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lunes, 27 de marzo de 2017

VÍA CRUCIS 4

Vía Crucis
Introducción:
Hermanos: nos hemos reunido para meditar sobre el Misterio de la muerte y Resurrección de Jesús. Lo haremos siguiendo los textos bíblicos que, por medio de los profetas y los evangelistas, nos presentan el drama de Cristo que es nuestro propio drama: morir para vivir.
Bien lo dice la Carta a los Hebreos:
“ Por tanto, también nosotros sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el cual en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la derecha del trono de Dios. Fijaos en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo. No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado”
(Heb 12, 1-4)

Y San Pablo, a su vez, nos orienta diciendo:
“Por tanto yo os exhorto, por el estímulo de vivir en Cristo…, a que tengáis los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual siendo Dios… se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,1.5.6.8)

Dispuestos así a vivir y hacer nuestros los sentimientos de Jesús en su pasión y muerte, recorreremos su mismo itinerario de dolor para ser también nosotros hoy los testigos de su salvación.
Primera estación:
Animador: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Todos: Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Monitor: Jesús es condenado a morir en la cruz.
“Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno prepararon su plan y, atándolo, lo condujeron a Pilato y se lo entregaron.
Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos?
Le contestó: Tú lo estás diciendo.
Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Jesús no contestaba nada, de suerte que Pilato estaba muy extrañado.
Por la fiesta solía soltarles un preso. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los sediciosos que habían matado a uno en una revuelta. La gente empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó: ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron al pueblo para que les soltara a Barrabás. Pilato les preguntó: ¿Y qué hago con ese que llamáis rey de los judíos?
A eso gritaron ellos: ¡Crucifícale!
Entonces Pilato, queriendo dar satisfacción a la gente, les soltó a Barrabás, y a Jesús lo entregó para que lo azotaran y lo crucificaran” (Mc 15,1-15)

Animador:
¡Qué fácil es condenar a un hermano porque su presencia nos fastidia o nos mueve a la reflexión y al cambio!
Padres e hijos, gobernantes y gobernados, patronos y obreros, profesores y alumnos, sacerdotes y fieles… todos nos pasamos el día en la crítica agria, echando la culpa al más débil, condenando al que no comulga con nuestras ideas.
Tratemos ahora de juzgarnos con esa misma severidad a nosotros mismos y veamos en qué medida Cristo sigue condenado en nuestra sociedad.
(Momento silencio…)

Monitor: Oremos, hermanos, por los que hoy son condenados injustamente (Breve pausa).
Animador: Señor, que descienda tu justicia fundamentada en el amor, para que aprendamos a vivir en la concordia y en la paz, por Cristo nuestro Señor. Amén.
Segunda estación:
Animador: Te adoramos…
Monitor: Cargan a Jesús con la cruz, rumbo al calvario”.
“Los soldados se lo llevaron al interior del palacio y convocaron a toda la compañía; lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas y comenzaron a saludarlo diciendo: ¡Salud, rey de los judíos!.
Le golpeaban la cabeza con una caña y le escupían y, arrodillándose, le rendían homenaje. Terminada la burla, le quitaron la púrpura, le pusieron su ropa y lo sacaron para crucificarlo” (Mc 15,16-20)

Animador: La violencia humana no conoce límites y de todo se vale para conseguir sus propósitos: calumnias, burlas, desprecio, humillaciones, cárcel, tortura y muerte.
Hoy miles de seres humanos soportan esta triste situación. Siempre hay una excusa para ello: intereses políticos, guerras de liberación, prejuicios raciales, conservar el orden, defender ciertos derechos, salvar la propia ideología…
Entretanto, podemos preguntarnos: ¿Cómo tratamos a la gente de color, qué pensamos de ellos? ¿Cómo tratamos al minusválido, al deficiente mental, a la gente de menor posición que nosotros, al contrario político…? ¿No es la burla y el desprecio una de nuestras armas preferidas? (Momento de silencio)…

Monitor: Oremos, hermanos, por todos aquellos que hoy son víctimas de la segregación y el desprecio. (Breve pausa)…
Animador: Señor, que nos pediste que fuéramos mansos y humildes de corazón, destierra de nuestra comunidad y de nuestro pueblo la violencia y el odio, para que todos los que vivimos aquí seamos tratados con iguales derechos. Te lo pedimos a Ti…
Tercera estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Jesús cae bajo el peso de la cruz.
El salmo 6 expresa la situación del hombre afligido que confía en Dios.
“Piedad, Señor, que desfallezco; cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio, y tú, Señor, ¿hasta cuándo?.
Vuélvete, Señor, pon a salvo mi vida: que en el reino de la muerte nadie te invoca; y en el abismo ¿quién da gracias?
Estoy agotado de gemir, de llorar sobre el lecho, regando de noche con lágrimas mi cama. Mis ojos se consumen irritados, envejecen por tantas contradicciones. Apartaos de mí los malhechores, que el Señor ha escuchado mis lamentos. Él ha aceptado mi súplica, Él ha escuchado mi oración”.

Animador: Jesús, gime ante el dolor hasta llegar a decir. “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
No es fácil advertir con qué frecuencia nosotros vivimos esa misma situación. Dudas, dificultades, apuros económicos, angustias, disgustos.
O bien la soledad, el cansancio de vivir, el estar hartos de todo.
Cada uno tiene su cruz y conoce su nombre.
Jesús no le dijo NO a la vida de sacrificios. Siguió hasta el final.
¿Cuál es nuestra actitud ante las contrariedades y sufrimientos de la vida? ¿Desesperación? ¿Resignación pasiva? ¿Aislamiento? ¿Tenemos confianza en que Dios no abandona a los que confían en él?
(Momento de silencio)…

