domingo, 25 de marzo de 2018

Cómo ayudar a un niño a captar qué significa hacer la Comunión


5 pistas del papa Francisco recogidas en un libro

Desde que el papa Francisco comenzara su pontificado en 2013, ha puesto especial énfasis en varias cuestiones, que no es que no se trataran antes en la Iglesia, más al contrario, sino que, sencillamente, pasaron más desapercibidas. Pues bien, una de estas cuestiones es, sin duda, la de la edad. En la JMJ de Brasil el Papa puso especial énfasis en cuidar de los niños y de los ancianos, en estos porque son la memoria de la sociedad, y en aquellos porque son, ni más ni menos, que el futuro de la misma.
Pues bien, ¿qué momento más importante en la infancia que el de la Primera Comunión? Como festividad que es -pues la Iglesia siempre nos invita a celebrar todos los momentos en los que damos un paso importante en nuestra vida de fe-, queremos organizar muchas cosas y pasarlo en grande.
El problema surge cuando, sin darnos cuenta, desordenamos el orden de los factores, que en este caso sí altera el producto, y damos más importancia a la fiesta y al postín que a abrir nuestro corazón a Cristo.
Para ello el papa Francisco, siempre preocupado por todas y cada una de las ovejas que le han sido encomendadas, ofrece una serie de consejos a los niños para evitar cualquier distracción innecesaria y que sean conscientes del gran regalo que están cercanos a recibir: nada más y nada menos que el regalo del Cuerpo de Cristo, la Vida Eterna.
En el libro El Papa Francisco y la Primera Comunión (Palabra, 2016) encontramos una excelente síntesis de consejos dados por el papa Francisco sobre los sacramentos en general, y sobre la Eucaristía en particular, que ayudarán tanto a mayores como a pequeños a ser conscientes de la importancia que entraña la preparación espiritual ante el recibimiento del sacramento más que todos los elementos accesorios.
Así, encontramos 5 pasos o cuestiones en que profundizar:
  1. Nos encontramos a Jesús en la Comunión. En este primer paso, el papa profundiza en el misterio del encuentro con Jesús en la Eucaristía, donde ha querido quedarse por amor a cada uno de nosotros, convirtiéndose en nuestra fuente de agua viva diaria, único lugar en el que podemos tomar fuerzas y descansar.
Ediciones Palabra
  1. El poder de los sacramentos y de la luz de Cristo. En este paso, Francisco hace hincapié en la grandeza del Bautismo como puerta a todo lo más grande, entre esto a todos los demás sacramentos, y que enciende en nosotros una luz que no se apaga jamás.
Ediciones Palabra
  1. La confesión, el encuentro con Cristo que nos ama. Aquí el Papa nos recuerda la inmensa alegría del católico: la confesión. El sabernos perdonados constantemente, mediante la gracia y misericordia de Dios sin medida, quien, además, nos quiere tal y como somos, también con nuestras pobrezas.
Ediciones Palabra
  1. La Iglesia es como una madre. En este caso se recoge una preciosa catequesis dada por el Papa en una audiencia de 2013 sobre la función maternal de la Iglesia en nuestras vidas, que nos acompaña constantemente, nos trata con paciencia y misericordia y nos llama cada vez que nos equivocamos.
    Ediciones Palabra
  1. Mensajes para andar el camino. En estas últimas páginas se recogen algunas de las palabras de ánimo y confianza a los jóvenes del Papa más bellas de su pontificado, como “¡Apostad por ideales grandes!” o “¡Atreveos a ir contracorriente!”, sin duda un broche de oro para concienciar los niños de que comienzan a seguir un camino de valientes.
Sería una verdadera pena que ante un acontecimiento tan importante en la vida de los niños, como es la plena participación en la vida de la Iglesia mediante la Comunión, quienes tengamos la responsabilidad de guiarlos demos importancia a elementos vacíos y accesorios que no son de Cristo. Para ello, este genial libro puede ayudarnos a centrarnos en lo importante y concienciarlos a ellos.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor


Domingo de Ramos en la Pasión del Señor


Libro de Isaías 50,4-7. 
El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás.
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24. 
Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
«Confió en el Señor, que Él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto.»

Me rodea una jauría de perros,
me asalta una banda de malhechores;
taladran mis manos y mis pies.
Yo puedo contar todos mis huesos.

Se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
«Alábenlo, los que temen al Señor;
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;
témanlo, descendientes de Israel.»



Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11. 
Jesucristo, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús,
se doble toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
"Jesucristo es el Señor".

