martes, 9 de octubre de 2018

La verdadera razón por la que juzgamos y criticamos

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Las ofensas recibidas y las expectativas incumplidas pesan en nuestro interior, no vivimos la misericordia, el amor gratuito...

El mal existe en este mundo, y no quiero cerrar los ojos. El mal me hace daño. Me envenena. Me duele. Me hiere. Turba mi alegría.
Me asusta que el mal me haga malo. Oscurece mi ánimo. Me quita esperanza. Siento que su poder es superior al poder del bien.
No lo entiendo. Me gustan las cosas trasparentes. Los lugares llenos de luz en los que habita Dios. Me da vida la presencia misteriosa del bien. Por eso me gustan tanto las personas nobles, de una pieza, sin doblez, sin recovecos.
Pero a veces llego a pensar como describe el padre José Kentenich: “¿Por qué triunfan los malos y mentirosos y son derrotados los veraces, los sencillos, los fieles a Dios? ¿Dónde hallar la respuesta definitiva? ¿Por qué tenemos que sobrellevar tantas contrariedades y adversidades serias y graves?”[1]
Intento hacer las cosas bien y no me va tan bien en la vida. Quiero ser honesto, respetar la ley y cumplir con lo que debo. Pero fracaso. Veo que otros actúan con malicia y tienen éxito. Engañan y triunfan.
Y me desconcierto.
Me da miedo dejarme tentar por el mal y sucumbir a su seducción. La tentación del triunfo sencillo, sin esfuerzo. Sé que puedo caer en la lógica del maligno, en las redes de una tentación sutil que me hace aceptar como bueno lo que está mal.
Decía el papa Francisco: “Entre nosotros está el gran acusador, el que siempre nos acusa ante Dios para destruirnos. Satanás. Y cuando yo entro en esta lógica de acusar, maldecir, tratar de hacer daño al otro, entro en la lógica del gran acusador que es destructivo, que no conoce la palabra misericordia, porque nunca la ha vivido”. 
Me veo tentado y conducido a maldecir, a criticar, a acusar, a condenar sin piedad al que se equivoca. Me quejo, me inquieto, me impaciento.
Cuando yo no actúo con honestidad, me incomoda la actitud del justo. Lo observo cuando actúa bien y no peca. Admiro en mi interior su vida intachable.
Y puede ser que la envidia me endurezca el alma. Pienso que algo habrá en su obrar que lo desacredite, algún error, alguna mancha.
Yo soy pecador y él parece tan justo. Cree el ladrón que todos son de su condición. A lo mejor resulta que no acabo de vivir la misericordia. O no creo en ella.
Como le decían en una entrevista de trabajo a una persona: “En este trabajo se sale con los pies por delante. Salvo que cometas un error. En ese caso, recuerda, no hay segundas oportunidades”.
Los errores se pagan. Una vida totalmente justa parece imposible. ¿Quién puede lograrlo? Basta con un solo error, con una pequeña mancha. Pueden echar por la borda toda una vida de lucha.
Parece que no hay misericordia. Entonces dudo y dejo de creer en ella. Dejo de creerme ese amor incondicional de Dios que me acoge siempre y me ama siempre.
No lo vivo, y por eso no practico la misericordia. Me falta compasión con el débil, con el necesitado. Y al justo lo miro con recelo. Porque me juzga a mí y me condena.
Mi lógica de la condena me hace daño. Siento que me juzgan sin decir nada, simplemente por las obras, y entonces yo caigo al mismo tiempo en el juicio. Es mi defensa.
Juzgo a los hombres que me parecen mejores que yo. Me siento tan pequeño que me lleno de amargura y rencor. Siento rabia desde mi pobreza.
Y juzgo incluso al mismo Dios: “Si eres capaz de juzgar así de fácil a Dios, sin duda puedes juzgar al mundo”[2].
Me veo débil en mis opiniones. Débil en mis actos. Y juzgo a los que creo tan fuertes. Aunque sean débiles bajo la apariencia de fortaleza.
Dominan en mí mis emociones más negativas, esas que me hacen daño. Mis rencores, mis heridas antiguas, mis miedos más profundos, mis egoísmos.
No estoy libre de las ofensas recibidas. Tampoco de las expectativas incumplidas. De los sueños frustrados. Me veo tan voluble, tan cambiante, tan débil en mis pasos… Busco siempre caer bien y ser aceptado en medio de los hombres.
Decía el Padre Kentenich: “Venden su simpatía y su aprobación por un par de palabras amables, por algunos mimos o galanteos. Sus resentimientos los hacen condenar y quemar hoy aquello que ayer adoraban y pregonaban como excelente”[3].
Me encuentro con muy pocas personas verdaderamente de una pieza. Sólidas, estables, maduras, inamovibles como una roca.
Veo a muchos que cambian de un lado al otro dependiendo de sus necesidades, de las personas con las que conviven. Hoy piensan de una forma, mañana cambian. Todo es posible.
¿Cómo puedo hacer para educar el corazón de tal manera que se mantenga firme y recio en medio de la lucha? ¿Cómo logro educar mis afectos desordenados para que reine en ellos algo de paz?
Hoy escucho: “Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones”. 
Las búsquedas enfermizas de mi propio yo me llevan por caminos insanos. Siento que muchas de mis condenas nacen de mi rencor. Del odio guardado en algún lugar escondido del alma.
Y me sorprendo a mí mismo reaccionando de forma desproporcionada ante una mínima ofensa. Algo no está bien en lo más profundo de mi alma.
Quiero dejar que Dios mire ahí donde yo casi no me atrevo a mirar. Quiero dejar que Jesús acaricie con su mano mis heridas. Tal vez así iré sanando poco a poco. En eso confío.