Monitor: Oremos, hermanos, por todos aquellos que están angustiados y gimen ante las contrariedades de la vida. (Breve pausa)…
Animador: Señor, que escuchas las súplicas de los que en ti confían, danos la fortaleza para caminar todos los días con nuestra cruz, como tu Hijo Jesús, que vive y reina…
Cuarta estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: María, la Madre, acompaña a Jesús en su dolor.
El evangelista san Juan nos muestra a María al pie de la cruz, como símbolo de la Iglesia, la esposa de Cristo, unida a su dolor redentor.
“Estaban junto a la cruz de Jesús, su madre, la hermana de su madre y María Magdalena. Al ver a su madre y al discípulo amado, dijo Jesús: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y luego al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”
(Jn 19,25-27)
Animador: María comparte la cruz de su hijo. Se cumplió de este modo lo que fuera anunciado: “Una espada traspasará tu corazón”.
Así quiere Jesús a la Iglesia, a su comunidad cristiana: capaz de redimir a los hombres con la efusión de su sangre, unida a los que sufren, denunciando las injusticias, compartiendo el dolor de los marginados.
Es el camino del servicio fraterno, al cual se opone la tentación del triunfalismo y de la vida aburguesada.
Meditemos en qué medida nosotros como comunidad cristiana, hacemos nuestros el dolor y la necesidad de nuestros hermanos. ¿Somos una iglesia pobre, desprendida, que todo lo comparte y que se sacrifica por los otros?
(Momento de silencio)…
Monitor: Oremos, hermanos, por toda la Iglesia para que, a imitación de María, sepa cumplir el dolor de todos los que sufren. (Breve pausa)…
Animador: Señor, que condujiste a María a la gloria de la Asunción por el camino del dolor y la entrega de sí misma, te pedimos que nosotros, tu pueblo elegido no desertemos jamás de la cruz como único medio de salvar a los hombres. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Quinta estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz
“Pasaba por allí de vuelta del campo un tal Simón de Cirene, el padre de Alejandro y Rufo, y lo forzaron a llevar la cruz” (Mc 15,21)
Animador: No fue en vano el sacrificio de Simón el Cireneo. El Evangelio recuerda el nombre de sus dos hijos que aceptaron la fe de Cristo.
Muchas veces, en la vida, las circunstancias nos obligan a hacer sacrificios que no estaban en nuestros cálculos. Lo exigen la familia, el pueblo, el país, la Iglesia, los pueblos que tienen hambre o sufren una catástrofe, los enfermos…
Sepamos reconocer en esas circunstancias la invitación de Dios a dar la vida a los que no la tienen. El dolor asumido con amor es siempre fuente de alegría para quien lo ofrece, y de vida y paz para quien lo recibe.
¿Somos capaces de ayudar a otros a llevar su cruz?
¿Lo hacemos con alegría?
(Momento de silencio)
Monitor: Oremos, hermanos, por todos aquellos que se sienten solos en su dolor y no encuentran a nadie que les tienda una mano (Pausa breve)…
Animador: Señor Jesucristo, que recompensaste a Simón el Cireneo otorgando a sus hijos el don de la fe, concédenos a nosotros la suficiente generosidad para ayudar a los que se sienten solos y desahuciados. Te lo pedimos a Ti que vives
Sexta estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Una mujer limpia el rostro de Jesús
La tradición legendaria, compadecida de Jesús, ve a una mujer que enjuga su rostro humillado. El salmo 69 describe así al justo en su hora de dolor:
“Dios mío, sálvame que me llega el agua al cuello; me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie. Estoy agotado de gritar, tengo ronca la garganta; se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios.
Más que los cabellos de mi cabeza son los que me odian sin razón.
Dios mío, que no se avergüencen los que te buscan. Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre.
Pero mi oración se dirige a ti en el momento propicio, respóndeme por tu gran lealtad, por tu fidelidad que salva…”
Animador: ¡Cuántas cosas podemos leer en el rostro de los hombres y mujeres que pasan a nuestro lado! Rostros cansados de trabajadores; rostros tristes de gente sola; rostros preocupados en los que no tienen trabajo; rostros acongojados en los que sufren un duelo; rostros avergonzados en los que pasan sus días en la cárcel; rostros envilecidos en los prostíbulos; rostros airados unos, humillados otros; aquí alguien llora, allí una desfigurado por la enfermedad.
¡Y quién pudiera ver el rostro interior…! ¡Rostros de mentira, de falsedad, de envidias, de odio, de pereza, de venganza…!
¿Y cuál es el rostro de la Iglesia?
¿Cómo es el de nuestra pequeña Parroquia? ¿Qué significa para nosotros el rostro de toda esa gente que pasa a nuestro lado buscando que alguien lo enjugue y devuelva la alegría y la paz que han perdido?
(Momento de silencio)…
Monitor: Oremos, hermanos, para que el rostro de los hombres refleje el rostro de Dios, a cuya imagen hemos sido creados. (Breve pausa)…
Animador: Señor, que has devuelto a nuestro rostro la belleza espiritual de las nuevas criaturas por el agua del Bautismo, te pedimos que siempre sepamos descubrir en el rostro de los que nos rodean el sello de tu imagen. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor…
Séptima estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Jesús cae en tierra por segunda vez.
El salmo 22 que, según los evangelios, Jesús rezó en la cruz poco antes de su muerte, nos revela su profundo drama de dolor y abandono.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? No te alcanzan mis clamores ni el rugido de mis palabras. Dios mío, de día te grito y no respondes; de noche, y no me haces caso. Soy como un gusano, no un hombre; vergüenza de la gente, desprecio del pueblo; al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: “Acudió al Señor, que lo ponga a salvo, que lo libre si tanto lo quiere”.
No te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me socorre. Estoy como agua derramada, tengo los huesos descoyuntados; mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas; la lengua se me pega al paladar; me aprietas contra el polvo de la muerte. Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores, me taladran las manos y los pies, y puedo contar mis huesos. Ellos me miran triunfantes… pero Tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a auxiliarme… Porque el Señor es rey, él gobierna a los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba y a mí me darás la vida…”
Animador: El justo confía en el Señor, pues Dios es el Rey de la vida y vence a la muerte.
Las caídas y contrariedades de la vida diaria, la sombra de la muerte que nos acecha, una desgracia familiar… , todo ello pone a prueba nuestra esperanza cristiana. Jesús confió en el Padre… y por esa confianza abrió sus brazos a los clavos y su corazón a la lanza.
Hoy es difícil descubrir el sentido de la esperanza. En efecto, ¿cuál es su fundamento? ¿En qué esperamos los cristianos? ¿Es confiar sólo en un más allá de la muerte? ¿De qué manera hoy Dios manifiesta su salvación al hombre atribulado, ahogado entre máquinas y aparatos, temeroso de sus propios instrumentos bélicos?
Meditemos un instante acerca de qué implica para nosotros confiar en Dios en las horas de angustia.
(Momento de silencio)…
Monitor: Oremos, hermanos, por los que viven al borde la desesperación. (Breve pausa)…
Animador: Señor Jesús, que en tu hora suprema clamaste al Padre: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, y aceptaste, sin embargo, el cáliz del dolor que te ofrecía, concédenos la gracia de iluminar nuestros ojos con la luz de tu salvación. Tú que vives y reinas…
Octava estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Jesús consuela a las mujeres
que lloran por él.
“Lo seguía un gran gentío del pueblo y muchas mujeres que se golpeaban el pecho y gritaban lamentándose por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Mujeres de Jerusalén no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque van a llegar días en que digan: “Dichosas las estériles…” Entonces pedirán a los montes: “Desplomaos sobre nosotras”; porque si con el leño verde se hace esto, con el seco, ¿qué se hará?”
(Lc 23,27b-31)
Animador: Jesús no debe movernos a compasión. Él murió libremente, sabiendo que era inocente. El verdadero mal que debe ser llorado es el pecado que nos esclaviza.
El hombre moderno, orgulloso de su ciencia, admirado por sus hazañas, satisfecho de su bienestar, es el verdadero digno de lástima, si no es capaz de dar trascendencia a su vida. Un hombre que ofrece sus sufrimientos por amor a los demás no merece lástima sino admiración. Ese hombre es un héroe, como en la antigüedad griega fue Sócrates y en la época moderna fue Martín Lutero King.
Las espantosas guerras de este siglo revalidan las palabras de Jesús a aquellas mujeres: No hay peor desgracia que la de un pueblo obcecado por el egoísmo y el odio.
Lloremos ahora en silencio por esta sociedad moderna que se envilece tras el dinero, el sexo y al ambición, provocando, por adorar a esos ídolos, tan tremendas catástrofes. Lloremos nuestro egoísmo, árbol seco que enciende el fuego de la corrupción.
(Momento de silencio)…