Evangelio según San Marcos 14,1-72.15,1-47. 
Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Acimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte.
Porque decían: "No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo".
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: "¿Para qué este derroche de perfume?
Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres". Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: "Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo.
A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre.
Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura.
Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo".
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús.
Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?".
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo,
y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: '¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?'.
El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario".
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo".
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: "¿Seré yo?".
El les respondió: "Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!".
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.
Y les dijo: "Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios".
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Y Jesús les dijo: "Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea".
Pedro le dijo: "Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré".
Jesús le respondió: "Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces".
Pero él insistía: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: "Quédense aquí, mientras yo voy a orar".
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando".
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: "Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: "Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora?
Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil".
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar".
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado".
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: "Maestro", y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron.
Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: "Como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos.
Todos los días estaba entre ustedes enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras".
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron;
pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
"Nosotros lo hemos oído decir: 'Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'".
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: "¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?".
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: "¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?".
Jesús respondió: "Sí, yo lo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo".
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: "¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?". Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: "¡Profetiza!". Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Nazareno".
El lo negó, diciendo: "No sé nada; no entiendo de qué estás hablando". Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: "Este es uno de ellos".
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: "Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo".
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: "Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces". Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". Jesús le respondió: "Tú lo dices".
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: "¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!".
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo.
Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición.
La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: "¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?".
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: "¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?".
Ellos gritaron de nuevo: "¡Crucifícalo!".
Pilato les dijo: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Crucifícalo!".
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: "¡Salud, rey de los judíos!".
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: "lugar del Cráneo".
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó.
Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno.
Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron.
La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: "El rey de los judíos".
Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.


Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: "¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar,
sálvate a ti mismo y baja de la cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo!
Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!". También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: "Eloi, Eloi, lamá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías".
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: "Vamos a ver si Elías viene a bajarlo".
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: "¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!".
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé,
que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer,
José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto.
Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto. 

sábado, 24 de marzo de 2018

¿Cómo se hacen el pan y el vino eucarísticos?

COMMUNION BREAD

El Rito Romano contiene instrucciones muy específicas sobre el proceso

Desde de la Última Cena, la Iglesia católica ha realizado una celebración eucarística que incluye pan y vino que se transforman milagrosamente en cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo.
Sin embargo, la Iglesia católica considera que no puede emplearse cualquier tipo de pan o vino, por lo que existen instrucciones concretas que regulan su creación.
Para el Rito Romano (el Rito Oriental se tratará en un artículo separado), el Código de Derecho Canónico recoge los elementos básicos del proceso de elaboración del pan y del vino.
924 § 1. El sacrosanto Sacrificio eucarístico se debe ofrecer con pan y vino, al cual se ha de mezclar un poco de agua.
 § 2. El pan ha de ser exclusivamente de trigo y hecho recientemente, de manera que no haya ningún peligro de corrupción.
 § 3. El vino debe ser natural, del fruto de la vid, y no corrompido.
926 Según la antigua tradición de la Iglesia latina, el sacerdote, dondequiera que celebre la Misa, debe hacerlo empleando pan ázimo.
La instrucción Redemptionis Sacramentum añade unos cuantos requisitos más.
Por consiguiente, no puede constituir la materia válida, para la realización del Sacrificio y del Sacramento eucarístico, el pan elaborado con otras sustancias, aunque sean cereales, ni aquel que lleva mezcla de una sustancia diversa del trigo, en tal cantidad que, según la valoración común, no se puede llamar pan de trigo. Es un abuso grave introducir, en la fabricación del pan para la Eucaristía, otras sustancias como frutas, azúcar o miel. (…)
El vino que se utiliza en la celebración del santo Sacrificio eucarístico debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper, sin mezcla de sustancias extrañas.
Hay algunas excepciones a las normas anteriores, incluyendo hostias bajas en gluten y una forma de vino permitida para quienes no deberían consumir alcohol. Sin embargo, en general, estas reglas básicas regulan qué tipo de pan y vino pueden usarse en Misa.
Muchas empresas se especializan en crear este tipo de pan, incluyendo muchas comunidades de monjas. Por ejemplo, la Comunidad pasionista en Erlanger, Kentucky, hornea pan todos los días para uso en parroquias de todo Estados Unidos. En un artículo para Loyola Press se explica el proceso con detalle.
Empiezan su jornada mezclando agua y harina para hacer la masa. Allá por 1951, cuando el monasterio empezó a hacer hostias, medían la harina y el agua con tazas de medida. Ahora que el negocio se ha extendido a 100 parroquias de todo el país, tienen que medirlo con balanzas.
La masa se vuelca cazo a cazo en la máquina para hacer obleas, similar a una plancha de gofres, solo que, en vez de una parrilla, tiene grabado el símbolo del crismón. Una vez están cocinadas las láminas de 35 centímetros, se apilan y almacenan durante la noche en un humidificador, para que puedan ser cortadas sin romperse al día siguiente. Las láminas humedecidas se montan en pilas de 72 y se cortan en obleas de tamaños mediano y pequeño. Una vez cortadas, las obleas se secan en bandejas para luego ser embaladas por la hermana Paul, de 91 años, para su distribución.
Por lo general, se cree que Jesús empleo pan ázimo en la Última Cena y, según algunos estudiosos, “la hipótesis más más fundamentada es que el vino habría sido similar al actual Amarone, un vino tinto italiano hecho de uvas que han sido secadas antes de la fermentación”. Por estos y otros motivos espirituales, el Rito Romano respeta los ingredientes más sencillos para la sustancia que se convierte en cuerpo y sangre de Jesucristo.

