Comenzamos un nuevo Año Litúrgico y con él, una nueva andadura. Un Año de Jubileo extraordinario de la Misericordia y por eso nuestras Parroquias se animan a acercarte a Dios a través de este blog. Te animas tú a acercarte más a Dios?.
Una representación gráfica de todo lo que implica este tremendo drama actual
Reproducimos a continuación una explicación publicada por el portal Ecclesia.org.br sobre el icono cristiano ortodoxo que exhorta contra el aborto.
Comencemos por su parte izquierda, cuyos colores de fondo son más claros (en contraste bastante evidente con la parte derecha, con colores oscuros representando las tinieblas, el mal y la muerte).
Jesucristo, vencedor de la muerte, surge protegiendo y bendiciendo, debajo de él, a una familia cristiana (nótense los trajes modernos que visten) – familia, además, numerosa (padre, madre y seis hijos).
El padre carga a uno de los hijos (como San José, que carga al Niño Dios, tradicional imagen de la iconografía cristiana) y trae el alimento de la familia en la mano izquierda. La madre acuna al hijo aún bebé y alimenta a otro niño. Son figuras tradicionales del padre y de la madre cristianos, esencial para el desarrollo de los hijos.
Encima de la familia cristiana surge la Sagrada Familia de Nazaret. María carga, en su cuello, a Jesús nacido de su purísimo vientre. San José, a su vez, carga a un niño envuelto en paños blancos, símbolo, en la iconografía tradicional, del alma de los niños inocentes asesinados.
Debajo de la familia cristiana, en una imagen bastante contundente, tenemos a la “Arrepentida”, o sea, la madre que, habiendo cometido el monstruoso crimen del aborto, llora, ahora, al hijo que ella misma mató. Se viste de rojo, representando la sangre inocente por ella derramada.
En la parte izquierda inferior, está la figura de la madre soltera. Por un lado, ella pecó y consintió en relaciones sexuales (tal vez por esto parte de sus vestidos son rojos, color de la lujuria), pero por otro lado se mantuvo firme frente a la tentación de abortar y ahora carga (con la ayuda de Dios) la Cruz de ser madre sin la ayuda y el apoyo de un esposo. Cruz esta que, si se vive bien, será su puerta de entrada al cielo cuando termine su peregrinación terrestre.
Pasemos ahora a las tinieblas.
En la parte derecha del icono vemos sentada, en un trono rojo, una reina, llamada “Nueva Herodes”. Es el aborto personificado, que, como Herodes hizo antes, promueve la matanza de los inocentes en el mundo moderno. Ella despedaza y masacra a varios bebés y recibe aún a otros (todos en posición fetal) que las mujeres le ofrecen.
Estas mujeres están ante ella y personifican (de abajo arriba) la crueldad, la superficialidad, la indiferencia y la lujuria, sin las cuales la monstruosidad del aborto no sucedería.
En el fondo vemos un “médico”. En el original, la palabra también está entre comillas, pues, bajo la apariencia de un médico (que debería usar sus talentos solo para salvar vidas), se encuentra un frío asesino, que atraviesa con una espada el vientre de un bebé indefenso. Su bolsillo está lleno de dinero, pues se enriquece con la matanza. En el fondo, la imagen de un dragón, el Diablo o Satanás, el seductor del mundo entero, seduce al “médico” poniéndolo a sus servicio. Pues todos los que se ponen, de forma directa o indirecta, al servicio del aborto están al servicio directo de Satanás.
Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella.
Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.
Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba.
De muchos salían demonios, gritando: "¡Tú eres el Hijo de Dios!". Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.
Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos.
Pero él les dijo: "También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado".
Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados.
Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad.
En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza;
"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre". El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos, sin hacerle ningún daño.
El temor se apoderó de todos, y se decían unos a otros: "¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los espíritus impuros, y ellos salen!".
Y su fama se extendía por todas partes en aquella región.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.
Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.
Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír".
Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: "¿No es este el hijo de José?".
Pero él les respondió: "Sin duda ustedes me citarán el refrán: 'Médico, cúrate a ti mismo'. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún".
Después agregó: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.
Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país.
Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.
También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio".
Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron
y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.
Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús,
y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.
Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados;
y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.
Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: "¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?".
El les respondió: "¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos.
Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres".
Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: "Escúchenme todos y entiéndanlo bien.
Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.
Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios,
los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino.
Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre".