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domingo, 10 de septiembre de 2017

¿Por qué llevas esa cruz?

Si me pidieran una definición sencilla de mí misma, podría decir que tengo 20 años, soy estudiante y me confieso creyente. Sí, soy joven y creyente a la vez, y lo subrayo porque en nuestros días hay quien dice, con total seguridad en su afirmación, que eso es imposible. Que las palabras joven y creyente no casan bien en una misma frase, porque “los jóvenes ya no hacemos eso”, porque “ser creyente es ser un carca”, porque “la sociedad está cambiando”. 
Efectivamente, la sociedad está cambiando, pero no por ello la gente deja de apostar por la fe. Y digo apostar porque parece que en nuestros días creer supone arriesgarse a ser tomado en serio o no. Muchas veces, por miedo a perder una reputación, una seguridad o una confianza, preferimos callarnos y guardarnos lo que sentimos para alguien que comparta nuestra fe.
La gente creyente joven (y con joven me refiero a persona en edad universitaria) vive diariamente una serie de situaciones incómodas y sin sentido que hacen reflexionar. Son cosas tan simples como sentir vergüenza al decir que uno va a misa (o directamente ocultarlo) o llevar un signo religioso visible y que la gente le pregunte: “¿Por qué llevas esa cruz?”. Pues ahí está la clave del asunto, ¿por qué llevamos esa cruz? ¿Por qué cargamos con el peso de la vergüenza y el incomodo cuando se trata de hablar de nuestra fe? Son muchas las ocasiones en que nos vemos obligados a callarnos o a minimizar nuestras creencias por miedo a lo que puedan pensar. Por miedo a que nos encasillen como ‘antiguos’ o a que, directamente, nos rechacen. 
Sin embargo, ¿merece la pena ese miedo frente a la libertad de poder decir en alto lo que uno siente? Yo creo que no. Porque cuando uno ha elegido, o más bien, se ha sentido llamado a seguir este camino, el miedo no es más que un obstáculo que ralentiza la marcha. La duda es inherente a la fe, pero el miedo lo ponemos nosotros. Y toda persona se merece ser feliz siendo una misma. Pero es cada uno quien debe decidir sobre su vida, enfrentarse a sus miedos y pronunciar en alto las palabras que los provocan. Y también debe hacer ver a esa sociedad que no lo entiende que un joven creyente no es una persona antigua o alguien que acuda engañado a seguir las tradiciones de sus padres. Se trata, sencillamente, de alguien que busca respuesta a sus preguntas y que ha descubierto en su vida otra forma de ver el mundo. Alguien que busca más allá.

