martes, 6 de marzo de 2018

¿Sediento? La meditación que está realizando el Papa

El deseo es la brújula: nos orienta hacia Dios

“Puede suceder que estemos completamente sedientos y no nos damos cuenta. Puede parecer que todo fluye, pero que en profundidad, no sea así”.
Es una advertencia del predicador José Tolentino de Mendonça en los ejercicios espirituales que el papa Francisco y la Curia Romana están realizando del 18 al 23 de febrero en la casa del Divino Maestro, en la localidad de Ariccia a las puertas de Roma.
“Entrar en contacto con la propia sed”, no es una tarea fácil, reconoció el jesuita, pero “si no lo hacemos, la vida espiritual pierde adhesión a la realidad”.
“Debemos perder el miedo de reconocer nuestra sed y nuestra sequedad”, dijo el sacerdote portugués. Pero… ¿cómo se mide la sed espiritual?

No intelectualizar demasiado la fe

El padre Tolentino explica que estamos, “mayormente preocupados por la credibilidad racional de la experiencia de fe que por su credibilidad existencial, antropológica y afectiva”.
Nos ocupamos más de la razón que del sentimiento. Damos a la espalda la riqueza de nuestro mundo emocional, pero necesitamos mirarnos en nuestra entereza, no temerla, no negarla, sino abrazarla con madurez, lucidez  y confianza. Porque es así como Dios nos mira.
“Somos una mezcla de muchos componentes emocionales, psicológicos y espirituales, y de todos debemos adquirir conciencia”. “Dios nos ama al completo”, recuerda.

Cómo verificar el estado de nuestra fe

Una herramienta para evaluar el estado de la propia sed “puede venir de la literatura“, indica el predicador haciendo alusión a su uso para el análisis de itinerarios religiosos.
¿Por qué?
Primero, “porque la literatura logra generarse como metáfora integral de la vida y de sus diversos niveles, su fin es describir la entereza, no sólo esta o aquella dimensión unívoca.  Y la vida espiritual progresa sólo cuando es un revisión de la existencia en su totalidad”.
Segundo, “porque otorga un conocimiento concreto, no conceptual: tampoco la vida espiritual es una ideología o una idealización que sobrevuela la realidad”.
Y tercero porque “es un instrumento de precisión como pocos: logra poner en relación el yo y el nosotros, lo personal y lo colectivo, la gracia y el pecado, el encuentro y la soledad, el dolor y la redención”.
¿Y la vida espiritual? Ella no está prefabricada, está involucrada en la radical singularidad de cada sujeto.

Me di cuenta de que estoy sediento

Haciendo efectivo el ejemplo de la premisa anterior, el sacerdote reflexionó sobre un texto de la escritora brasileña Clarice Lispector, en el que narra “con la fuerza de una declaración autobiográfica”, la toma de conciencia de cuánto ella estuviese sedienta de libertad.
“Hablar de la sed es hablar de la existencia real, […] es iluminar una experiencia más que un concepto, […] es adentrarse en una escucha profunda de la vida”, dice el sacerdote, y avisa que “puede suceder que tengamos dificultad para admitir que estamos sedientos”.
“¿Sedientos de qué? ¿De quién?”: es la pregunta que podemos ponernos en medio de nuestra gran dificultad a admitir que estamos sedientos.
Sin embargo, no podemos hacer como si la sed no existiera: “del ponerse a su escucha depende la calificación espiritual de la vida”.
Uno de los requisitos para recibir el agua de la vida es estar sedientos y reconocerse como tales. “Sabemos interpretar el agua. Pero ¿cómo interpretar la sed?”.

