viernes, 14 de abril de 2017

Vía Crucis

Vía Crucis 
Hacer el ejercicio del Vía Crucis es recorrer un camino dramático y comprometido. Vamos a recorrerlo detrás de Cristo, tratando de aprender bien todos sus pasos y sus movimientos.
Pero sabemos que el recorrido no es material. Los pasos que tenemos que dar pueden ser hacia dentro, pueden ser hacia fuera, pero los movimientos que hemos de aprender de Cristo son los de su corazón.
Aprender estos movimientos no es fácil. es entrar en un misterio de pasión y compasión, de dolor y esperanza, de abandono y de presencia, de debilidad y de fuerza, de humillación y de gloria. Son movimientos de una intensidad y de un valor infinito. Ahí se concentra todo el dolor humano y todo el amor de Dios. Son movimientos de redención.
Sabemos también que el camino del Calvario no se encuentra sólo en Jerusalén. Haya muchos vía crucis en cualquier parte del mundo. Jesús los recorre todos. Nosotros los debemos conocer.

Primera estación
Jesús condenado a muerte
Yo hermanos, llegué anunciaros el testimonio de Dios no con sublimidad de elocuencia o de sabiduría, que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado… Mi palabra y mi predicación no se basó en persuasivos discursos de humana sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu de fortaleza, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1 Cor 2,1-5)
Señor, ahora ya es demasiado tarde para callarte. Has hablado demasiado.
Es demasiado tarde para que te dejen hacer. Has luchado demasiado.
Has llamado “raza de víboras” a la gente de bien.
Les has dicho que su corazón era un negro sepulcro bellamente adornado.
Has abrazado a los podridos leprosos.
Has hablado descaradamente con extranjeros vulgares.
Has comido con pecadores públicos y has dicho que las mujeres de la vida serían las primeras en el Paraíso.
Te has complacido con los pobres, con los piojosos, con los lisiados.
Has querido interpretar la ley y reducirla a un solo pequeño mandamiento: amar.
Y ellos ahora se vengan.
Ellos se han movido contra Ti, han ido a denunciarte a las autoridades y las autoridades van a tomar las medidas oportunas.

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Señor, yo sé que si intento vivir un poco como Tú, voy a ser condenado.
Y tengo miedo. Ya empiezan a señalarme con el dedo.
Tengo miedo de pararme a mitad de camino.
Tengo miedo a escuchar la sabiduría de los hombres, la que me dice: conviene hacer las cosas despacito, no hay que tomarlo todo a la letra, es mejor hacer componendas con el adversario.
Y yo sé, Señor, que Tú tienes razón.
Ayúdame, pues, a luchar.
Ayúdame a hablar.
Ayúdame a vivir tu Evangelio.
Hasta el final, hasta la locura, la locura de la Cruz.

Segunda estación
Jesús con la Cruz a cuestas
Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame. Porque quien quiere salvar su vida la perderá, pero quien la pierda por Mi la salvará” (Lc 9,23-24)
He ahí tu cruz, Señor.
¡”Tu” cruz, como si hubiera realmente una cruz “tuya”!
No, Tú no tenías cruz ninguna, Tú viniste a buscar las nuestras, y a todo lo largo de tu vida, a lo largo de todo tu camino, de tu pasión, has ido tomando –uno a uno- los pecados del mundo.
Ahora pues, camina, doblégate, sufre.
Pero sigue caminando.
Es necesario que alguien lleve la Cruz.

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Señor, Tú caminas en silencio.
¿Es que entonces hay un tiempo para hablar y otro para callar?
¿Es que hay un tiempo de luchar y otro de aceptar este silencioso llevar los pecados del mundo y los nuestros?
A mí me ilusionaría batirme enarbolando la cruz; pero llevarla es duro y, cuanto más avanzo y más miro el mal del mundo, la cruz se hace más pesada en mi espalda.
Señor, ayúdame a comprender que la acción más generosa no es nada si no es al mismo tiempo silenciosa Redención.
Y, puesto que Tú has querido para mí este largo Vía Crucis, ayúdame cada mañana a reemprenderlo.