lunes, 31 de julio de 2017

Autoridad y voto de obediencia en la SJ


El reciente cambio de provincial y el nuevo período que comienza con el nombramiento de Antonio España es una buena ocasión para reflexionar sobre el voto de obediencia. Para muchos es paradigmática la escena de “La misión”, en que un joven jesuita (Liam Neeson) discute con el padre Gabriel (Jeremy Irons) sobre una decisión que hay que tomar, y este le silencia recordándole: “La Compañía de Jesús no es una democracia. Es una orden.” Este silencio casi autoritario puede resultar chocante en un mundo como el nuestro, que tiene en la autonomía, el individualismo y la realización personal algunas de sus grandes aspiraciones. ¿Cómo entender la obediencia hoy? ¿Es una anulación de la voluntad, supeditada a la decisión de un superior en quien el General ha delegado esta tarea? ¿Cómo entender hoy aquello que en las Constituciones decía San Ignacio de que el jesuita debe ser, ante la insinuación del superior, «como bastón (en manos) de hombre viejo» (Const VI, 548)? ¿Es el voto de obediencia la delegación absoluta de la toma de decisiones sobre misión y vida, en manos de un compañero con más autoridad?
Habría que matizar bien para evitar visiones tajantes. La obediencia, efectivamente, supone dejar que otro –el superior provincial, en lo tocante a destinos y misión- tome las decisiones últimas relativas a la organización del proyecto apostólico de la Compañía en una zona concreta. Para ello, se pide de los jesuitas, de cada jesuita, una actitud de disponibilidad que facilite el que cada uno en particular, y todos en conjunto, puedan compartir proyecto y misión. Porque la misión no es particular, y las obras o los proyectos no son propiedad de un jesuita, por mucho que se pueda implicar en ello. El conjunto es de la Compañía de Jesús, para servir a la Iglesia y la sociedad.
 Esto no significa que esa autoridad se deba ejercer de manera impersonal, sin tener en cuenta a las personas, sus sentimientos, intuiciones, propuestas, etc. El provincial tiene una misión fundamental, que es la de dialogar con cada jesuita que está bajo su “jurisdicción”, para conocer de primera mano la realidad, las necesidades, los problemas, las posibilidades y la situación, de obras pero sobre todo de las personas, de modo que eso le ayude a la hora de tomar decisiones. Se habla mucho, en la Compañía, de cura personalis (atención a las personas –o a lo personal-). Esto es un imperativo, pues el provincial no debería tener la única palabra a la hora de destinar a una persona, sino en todo caso, la última tras haber escuchado y hacerse cargo de todo lo que está en juego. De ahí que durante el año el provincial visite las distintas comunidades y dedique la mayor parte de su tiempo a ese encuentro personal con los jesuitas en la llamada cuenta de conciencia. Para enriquecer esa visión el provincial cuenta con un equipo (la consulta) que le asesora, y además con una serie de delegados que conocen mejor los diferentes sectores.
Hablamos con frecuencia de discernimiento. El objetivo último no es dotarnos de una organización funcional como podría darse en cualquier institución, consorcio o grupo humano. Creemos que en la manera de trabajar estamos buscando la voluntad de Dios para nuestro mundo, nuestra sociedad y el contexto concreto en que se desempeña nuestra misión. A eso aspira nuestro discernimiento, que, dicho sea de paso, no es fácil.
Para terminar, conviene señalar una peculiaridad de esta provincia de España. Al ser la provincia con mayor número de jesuitas en el mundo, muy por encima de la inmediatamente siguiente, no es posible que el provincial, actualmente, atienda en cuenta de conciencia a todos los miembros de la provincia. De ahí el que, desde la unión, aparece la figura del Delegado de la Tercera Edad (en nuestro caso el Padre Cipriano Díaz sj). A él ha encomendado el provincial esas tareas de acompañamiento y destino de los jesuitas mayores de 75 años.

En todo amar y servir

Una máxima ignaciana que define un idea, un deseo, una aspiración legítima del creyente. Amar a cercanos y lejanos. Con amor que recibe muchos nombres: amistad, pasión, compasión, respeto… Es verdad que no es fácil, y que en ocasiones resulta difícil querer a algunas personas. Y no por mala voluntad, sino porque las relaciones humanas son complejas. Pero también se aprende.  A mirar con benevolencia. A comprender otras vidas. A desearles lo mejor. Y a trabajar por ello. Ahí entra el servir. Servir es ponerse manos a la obra para tratar de dejar el mundo un poquito mejor de lo que lo conocemos.  Servir es la disposición para ayudar, para atender, para sanar… Servir en lo cotidiano. En la familia, en el trabajo, en el descanso.  Sirven las palabras y los gestos; los silencios y las miradas; sirve nuestro tiempo, si lo empleamos bien; y la risa que se contagia; las canciones que esponjan; los esfuerzos por levantar al que anda caído. Sirve dar la vida cada día. Ignacio de Loyola lo aprendió al mirar a Jesús. Al conocerle, amarle y seguirle.
Es un buen eslogan para esta época nuestra. Un poco contracorriente, y para muchos, difícil de entender. Pero es una buena disposición vital. Darse, a tiempo y a destiempo. Porque de egoístas  va el mundo sobrado. Y así nos va. De modo que, aunque sea difícil y a veces cueste, ¿por qué no ser ambiciosos? Para amar y servir, en todo.  