Interpretar la sed

Escuchar la propia sed es interpretar el deseo que está en nosotros”: responde así el padre Tolentino a la pregunta presentada antes, echando mano luego de la parte final del Simposio de Platón. “El deseo  -explica– es entendido como carencia y no como necesidad”.
“Debemos – prosigue– distinguir el deseo de una mera necesidad que se aplaca y se satisface con la posesión de un objeto. El deseo es una carencia que no ha sido nunca completamente satisfecha, una tensión, […] una interminable exposición a la alteridad. Una aspiración que nos trasciende y que no determina, como la necesidad, un término o fin”.
Simone Weil, agrega el sacerdote, “revisa el discurso platónico en clave mística”, asegurando que “el deseo es bueno porque contiene una energía que se deja orientar hacia lo alto, a lo divino”.
Yen ese sentido “propone una educación del deseo que nos haga vigilantes en relación a las tentaciones de sustituciónenseñándonos, más bien, a permanecer en lo incompleto, en el vacío y en la espera”.
Esto porque para Simone Weil, no es nuestro deseo el que alcanza a Dios: si permanecemos sedientos y deseosos, es Dios mismo quien desciende hacia nuestra humanidad para colmar de plenitud nuestro deseo.
El padre Tolentino prosigue citando a Hegel, según el cual el deseo humano dirigido al otro se manifiesta como un deseo de reconocimiento.
Un deseo del ser humano es el de ser amado, mirado, cuidado, deseado y reconocido. Mientras deseamos objetos, o dejamos que a movernos sea el conseguir cosas, títulos, premios, nuestro desear no es un “verdadero desear”.
Y hoy en día – ahonda – es cada vez más claro que las sociedades capitalistas, organizadas entorno al consumo […] están removiendo la sed y el deseo típicamente humanos.
“Cuando el placer, la pasión, la alegría acaban en un consumismo desenfrenando, llegamos a la extinción de la sed y a la agonía del deseo, en el que la vida pierde su horizonte”.
Algo que sucede, observa Tolentino, en nuestras culturas y también en nuestras Iglesias: un déficit de deseo.
¿Nosotros bautizados formamos una comunidad de deseosos? ¿Los cristianos tienen sueños? ¿La Iglesia tiene hambre y sed de justicia? ¿Cómo nos ponemos ante el sueño misionero de llegar a todos?
En relación a esta “sed” que la exhortación apostólica Evangelii Gaudium  deposita en el corazón de la Iglesia… ¿nos arremangamos o estamos con las manos en mano?

La sed de Dios

En el final de su meditación el padre Tolentino apela al salmo 42: “Como la cierva sedienta busca las corrientes de agua así mi alma suspira por ti, mi Dios”. Una imagen que describe “la distancia física que amplía el deseo”.
Es necesario reencontrar el deseo, dice el predicador, los cristianos y en particular los pastores. Un deseo cuya experiencia es una condición de mendicidad: el creyente es un mendigo de misericordia.
“El deseo nos expropia de nuestro saber acostumbrado, de nuestros diagnósticos y convicciones consolidadas, del patrimonio acumulado que nos atora, de la tiranía de nuestros puntos de vista absolutistas”. El deseo, según el padre Tolentino, “no refuerza la cerrazón en el proprio yo, sino que la trasciende y redimensiona, poniéndonos ante el Otro y su Alteridad”.
El deseo es la brújula: nos orienta hacia Dios”. Y lo importante, recuerda el sacerdote, “no es lo que he sido, ni lo que soy, sino la potencialidad que Dios, el deseo de Dios, despierta en mí”.
“El Papa recuerda que una de las peores tentaciones son la autosuficiencia y la auto- referencialidad – concluye. Cuando eso sucede, hacemos de la vida una cápsula insonorizada, que puede asemejar a una cómoda zona de confort, pero que nos hunde en una anorexia mortal, porque el don de Dios y de los hermanos no circula, ni nos alimentamos”.
El padre Tolentino finalizó esta meditación con la oración de la sedEnséñame, Señor, a rezar mi sed y a pedirte que no me la quites o canceles rápidamente, sino acreciéntala aun en aquella medida que yo no conozco y que sólo sé, que es tuya […].


En base a un artículo publicado originalmente por Radio Vaticano

Martes de la tercera semana de Cuaresma


Libro de Daniel 3,25.34-43. 

Azarías, de pie en medio del fuego, tomó la palabra y oró así:
No nos abandones para siempre a causa de tu Nombre, no anules tu Alianza,
no apartes tu misericordia de nosotros, por amor a Abraham, tu amigo, a Isaac, tu servidor, y a Israel, tu santo,
a quienes prometiste una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar.
Señor, hemos llegado a ser más pequeños que todas las naciones, y hoy somos humillados en toda la tierra a causa de nuestros pecados.
Ya no hay más en este tiempo, ni jefe, ni profeta, ni príncipe, ni holocausto, ni sacrificio, ni oblación, ni incienso, ni lugar donde ofrecer las primicias, y así, alcanzar tu favor.
Pero que nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humillado nos hagan aceptables
como los holocaustos de carneros y de toros, y los millares de corderos cebados; que así sea hoy nuestro sacrificio delante de ti, y que nosotros te sigamos plenamente, porque no quedan confundidos los que confían en ti.
Y ahora te seguimos de todo corazón, te tememos y buscamos tu rostro.
No nos cubras de vergüenza, sino trátanos según tu benignidad y la abundancia de tu misericordia.
Líbranos conforme a tus obras maravillosas, y da gloria a tu Nombre, Señor.

