domingo, 29 de mayo de 2016

Homilía del Papa Francisco en la misa del Corpus Christi


«Haced esto en memoria mía» (1Co 11,24.25).

El apóstol Pablo, escribiendo a la comunidad de Corinto, refiere por dos veces este mandato de Cristo en el relato de la institución de la Eucaristía. Es el testimonio más antiguo de las palabrasde Cristo en la Última Cena.

«Haced esto». Es decir, tomad el pan, dad gracias y partidlo; tomad el cáliz, dad gracias y distribuidlo. Jesús manda repetir el gesto con el que instituyó el memorial de su Pascua, por el quenos dio su Cuerpo y su Sangre. Y este gesto ha llegado hasta nosotros: es el «hacer» la Eucaristía,que tiene siempre a Jesús como protagonista, pero que se realiza a través de nuestras pobres manosungidas de Espíritu Santo.

«Haced esto». Ya en otras ocasiones, Jesús había pedido a sus discípulos que «hicieran» loque él tenía claro en su espíritu, en obediencia a la voluntad del Padre. Lo acabamos de escuchar enel Evangelio. Ante una multitud cansada y hambrienta, Jesús dice a sus discípulos: «Dadlesvosotros de comer» (Lc 9,13). En realidad, Jesús es el que bendice y parte los panes, con el fin desatisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por losdiscípulos, y Jesús quería precisamente esto: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lopoco que tenían. Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas yvenerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no vadestinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto ahacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre (cf. Jn 6,48-58). Y, sinembargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes ypeces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos.

Partir: esta es la otra palabra que explica el significado del «haced esto en memoria mía».Jesús se ha dejado «partir», se parte por nosotros. Y pide que nos demos, que nos dejemos partir porlos demás. Precisamente este «partir el pan» se ha convertido en el icono, en el signo de identidadde Cristo y de los cristianos. Recordemos Emaús: lo reconocieron «al partir el pan» (Lc 24,35).

Recordemos la primera comunidad de Jerusalén: «Perseveraban [...] en la fracción del pan» (Hch2,42). Se trata de la Eucaristía, que desde el comienzo ha sido el centro y la forma de la vida de laIglesia. Pero recordemos también a todos los santos y santas –famosos o anónimos–, que se handejado «partir» a sí mismos, sus propias vidas, para «alimentar a los hermanos». Cuántas madres,cuántos papás, junto con el pan de cada día, cortado en la mesa de casa, se parten el pecho para criara sus hijos, y criarlos bien. Cuántos cristianos, en cuanto ciudadanos responsables, se han desvividopara defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados.¿Dónde encuentran la fuerza para hacer todo esto? Precisamente en la Eucaristía: en el poder delamor del Señor resucitado, que también hoy parte el pan para nosotros y repite: «Haced esto enmemoria mía».

Que el gesto de la procesión eucarística, que dentro de poco vamos a hacer, respondatambién a este mandato de Jesús. Un gesto para hacer memoria de él; un gesto para dar de comer ala muchedumbre actual; un gesto para «partir» nuestra fe y nuestra vida como signo del amor deCristo por esta ciudad y por el mundo entero.

El Papa a los diáconos: ‘No somos los dueños de nuestro tiempo’ – Texto completo de la homilía En el Jubileo de los Diáconos pide disponibilidad más allá de los horarios, porque servir es el único modo de ser discípulo de Jesús