Sábado de la quinta semana de Cuaresma


Libro de Ezequiel 37,21-28. 

Así habla el Señor:
Yo voy a tomar a los israelitas de entre las naciones adonde habían ido; los reuniré de todas partes y los llevaré a su propio suelo.
Haré de ellos una sola nación en la tierra, en las montañas de Israel, y todos tendrán un solo rey: ya no formarán dos naciones ni estarán más divididos en dos reinos.
Ya no volverán a contaminarse con sus ídolos, con sus abominaciones y con todas sus rebeldías. Los salvaré de sus pecados de apostasía y los purificaré: ellos serán mi Pueblo y yo seré su Dios.
Mi servidor David reinará sobre ellos y todos ellos tendrán un solo pastor. Observarán mis leyes, cumplirán mis preceptos y los pondrán en práctica.
Habitarán en la tierra que di a mi servidor Jacob, donde habitaron sus padres. Allí habitarán para siempre, ellos, sus hijos y sus nietos; y mi servidor David será su príncipe eternamente.
Estableceré para ellos una alianza de paz, que será para ellos una alianza eterna. Los instalaré, los multiplicaré y pondré mi Santuario en medio de ellos para siempre.
Mi morada estará junto a ellos: yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.
Y cuando mi Santuario esté en medio de ellos para siempre, las naciones sabrán que yo soy el Señor, el que santifico a Israel.

Libro de Jeremías 31,10.11-12ab.13. 
¡Escuchen, naciones, la palabra del Señor,
anúncienla en las costas más lejanas!
Digan: «El que dispersó a Israel lo reunirá,
y lo cuidará como un pastor a su rebaño.»

Porque el Señor ha rescatado a Jacob,
lo redimió de una mano más fuerte que él.
Llegarán gritando de alegría a la altura de Sión,
afluirán hacia los bienes del Señor.

Entonces la joven danzará alegremente,
los jóvenes y los viejos se regocijarán;
yo cambiaré su duelo en alegría,
los alegraré y los consolaré de su aflicción.



Evangelio según San Juan 11,45-56. 
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.
Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho.
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: "¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos.
Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación".
Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: "Ustedes no comprenden nada.
¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?".
No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación,
y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos.
A partir de ese día, resolvieron que debían matar a Jesús.
Por eso él no se mostraba más en público entre los judíos, sino que fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí permaneció con sus discípulos.
Como se acercaba la Pascua de los judíos, mucha gente de la región había subido a Jerusalén para purificarse.
Buscaban a Jesús y se decían unos a otros en el Templo: "¿Qué les parece, vendrá a la fiesta o no?". 