Salmo 25(24),4-5.6-7.8-9. 
Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador,

Yo espero en ti todo el día,
Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
porque son eternos.
No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud:

por tu bondad, Señor, acuérdate de mi según tu fidelidad.
El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente

y enseña su camino a los pobres.

Evangelio según San Mateo 18,21-35. 
Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos". 

lunes, 5 de marzo de 2018

¿Te sientes solo y deprimido? Reza esta oración a san Judas para tener esperanza



Cuando el mundo parezca perder todo su color, reza a san Judas

La depresión nos afecta a todos en algún momento de la vida. Ya sea de forma grave o algo más tenue, todos conocemos ese sentimiento de soledad y desconexión. Puede llevarnos por un camino oscuro, uno en el que hay poca luz al final del túnel.
La buena noticia es que Dios quiere sacarte de ese agujero y llevarte a la gloriosa luz del día. La oración, pareja a una atención médica apropiada, puede ser una ayuda poderosa para sacar a una persona fuera de las profundidades de la depresión y hacia una nueva vida de dicha cristiana.
A continuación tenéis una oración a san Judas Tadeo, un santo olvidado a lo largo de la historia a causa de su nombre (cuidado, no es la misma persona que Judas Iscariote). Judas es un intercesor constante para todas las causas perdidas y quiere ayudaros en vuestros momentos de necesidad.
San Judas, amigo de los necesitados, 
estoy cansado del dolor, de no tener alegría, esperanza, 
de no poder encontrar la luz que sé que está en mi alma. 
Recurro a ti, mi más fidedigno intercesor. 
Llévate este vacío y este dolor de mi corazón roto. 
En tu compasión, ayuda a que mis lágrimas 
me guíen hasta la paz de mi corazón. 
Mucho tiempo he olvidado la bondad del mundo de Dios. 
Sáname. Anhelo sentir la luz, sentir la dicha. 
Envuélveme en el resplandor y no te contengas. 
Prometo que, si recibo estos dones, los compartiré siempre en tu nombre. Amén. 

Los 3 pilares del crecimiento espiritual


¿Quieres ser ser más de Dios?