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco presidió este domingo la santa misa delante de la basílica de San Pedro, ante miles de fieles y peregrinos que en este IX domingo del Tiempo ordinario participaron en el Jubileo de los diáconos. La misa solemne acompañada con música polifónica, que se realizó a pesar del tiempo inestable y con alguna lluvia, fue la conclusión del evento de los diáconos permanentes, que inició el miércoles pasado en Roma, y terminó con la oración del ángelus. Después de la eucaristía el Francisco saludó con gran afecto a muchos de los diáconos allí presentes.
En su homilía el Santo Padre recordó que evangelizar es la misión asignada a cada cristiano en el bautismo y que servir es el estilo mediante el cual se vive la misión y el único modo de ser discípulo de Jesús. Porque ser testigo es servir a los hermanos y a las hermanas. Y se inicia a ser «siervos buenos y fieles» viviendo la disponibilidad. Porque el tiempo no nos pertenece, sino que es un don recibido de Dios para a su vez ofrecerlo, sin ser es esclavo de la agenda que hemos establecido, dóciles de corazón, disponibles a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios.
A continuación el texto completo de la homilía
“«Servidor de Cristo» (Ga 1,10). Hemos escuchado esta expresión, con la que el apóstol Pablo se define cuando escribe a los Gálatas. Al comienzo de la carta, se había presentado como «apóstol» por voluntad del Señor Jesús (cf. Ga 1,1). Ambos términos, apóstol y servidor, están unidos, no pueden separarse jamás; son como dos caras de una misma moneda: quien anuncia a Jesús está llamado a servir y el que sirve anuncia a Jesús.
El Señor ha sido el primero que nos lo ha mostrado: él, la Palabra del Padre; él, que nos ha traído la buena noticia (Is 61,1); él, que es en sí mismo la buena noticia (cf. Lc 4,18), se ha hecho nuestro siervo (Flp 2,7), «no ha venido para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45). «Se ha hecho diácono de todos», escribía un Padre de la Iglesia (San Policarpo, Ad Phil. V,2). Como ha hecho él, del mismo modo están llamados a actuar sus anunciadores. El discípulo de Jesús no puede caminar por una vía diferente a la del Maestro, sino que, si quiere anunciar, debe imitarlo, como hizo Pablo: aspirar a ser un servidor. Dicho de otro modo, si evangelizar es la misión asignada a cada cristiano en el bautismo, servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús. Su testigo es el que hace como él: el que sirve a los hermanos y a las hermanas, sin cansarse de Cristo humilde, sin cansarse de la vida cristiana que es vida de servicio.
¿Por dónde se empieza para ser «siervos buenos y fieles» (cf. Mt 25,21)? Como primer paso, estamos invitados a vivir la disponibilidad. El siervo aprende cada día a renunciar a disponer todo para sí y a disponer de sí como quiere. Si se ejercita cada mañana en dar la vida, en pensar que todos sus días no serán suyos, sino que serán para vivirlos como una entrega de sí.
En efecto, quien sirve no es un guardián celoso de su propio tiempo, sino más bien renuncia a ser el dueño de la propia jornada. Sabe que el tiempo que vive no le pertenece, sino que es un don recibido de Dios para a su vez ofrecerlo: sólo así dará verdaderamente fruto. El que sirve no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios.
Servidor abierto a la sorpresa, a las sorpresas cotidianas de Dios. El siervo sabe abrir las puertas de su tiempo y de sus espacios a los que están cerca y también a los que llaman fuera del horario, a costo de interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece.
El servidor no se aferra a sus horarios, me hace mal al corazón cuando veo en las parroquias el horario de tal hora a tal hora, después no  están las puertas abiertas, no hay cura, no hay diácono, no hay laico que reciba a la gente, esto hace mal. Descuidar los horarios, tener este coraje de descuidar los horarios.  Así, queridos diáconos, viviendo en la disponibilidad, vuestro servicio estará exento de cualquier tipo de provecho y será evangélicamente fecundo.
También el Evangelio de hoy nos habla de servicio, mostrándonos dos siervos, de los que podemos sacar enseñanzas preciosas: el siervo del centurión, que es curado por Jesús, y el centurión mismo, al servicio del emperador.
Las palabras que este manda decir a Jesús, para que no venga hasta su casa, son sorprendentes y, a menudo, son el contrario de nuestras oraciones: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo» (Lc 7,6); «por eso tampoco me creí digno de venir personalmente» (v.7); «porque yo también vivo en condición de subordinado» (v. 8). Ante estas palabras, Jesús se queda admirado. Le asombra la gran humildad del centurión, su mansedumbre. La mansedumbre es una de las virtudes de los diáconos, cuando el diácono es humilde y servidor y no juega a evitar a los curas, no, es manso.
Él, ante el problema que lo afligía, habría podido agitarse y pretender ser atendido imponiendo su autoridad; habría podido convencer con insistencia, hasta forzar a Jesús a ir a su casa. En cambio se hace pequeño, discreto, manso, no alza la voz y no quiere molestar. Se comporta, quizás sin saberlo, según el estilo de Dios, que es «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). En efecto, Dios, que es amor, oír amor llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores.
Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: recibirlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, en   casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve (cf. Lc 22,26). Y nunca retar, nunca. Así, queridos diáconos, en la mansedumbre, madurará vuestra vocación de ministros de la caridad.
Además del apóstol Pablo y el centurión, en las lecturas de hoy hay un tercer siervo, aquel que es curado por Jesús. En el relato se dice que era muy querido por su dueño y que estaba enfermo, pero no se sabe cuál era su grave enfermedad (v.2). De alguna manera, podemos reconocernos también nosotros en ese siervo.
Cada uno de nosotros es muy querido por Dios, amado y elegido por él, y está llamado a servir, pero tiene sobre todo necesidad de ser sanado interiormente. Para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón curado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro.
Nos hará bien rezar con confianza cada día por esto, pedir que seamos sanados por Jesús, asemejarnos a él, que «no nos llama más siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15).
Queridos diáconos pueden pedir cada día esta gracia en la oración, en una oración donde se presenten las fatigas, los imprevistos, los cansancios y las esperanzas: una oración verdadera, que lleve la vida al Señor y el Señor a la vida.
Y al servir en la celebración eucarística, allí se encontrará la presencia de Jesús, que se entrega, para que vosotros os deis a los demás. Así, disponibles en la vida, mansos de corazón y en constante diálogo con Jesús, no tendréis temor de ser servidores de Cristo, de encontrar y acariciar la carne del Señor en los pobres de hoy”.

