñanza sobre el perdón, que no niega el mal hecho, pero reconoce que el ser humano, creado a imagen de Dios, es siempre más grande que el mal que comete.
San Pedro le pregunta a Jesús: “Si mi hermano comete faltas contra mí, cuantas veces debería perdonar?. Hasta siete veces?” (v. 21). A Pedro le parece mucho perdonar siete veces a una misma persona; y a nosotros nos puede parecer mucho hacerlo dos veces. Pero Jesús responde: “No te digo siete veces, sino hasta 70 veces siete” (v. 22), lo que quiere decir siempre: tu debes perdonar siempre.
Y lo confirma contando la parábola del rey misericordioso y del servidor sin piedad, en la cual muestra la incoherencia de aquel que había sido perdonado primero y rechaza el perdonar.
El rey de la parábola es un hombre generoso que, tiene compasión perdona una deuda enorme-“diez mil talentos” enorme- a un servidor que le suplica. Pero ese mismo servidor, cuando encuentra a otro servidor como él que le debe cien denarios-es decir, mucho menos, se comporta sin piedad, haciéndole meter en prisión. El comportamiento incoherente de este siervo es también el nuestro cuando rechazamos el perdón a nuestros hermanos. Mientras que el rey de la parábola es la imagen de Dios que nos ama con un amor rico en misericordia que nos acoge, nos: ama y nos perdona continuamente.
Desde nuestro bautismo, Dios nos ha perdonado, y nos perdona una deuda insolvente: el pecado original. Entonces con misericordia ilimitada, Él nos perdona todas las faltas tan pronto como mostramos solo un pequeño signo de arrepentimiento. Dios es así: misericordioso.
Cuando estamos tentados a cerrar nuestros corazones a los que nos han ofendido y ofrecemos excusas, recordemos las palabras del Padre Celestial al siervo despiadado: “Te he perdonado esta deuda porque me lo has pedido. No deberías tener tú también piedad de tu compañero, como yo la he tenido de ti?”(vs. 32-33). Quien ha tenido la experiencia de la alegría, de la paz y de la libertad interior que viene del hecho de haber sido perdonado puede abrirse a la posibilidad de perdonar él también.
En la oración del Padre Nuestro, Jesús ha querido la misma enseñanza que la de esta parábola. Ha puesto en relación directa el perdón que pedimos a Dios con el perdón que debemos conceder a nuestros hermanos: “perdonemos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6,12). El perdón de Dios es el signo de su amor desbordante para cada uno de nosotros; es el amor el que nos deja libres de alejarnos, como el hijo pródigo, pero que espera cada día nuestro retorno; es el amor cuidadoso del pastor por la oveja perdida; es la ternura que acoge a todo pecador que llama a su puerta. El Padre celestial-nuestro Padre – está lleno, lleno, de amor y nos lo quiere ofrecer, pero no puede hacerlo si cerramos nuestro corazón al amor de los otros.
Que la Virgen María nos ayude a ser más conscientes cada día de la gratuidad y de la grandeza del perdón recibido de Dios, para ser misericordiosos como él, Padre bueno, lento a la cólera y grande en amor.
Después del ángelus
Queridos hermanos y hermanas, Os saludo a cada uno de vosotros con afecto, Romanos y peregrinos venidos de diferentes países: familias, grupos parroquiales, asociaciones.
Saludo a los fieles de La Plata (Argentina), a los oficiales de la Escuela militar de Colombia y a los catequistas de Rho.
Saludo a los participantes de la carrera a pie Vía Pacis, que ha pasado por los lugares de culto de diferentes confesiones religiosas presentes en Roma. Deseo que esta iniciativa cultural y deportiva pueda favorecer el diálogo, la convivencia y la paz.
Saludo a los numerosos jóvenes venidos de Loreto acompañados por hermanos capuchinos, que han comenzado hoy una jornada de reflexión y de meditación: nos aportáis el “perfume” del santuario de la Santa Casa, gracias!.
Saludo también a los voluntarios Pro Loco y a los caminantes que comienzan hoy el relevo de Asís. Buena ruta!
Os deseo a todos un buen domingo. Y por favor, no os olvidéis de orar por mi. Buena suerte y adiós!.
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

sábado, 16 de septiembre de 2017

Vigésimo cuarto Domingo del tiempo ordinario


Libro de Eclesiástico 27,30.28,1-7. 