jueves, 6 de julio de 2017

El poder de los deseos

Seguro que si ahora mismo nos preguntaran si tenemos algún deseo responderíamos sin dudar que sí. Y no uno, sino muchísimos. Basta escucharnos un poco por dentro para darnos cuenta de que, como dice mi compañero Adolfo, somos un puñadito de deseos.Y, ¿qué pasa si los deseos se cumplen?. Lo fácil sería pensar que yo sería feliz si mis deseos se realizaran. Eso es lo que nos prometen muchos anuncios en los que los publicistas, con mucho arte, nos hacen creer que su producto cumplirá nuestros deseos. Incluso podríamos llegar a simplificar tanto que llegásemos a pensar que la vida consiste en cumplir deseos. Si hacemos un poco de memoria, podemos caer en la cuenta de que no todos los deseos son iguales. Hay unos, que cuando se hacen realidad, tras un momento de euforia, nos dejan como antes. O puede ser peor si en seguida se ha instalado otro en nuestro interior y nos vemos como atrapados, con la sensación de que nunca nos quedamos satisfechos. Esos son los deseos que se alían con nuestra imagen, nuestros éxitos, el poder… son egoístas, porque soy yo quien está en el centro.Pero hay otros deseos, que al realizarse, nos quedamos llenos, quizá sin mucho ruido y sin llamar la atención, pero dejan un poso de paz en nosotros y van dibujando una felicidad honda en nuestro corazón. Y curiosamente en estos deseos no somos nosotros los protagonistas, sino que el deseo apunta hacia los demás, y nos hace salir, darnos a la gente.
Es cierto que no podemos controlar nuestros deseos porque ellos van apareciendo sin pedir permiso. Pero lo que sí podemos hacer es ir distinguiendo con la práctica cuáles son con los que me busco a mí mismo y cuáles los que me llevan a los demás. Y así ir educando nuestra capacidad de desear para que no nos atrapen los deseos egoístas sino que podamos cumplir los que nos llevan a entregarnos generosamente. Creo que es de las cosas más auténticas de los seres humanos el estar continuamente deseando. También me gusta pensar que Dios tiene deseos, y estoy seguro de que seremos más felices cuando nuestros deseos y los suyos vayan de la mano.
No me resisto a poner algo de lo más bonito que se ha escrito sobre los deseos: Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta que descanse en Ti. Estoy pensando que esta nochevieja no diré a nadie “que se cumplan tus deseos”, sino que “tus deseos te lleven a Dios”.

lunes, 5 de junio de 2017

No somos dioses

¿Alguna vez soñaste con volar? O con viajar a la velocidad de la luz. ¿Alguna vez imaginaste qué pasaría si pudieses congelar el tiempo,  y moverte a tus anchas en un  mundo petrificado? ¿Alguna  vez te preguntas qué harías distinto si pudieses dar marcha atrás y empezar muchas cosas de nuevo? Qué palabras cambiarías, qué gestos evitarías, qué intentos cambiarían tu vida. Quizás alguna vez soñaste con hacer milagros, tomar otros rumbos, amar mejor, aprender otras cosas, aprovechar otras oportunidades… Pero la verdad es que tu vida es la que es. Sólo una. Y esa es su grandeza.

domingo, 4 de junio de 2017

... en el espíritu

Hay mucha gente que dice que se considera espiritual, y dice de sí mismo aquello de “yo soy una persona muy espiritual”. Eso no necesariamente significa religiosa, ni tan siquiera creyente. A veces con ello quiere aludir a que tiene vida interior, reflexiona, hace silencio, le gusta  abstraerse, meditar, tal vez ayudado por músicas tranquilas, aromas propios de una tienda natura y a la luz de velas –que el fuego parece que tiene ese magnetismo que centra las miradas y aquieta los ruidos de dentro–. Otras veces sí puede implicar que quien dice eso se siente de algún modo más unido a la naturaleza, a la vida, o a algo trascendente.
En cristiano, ser espiritual hace referencia al espíritu de Dios. Espirituales, de algún modo, somos todos, pero la clave para dejar que esa dimensión de la vida crezca está en dejar que, dentro de uno, el espíritu de Dios tenga espacio para moverse, resonar y suscitar inquietudes. No se trata de que, al habitarnos, el espíritu nos invada. Es más bien una convivencia que potencia lo mejor de uno mismo; que hace que la soledad sea sonora, y mantiene los sentidos mucho más alerta.
El espíritu resuena en la oración, en la actividad, al ver un telediario, al dar un abrazo, al leer un libro, en una canción, al mirar un cuadro, dando un paseo, escuchando a alguien que te habla de su vida. Resuena en la historia, y en la imaginación que nos invita a soñar un futuro mejor. Resuena en el encuentro humano. Y bajo su impulso maduran en cada uno de nosotros algunas actitudes que nos llevan a vivir con más plenitud: compasión, justicia, verdad, amor…
 Eso sí, el espíritu no se impone a nosotros. Si no le dejas hablar, se calla y espera, paciente. La cuestión es ¿cómo dejarle?