Tercera estación
Jesús cae por primera vez
“Jesús les dijo: “Venid en pos de Mí y os haré pescadores de hombres”. Al instante, dejando las redes, le siguieron. (Mc 1,16-17)
Jesús les respondió: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que yo he de ser bautizado? Le contestaron: “Lo somos”. (Mc 10,38-39)
Tomando consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, comenzó a sentir temor y angustia… Vino y los encontró dormidos, y dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora?” (Mc 14,33.37)

Ha caído.
Un momento se le vio tambalearse como un borracho.
Al fin se desplomó.
Dios ha mordido el polvo.

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También yo, Señor, confiado salí en tu seguimiento.
Y heme aquí caído.
¡Y yo que creía haberme dado a Ti definitivamente!
Pero he visto una flor en un sendero y te he dejado, he dejado la embarazosa cruz, y heme aquí fuera del camino, enriquecido con unos pocos pétalos marchitos y con la soledad.
Y pasan los demás por el camino, Señor, rotos, agotados,
y se preparan más cruces, más espaldas se curvan, y yo ya no estoy allí para luchar contra el mal y ayudar a los hombres a arrastrar su fardo,
yo estoy fuera del camino.

Señor, dame no solamente el salir en tu seguimiento, sino también el mantenerme en él..
Evítame estas faltas por sorpresa que me dejan atontado y vacío, lejos de tus canteras donde se construye el Mundo.

Cuarta estación
Jesús encuentra a su Madre
“Y una espada atravesará tu alma”. (Lc 2,35)
¡Qué pena me da, Señor, tu pobre madre!
Ella sigue, te sigue, sigue a la humanidad en su camino de la Cruz.
Ella va entre la masa anónima, pero no quita un instante los ojos de Ti.
Ni uno de tus gestos, ni uno de tus suspiros, ni uno de tus golpes, ni una de tus heridas le resulta extraño.
Ella conoce tus sufrimientos,
sufre tus sufrimientos,
sin acercársete
sin hablarte
sin tocarte,
contigo, Señor, Ella salva al mundo.

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A menudo, mezclado entre los hombres,
yo los acompaño en su Camino de la Cruz
y yo soy aplastado por el mal
y me siento incapaz de salvar al mundo:
es demasiado pesado, demasiado podrido,
y además… además en cada nuevo recodo del camino
descubro nuevas injusticias y nuevas impurezas.
Señor: ponme delante de los ojos a tu madre María:
la inútil, la ineficaz a los ojos de Dios.
Ayúdame a caminar entre los hombres ávido de saber su mal y su pecado.
Haz que yo no aparte jamás los ojos,
que jamás cierre mi corazón
para que acogiendo en mí el dolor del mundo
yo sufra y rescate como María, tu Madre.

Quinta estación 
El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la Cruz
Lo sacaron para crucificarlo. Y requisaron a un transeúnte; un cierto Simón de Cirene, que venía del campo… para que llevase la cruz.(Mc 15,20-21)
Ayudaos mutuamente a llevaros vuestras cargas, y así cumpliréis la ley de Cristo. (Gal. 6,2)

Pasaba por allí y ellos lo requisaron,
dio la casualidad de que fuese él, un desconocido.
Señor, tu aceptas su ayuda,
Tú no has exigido ni siquiera un gesto de amor, el hermoso brío de un amigo generoso hacia el amigo agotado y burlado.
Tú has escogido ese gesto de encargo del hombre temeroso y obligado.
Señor todopoderoso, Tú te haces ayudar por el hombre impotente,
Señor, Tú quieres tener necesidad del hombre.

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Señor, yo tengo necesidad de los otros.
La ruta de los hombres es demasiado dura para ser recorrida a solas.
Pero yo aparto las manos que se me tienden.
Quiero obrar yo solo
quiero luchar yo solo
quiero triunfar yo solo.
Y con todo, a mi lado caminan un amigo, un esposo, un hermano, unos vecinos, unos compañeros de trabajo…
Tú los has colocado ahí, Señor, y yo los ignoro demasiado a menudo.
Y, sin embargo, sólo uniéndonos todos salvaremos el mundo.
Señor, dame el saber descubrir, el saber aceptar todos los Cirineos de mi camino, aunque me ayuden obligados.