Monitor: Oremos, hermanos, por los hombres y los pueblos que sufren la opresión de la violencia. (Breve pausa)…
Animador: Señor, que consolaste a las mujeres que lloraban por ti y que lloraste por tu pueblo infiel a la llamada divina, haz que nosotros sepamos detectar nuestras verdaderas llagas sociales y las curemos como fruto de tu salvación. Tú que vives y reinas con el Padre…
Novena estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Jesús cae en tierra por tercera vez bajo el peso de la cruz.
A los que nos resistimos a llevar la cruz, Jesús nos dice:
“El que quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y que me siga; porque si uno quiere salvar su vida, la perderá; en cambio el que pierda su vida por mí, ése la ganará… Si alguno se avergüenza de mí y de mis palabras, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga con su gloria…” (Lc 9,23-26)
Animador: Mientras Jesús cae bajo su peso, Pedro y los apóstoles se resisten a cargar con la cruz; prefieren el camino de la espada y de la gloria.
He aquí el gran pecado de la Iglesia; resistir al Cristo sufriente, Siervo de Dios, para fabricarse un Cristo del poder.
También éste es nuestro pecado: nos compadecemos hoy por Jesús dolorido, pero no asumimos sus sentimientos, desconfiamos de sus palabras, cambiamos su Evangelio por los slogans publicitarios…
Meditemos un instante para ver si nos avergonzamos del camino humilde y de la Iglesia pobre. ¿Cómo llevamos nuestra cruz? ¿Qué precio pagamos por una sociedad más justa y por una Iglesia más servicial?
(Momento de silencio)…
Monitor: Oremos, hermanos, por todos los cristianos, para que lleven su cruz con los mismos sentimientos de Cristo. (Breve pausa)…
Animador: Señor, que dijiste: “Quien no carga con su cruz y no se viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo”, ruega al Padre para que nos dé fortaleza de Espíritu a fin de que no nos avergoncemos de ser tus discípulos. Tú que vives y reinas…
Décima estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Jesús llega al calvario y es despojado de sus vestidos.
“Cuando crucificaron a Jesús, los soldados repartieron su ropa en cuatro lotes, uno para cada uno, dejando aparte la túnica. Era una túnica sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Los soldados se dijeron: Mejor que dividirla en pedazos la echaremos a suerte, a ver a quién le toca.
Así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica”. Eso fue lo que hicieron los soldados” (Jn 19, 23-24)
Animador: El evangelista Juan ve en esa túnica inconsútil el símbolo de la Iglesia que debe permanecer unida.
¡Qué triste es, entonces, el espectáculo de una Iglesia dividida por los odios, el recelo, las discusiones teológicas, los egoísmos, las intransigencias…!
Hemos hecho trizas la unidad de la túnica de Cristo. Y, sin embargo, estamos llamados a ser los testigos y artífices de la unidad del género humano…
Meditemos sobre este escándalo. Hagamos propósitos para restaurar los vínculos, limar las aristas, entablar el diálogo, perdonar ofensas.
(Momento de silencio)…
Monitor: Oremos, hermanos, por toda la Iglesia, para que restaure su unidad. (Breve pausa)…
Animador: Recemos con las palabras de Cristo en su oración sacerdotal: “Padre Santo, protege tú mismo a los que me has confiado, para que sean uno como lo somos nosotros… Que todos, Padre, sean uno, como Tú, Padre, estás conmigo y yo contigo; que también ellos estén con nosotros para que el mundo crea que Tú me enviaste”. Amén.
Undécima estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Jesús clavado en la cruz.
Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: Éste es Jesús, el rey de los judíos”. Crucificaron, entonces, con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.
Los que pasaban lo insultaban y decían, meneando la cabeza: Si eres hijo de Dios, sálvate y baja de la cruz.
Así también los sumos sacerdotes bromeaban diciendo: Ha salvado a otros y él no puede salvarse. ¡Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz y creeremos. ¡Había puesto en Dios su confianza! Si Él de verdad lo quiere, que lo libre ahora; ¿no decía que era hijo de Dios?” (Mt 27,37-43)
Animador: Por increíble paradoja y por esos misteriosos caminos de Dios, quienes injuriaban a Jesús no hacían más que expresar la fe de la Iglesia: Jesús es nuestro rey, el rey del amor y de la paz. Él demostró ser Hijo de Dios por su obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz.
Hermanos, adoremos a Cristo sentado en su trono de gracia, y acerquémonos a él con confianza para saludarlo como nuestro Señor.
(Momento de silencio)…
Monitor: Oremos, hermanos, para que el reinado de amor, paz y justicia, encuentre hombres de buena voluntad. (Breve pausa)…
Animador: Purifica, Señor, nuestra fe, para que al proclamarte nuestro Rey y Señor, comprendamos que, a imitación tuya, no estamos para ser servidos sino para servir. Tú que vives y reinas…
Duodécima estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Jesús muere por nuestra salvación.
“Desde el mediodía hasta la media tarde, toda aquella tierra se cubrió de tinieblas. A media tarde Jesús gritó muy fuerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Inmediatamente uno de los soldados fue corriendo a coger una esponja; la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le dio de beber.
Entonces Jesús dio un fuerte grito y exhaló su espíritu” (Mt 27,45-50).
Animador: Hermanos, adoremos a Cristo, muerto como Buen Pastor para que nosotros recuperemos la vida. Reconozcamos nuestro pecado y unámonos a los que hoy mueren víctimas de la injusticia.
(Momento más largo de silencio)…
Monitor: Oremos, hermanos, para que destierre del mundo el odio y la violencia. (Breve pausa)…
Animador: Señor Jesús, que proclamaste desde la montaña: “Felices los no violentos porque heredarán la tierra”, que quienes hoy contemplamos tu cuerpo exánime en la cruz, seamos los instrumentos de tu paz que reconcilia a los pueblos. Tú que vives y reinas…
Decimotercera estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Jesús es bajado de la cruz y sepultado
“Al caer la tarde, llegó un hombre rico de Arimatea, de nombre José, que era también discípulo de Jesús. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo y Pilato mandó que se lo entregaran. José se llevó el cuerpo de Jesús y lo envolvió en una sábana limpia; después lo puso en un sepulcro nuevo excavado en la roca, rodó una losa grande a la entrada del sepulcro y se marchó. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro” (Mt 27,57-61).
Animador: En la tumba quedó sepultado un pasado. De allí mismo surgiría el hombre nuevo. Así lo comprendió el apóstol Pablo que nos invita a enterrar para siempre al hombre viejo, el hombre del egoísmo y del pecado, con estas palabras: “Tened esto presente: el hombre que éramos antes fue crucificado con Cristo, para que se destruyese el individuo pecador y así no seamos más esclavos del pecado” (Rom 6,6).
¿Qué valor y sentido tiene haber recorrido las estaciones del “via crucis” si no abandonamos en esta tumba el cuerpo de nuestros vicios, el ropaje de nuestra hipocresía, el equipaje de nuestras riquezas?
Hagamos un momento de silencio interior para despojarnos de nuestro hombre viejo, cuya muerte comenzó el día de nuestro Bautismo.
(Momento de silencio)…
Monitor: Oremos, hermanos, y renovemos las promesas bautismales. (Breve pausa)…
Animador: Señor Jesús, que dijiste: “Si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto”, envía tu Espíritu a nuestros corazones para que, destruyendo el cuerpo de pecado, nos haga renacer a la vida nueva. Tú que vives y reinas…
Decimocuarta estación
Animador: Te adoramos…
Monitor: Jesús resucita y vive para siempre con su comunidad 
“El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la losa, entraron y no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de aquello, cuando se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes; despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron:
¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?
No está aquí; ha resucitado.
Entonces ellas volvieron del sepulcro y anunciaron esto a los Once y a los demás…” (Lc 24,1-9).
Animador: No creáis que terminar el “via crucis” con la resurrección es una innovación. Al contrario, no hacerlo sería caer en el error de aquellas mujeres que buscaban entre los muertos al que está vivo…
¿Dónde está Cristo? Ciertamente que no en la tumba. Eso es lo pasado, lo antiguo. Cristo, hoy, vive en medio de la comunidad que se ama y practica su Evangelio. “Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
No miremos más la tumba; mirémonos a nosotros, pues aquí está Cristo. Mirémonos con amor, saludémonos con alegría, sirvámonos como hermanos, y corramos a la calle para anunciar la Buena Noticia de que el Señor está con nosotros.
El amor es el gran milagro que hace presente a Jesucristo en medio de quienes aún estamos recorriendo su “via crucis”.
Monitor: Oremos, hermanos, para que, renovados interiormente, seamos los testigos de la resurrección de Cristo. (Breve Pausa)…
Animador: Señor Dios, que nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos que, renovados por el Espíritu, vivamos nuestra fe como una presencia salvadora. Por Cristo nuestro Señor.