viernes, 2 de junio de 2017

Espíritu de... equipo

Hace un tiempo fui a una charla donde una de las ponentes decía que el mundo de la empresa estaba cambiando y que lo que se buscaba ahora eran personas con buen nivel académico, pero lo que más peso tendrá a la hora de la contratación será la capacidad de trabajar en equipo (empatía, gestión emocional, resolución de conflictos…).
 
Días después me surgió la siguiente pregunta: ¿qué espíritu de equipo podemos aportar los seguidores de Jesús a los grupos humanos (familiares, amistad, laborales…) de los que somos parte?
 
Un espíritu de equipo donde se capacita a las personas, se cree en ellas y se les ayuda a sacar lo mejor que tienen. Todos estamos llamados a brillar, que no a deslumbrar (Parábola de los talentos. Mt 25, 14-30).
 
Un espíritu de equipo donde seamos capaces de librarnos de nuestros egos personales (miedos, afán de protagonismo, poder…) y busquemos el bien común. San Pablo escribe que estamos llamados a ser personas libres (Ga 5, 13).
 
Un espíritu de equipo donde se tienen en cuenta los momentos personales y se da respuesta a ellos («Tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber». Mt 25, 31-46).
 
Un espíritu de equipo que corrige, que enseña, que ayuda a mejorar pero buscando el bien de la persona respetando siempre su dignidad, sin humillar, quitando miedos, inseguridades, creyendo en las personas y capacitándolas a levantarse. («Levántate toma tu camilla y vete a tu casa». Mc 2, 1-12)
 
Un espíritu de equipo donde nuestra mayor seña de identidad sea el servicio y la colaboración. («El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor». Mt 20, 20-28).
 
Un espíritu de equipo donde las personas somos sagradas porque cada uno de nosotros somos templo de Dios.