También el rencor y la ira son abominables, y ambas cosas son patrimonio del pecador.
El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados.
Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados.
Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane?
No tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus pecados!
El, un simple mortal, guarda rencor: ¿quién le perdonará sus pecados?
Acuérdate del fin, y deja de odiar; piensa en la corrupción y en la muerte, y sé fiel a los mandamientos;
acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa.

Salmo 103(102),1-2.3-4.9-10.11-12. 
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios.

El perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura.

No acusa de manera inapelable
ni guarda rencor eternamente;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas.

Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
así de inmenso es su amor por los que lo temen;
cuanto dista el oriente del occidente,
así aparta de nosotros nuestros pecados.



Carta de San Pablo a los Romanos 14,7-9. 
Ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí.
Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor.
Porque Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos.

Evangelio según San Mateo 18,21-35. 
Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos". 

viernes, 15 de septiembre de 2017

Oración poderosa a Nuestra Señora de los Dolores


¿Estás pasando por algún sufrimiento fuerte? Aprovecha el día de hoy y pon tu dolor en el cuello de Nuestra Señora de los Dolores

Nuestra Señora de los Dolores, te presento todas mi necesidades, angustias, tristezas, miserias y sufrimientos.
Oh Madre de los dolores y reina de los mártires, que tanto sufriste al ver a tu Hijo flagelado, escarnecido y muerto para salvarme, acoge mis plegarias.
Madre amable, concédeme una verdadera contrición de mis pecados y un sincero cambio de vida.
Nuestra Señora de los Dolores, que estuviste presente en el calvario de Nuestro Señor Jesucristo, permanece también presente en mis calvarios. Te suplico esta gracia de la que tanto necesito:
(Haz tu petición)
Por piedad, oh abogada de los pecadores, no dejes de amparar mi alma en aflicción y en el combate espiritual que estoy atravesando en todo momento.
Nuestra Señora de los Dolores, cuando los dolores y los sufrimientos lleguen, no me dejes que me desanime.
Madre de los dolores, envuélveme en tu sagrado manto y ayúdame a pasar por el valle de lágrimas.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, ¡Dios te salve! A ti clamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea pues, señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María.
Permanece con nosotros y danos tu auxilio, para que podamos convertir las luchas en victorias, y los dolores en alegrías.
Ruega por nosotros, oh Madre, porque no eres sólo la Madre de los dolores, sino también la Señora de todas las gracias.
Nuestra Señora de los Dolores, fortaléceme en los sufrimientos de la vida. (3x)
Amén.

Nuestra Señora de los Dolores


Por dos veces durante el año, la Iglesia conmemora los dolores de la Santísima Virgen que es el de la Semana de la Pasión y también hoy, 15 de setiembre.
La primera de estas conmemoraciones es la más antigua, puesto que se instituyó en Colonia y en otras partes de Europa en el siglo XV y cuando la festividad se extendió por toda la Iglesia, en 1727, con el nombre de los Siete Dolores, se mantuvo la referencia original de la Misa y del oficio de la Crucifixión del Señor.
En la Edad Media había una devoción popular por los cinco gozos de la Virgen Madre, y por la misma época se complementó esa devoción con otra fiesta en honor a sus cinco dolores durante la Pasión. Más adelante, las penas de la Virgen María aumentaron a siete, y no sólo comprendieron su marcha hacia el Calvario, sino su vida entera. A los frailes servitas, que desde su fundación tuvieron particular devoción por los sufrimientos de María, se les autorizó para que celebraran una festividad en memoria de los Siete Dolores, el tercer domingo de setiembre de todos los años.

Memoria de Nuestra Señora de los Dolores


Carta a los Hebreos 5,7-9. 

Hermanos:
Cristo dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión.
Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer.
De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen,

Salmo 31(30),2-3a.3bc-4.5-6.15-16.20. 
Yo me refugio en ti, Señor,
¡que nunca me vea defraudado!
Líbrame, por tu justicia;
inclina tu oído hacia mí
y ven pronto a socorrerme.

Sé para mí una roca protectora,
porque tú eres mi Roca y mi baluarte:
por tu Nombre, guíame y condúceme.
Sácame de la red que me han tendido,

porque tú eres mi refugio.
Yo pongo mi vida en tus manos:
tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.
Pero yo confío en ti, Señor,

y te digo: «Tú eres mi Dios,
mi destino está en tus manos.»
Líbrame del poder de mis enemigos
y de aquellos que me persiguen.
¡Qué grande es tu bondad, Señor!

Tú la reservas para tus fieles;
y la brindas a los que se refugian en ti,
en la presencia de todos.


Evangelio según San Juan 19,25-27. 
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".
Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.