El Papa invita a los niños a rezar por la paz junto a sus coetáneos sirios

(ZENIT – Ciudad del Vaticano) Al concluir la santa misa en la plaza de San Pedro, con motivo del Jubileo de los diáconos, el papa Francisco que vestía los paramentos verdes del Tiempo ordinario, rezó el ángelus desde la explanada delante de la basílica, donde se celebró la eucaristía y dirigió unas palabras a los miles de fieles allí presentes.
«Al concluir esta celebración quiero dirigirles un especial saludo a ustedes, queridos diáconos, que han venido de Italia y de otros países. ¡Gracias por vuestra presencia aquí, pero sobre todo por vuestra presencia en la Iglesia!
Saludo a todos los peregrinos, en particular a la Asociación europea de los históricos Schützen; a los participantes del “Camino del Perdón” promovido por el Movimento Celestiniano; y a la Asociación Nacional para la tutela de las energías renovables, empeñados en una obra de educación para cuidar la creación.
Recuerdo también la Jornada Nacional del Alivio, finalizada a ayudar a las personas a vivir bien la fase final de la existencia terrena, así como la peregrinación tradicional que se realiza hoy en Polonia, en el santuario mariano de Piekary: la Madre de la Misericordia apoye a las familias y a los jóvenes que están en camino hacia la Jornada Mundial de Cracovia.
El próximo miércoles 1° de junio, con motivo de la Jornada Internacional del Niño, las comunidades cristianas de Siria, sea católicas que ortodoxas, vivirán una oración especial por la paz, que tendrá como protagonistas justamente a los niños. Los niños sirios invitan a los niños de todo el mundo a unirse por sus oraciones por la paz.
Invocamos por estas intenciones la intercesión de la Virgen María, mientras le confiamos la vida y el ministerio de todos los diáconos del mundo».