viernes, 24 de marzo de 2017

El Viacrucis, una de las devociones cristianas más antiguas



Fue la Virgen María, presente ante la cruz, la que inició los viacrucis según la piedad popular de los primeros cristianos

El Via Crucis (Viacrucis) es una de las devociones más antiguas de la Iglesia. Significa el Camino de la Cruz. Representa escenas de la Pasión de Jesús y sirven de oración que le acompaña desde su condena por Pilatos hasta su muerte en el Calvario y su sepultura.
Aunque se reza durante todo el año, lo más común es la práctica del Viacrucis en los viernes de Cuaresma. Se reza en viernes porque Jesús murió en la cruz el Viernes Santo.
La piedad popular, en los primeros siglos del cristianismo, asegura que fue la Virgen María la que inició el Via Crucis, pues mientras vivió en la Tierra recorría el camino del Calvario a menudo recordando los lugares por lo que pasó su hijo Jesús.
La piadosa tradición de conmemorar el camino del Calvario, como hizo la Virgen, se extendió por toda la cristiandad en la Edad Media hasta el punto que se organizaron peregrinaciones a Jerusalén para revivir la Pasión y muerte de Jesús en la cruz preludio de la Pascua de resurrección.
En algunos lugares se ha exaltado mucho la Pasión y muerte de Jesús, relegando erróneamente la Pascua de resurrección. San Pablo escribió a los Corintios (I Cor, 15-14) que “si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también vuestra fe”. Luego toda la fe gira en torno a la Pascua.
Un poco de historia
Entre las que siguieron las primeras huellas del Viacrucis se encuentra la española Silvia Eteria, abadesa de Galicia, según se cree, que peregrinó a Tierra Santa en el siglo IV. La intrépida monja escribió Itinerarium donde describe la liturgia seguida por los cristianos de Jerusalén y destaca los ricos adornos de los altares, como los candelabros de oro, que mandó construir el emperador Constantino, a instancias de su madre, Flavia Julia Elena (santa Elena).
Silvia Eteria narra cómo vivían la Semana Santa los cristianos de Jerusalén, con actos piadosos recorriendo el camino que va del Pretorio de Pilatos al Calvario, es decir el Viacrucis.
Desde los primeros siglos los cristianos vivían los cuarenta días Quadragésima (Cuaresma) anteriores de la Pascua con ayunos y penitencia. La Cuaresma culminaba con la Semana Santa, que eran los días de mayor penitencia y ayuno hasta terminar en la alegría de la Pascua.
Durante la Edad Media, el Camino de la Cruz o Viacrucis no tenía la forma de las catorce estaciones que tiene ahora, sino que estas eran cuatro o cinco: el Ecce Homo de Pilatos en el Pretorio; el encuentro de Jesús con su Madre la Virgen María; el Cirineo ayuda a llevar la cruz; las piadosas mujeres que lloran al paso de Jesús, y por último la crucifixión y muerte de Jesús en el Calvario.
En algunos Viacrucis antiguos el camino de la Cruz se recorrían al revés: empezaban por el Calvario y terminaban en el Pretorio.
¿Encontró Jesús a su Madre camino del Calvario? El día de la Pasión y Muerte de Jesús, su Madre María, la Santísima Virgen, estaba en Jerusalén, como demuestra su presencia delante de Jesús crucificado, junto a Juan y otras santas mujeres.
Es cierto que los evangelios no narran su encuentro con Jesús camino del Calvario, pero la piedad popular siempre lo ha dado por supuesto: la Virgen Santísima acompañó a su Hijo amadísimo Jesús durante todo su camino por Jerusalén hasta la cima del Calvario. Ella hizo el primer Viacrucis en vivo henchida de dolor. ¡Cuánto sufrió María!
La estación de la Verónica que enjuga el rostro de Cristo tampoco está en los evangelios, pero es una piadosa tradición que se añadió como una nueva estación en el siglo XV, y que dura hasta nuestros días.
La gran popularidad del Viacrucis vino de la mano del alemán Martin Ketzel, quien visitó Jerusalén a finales del siglo XV y quedó enormemente impresionado. Llamó al escultor Adam Kraft de Nüremberg para que reprodujera siete grandes escenarios por donde pasó Jesús desde su condena a muerte por Pilatos hasta el Calvario.
Las Estaciones del Viacrucis tal como las conocemos hoy –las doce primeras estaciones–fueron descritas en el libro Jerusalén sicut Christi tempore floruit(Jerusalén floreció como en tiempos de Cristo), escrito en 1584 por Adrichomius.
Algo más tarde, el carmelita Jan Pascha fija las catorce estaciones actuales. A partir de ese momento la devoción al Víacrucis se multiplicó, destacando en ello la Orden de San Francisco. Un solo fraile franciscano erigió 567 Viacrucis en Italia.
Los franciscanos eran los custodios de los Santos Lugares, pero los sultanes musulmanes de Constantinopla y la acción de los mamelucos en Palestina (siglos XVI a XVIII) echaron a los franciscanos y no reconocían los Santos Lugares como tales. Estos consiguieron no obstante continuar de alguna manera con la custodia.
Desde entonces las peregrinaciones a Tierra Santa eran cada vez más difíciles. Por eso, el papa Inocencio XI en 1686, concedió a la Orden de San Francisco el derecho de erigir Viacrucis en las iglesias que ellos regentaban, recibiendo los fieles las mismas indulgencias que se concedían para la peregrinación a Tierra Santa.
Más tarde, el papa Benedicto XIV (1742) extendió a todas las iglesias poder poner las estaciones del Viacrucis y exhortó a todos los sacerdotes a enriquecer sus iglesias con el rico tesoro de las Estaciones de la Cruz.
Hoy prácticamente en todas las iglesias, capillas y oratorios existen las catorce Estaciones del Viacrucis, ya sea reproduciendo las escenas o bien en cruces sencillas de madera o de metal. La devoción a la práctica del Viacrucis se ha reflejado en la cantidad de esculturas esculpidas que invitan a la devoción del Camino del Calvario, algunas de ellas auténticas obras de arte.
Los más famosos Viacrucis se encuentran en Roma en la Via della Conciliazione y en el Coliseo. Algunos Viacrucis han alcanzado una enorme popularidad, como el mejicano de Iztapalapa que recibe a dos millones de visitantes. Sería largo hablar de todos los Viacrucis y también de las estaciones vivientes en los países latinos y en Filipinas.
En 1991 san Juan Pablo II creó un nuevo Viacrucis para el Coliseo y el Viernes Santo lo dio a conocer a todo el mundo por medio de la televisión. Este Viacrucis se caracterizó por aumentar las estaciones a 15 y por contar solo con escenas narradas en los evangelios.
Así lo hizo atendiendo a la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II el cual aconsejó que todas las formas de oración se basaran en los textos de las Sagradas Escrituras y pensando en el ecumenismo, pues los hermanos separados no aceptarían escenas que no estuvieran en los cuatro evangelios. La Estación 15 era la Resurrección del Señor.
El papa Francisco ha vuelto a la tradición popular y ha mantenido las 14 estaciones tal como estaban antes de la reforma del papa Wojtyla. ¡Él también lo reza! 