domingo, 28 de mayo de 2017

A ti que te vas a confirmar... un camino sin atajos

Mamerto Menapace, en uno de sus libros nos cuenta una historia; a un joven que quería seguir a Jesús, le dicen que está en un bosque. Entonces se pone a buscarlo. Cuando lo encuentra, Jesús le pregunta que si quiere seguirlo. El muchacho dice que sí, y entonces Jesús, que estaba cortando cruces para sus seguidores, le da una de esas cruces y le dice que siga sus huellas, y se despide alegando que él  tiene que adelantarse. El muchacho coge la cruz, que tiene muchos nudos, y puntas de ramas que se le clavan. Entonces, aconsejado por el demonio, también coge el hacha, y después de caminar muchos días con la cruz incómoda, empieza a tallarla, quitándole todo lo que estorba, hasta que la convierte en una cruz llevadera y bonita. Cuando llega al Reino de Dios, Jesús le espera al otro lado de la muralla, y le dice que entre. El muchacho no sabe cómo traspasar la muralla, y Jesús le indica que usando su cruz a modo de escalera podrá subir. El muchacho le confiesa  lo que de tanto tallarla, la cruz se ha convertido en un colgante. Entonces Jesús le pide que vuelva sobre sus pasos y ayude a otro a traer su cruz, y así los dos  podrán entrar en el Reino. 
Durante su camino el joven siente soledad, va solo, y la cruz es pesada; sin embargo él sigue caminando. El camino que comienzas ahora con la confirmación en ocasiones va a ser muy solitario, en ocasiones te cansará, y otras veces pensarás que es mejor evitar las dificultades y quitarles las esquinas para que sea más fácil caminar. Sin embargo, es un camino precioso y de una felicidad inmensa, si sabes caminarlo a la manera de Jesús. 
Es un camino de entrega a los demás, en el que nos damos cuenta de que cada minuto que vivimos o cada acto que hacemos por los demás nos da una felicidad que es difícil de explicar y que llena el corazón de alegría. Es un camino de compartir, no sólo las cosas materiales sino sobre todo nuestro tiempo, compartir tiempo con nuestros padres, con los amigos, un tiempo profundo, un tiempo de confidencias que hará de nuestras relaciones, unas relaciones profundas y para siempre.  Es un camino de impotencias, muchas veces nos vamos a encontrar con injusticias, en las que pensamos que poco podemos hacer, sin embargo estar en esas injusticias y ponernos del lado de los más débiles es el modo de caminar de Jesús.  Es un camino de confianza, confianza en Dios Padre, confiar en que Él está siempre ahí con nosotros, y no nos abandona, ni siquiera en los momentos más duros en los que seguramente nos lleve en sus brazos. Es un camino que merece la pena, por las personas que te encuentras en él, por las alegrías que te da, y también por las cruces que van saliendo, las cuales muchas veces serán duras y se clavarán en todos los costados de nuestro cuerpo, y aún así serán cruces con las cuales seremos capaces de caminar juntos construyendo el Reino. 

jueves, 18 de mayo de 2017

Contra la homofobia

Hoy es el día internacional contra la homofobia. Es una pena que tenga que haber un día así, aunque por ahora sea necesario. Es triste que en muchos países de nuestro mundo las personas sean perseguidas por su orientación sexual, en ocasiones castigadas por la ley, y en otras por la sombra –más sutil, pero igualmente demoledora- de la ignorancia, la burla, el rechazo y la incomprensión.
Con frecuencia he escuchado a gente buena que, sin embargo, no tiene reparo a la hora de hacer comentarios que van desde lo condescendiente hasta lo insultante hacia las personas homosexuales. Gente que en cuanto oye la palabra gay le añade lo del Lobby, como si la homosexualidad fuese ante todo una militancia, una ideología o un grupo de interés; en lugar de ser la condición de muchos millones de personas en todo el mundo, en todas las sociedades, en todas las épocas y en todas las situaciones sociales.
Como iglesia también tenemos que avanzar para forjar una sociedad y una comunidad libre de discriminación y prejuicio. Se ha recorrido camino. Han cambiado algunas cosas, y cada vez son más las voces que hablan con respeto, con ternura, y con valentía, frente a discursos que parecen anclados en otra sociedad y otra época. Pero hay que avanzar más. Tenemos que contribuir al reconocimiento de la radical dignidad de todas las personas en la sociedad en general, y en la iglesia en particular. Hay muchas personas homosexuales, lesbianas, y transexuales que creen en Dios y que se saben parte de la Iglesia. Pero que en ocasiones se sienten, como me decía un buen amigo, “obligados a ver el partido desde el banquillo”, porque se les dice que eso es lo que hay. 
No es lo que hay. No puede ser. Si de verdad creemos en el Dios que a cada uno nos ha creado únicos y diferentes. Si de verdad creemos en la radical dignidad de todas las personas. Y si no caemos en moralizar lo que no es moral, sino la condición humana, en su complejidad y su diversidad.

domingo, 22 de enero de 2017

martes, 17 de mayo de 2016

Distintas maneras de amar





Quizás el mayor cambio que tenemos que dar es comprender que el evangelio es, mucho más, una forma de vida que un código de conducta. Que es más sobre actitud que sobre doctrina.Quizás el mayor cambio que tenemos que dar es comprender que el evangelio es, mucho más, una forma de vida que un código de conducta. Que es más sobre actitud que sobre doctrina.