¿Cómo es tu dolor de cada día? Cada uno tiene su propio dolor. Por eso, atento, voy a hacerte una pregunta importante:


suffering



¡Sé que algo dentro de ti duele en este momento!
Enfermedad física o mental, relaciones, familia, dinero, desesperanza, miedo… nuestro dolor de cada día… ¡cada uno tiene el suyo!
Cada uno sabe de su dolor y sobre todo, lo grande que es.
Nadie puede medir el dolor de los demás, pues lo que para ti puede ser pequeño, para la persona que lo siente, ¡el dolor puede ser aterrador!
El tamaño del dolor depende de como es nuestra vida, nuestras creencias y nuestra aceptación del momento que se vive.
Se engaña quien piensa que ir en busca y conquistar la vida que se quiere, le priva del dolor.
El dolor es una condición humana y nos acompaña hasta el final de nuestras vidas, ¡es así! Pequeño o grande, aparecerá más o menos veces en nuestras vidas, pero aparecerá sin duda.
¡Pero no te asustes! ¡El dolor tiene su lado positivo!
Nos hace fuertes (aunque muchas veces nos sentimos extremamente débiles), hace que busquemos nuevas posibilidades y modela nuestra capacidad de empatía, haciendo de nosotros seres más humanos.
Si tu dolor es insoportable, aquí va mi pregunta de hoy para ti: ¿como va tu vida espiritual?
Porque, a veces, el dolor nace cuando no estamos queriendo vivir la vida que Dios nos propone y de nada valen sueños, metas, cambio de mentalidad, de enfoque o cualquier otra técnica, si no estás en el camino de tu propósito más profundo.
El dolor nuestro de cada día existe. Y existe para todos. No estas solo en este asunto.
Por tanto, ¡adelante!

sábado, 28 de mayo de 2016

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo ( fin de semana 28 y 29 de mayo)


Primer Libro de los Reyes 8,41-43. 

También al extranjero, que no pertenezca a tu pueblo Israel, y llegue de un país lejano a causa de tu Nombre
- porque se oirá hablar de tu gran Nombre, de tu mano poderosa y de tu brazo extendido - cuando él venga a orar hacia esta Casa,
escucha tú desde el cielo, desde el lugar donde habitas, y concede al extranjero todo lo que te pida. Así todos los pueblos de la tierra conocerán tu Nombre, sentirán temor de ti como tu pueblo Israel, y sabrán que esta Casa, que yo he construido, es llamada con tu Nombre.



Salmo 117(116),1.2. 
¡Alaben al Señor, todas las naciones,
glorifíquenlo, todos los pueblos!

Porque es inquebrantable su amor por nosotros,
y su fidelidad permanece para siempre.

¡Aleluya!





Carta de San Pablo a los Gálatas 1,1-2.6-10. 
Pablo, Apóstol -no de parte de hombres ni por la mediación de un hombre, sino por Jesucristo y por Dios Padre que lo resucitó de entre los muertos-
y todos los hermanos que están conmigo, saludamos a las Iglesias de Galacia.
Me sorprende que ustedes abandonen tan pronto al que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir otro evangelio.
No es que haya otro, sino que hay gente que los está perturbando y quiere alterar el Evangelio de Cristo.
Pero si nosotros mismos o un ángel del cielo les anuncia un evangelio distinto del que les hemos anunciado, ¡que sea expulsado!
Ya se lo dijimos antes, y ahora les vuelvo a repetir: el que les predique un evangelio distinto del que ustedes han recibido, ¡que sea expulsado!
¿Acaso yo busco la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿Piensan que quiero congraciarme con los hombres? Si quisiera quedar bien con los hombres, no sería servidor de Cristo.



Evangelio según San Lucas 7,1-10. 
Cuando Jesús terminó de decir todas estas cosas al pueblo, entró en Cafarnaún.
Había allí un centurión que tenía un sirviente enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho.
Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para rogarle que viniera a curar a su servidor.
Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con insistencia, diciéndole: "El merece que le hagas este favor,
porque ama a nuestra nación y nos ha construido la sinagoga".
Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: "Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa;
por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.
Porque yo -que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes- cuando digo a uno: 'Ve', él va; y a otro: 'Ven', él viene; y cuando digo a mi sirviente: '¡Tienes que hacer esto!', él lo hace".
Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: "Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe".
Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al sirviente completamente sano.