San Juan Pablo II era muy devoto del Viacrucis hasta el punto que construyó un Viacrucis en la terraza del techo del Palacio Apostólico, donde muchos días subía a rezar el Viacrucis.
La popularidad del Viacrucis ha hecho que la palabra entrara en el vocabulario popular: cuando una persona sufre un grave y largo percance se comenta que “ha pasado un viacrucis” o “un (largo) calvario”.

lunes, 20 de marzo de 2017

Via Crucis 3


VÍA CRUCIS 3



Vía Crucis
Monición de entrada:
Hermanos y amigos: Nos hemos reunido para acompañar con nuestra oración el camino de Jesús hasta la cruz.

Todos sabemos que aquel acontecimiento pertenece ya a la historia.
Pero sabemos, también, que Cristo –de algún modo- sigue en agonía. Día a día, en el dolor y el sufrimiento de los hombres, Cristo sigue sufriendo y caminando hacia el Padre.
Por eso, hermanos, no nos vamos a quedar sólo en el pasado.
Vamos a procurar leer el presente, desde aquello que sucedió hace mucho tiempo.
Para facilitar la meditación y la oración, permaneceremos sentados, excepto en las estaciones de las caídas y de la muerte.
Los cantos serán nuestra respuesta, hecha oración, para manifestar nuestro amor a Cristo y nuestra solidaridad comprometida con cuantos sufren.

Oración presidencial:
Padre de amor: En este Viernes Santo de 2…. queremos vivir el camino doliente de tu Hijo y Señor nuestro Jesús.

Todos se unieron entonces para eliminarlo. Rechazaron el proyecto de Reino que Él anunciaba. No aceptaron su mensaje universal de liberación. Sus actitudes fueron consideradas peligrosas.
En aquellas condiciones, si quería serte fiel, Padre, tenía que morir.
Y todo aquello nos recuerda hoy nuestro camino, el camino de toda la humanidad: un camino lleno de dolor, de injusticia, de insolidaridad, de sufrimiento y de muerte.
Por todo ello, Padre de amor, ayúdanos a contemplar lo que fue AYER la pasión y muerte de tu Hijo. Y, al contemplarlo, haznos solidarios HOY con los hombres y con el dolor que empapa sus vidas.
Que tu Espíritu penetre en nuestras vidas, ensanche el cauce de nuestro amor, nuestra justicia y nuestra solidaridad.
Y nos lleve, como a Cristo el Señor,
a servir, desviviéndonos por todos los hombres.

Primera estación:

Jesús es condenado a muerte

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- De noche lo apresaron. Ya no podía aguantar más.

Se había atrevido a llamar a Dios “Padre”. Había hecho del Reino del Padre se causa.
Sólo había pedido conversión; cambiar de modo de pensar, de sentir, de obrar. La conversión exigía rupturas que provocan conflictos.
Los pobres, los pecadores, los que sufrían marginación, acogieron con alegría el mensaje de Jesús.
Pero los ricos, los poderosos, los piadosos, consideraron que Jesús ponía en peligro su situación.
Y ya no pueden aguantar más. Ha llegado su hora.
No están dispuestos a sufrir ni una crítica más. Debe quedar claro –según ellos- quién es el que manda y quién acaba ganando.
Jesús, desnudado, interrogado, torturado, ha sido condenado a muerte por el representante del poder romano.

2.- Mirad:

El Pecado y la maldad de los hombres, ayer como hoy, continúa matando a los hijos de Dios.
El que vive en situación de privilegio no quiere renunciar a lo suyo para que otros tengan lo que necesitan.
Los grupos y las naciones que viven en la abundancia no quieren prescindir de sus beneficios para que otros salgan de su miseria.
No faltan, es cierto, hombres y mujeres que se convierten en voz de las mayorías desposeídas y humilladas. Pero… ¡qué fácilmente se silencia su voz! Y así se repite en ellos la condena de Jesús.
“Y seguirán siendo condenado mientras no se establezcan las condiciones humanas e históricas que permitan hacer justicia a los pobres y desheredados de la tierra”.

3.- Señor Jesús:

¡Qué fácil es repudiar tu condena…
y cuánto nos cuesta escuchar el grito de los condenados hoy!
No es cómodo seguirte. Sabemos que, si vivimos tu Evangelio, nos van a condenar, y sufriremos la incomprensión y el rechazo.
Siempre hay alguien que dice, a nuestro lado: “hay que hacer las cosas despacio”… “no hay que tomarse las cosas tan a pecho…”
“¿te crees dios para cambiar el mundo?”…
Nos da miedo hacer el ridículo…
Pero sabemos, Señor, que sólo Tú tienes razón.
Ayúdanos a romper nuestro egoísmo y nuestra comodidad.
Danos esperanza y coraje.
Ayúdanos a vivirte y a vivir tu evangelio hasta el final.

Canto:
Segunda estación:

Jesús con la cruz a cuestas

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Para los judíos morir en la cruz era símbolo de la maldición de Dios.

Los condenados a morir en cruz, después de ser torturados, debían llevar por las calles de la ciudad el instrumento de su condena: la cruz.
Eso mismo hicieron con Jesús. Y así experimentó la humillación de ser considerado “maldito de Dios”.

2.- Mirad:

Las formas de vida, que organiza nuestro mundo, contradice muchas veces el proyecto de Dios.
Por eso, quien apueste por Dios Padre y por su causa, el Reino, deberá asumir la humillación… Sentirá sobre sus hombros la cruz de la violencia inhumana y envilecedora, la cruz de la pobreza impuesta, la cruz pesada de la soledad y la incomprensión, la cruz humillante de ser marginado y dado de lado.
Apostar por Dios Padre y por su causa, el Reino, en un mundo como el nuestro, es siempre cruz y humillación.
Y quien acepte libremente esa cruz, sentirá desgarrársele el cuerpo y entristecérsele el espíritu.
Pero vivirá, también, la alegría plena de ver engrandecida su persona.

3.- Lo que me extraña, Señor Jesús, es tu caminar en silencio.

No me importaría aceptar cualquier sacrificio siempre que haya alguien que reconozca mis méritos.
Pero aceptar la cruz, vivir la humillación… y callar.
Eso es duro y, quizás, más insoportable que todo lo demás.
Enséñanos, Señor, a aceptar ese silencioso llevar toda la maldad
y toda la crueldad del mundo y de los hombres…
Enséñanos a comprender que la acción más generosa
no es nada si no es, al mismo tiempo, generosa redención.

Canto:
Tercera estación:

Jesús cae por primera vez

Te adoramos, Cristo y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Jesús, debilitado por la pérdida de sangre, sin dormir toda la noche, encorvado por el peso de la cruz, ha caído en tierra.

Tenía que ocurrir, porque todos –también Jesús- somos frágiles, vulnerables, débiles.
Cristo, caído en tierra, nos habla de nuestra fragilidad y de la fragilidad de todo ser humano.