Sexta estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Llevamos siempre en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo (2 Cor 4,10)
Ahora vemos por un espejo y oscuramente, entonces veremos cara a cara (1 Cor 13,12)

Señor, ella te ha mirado largamente,
ha sufrido contigo
y, no pudiendo más, ha atropellado a los soldados
y con un fino lienzo ha enjugado su rostro.
¿Quedaron tus rasgos sangrientos grabados en el lienzo? Puede ser.
En su corazón ciertamente quedaron.

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Me hace falta, Señor, contemplarte largamente, gratuitamente, como el hermano pequeño admira y ama al hermano mayor.
Pues yo quiero parecerme a Ti y para esto es preciso, ante todo, mirarte.
Si Tú quieres yo me convertiré un poco en Ti, pues el amigo que ama a su amigo llega a ser una sola alma con él.
Pero, Señor, demasiadas veces paso ante Ti despreocupado, o me aburro cuando me paro y te miro y así ofrezco a los otros una bien triste caricatura de Ti.
Perdón por mi mirada opaca: ellos no ven en ella tu Luz;
perdón por mi cuerpo ávido de placeres: ellos no adivinan al fondo tu presencia; perdón por mi corazón lleno de chavivaches: ellos no encuentran en él tu Amor.
Pero, Señor, ven de todos modos a mi casa: mis puertas están abiertas.

Séptima estación
Jesús cae por segunda vez
Como el esposo tardara se adormilaron y se durmieron (Mt 25.5)
Estas atentos, no sea que se emboten vuestros corazones… Velad, pues, en todo tiempo y orad para que podáis evitar todo esto que ha de venir y comparecer ante el Hijo del Hombre. (Lc 21,34.36)

No puedes más, Señor, de nuevo estás en tierra.
Esta vez ya no es sólo el peso de la cruz quien provoca la caída,
sino la fatiga acumulada, el cansancio.
El sufrimiento repetido adormece la voluntad.

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Mis pecados, Señor, son unos terribles adormecedores de la conciencia.
Yo me habituó rápidamente al mal:
una falta de generosidad aquí,
una infidelidad allá,
una simple imprudencia más lejos.
Y mi mirada se ensombrece, ya no veo los obstáculos,
no vuelvo a ver a los demás en mi camino.
Y mis oídos se cierran. Y ya no oigo la queja de los hombres.
Y me encuentro por tierra, lejos del Calvario que Tú has trazado.
Señor, yo te pido, guárdame joven en mis esfuerzos.
Ahórrame la rutina que adormece y me mata.

Octava estación
Jesús reprende a las hijas de Jerusalén
¿Por qué ves la paja en le ojo de tu hermano y no adviertes la viga en el tuyo? O ¿cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, déjame quitarte la paja que tienes en el ojo”, cuando tú no adviertes la vida que hay en el tuyo? Hipócrita; quita primero la viga de tu ojo, y luego tratarás de quitar la paja que hay en el de tu hermano. (Lc 6,41-42)
Ellas lloran, sollozan.
Se comprende, hay motivo sobrado para ello. ¡Si vierais cómo le han dejado!
Y ellas son impotentes, no pueden intervenir.
Y entonces ellas van y lloran, lloran de compasión.
Señor, Tú las viste, las oíste.
“Llorad más bien por vuestro pecados”

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Apiadarme de tus sufrimientos y de los del mundo,
Señor, eso ya sé hacerlo.
Pero llorar por mis pecados… eso ya es otra cosa.
Me gusta tanto lamentarme de los de los demás.
Es más fácil.
En eso soy un verdadero maestro: por mi tribunal desfila todos los días el mundo entero.
Y siempre encuentro culpable: la política, la economía, las chabolas, el vino, el cine, el trabajo, la Televisión, los vagos que no hacen nada, los curas que no comprenden nada, los cristianos… y tantos otros, tantos otros.
En total: todo el mundo menos yo.
Señor: enséñame que soy un pecador.

Novena estación
Jesús cae por tercera vez
Respondióle Jesús: “En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces” (Mt 26, 34)
Pero se entristeció de que por tercera vez le preguntase: “¿Me amas?” Y le dijo: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo” (Jn 21,17)

Otra vez.
Los soldados la gozan golpeando.
Él no se mueve.
¿Estás muerto, Señor?
No, pero sí al final de las fuerzas.
Minuto de angustia terrible.
Y hay que seguir, seguir en el estado en que Tú estás, seguir.
Un paso, otro más, otro aún…
Señor, Tú has caído por tercera vez, pero ya en la cima del Calvario.