viernes, 23 de marzo de 2018

Pascua es vida, Pascua es amor, Pascua es perdón, Pascua es alegría

Pregón de Semana Santa 2018

  Esto es un pregón, el anuncio de una noticia, que se hace en voz alta, porque interesa a todos. Las noticias pueden ser buenas y malas. Pero como este pregón se hace en la Iglesia, seguro que la noticia es buena. Porque en la Iglesia solo se dan buenas noticias.
  La buena noticia que se da en la Iglesia, sea cual sea su modalidad, es que Dios ama a todos y cada uno, y quiere para todos y cada uno un futuro llena de vida. Jesús nos ha dado a conocer esta estupenda noticia y la Iglesia la va transmitiendo de generación en generación hasta el fin de los tiempos. Pero Jesús no es solo el que transmite una buena noticia. Es también el reflejo, la traducción en forma humana del amor de Dios y de Dios que es amor. Por eso, Jesús es “la buena noticia”. Toda su vida fue un reflejo del amor de Dios. Pero posiblemente este amor brilló con más esplendor en los últimos días de la vida de Jesús.
  En semana santa recordamos y celebramos estos últimos días. En esta semana se cierra una vida entregada desde el principio. La entrega de Jesús a la muerte fue la última entrega de quien estaba acostumbrado a darse sin reservas. A darse por amor: pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos, porque Dios estaba con él (Hech 10,38). Hubo quién no lo soportó. Muchos no lo soportaron, porque el bien resulta siempre un fastidio para las fuerzas de la mentira (Sab 2,12).
  No convendría que en esta semana perdiéramos la perspectiva de lo verdaderamente importante, y nos quedásemos en las manifestaciones externas, mezcla de folklore popular, arte y sensibilidad religiosa. Estas cosas son legítimas y buenas, siempre que nos ayuden a vivir mejor el acontecimiento central de nuestra fe, a saber, la muerte y la resurrección de Cristo. Los humanos somos así: necesitamos de lo sensible, de lo externo, de lo corporal y de lo festivo para manifestar nuestros sentimientos. Pero no podemos quedarnos en lo externo. Debemos ir más allá, para buscar un encuentro personal con el Jesús que nos salva. Esta semana será santa en la medida en que nosotros nos hagamos santos.
El domingo de Ramos no es una cosa del pasado
  La semana comienza con la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén, montado sobre un borrico y aclamado por la gente. Este detalle puede parecer insignificante, pero para los evangelistas es muy significativo. Mateo alude a unas palabras del A.T. que confieren al episodio un sentido profundo: “tu rey viene a ti humilde, montado en asno”. Para el evangelista el que entra en Jerusalén es el rey Mesías, el heredero del trono de David y de sus promesas. Pero en vez de entrar haciendo valer el poder real y avasallando, entra humildemente, sobre un burro. El caballo es expresión del poder de los poderosos; el burro es el animal de los pobres. El que viene es el rey de paz, el rey de los pobres. Jesús no apoya su realeza sobre la violencia. Su poder es de un carácter diferente: reside en la pobreza de Dios, en la paz de Dios, que él considera el único poder salvador. El domingo de Ramos no es una cosa del pasado. Así como entonces el Señor entró en la ciudad santa a lomos de un asno, así la Iglesia lo ve llegar siempre nuevamente en cada eucaristía, bajo la humilde apariencia del pan y del vino.
  Momento importante de esta semana es el jueves santo. Una cena íntima de despedida con los amigos, en la que aparece un traidor. El misterio de Judas, el misterio del traidor, es un signo del futuro: hoy, en la Iglesia, también se encuentran personas que toman el pan de Jesús, su “pan”, y le traicionan. Por una parte, podríamos decir que el sufrimiento de Jesús continúa hoy. Pero, por otra, también hay que decir que Jesús, en aquel momento, tomó sobre sus hombros la traición de todos los tiempos, soportando hasta el fondo las miserias de la historia.
  Ahora bien, cuando se traiciona a Jesús, después de haber convivido con él, después de haberle seguido, ocurre algo sorprendente, pues la luz recibida del encuentro con Jesús nunca se oscurece del todo. “He pecado”, dice Judas a los que le han pagado por traicionar a Jesús. Hay un primer paso hacia la conversión. Todo lo que Judas había recibido de Jesús seguía grabado en su alma, no podía olvidarlo. Pero tras el reconocimiento del pecado, Judas es incapaz de creer en el perdón. Ahí está su tragedia y no tanto en el hecho de haber traicionado a Jesús. Su arrepentimiento se convierte en desesperación.
  El pasaje sobre Judas concluye con unas dramáticas palabras: “Judas tomó el pan y salió inmediatamente. Era de noche”. Dejando la luz de Jesús, Judas sale para entrar en la noche. El poder de las tinieblas se ha apoderado de él.