2.- Mirad:

Lo heroico no es mantenerse en pie a toda costa. Lo heroico es sentirse solidario con todos los que pagan tributo a la fragilidad humana.
Lo heroico es acoger la propia flaqueza, mantenerse en la humildad sin resentimientos, crecer en fraternidad y en solidaridad… Y saber descubrir, en Cristo caído, a todos los vencidos y aplastados: aquellos campesinos que se unieron para defender sus derechos y fueron eliminados, aquellos pueblos expoliados que no pueden salir de su miseria porque sus riquezas sólo sirven a los pueblos ricos; drogadictos, alcohólicos, marginados de mil maneras que no encuentran la ayuda que precisan.
Cristo sigue cayendo en la historia en las caídas de sus hermanos.
Hay que levantarlo, a Él en sus hermanos los hombres, para que siga buscando –a pesar de la cruz- la tierra prometida de la justicia, la fraternidad y la solidaridad.

3.- Señor Jesús.

¿Cuántas veces he salido, ilusionado, en tu seguimiento?…
¿Y cuántas veces he caído?
Muchas veces, todos hemos dicho “no hay nada que hacer”, “nunca conseguiré ser como debo ser”.
Y esa experiencia de fracaso la vemos en todos: “la paz no es posible”, “siempre parece vencer el odio y la violencia”, “la justicia y la solidaridad son utopías”, “el ser humano es cruel y está envilecido”…
Y caemos en la tentación de abandonarlo todo.
Nos aplasta el mal propio y el mal del mundo, y caemos en el desaliento, en la desilusión, en el pasotismo.
Danos, Señor, no sólo seguir en tu seguimiento.
Ayúdanos a mantenernos en tu camino.
Que no nos puedan las caídas. Que nos levante tu esperanza, para ayudar a cuantos quieran levantarse.

Canto:
Cuarta estación:

Jesús se encuentra con su madre

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Se ha levantado. Y de pronto, allí, entre la multitud, Jesús ve a su madre.

Mientras otros gritan, acusan e insultan, María cruza sus ojos con los de su hijo.
Silenciosa e impotente… ¿Qué puede hacer?
Lo que han hecho a lo largo de la historia millones de madres:
con su mirada y sus lágrimas, participa, confirma y fortalece; todo el dolor de su hijo, es su dolor; las heridas de su hijo, son sus heridas. Las madres siempre conocen los sufrimientos de sus hijos. Ellas sufren sus sufrimientos.

2.- Mirad:

Encuentros como éste, se repiten continuamente a nuestro alrededor:
madres que sangran porque hoy tampoco podrán alimentar a sus hijos; madres que recogen en su corazón todo el dolor de la familia,; madres que no tienen palabras –sólo amor, mucho amor- ante sus hijos enfermos, fracasados, marginados; madres que lloran, en silencio e impotentes, viviendo la degradación de sus hijos por la droga o el alcohol, por la violencia o la muerte, por el dinero, la mentira, la maldad.
¡Cuántas lágrimas de madre, provocadas por la violencia, por la injusticia, por la mentira, en definitiva por la inhumanidad de los hombres!
¿Quién podrá medir la capacidad de sufrimiento del corazón de una madre?…

3.- Señor Jesús:

Todos nosotros, muchas veces, hemos acompañado a los hombres, en el camino de la cruz.
Pero, otras tantas veces, nos hemos sentido aplastados por el mal e incapaces de solucionarlo.
En este momento, Señor, desde lo más profundo del corazón, te pedimos que pongas ante nuestros ojos a tu Madre, María.
Para que de ella aprendamos a no cerrar el corazón ante quien sufre, a no cerrar los ojos aunque nos duela lo que vemos.
Que aprendamos de tu Madre a acoger el dolor del mundo para que así colaboremos en su liberación.

Canto:
Quinta estación:

Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz.

Te adoramos, Cristo y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Jesús está muy cansado. Y el camino es largo.

El Cireneo pasaba por allí. Seguramente iba a lo suyo, a sus cosas. Y le obligan a ayudar a Jesús. Probablemente, el Cireneo ni conocía a Jesús.
Lo importante es que, en un momento concreto supo poner al servicio de un hombre débil la fuerza que él tenía.
Jesús acepta su ayuda, la ayuda, seguramente, de un hombre obligado y temeroso.

2.- Mirad:

Dios se esconde y está en todo necesitado. Él suplica ayuda en todo aquél que necesita ayuda.
Y lo importante no es saber esto. Lo importante es hacer , ayudar, socorrer, rebajarse, dar la mano, ofrecer el hombro.
Y esto es importante porque si renunciamos a ser solidarios nos estamos condenando a vivir solitarios.
Cada vez que, como Simón de Cirene, cargamos con el dolor y la cruz de alguien, estamos ayudando a Cristo a llevar su cruz..

3.- Señor Jesús:

Yo también tengo necesidad de los otros. La vida es muy dura para recorrerla a solas. Todos nos necesitamos.
Pero con frecuencia, pasamos de largo ante las manos que nos necesitan. Preferimos cerrar el corazón y no ver; así no tendremos que complicarnos la vida.
Y aún hay más: tampoco quiero, a veces, la ayuda que se me brinda.
Quiero obrar solo, triunfar solo. Me avergüenza aceptar mi debilidad ante los demás.
Danos, Señor, la solidaridad que nace del amor. Esa solidaridad que se hace servicio y ayuda para los demás.
Esa solidaridad que acepta gozosa la ayuda que viene de los demás.
Cada vez que, como Simón de Cirene, cargamos con el dolor y la cruz de alguien estamos ayudando a Cristo a llevar su cruz.

Canto:
Sexta estación:

La Verónica enjuga el rostro de Jesús.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Hay siempre muchos curiosos en el camino de la cruz. Gente que mira, espectadores sin más.

Pero, en el camino de Jesús, de repente, una mujer sale de entre la multitud. Y con un paño enjuga aquel rostro, marcado y sangrante.
No sabemos si el rostro quedó en el paño. Ciertamente quedó en el corazón de aquella mujer: un rostro doliente, herido, desfigurado.

2.- Mirad:

En esta estación, Jesús nos deja su rostro deshecho para orientar nuestra búsqueda de Dios.
Dios está en los humildes y ofendidos, en los cuerpos destrozados de los que son víctimas de la violencia, en las vidas desfiguradas de todos los que viven sin futuro, en los corazones que, llenos de desesperanza, quieren morir.
Dios quiere ser encontrado ahí: en todos los que hoy, de un modo u otro, están desgarrados, rotos, desfigurados, dolientes, heridos.
La Verónica nos invita a romper nuestra insolidaridad y salir al encuentro de todos los hombres con el rostro ensangrentado.

3.- Señor Jesús:

Quisiera detenerme largamente, pausadamente, en esta estación. Necesito contemplarte así: desfigurado y roto.
Quisiera tener el valor de la Verónica.
Pero siempre encuentro razones para no socorrerte en el hermano:
“me puedo contagiar”…, “qué van a pensar mis amistades”…,
“¡es tan poco lo que yo puedo hacer!”…
Danos, Señor, valor, para no encerrarnos en el egoísmo.
Que intervengamos para enjugar tu rostro. Que te busquemos en todos los que sufren, para así crecer en la solidaridad, como la Verónica.