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Otra vez.
Sigo cayendo a cada paso.
No lograré llegar jamás.
Yo he dicho alguna vez, Señor, y te pido perdón, porque es ahí donde Tú estabas esperándome para medir mi confianza.
Si me desanimo, Señor, estoy perdido.
Mientras luche sigo estando salvado,
pues Tú has caído por tercera vez, pero ya en la cima del Calvario.

Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras
Es llegada la hora en que el Hijo del Hombre será glorificado. En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere dará mucho fruto” (Jn 12,23-24)
Ya lo único tuyo que te quedaba era la túnica.
Le tenías un cariño especial. La habría tejido tu madre.
Pero aún eso sobraba.
Una sola cosa, Señor, es necesaria: tu Cruz.
Ahora todo lo que os separaba ha desaparecido,
al fin podéis tu cruz y Tú desposaros para siempre,
y, trágica pareja, vais a salvar al mundo.

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También yo, Señor, debo abandonar todos estos vestidos de ceremonia que me estorban en mi vida y me esconden a tus ojos,
este “tener” que ahoga mi “ser”, y me separa de los otros.
Así, Señor, yo debo, poco a poco, hacer morir en mi vida todo aquello que no sea fidelidad a tu voluntad.
Y esto no me gusta un pelo, Señor; hay que estar siempre muriendo.
Qué exigente eres: yo doy y aún sigues pidiendo.
Me gustaría quedarme con cuatro naderías,
cuatro fruslerías que se me pegan a la piel
y no acabo de resignarme a ofrecerte.
Pero si Tú lo quieres todo, Señor, tómalo todo.
Arranca Tú mismo mi último vestido.
Pues yo sé bien que hace falta morir para merecer la Vida
como el grano debe pudrirse para que pueda nacer la espiga de oro.

Undécima estación
Jesús es clavado en la cruz
Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que amó y se entregó por mí. (Gál, 2,19-20)
Señor, te extiendes en la cruz todo lo largo que eres.
Ya está. Perfecto.
No hay nada que tocar, te está a la medida.
La ocupas toda entera y, para que quede bien seguro que te unes a ella totalmente, dejas a los hombres que te claven cuidadosamente a sus leños.
Esto sí que es, Señor, un trabajo bien hecho, a conciencia.
Ahora Tú coincides plenamente con tu cruz, como la pieza del ajustador poco a poco limada, encaja según el proyecto del ingeniero.
Tú quisiste llegar a esta precisión. Ya no se mueve.

******
Así, Señor, yo debo unir mi cuerpo, mi corazón, mi espíritu
y, tan largo como soy, tenderme sobre la cruz del momento presente.
Y no tengo derecho a elegir la madera de mi pasión:
la cruz ya está esperando a mi medida.
Tú me la ofreces cada día, cada minuto y yo debo ocuparla.
No es agradable, Señor, el momento presente es tan estrecho que no hay modo de darse en él la vuelta.
Con todo, Señor, yo no te encontraré en otra parte,
es ahí donde Tú me esperas,
es ahí donde, Tú y yo juntos, salvaremos a nuestros hermanos.

Duodécima estación
Jesús muere en la Cruz
… Se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz. (Fil 2,7-8)
Todavía unas horas, todavía unos minutos, todavía unos instantes.
Hace ya treinta y tres años que dura eso,
treinta y tres años que vienes viviendo seriamente minuto a minuto.
Pero ahora ya no puedes seguirte escapando, ahora estás aquí,
volcado hacia el fin de tu vida, hacia el final de tu camino.
Hete aquí, ya en las últimas, acorralado frente al vacío.
Ea, hay que dar el paso, hay que dar el paso de la entrega,
el último paso de la vida que desemboca en la muerte.
¡Y dudas!
Tres horas, tres horas de agonía, son largas.
Más largas que tres años de vida,
más largas que treinta años de vida.
Tienes que decidirte, Señor, todo está preparado,
externamente al menos.
Tú estás ahí, inmóvil en tu Cruz,
has logrado morir ya a todo lo que no fuera abrazar
estos palos cruzados para los que has nacido.
Pero aún circula la vida por tu Cuerpo clavado.
¡Vamos: muere, pues, carne mortal, y brote ya tu eternidad en Ti!
Ahora la vida se escapa, abandonando uno a uno sus miembros,
y se refugia acorralada por la muerte en este corazón que todavía palpita.
Corazón inmenso
Corazón desbordante
Corazón pesado como un mundo,
el mundo de pecados y miserias que lleva encima.
Señor, un esfuerzo más.
Mira la humanidad que, sin saberlo, espera el grito de su Salvador.
Tus hermanos están ahí, te necesitan.
Tu Padre se inclina y extiende ya sus brazos.
Señor, sálvanos.
¡Sálvanos!