  El poder de las tinieblas se manifiesta con toda su crudeza el viernes santo. Este día, unos hombres malos, unas personas sin conciencia ni escrúpulos, condenan y crucifican al que sólo había hecho el bien. Habría mucho que decir sobre esta muerte. Pero yo quiero quedarme sólo con una cosa: los cristianos hemos visto en la muerte de Jesús la salvación del mundo. Hay una pregunta que surge casi espontáneamente: ¿cómo puede salvarnos la muerte de Jesús, cuando en realidad esta muerte debería condenar al mundo, puesto que allí se cometió el “pecado del mundo”, el rechazo del Hijo de Dios, el rechazo de Dios mismo? Esta muerte debería condenarnos. Si resulta salvífica no es por el hecho mismo de la muerte, sino por el modo cómo Jesús asume su muerte.
  Cuando los hombres rechazan al Hijo y no se convierten, sorprendentemente el Hijo no sólo perdona a los que le matan, sino que les justifica, ofrece una razón al Padre para que les perdone: “No saben lo que hacen”. Viven en el engaño, creen que crucifican a un impostor. Si supieran lo que hacen, no lo harían. Y en este gesto de justificación, el amor de Jesús se manifiesta como más fuerte que el mal del mundo, y su humanidad como más fuerte que la inhumanidad de los que le matan. Este amor revela a Dios. Y Dios puede así convertir el gesto de rechazo en expiación por los mismos seres humanos que rechazan a Jesús.
Jesús nos salva convirtiéndonos
  No nos salva la muerte de Jesús. Nos salva Jesús por su modo de morir. No nos salva la cruz, nos salva el Crucificado. En la Cruz se manifiesta, hasta más no poder, el amor de Jesús y el de Dios por el ser humano. Y esta manifestación nos llama a la conversión. Jesús nos salva convirtiéndonos, llamándonos de nuevo a la amistad con Dios, llevándonos a Dios.
  La semana santa acaba con la noche más santa de todas las noches y el día más glorioso de todos los días. En la noche de Pascua celebramos el acontecimiento fundamental, base, origen, criterio de la fe cristiana. Es una pena que todavía en muchas parroquias e Iglesias la noche de Pascua sea la que tenga menos asistencia de los tres días santos. El jueves santo, Iglesia llena; el viernes santo, buena entrada; y la noche de Pascua, media entrada con un poco de suerte. Una pena, porque la noche de Pascua se celebra la resurrección de Cristo: si Cristo no ha resucitado, nuestra fe no vale nada. En la resurrección de Cristo está “concentrada” toda la fe cristiana.
  La resurrección: manifestación de a dónde conduce el camino de Jesús. El camino de Jesús es el único que Dios aprueba, el único que conduce a la vida. Resucitando a Jesús, Dios no solo quita la razón a las autoridades que le habían martirizado y rechazado, sino que nos está indicando que hay un camino que, aunque aparentemente termine en la muerte, en realidad conduce a la vida. Por eso la resurrección conduce al seguimiento de Cristo. Y en el seguimiento se mantiene la esperanza cristiana.
  La resurrección de Cristo está estrechamente vinculada con nuestra propia resurrección. La resurrección de Cristo es un acontecimiento universal, que afecta a todos los seres humanos. Por eso, dice san Pablo, que la resurrección de Cristo es “la primicia” de la nuestra (1 Cor 15,20). Nuestra suerte está ligada a la suya. Esta suerte se anticipa en este mundo cuando vivimos en comunión de vida con él, cuando recibimos el don que nos hace de su vida por medio de su Espíritu. Compartir la vida con Cristo, anticipar su vida resucitada, debe realizare en una forma de vida común, en Iglesia, bajo su forma más sencilla que es la caridad fraterna. Por tanto, la vida en la resurrección de Jesús se vive en la existencia individual del creyente y con el estilo de su vida social. Sin un estilo de vida acorde con el Reino de Dios, la resurrección de Cristo se oscurece y corre el riesgo de no ser significativa.
  La semana santa está ahí para que celebremos el gran misterio de nuestra fe: la muerte y la resurrección de Cristo, que se hace de nuevo presente en cada bautismo y en cada eucaristía. Por eso la noche de Pascua es una noche sacramental: es la noche en la que los catecúmenos son bautizados, incorporados a Cristo, y es la noche en la que acogemos al Señor, hecho sacramento eucarístico, para unir nuestra vida con la suya. Esta eucaristía pascual se prolonga cada domingo, el día del Señor, día en que Cristo ha vencido a la muerte para hacernos partícipes de su vida inmortal. La Pascua, que se celebra cada domingo, debe guiar todos los momentos de nuestra vida, y debe traducirse en una vida en la que el amor sea lo determinante de todo lo que hacemos. Pascua es vida, Pascua es amor, Pascua es perdón, Pascua es alegría.
Fr. Martín Gelabert, O.P.