La Cuaresma me regala tres pilares para vivir el camino de conversión al que se me llama.
Es una oportunidad de vida que me da Dios para que se convierta mi corazón de una vez por todas: “Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: – Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio”.
Necesito convertirme para ser más de Dios, para estar más lleno de su gracia. Para escuchar más su voz y seguir siempre sus pasos. Es el camino que deseo emprender.
Cuesta cambiar mi corazón y mi forma de mirar la vida. Deseo ser más libre del mundo para vivir más apegado a su corazón de Padre.
1. El ayuno me pide que renuncie. Y la renuncia duele. Siempre cuesta. Pero renuncio por amor. No me quiero dejar llevar por mis sentidos. Quiero ser más dueño de lo que quiero hacer y de lo que no quiero. Ser fiel a aquello que me propongo.
¿De qué quiero ayunar en este tiempo? ¿A qué estoy dispuesto a renunciar por amor a Dios? El ayuno que no se ve. Que no se nota.
Mi renuncia abre la puerta del cielo. Se derraman las gracias. Digo que sí. Renuncio con alegría, sin cara triste.
2. El segundo pilar es la oración. Es una oportunidad que se me da para crecer en mi mundo interior.
¿Por qué no practico una nueva forma de oración? ¿Por qué no busco más el silencio y el descanso en Dios? ¿Por qué no me dejo interpelar por la palabra de Dios meditando el Evangelio?
Tiempos para Dios. Tiempos de calidad en los que quiero escuchar sus más leves deseos. Tiempo para ahondar y no dejar que la vida pase sin crecer. Necesito más silencio, más profundidad.
El otro día leía: Cuando estamos enamorados percibimos hasta el más mínimo gesto del ser amado. Lo mismo ocurre con la oración. Si tenemos la costumbre de orar con frecuencia, podremos captar el significado de los silencios de Dios. Hay señales que sólo los novios son capaces de comprender. También el hombre en oración es el único que capta las señales silenciosas del afecto que recibe de Dios”[1]
Cuando tengo costumbre de rezar es más fácil percibir la presencia de Dios. Es lo que busco, vivir enamorado. Necesito más momentos a los pies de Dios. Este tiempo es un tiempo de gracias. Se abre el cielo para mí. Me dejo tiempo para estar a su lado.
3. El tercer pilar es la limosna que me ayuda a ser más generoso con mi vida, con mis bienes. El corazón tiende a retener todo en su egoísmo. Busca la comodidad. El lujo. Las cosas buenas y valiosas. ¿No es verdad que quiero poseer todo lo que deseo? Una tendencia del alma.
Por eso la limosna me ayuda y me hace mirar al que no tiene. Despierta la misericordia en mi corazón. Miro con amor al que no posee lo que desea. Y entrego lo que yo sí poseo.
Necesito ser más generoso. Quiero ser más pobre. Más necesitado. Más menesteroso. ¡Cuántas cosas tengo que no necesito! ¡Cuántas cosas deseo que no me hacen falta!
Miro al que busca y necesita a mi alrededor. Me fijo en el indigente. No paso de largo ante el que me pide, ante el que no tiene. Me detengo a su lado.
Quiero ser más generoso. No quiero dar sólo de lo que me sobra. Porque eso no es auténtica generosidad. Quiero dar lo que me hace falta a mí. Quiero entregar lo que yo mismo necesito y uso.
Puedo dar mi tiempo, mi cariño, mi vida. Puedo dar cosas materiales. Puedo ayudar al que necesita ayuda, al que busca compañía. ¿Cómo voy a ejercer mi generosidad estos días?
Son tres pilares para vivir la Cuaresma. Tres ayudas concretas para centrarme en lo que de verdad importa. Porque la vida es breve. Y las cuaresmas pasan. Y los años. Y sigo tan lejos de ser totalmente de Cristo, de parecerme a Él.
Dios me da una nueva oportunidad para crecer. Me recuerda que soy sólo ceniza, barro, tierra. Me dice que mis años están contados. Me bendice al comenzar los cuarenta días con su cruz de ceniza para que no confíe sólo en mis fuerzas humanas, en mis capacidades.
Quiere que ponga mi corazón en el suyo. Que me inscriba en la herida de su costado. Que descanse en sus manos llagadas y abiertas. Y camine sobre sus pies descalzos confiando. Quiere que me desprenda del peso que hoy me abruma.
Una persona decía el otro día: “Salgo del retiro con mucho menos peso en el alma”. Me conmovió. Yo también tengo un peso en el alma. Mis deseos, mis planes, mis miedos, mis cadenas, mis esclavitudes, mis dependencias, mis afectos desordenados. Mis pocas horas de oración, mi apego a tantas cosas.
Por eso me da miedo la Cuaresma que me dice que la renuncia me hace bien, que me hará más libre y ligero. Que si digo que no a lo que deseo puedo crecer y ser más de Dios. Que si soy generoso nunca me va a faltar de nada. Que si entrego la vida no voy a tener que preocuparme tanto de conservarla.
Pero me da miedo sufrir. Y cargar la cruz junto a su madero cuando sé bien dónde acaba el viacrucis. Y me da miedo que me quiten mis seguridades, mis tesoros, en los que me refugio como un niño consentido.
Y me asusta perder todo lo que creo me hace feliz. Aunque no sea cierto. A lo mejor no es así. Y puedo ser mucho más feliz si soy libre y camino más ligero por los caminos de Dios siguiendo sus huellas. No lo sé.
Miro la Cuaresma con una mezcla de sentimientos. Miedo. Pereza. Tristeza. Esperanza. Alegría. Nostalgia.
Cuarenta días más para cambiar de vida. Para ser más de Dios. Más humano. Más santo. Me pongo manos a la obra. O mejor. Pongo mis manos en sus manos y mi corazón en el suyo.
Soy de Dios. En eso consiste la Cuaresma. Al menos eso creo.
[1] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 75