******
Mirad: Él ha cogido en sus manos lo poco que le quedaba de vida,
ha cogido su pesado corazón y
lentamente
penosamente
solo entre el cielo y la tierra
en la noche atroz
loco
loco de amor
ha levantado su Vida
ha levantado el pecado del mundo
hasta el borde de sus labios
y, en un grito,
lo ha entregad todo:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Cristo acaba de morir por nosotros.
Señor, ayúdame a morir por Ti.
Ayúdame a morir por ellos.

Decimotercera estación
Jesús en los brazos de su Madre
… Le dijo su Madre: “¿Por qué has hecho esto? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote” Y Él les dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe de las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 48-49)
Tu obra está concluida,
puedes dejar tu herramienta,
puedes irte a descansar, te lo has ganado bien.
Y lentamente te deslizas como un hombre fatigado de su trabajo,
que se cae de sueño.
Tu madre te recibe en sus brazos:
¡Cómo estás, hijo mío! ¡Qué exagerado eres! ¡Estás muerto de cansancio!
Quizás el Padre no te pedía tanto.
Pero Tú descansas en paz,
sobre tu rostro, calmo y apaciguado, hay un brillo de gozo,
es el reflejo de tu conciencia tranquila.
En verdad que has hecho sufrir a tu Madre; pero Ella está orgullosa de Ti.
“Duerme ahora. Tu Madre te mira”.
Así cada día yo me duermo al concluir mi jornada.
Y ¡en qué estado a veces, Señor!
Pero ¡ay! mi fatiga y mi suciedad no siempre vienen del servicio del Padre.
María ¿aceptarás Tú –a pesar de todo- el velarme cada noche?
Mi cuerpo está cargado de impurezas, pero mi corazón pide perdón.
No olvides que Tú eres refugio de pecadores.
Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecador.
Concédeme, por los méritos de tu Hijo, que jamás me duerma sin haber obtenido el perdón de tu Hijo. Y que, reposando cada noche en tus brazos, en paz, vaya entrenándome a morir.

Decimocuarta estación
Jesús es colocado en el sepulcro
Yo completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia. (Col 1,5)
Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación. (2 Cor. 1,5)

No hablemos ya más de ello.
Volved todos a vuestras casas.
Él ha sido enterrado y la piedra está ya colocada.
La familia llora, los amigos están desamparados.
Ahora sí que todo se acabó.

******
Pero no, Señor, esto no se ha acabado.
“Tú estás en agonía hasta el fin de los siglos”, yo lo sé.
Los hombres se revelan en el Camino de la Cruz.
La resurrección no será completa más que al fin del Camino del mundo.
Y yo estoy en camino, tengo mi partecita y los demás la suya.
Juntos nos vamos repartiendo a lo largo del tiempo
lo que Tú te has encargado de divinizar.
Esta es mi esperanza, Señor, y mi invencible confianza:
no hay ni un pedazo de mi pequeño dolor que Tú no hayas vivido
y transformado en infinita redención.
Si la ruta es dura y monótona, si conduce al sepulcro
yo sé que al otro lado del sepulcro Tú me esperas glorioso.
Señor, ayúdame a recorrer fielmente mi Camino,
bien en mi sitio dentro de la humanidad.
Ayúdame, sobre todo, a reconocerte y a ayudarte
en todos mis hermanos de peregrinación.
Pues sería una inmensa mentira llorar ante tu fría imagen
si yo no te siguiera Vivo en el camino de los hombres.

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