Canto:
Séptima estación:

Jesús cae por segunda vez 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Todo se va acumulando: la fatiga, el cansancio, la noche en vela, el camino…

Y Jesús cae por segunda vez.
Y es lógico y normal que caiga, porque Jesús es semejante en todo a nosotros, menos en el pecado.
Rostro en tierra, experimenta la debilidad física que humilla, el querer seguir y no poder…

2.- Mirad:

Hay personas que han sido golpeadas de tal modo por la vida, han sufrido vejaciones tan clamorosas, han padecido injusticias tan inhumanas, que ya no consiguen tener esperanza.
Hay personas tan profundamente marcadas por la desgracia que ya no creen en nada ni se fían de nadie.
Hay una gran multitud de irrecuperables. Gente que ya no quiere saber nada de nada. Gente con la que ya nadie cuenta ni quiere contar.
Esta caída de Cristo reproduce la imagen de todos los fracasados, de todos los derrotados, de todos los desesperados.
Jesús se hace un cuerpo con ellos; y en ellos sigue cayendo.
En el suelo, con Jesús, ellos cuentan para Dios.
Para ellos es, precisamente, la salvación de Dios.
Para ellos está destinado, principalmente, el Evangelio.

3.- Señor Jesús:

Ayúdanos a levantarte en todos los caídos de la tierra.
Ayúdanos a descubrirte en todos los que se arrastran.
Y ayúdanos también a nosotros. Somos débiles y caemos. A veces no tenemos fuerzas para seguir. Todo se nos vuelve amargura en el corazón y tierra en los labios.
No dejes que la vida nos aplaste, ni nosotros a nadie.
Que no desesperemos nunca ni de Ti, ni de los hombres, ni de nosotros mismos.

Canto:
Octava estación:

Jesús reprende a las mujeres de Jerusalén

Te adoramos, Cristo y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Al levantarse, Jesús oye llorar a unas mujeres. Compadecidas al verle en aquel estado, ellas lloran.

Las palabras de Jesús son su respuesta agradecida; y el desenmascaramiento de nuestra mentira: “no lloréis por mí. Llorad por vosotras y por vuestros hijos”.

2.- Mirad:

La más profunda miseria humana no proviene de la infelicidad, sino de la injusticia. No hay que llorar por Jesús sino por los que lo han condenado injustamente.
A Jesús lo condenaron en nombre de Dios.
Y también hoy, en nombre de Dios, en nombre del pueblo, en nombre de la libertad, se sigue matando. La maldad y la injusticia humanas se enmascaran así de un modo sutil.
En nombre del desarrollo, en nombre del bienestar, en nombre de la paz, se sigue condenando a la miseria y al abandono.
Nos compadecemos de quienes tienen hambre…
Deploramos la falta de trabajo y la situación de los marginados…
Pero, mientras lloramos, no buscamos la raíz de los problemas, el fondo de la cuestión.

3.- Señor Jesús:

Apiadarme de tus sufrimientos, y de los mundo, eso sé hacerlo muy bien.
¡Me gusta tanto lamentarme! Por mi tribunal desfila todos los días el mundo entero.
Y siempre encuentro culpables: los políticos… los vagos que no quieren trabajar… los traficantes, los delincuentes, los maleantes…
¡Y tantos y tantos otros!
Todos son culpables.
Todos… menos yo.
Enséñame, Señor, a reconocer mi culpabilidad; enséñame a llorar mis pecados.

Canto:
Novena estación:

Jesús cae por tercera vez

Te adoramos, Cristo y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Las fuerzas de Jesús están debilitadas que no puede más.

Y cae por tercera vez.
Quizás, en el suelo, Jesús se sienta más derrotado que nunca.
Anunció que Dios es un Padre bueno; proclamó la llegada del Reino; pasó haciendo el bien a todos.
Y todo se ha derrumbado. Está en tierra, sin fuerzas para levantarse.

2.- Mirad:

No todo lo que hay en el mundo vale la pena.
Hay realidades por las que es preciso darlo todo. Y Jesús, en el suelo, aparece como el hombre fiel que no traiciona jamás lo que es valioso.
Jesús nunca traicionó el proyecto del Padre, no traicionó los valores del Reino, no traicionó al hombre. Proclamó y vivió las bienaventuranzas.
Por eso, la verdadera caída del hombre no está en la fragilidad humana o en la enfermedad o en la muerte.
La verdadera caída consiste en el pecado, en traicionar los valores del Reino del Padre, en pisotear las bienaventuranzas, en ser injusto o insolidario con el hermano.

3.- Señor Jesús:

Muchas veces vivimos achicados, aplastados y alejados de Ti por el pecado. Queremos volver a Ti y caemos una y otra vez.
Todos nos hemos sentido derrotados muchas veces.
Nos sentimos incapaces de llegar a la meta. Ayúdanos a superar nuestra debilidad. Ayúdanos a remontar nuestras caídas y nuestra lejanía de Ti.
¡Que te sintamos cerca, unido a nuestra fragilidad!
Mantén siempre encendida nuestra esperanza.
Con ella seguiremos levantándonos, aunque sea para volver a caer.
Mantén siempre encendida nuestra esperanza y nuestra confianza.

Canto:
Décima estación:

Jesús es despojado de sus vestiduras

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Jesús ha llegado al monte Calvario.

Los soldados despojan a Jesús de sus vestiduras.
Hay que preparar a la víctima para la muerte.
Es un momento de humillación y de vergüenza.
Los vestidos no sólo cubren el cuerpo, sino que protegen, también, el misterio personal de cada uno.
Desnudo, en la antesala de la muerte, Jesús lo entrega todo.

2.- Mirad:

Nuestra inhumanidad y nuestra vileza nos ha hecho imaginar, a lo largo de la historia, mil maneras de hacer sufrir a los demás.
Muchas veces hemos destruido la dignidad moral de las personas.
Hombres y mujeres obligados a decir lo contrario de lo que piensan. Seres humanos empujados a hacer lo que no quieren hacer. Personas humilladas en su libertad,
porque se les ha impuesto hacer lo que traiciona su conciencia.
En todos ellos, Jesús sigue despojado, sigue suplicando al Padre que venga su Reino..
En todos ellos, Jesús espera ese día en el que no habrá llanto, ni dolor, ni muerte; ese día en que la maldad será derrotada.

3.- Señor Jesús:

¡Qué fácil es vivir ocultando la propia verdad detrás de mentiras, de cosas, de poses!
Siempre guardamos algo para que nadie –ni siquiera Tú, si es posible- nos conozca de verdad.
Nos asusta la verdad; porque la verdad está hecha de luces y sombras.
Arranca, Tú, Señor, en nosotros, todo lo que no sea fidelidad a Ti y tu Evangelio. Después de lo que Tú has pasado no pueden asustarnos las sombras de nuestra vida, y las oscuridades de nuestro corazón.

Canto…
Undécima estación:

Jesús es clavado en la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Jesús es tendido sobre la cruz.

Sus manos y sus pies quedan sujetos al madero.
Junto a Él son crucificados dos hombres.
Casi desde el principio fue considerado un malhechor.
Desde que comenzó a proclamar la Buena Noticia del Reino.
Desde que empezó a rescatar la verdad oprimida.
Desde que empezó a tratar con gente sospechosa.
Ahora lo han puesto en su lugar: entre los malhechores.

2.- Mirad:

Hay dos clases de crucificados: los obligados y los voluntarios.
Obligados a morir en la cruz son los millones que pasan hambre cada día, todos los mutilados de todas las guerras, todos los que, para vivir, tienen que violentar su conciencia, los asesinados en nuestras calles, los sometidos a condiciones inhumanas de trabajo, los marginados, rechazados, odiados por su raza, su religión o su enfermedad.
Pero hay también quienes han aceptado voluntariamente la cruz.
Enfermos que se acaban en su lecho con los ojos llenos de esperanza. Jóvenes que sacrifican su porvenir para servir a la construcción de un mundo más humano y una humanidad más fraterna. Personas que lo arriesgan todo para hacer suya la causa de los pobres. Hombres y mujeres que siguen apostando por los valores del Reino de Dios.