5 tipos de oraciones que cambiarán tu vida

Estas formas transformadoras de comunicación con Dios se basan en lo revelado en la Escritura

La oración no siempre surge de forma natural y es un esfuerzo constante. Quizás sea el caso de muchos de nosotros que aprendimos poco sobre orar más allá del Rosario y de memorizar oraciones en primaria.
Si sientes que tu vida de oración no va a ninguna parte, el mejor lugar al que recurrir es la Biblia.
Los Salmos son uno de los mayores tesoros cuando hablamos de oración personal. Considera solamente que incluso Jesús utilizaba los Salmos para rezar, como en el momento de la cruz.
El Catecismo de la Iglesia Católica explora con más profundidad este tema y destaca 5 tipos diferentes de oración que se encuentran en la Sagrada Escritura.
Estas formas de oración están basadas en la revelación divina y la experiencia de los que habitan los relatos de la Biblia.

Bendición y adoración

El Catecismo describe la bendición como una oración que “expresa el movimiento de fondo de la oración cristiana: es encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de Dios y la acogida del hombre se convocan y se unen. La oración de bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquel que es la fuente de toda bendición” (CIC 2627).
El Padrenuestro contiene bendiciones de este tipo cuando decimos “santificado sea tu nombre”. Otro ejemplo de esta oración puede encontrarse en Daniel 3.
La adoración está estrechamente ligada a la bendición y el Catecismo la describe como “la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señorque nos ha hecho y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal” (2628).

Oración de petición

La oración de petición es probablemente el tipo de oración más conocido. Consiste en un “vocabulario de súplica” con el que “pedir, reclamar, llamar con insistencia, invocar, clamar, gritar, e incluso ‘luchar en la oración’” (2629). Es una oración que reconoce el poder y la majestad de Dios y pide su misericordia para nuestras vidas.
Este tipo de oración debería incluir primero una oración de perdón, como la de la parábola del “publicano: ‘Oh Dios ten compasión de este pecador’. Es el comienzo de una oración justa y pura.
La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros: entonces ‘cuanto pidamos lo recibimos de Él’. Tanto la celebración de la Eucaristía como la oración personal comienzan con la petición de perdón” (2631).
Dios siempre responde a nuestras oraciones de petición, aunque quizás no sean respondidas de la manera que esperamos.

Oración de intercesión

Otro tipo común de oración, la de intercesión, “es una oración de peticiónque nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. Él es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular” (2634).
Es un tipo antiguo de oración que se encuentra en la Biblia.
El Catecismo explica: “Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca ‘no su propio interés sino […] el de los demás’, hasta rogar por los que le hacen mal” (2635).
La oración intercesora puede ser muy poderosa y Dios está especialmente atento a los que rezan por otros que sufren.
Un ejemplo de este tipo de intercesión puede encontrarse en los Evangelios, cuando Jesús curó un hombre paralítico que llevaron a la casa a través del techo. Marcos documenta: “Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: ‘Hijo, tus pecados te son perdonados’” (Marcos 2,5).

Oración de acción de gracias

La oración de acción de gracias “caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es” (2637).
Es un tipo común de oración, pero no se practica a menudo. Quizás recemos por una petición específica, pero cuando Dios responde a nuestras oraciones, tendemos a olvidar agradecérselo.
Jesús señaló esta falta cuando sanó a 10 leprosos pero solamente uno regresó para dar las gracias: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?” (Lucas 17,17-18).

Oración de alabanza

La alabanza, aunque similar a la bendición y a la dación de gracias, es una oración distinta. Es una oración “que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es” (2639).
El Catecismo explica: “Como los autores inspirados del Nuevo Testamento, las primeras comunidades cristianas releen el libro de los Salmos cantando en él el Misterio de Cristo. En la novedad del Espíritu, componen también himnos y cánticos a partir del acontecimiento inaudito que Dios ha realizado en su Hijo” (2641).
Esta oración también se encuentra en el libro del Apocalipsis, donde “los profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús, la muchedumbre inmensa de los que, venidos de la gran tribulación nos han precedido en el Reino, cantan la alabanza de gloria de Aquel que se sienta en el trono y del Cordero” (2642).
Es una oración que simplemente ensalza a Dios por ser Dios, no en referencia a ningún beneficio específico o favor recibido. La celebración de la Eucaristía es llamada a menudo “el sacrificio de alabanza”.