[1] Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus
[2] Young, Wm. Paul. La Cabaña: Donde la Tragedia Se Encuentra Con la Eternidad
[3] Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt, Rafael Fernández

Martes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 10,38-42.

Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.
Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.
Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude".
Pero el Señor le respondió: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas,
y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada".

lunes, 8 de octubre de 2018

Lunes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 10,25-37.

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?".
Jesús le preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?".
El le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo".
"Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida".
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?".
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto.
Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.
También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino.
Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió.
Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.
Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'.
¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?".
"El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera".

domingo, 7 de octubre de 2018

7 de octubre: La Iglesia celebra a la Virgen del Rosario

7 de octubre: La Iglesia celebra a la Virgen del Rosario

El 7 de octubre se celebra a la Virgen del Rosario, advocación que hace referencia al rezo del Santo Rosario que la propia Madre de Dios pidió que se difundiera para obtener abundantes gracias.
En el año 1208 la Virgen María se le apareció a Santo Domingo y le enseñó a rezar el Rosario para que lo propagara. El santo así lo hizo y su difusión fue tal que las tropas cristianas, antes de la Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), rezaron el Santo Rosario y salieron victoriosos.
El Papa San Pío V en agradecimiento a la Virgen, instituyó la fiesta de la Virgen de las Victorias para el primer domingo de octubre y añadió el título de “Auxilio de los Cristianos” a las letanías de la Madre de Dios.
Más adelante, el Papa Gregorio XIII cambió el nombre de la Fiesta al de Nuestra Señora del Rosario y Clemente XI extendió la festividad a toda la Iglesia de occidente. Posteriormente San Pío X la fijó para el 7 de octubre y afirmó: “Denme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo”.
Rosario significa “corona de rosas y, tal como lo definió el propio San Pío V, “es un modo piadosísimo de oración, al alcance de todos, que consiste en ir repitiendo el saludo que el ángel le dio a María; interponiendo un Padrenuestro entre cada diez Avemarías y tratando de ir meditando mientras tanto en la Vidade Nuestro Señor".
San Juan Pablo II, quien añadió los misterios luminosos al rezo del Santo Rosario, escribió en su Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae” que este rezo mariano “en su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad”.
El Papa peregrino termina esa misma Carta con una hermosa oración del Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario, que dice:
Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios,
vínculo de amor que nos une a los Ángeles,
torre de salvación contra los asaltos del infierno,
puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás.

Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía.
Para ti el último beso de la vida que se apaga.
Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre,
oh Reina del Rosario de Pompeya,
oh Madre nuestra querida,
oh Refugio de los pecadores,
oh Soberana consoladora de los tristes.

Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo.
Mayor información en los siguientes enlaces:

Vigésimo séptimo Domingo del tiempo ordinario

Evangelio según San Marcos 10,2-16.

Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: "¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?".
El les respondió: "¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?".
Ellos dijeron: "Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella".
Entonces Jesús les respondió: "Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes.
Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer.
Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre,
y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne.
Que el hombre no separe lo que Dios ha unido".
Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto.
El les dijo: "El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella;
y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio".
Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron.
Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: "Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.
Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él".
Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.