3.- Señor Jesús:

Ayúdanos a aceptar la cruz que, inevitablemente, la vida nos presenta.
Todos sabemos que amar, y amar como Tú amaste al Padre y a los hombres, es siempre sufrimiento y cruz.
Sigue animando nuestro esfuerzo por dejarnos guiar de tu Espíritu de amor, aunque esa opción agrande nuestra cruz.
Queremos aceptar la cruz…
La cruz que aparece cuando se sigue tu camino y se vive en solidaridad y fraternidad con los hombres.

Canto…
Duodécima estación:

Jesús muere en la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo

1.- Ahí le tenéis: clavado en la cruz.

Pero no es el final.
Jesús, volcado hacia la muerte, la está esperando.
Acorralado frente al vacío, frente al fracaso y la soledad, la está esperando.
Tres horas de agonía son largas. Más largas que treinta años de vida.
Jesús, inmóvil en la cruz, tiene que decidirse.
Ni buscó ni quiso la muerte. Le ha sido impuesta.
Sólo le queda la seguridad de ser amado por su Padre.

2.- Mirad hermanos:

Jesús ha cogido su vida, lo poco que le quedaba de vida, y en la noche de su soledad y su fracaso, amando a los hombres y confiando en el Padre Dios, lo ha entregado todo.
Cristo ha muerto…
… Y su muerte se sigue repitiendo.
Millones de inocentes mueren cada día, porque quisieron superar el odio y la venganza.
Muchísimos sucumben a su vida destrozada, abandonados en su hambre, su droga, su soledad, su marginación.
Son incontables los que agonizan desesperados, sin ver realizado ese mundo fraterno y solidario por el que han trabajado.

3.- Señor Jesús:

A veces pensamos que se te exigió demasiado: esperar en el Padre contra toda esperanza humana; amar sin límites, desviviéndote, dándote por la causa del Reino; y creer que todo eso era fecundo para el mundo y los hombres.
Pero… ¿quién te lo exigió?
No fue tu Padre y nuestro Padre.
Nosotros, sin saberlo, te exigimos todo eso
para que así aprendiésemos a morir por Ti, para que así aprendiésemos a morir como Tú, por todos los hombres.

Canto:
Decimotercera estación:

Jesús en brazos de su madre

Te adoramos, Cristo y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Todo ha terminado. Jesús ha cumplido bien su tarea.

Como el cuerpo de un hombre fatigado, como un hombre que se cae de sueño al final de su jornada, Jesús es descendido de la cruz.

2.- Mirad:

María, su madre, es quien recibe el cuerpo.
Quizás, con la ternura de las madres, pensó que Dios Padre no le pedía tanto a su Hijo…
Pero ya ha terminado todo. Sólo queda el regazo maternal de María.
Y, seguramente, María descubre en el rostro de su hijo un gesto de alegría y de paz: la paz y la alegría ante el deber cumplido; la paz y la alegría de haber sido fiel hasta el final; la paz y la alegría de haber trabajado por el Reino de Dios, que es justicia y libertad, que es paz y es vida, que es amor, fraternidad y solidaridad.
En su pena, María está orgullosa de su Hijo, porque todo lo ha hecho bien.

3.- Señor Jesús:

¡Cuántas veces terminamos el día cansados y sucios!
Y ese cansancio y esa suciedad no siempre provienen del servicio al Padre…
Te pedimos, Señor, que, al acabar cada jornada, sepamos dolernos de tanto camino mal andado.
Que, siempre, si algo no nos deja dormir, nos acerquemos a tu Madre para descansar en Ella nuestra inquietud.
Que, cuando llegue nuestro fin, seamos para tu Madre motivo de orgullo como lo fuiste Tú.

Canto:
Decimocuarta estación:

Jesús es colocado en el sepulcro

Te adoramos, Cristo y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Acaban de sepultar a Jesús.

Sólo queda volver a casa; y rumiar en silencio nuestro desamparo y soledad.

2.- Pero Mirad:

Esto no ha terminado.
Cristo sigue en agonía hasta el final de los tiempos.
Los mil dolores y sufrimientos y muertes de los hombres nos gritan que el dolor, el sufrimiento y la muerte de Jesús se siguen repitiendo en sus hermanos, los hombres.
No.
Esto no ha terminado. No puede terminar así.
Falta lo más importante.
Falta lo que da sentido a la muerte de Jesús y a las mil muertes nuestras.
Falta la luz que ilumine esta noche de desencanto y de fracaso.

3.- Señor Jesús:

No dejes que nos quedemos llorando tu muerte. Vístenos de esperanza para llevar consuelo y paz al dolor de los hombres.
Ayúdanos a continuar lo que Tú iniciaste. Anímanos a continuar tu camino con la mirada puesta en Ti… con la mirada puesta en el Padre… con la mirada puesta en los hombres.

Canto.
Decimoquinta estación:

Jesús resucita victorioso de la muerte

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Hubo que esperar; pero valió la pena.

Porque muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, Jesús irrumpe vivo y resucitado.
El amanecer de aquel tercer día es el comienzo de todo.
Es la luz que ilumina todo lo sucedido y lo hace estallar en claridad.

2.- Mirad:

Ahora se explica todo.
Ya sabemos cuál es el sentido de nuestra esperanza.
Ya sabemos, para siempre, de qué lado está Dios y cuál es su respuesta a quien vive y se entrega en el amor, la solidaridad y la justicia.
Ahora sabemos que no hemos nacido para morir, sino para vivir.
Jesús resucitado nos dice que Dios, el Padre, no falla nunca..
Y la palabra que nos tenía reservada es ésa: “hay un tercer día para todos, como para mi Hijo Jesús, donde encontraréis la realización plena de todo vuestro ser”.
La resurrección de Jesús marca, para Él y para nosotros con Él, el comienzo de unos cielos nuevos y una tierra nueva.
Jesús vino a compartir nuestra vida, frágil y mortal, para hacernos compartir la suya, eterna e inmortal.
Jesús resucitado sigue dentro de la historia, presente en el mundo, en cada persona…
Por eso,
se está realizando la resurrección
siempre que el mundo crece en vida auténticamente humana,
siempre que triunfa la justicia sobre los instintos de dominación, siempre que se rompe el egoísmo para abrirse a la solidaridad,
siempre que los hombres establecen relaciones fraternas, siempre que el amor supera el propio interés,
siempre que la esperanza se impone a la desesperación,
siempre que la gracia supera la fuerza del pecado.
Hermanos:
a quienes creemos en la Resurrección de Jesús,
y en nuestra propia resurrección, no nos está permitido estar tristes.

3.- Señor Jesús:

¡Gracias! ¡Gracias por el misterio de tu Pascua!
Enséñanos a vivir alegres en la esperanza, confiados en el amor,
fraternos con el mundo y con los hombres, solidarios y justos con todos.
Ayúdanos a abandonarnos siempre en los brazos de tu Padre.
Que sepamos descubrir las señales de tu resurrección hoy y aquí; que veamos los signos del Reino que crece.
Y danos la alegría…
Esa alegría luminosa y plenificadora de los que creen y viven de tu resurrección.

Canto: